Gregorio Martín es catedrático de la Universidad de Valencia y habitual colaborador en prensa. Es raro el día en que no leemos un artículo suyo, alguna tribuna suya, en Levante o en El País, seguramente por su pronto analítico, por vocación descifradora, por su voluntad de hacerse presente en los medios. ¿Con qué fines? Con el propósito de intervenir, de sacudir conciencias, de desenredar madejas equivocadas. Es loable su activismo: hay problemas a los que buscar soluciones y hay falsos problemas, que sólo exigen ser desvelados como tales, como erróneas cuestiones. Gregorio Martín trata temas sin duda importantes: la red ferroviaria, el puerto de Valencia, las comunicaciones en general. En ocasiones aborda asuntos que no son de su estricta competencia, como el fenómeno de la corrupción, sus causas y su análisis: asuntos que, sin embargo, merecen su atención. ¿Por qué? Pues…, ya lo habrán adivinado: porque son temas importantes que no pueden quedar circunscritos a la opinión del experto.
Hoy en día existe un abuso de la opinión, desde luego, y a ello han contribuido las tertulias radiofónicas, por ejemplo. He oído a contertulios tratar a bote pronto cuestiones de actualidad que exigen algún tipo de información y de solvencia, contertulios apresurados que no tienen tiempo para leer. Hay, sí, un abuso de la opinión. Pero los técnicos también padecen una tentación nunca suficientemente sofocada: la de reservarse cosas que nos conciernen a los ciudadanos y sobre las que sólo ellos tendrían derecho a pronunciarse. La prensa concede un espacio a la opinión y en los periódicos publican periodistas, intelectuales, profesores, expertos. Allí aparecen columnas o tribunas –breves, inevitablemente breves– en las que se vierten datos, informaciones, así como opiniones. No sé si las dimensiones de esos textos (que yo también escribo) sirven para abordar con profundidad las cuestiones que nos atañen o, si por el contrario, simplifican los hechos y sus interpretaciones. En cualquier caso, un diagnóstico positivo o negativo del género artículo de opinión no depende de las convenciones generales, sino de cada caso particular. Hay articulistas que descifran, hay otros que nunca aciertan, y hay otros…, pues otros que unas veces salen airosos del tema tratado y otras se atoran en la forma (fea, desaliñada) o el fondo (erróneo). ¿Deberíamos condenar el género por las torpezas, por las pifias, de los articulistas?
Algo semejante podríamos decir o preguntarnos sobre las bitácoras: son espacios de opinión en los que el blogger se retrata, así como sus comentaristas. Abordar de manera expeditiva y desinformada un asunto es lamentable; tratar sectariamente los problemas también es deplorable; creer que algo se ha explicado valiéndose de recursos panfletarios no es menos triste. ¿Hay blogs en los que suceden estas cosas? Por supuesto que los hay y no siempre la responsabilidad de la mala opinión se debe en exclusiva al blogger. En ocasiones las palabras altisonantes de algunos comentaristas, la presencia de trolls u otros defectos de la Red convierten las bitácoras en tabernas (según decía el periodista Julio A. Máñez) o en auténticos y bien conocidos manicomios… (al decir de Alain Fienkielkraut). En este blog que ustedes amablemente leen tuvimos algún momento de crisis: fue cuando esos trolls que no firman se internaban y escribían con el fin de boicotear este espacio de reflexión. Con auxilio técnico y con filtros hemos conseguido evitarlos y ahora esta bitácora es un dominio electrónico generalmente sereno en el que solemos evitar el panfleto.
Ya lo dije tiempo atrás: un panfleto es siempre una declaración de intenciones, un diagnóstico generalmente apocalíptico y ocasional escrito con retórica fogosa, un texto de circunstancias que, por su misma concisión, ha de simplificar la realidad describiéndola en tonos hiperbólicos. Vale decir, frente al análisis documentado, erudito, el panfleto facilita el bullicio verbal y la desmesura. Eso se está dando mucho en Internet, pero los panfletos no se hallan sólo en la Red: hay libros que lo son, que responden al género y que, por tanto, son simplificaciones generalmente dañinas. Lo propio de un autor panfletario es creer que con sus breves y tajantes páginas hay que dar por explicada una cosa. ¿En serio? Cuando alguien cree dar por explicada una cosa normalmente lo que ha hecho es liquidarla, decía David Hume. Pero la historia humana desmiente esta alegría expeditiva: son muchas las cosas no que no acaban y son numerosos los problemas que no terminan de resolverse, por muy eficaces que sean las soluciones de los expertos o por muy contundentes que sean las opiniones de los panfletarios.
Ayer, ante el asunto de la educación, ante el problema de los escolares, Gregorio Martín me amonestaba diciéndome que “el tema me parece tan importante, que no si debe tratarse con la alegría propia de estos sitios”. Se refería, claro, a los blogs. Convengo con él en la importancia del tema; en lo que no coincido es en la condena genérica de estos sitios electrónicos: la opinión es sensata o insensata, razonable o alocada, argumentada o panfletaria…, en un blog o en un artículo de prensa (como los que Martín o yo mismo escribimos). Y también en los libros: hay volúmenes erróneos o incendiarios o justamente panfletarios, como la obra de Ricardo Moreno Castillo. Es verdad que su experiencia le llevó a escribir esas páginas. Materializarla redactando su vivencia es sensato; generalizar a partir de su caso, no. Tal vez, al final, haya que disculparlo pues, como dijera Gustave Flaubert, “los libros que más ambiciono escribir son precisamente aquellos para los que menos medios tengo”. Demasiada ambición y escasos recursos, ése es el resultado.
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Ilustración: Monigotepress

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