Los profesores están en las nubes

ricardomoreno.jpg    Ayer leí un artículo de Ricardo Moreno Castillo. Ya saben: el autor del Panfleto antipedagógico que aquí comenté meses atrás. Es un volumen que ha adquirido un cierto renombre como consecuencia de la actualidad o de la oportunidad de sus quejas. La mala educación, por ejemplo, que Moreno Castillo detectaría como patología general de nuestro tiempo. El artículo que publicaba en El País redondeaba la exposición de sus ideas abordando las causas de la violencia escolar. Tiene el mismo tenor que su Panfleto: generalizaciones o condenas abusivas. La causa de la violencia escolar estaría en la LOGSE o en la LOE: leyes que facilitarían el abuso de los alumnos prepotentes o indiferentes; normas que restarían, sin más, autoridad a los profesores. Los responsables de la mala educación serían –cómo no— los pedagogos o los sindicalistas, gentes que amparan un estado de cosas en el que sobresaldrían los peores estudiantes, forzados a estudiar hasta los dieciséis. Por eso, Moreno Castillo propone aligerar la ESO: si alguien no desea estudiar cuando se cumplan los doce años, lo más sensato es no forzarle.  

Es absolutamente contradictorio. Por un lado, está exigiendo una pedagogía del esfuerzo y, por otro, propone que el niño tome decisiones drásticas sobre su vida en fecha tan temprana. Según las viejas enseñanzas de la Iglesia, ingresábamos en la edad de la razón a los siete años: tal vez por eso, Moreno Castillo exige aliviar al muchacho cuando él ya pueda decidir con sensatez. A los doce años, sí.  ¿Y los padres? En su artículo, Moreno no habla de aquellos padres que se desentienden de la marcha de la escuela o que verían como un remedio que su muchacho se pusiera a trabajar bien pronto. Unos dinerillos extra nunca vienen mal. Como tampoco habla de aquellos colegas suyos, de aquellos profesores, que imparten clases de pena, lecciones que espantan a los alumnos mejor preparados precisamente. 

Ahora bien, de todo lo leído en su artículo, tan simplista y demagógico, lo peor es una analogía que Moreno Castillo establece al final, reveladora del estado de su pensamiento. “Que se castiguen las faltas de disciplina, y se admita sin rodeos que quien manda en la clase es el profesor, igual que admitimos que quien manda en un avión es la tripulación, y que esto no significa ser fascista ni autoritario”. No es nueva esta comparación, pues ya se la había leído con anterioridad. “La autoridad del profesor en el aula es tan indispensable como la de la tripulación en un avión”, había dicho. “El piloto puede equivocarse, de hecho hay accidentes debidos a errores humanos, pero siempre habrá más posibilidades de no estrellarse si fiamos en la capacidad del piloto que si los pasajeros se constituyen en asamblea soberana para gobernar la aeronave. Y esto no tiene nada que ver con la democracia”.  

Si lo pensamos bien, esta analogía es lamentable. ¿El profesor es como un piloto? ¿Está comparando a los pasajeros de un aeroplano con los estudiantes? El aeronauta no se preocupa de sus pasajeros, sino de conducir la nave hasta su destino por el pasillo aéreo marcado y evitando las turbulencias, qué sé yo. Es decir, el piloto, que nos da la bienvenida, muy pronto se desinteresa de nosotros y va a la suya. Es lo que debe hacer, claro. Los pilotos tienen azafatas y sobrecargos que distribuyen viandas y bebidas, y representan la escena del chaleco entre la indiferencia o el jolgorio de los espectadores. Los profesores, por el contrario, se preocupan de sus alumnos, uno a uno, y no tienen asistentes que repartan golosinas.  

Por otra parte, los pasajeros obran bien si permanecen en sus asientos sin moverse, con los cinturones abrochados, cuando así se les indica: guardando la mínima disciplina que se les exige para no poner en peligro sus vidas y el vuelo del aparato. ¿Actúan igual los alumnos, incluso los mejores alumnos? En realidad, los buenos y los malos estudiantes serían como aquellos viajeros que levantándose de sus asientos acudieran a la cabina a preguntar cosas y a interesarse por la marcha del aparato, por la geografía que se divisa desde allí o por las humedades y las temperaturas del exterior. Es tan mala la analogía, que no sabe Moreno Castillo la desastrosa consecuencia a que lleva su comparación. ¿Violencia en las aulas? Podríamos cotejar al estudiante violento con el pasajero terrorista que incumpliendo las normas quisiera desviar el avión de su curso normal, que intimidara a todos los presentes y que, incluso, se propusiera estrellarlos a todos.  No sigo…, en efecto, porque las ideas de Moreno Castillo empeoran cuando nos las tomamos en serio.

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15 comentarios

  1. Ummm..Pues a mí me parece que aunque su discurso esté mal fundamentado o sea deslabazado, acierta de pleno -que sea por casualidad ó no, ya es otra cuestión- en las causas del problema. E ignorarlas o aplicar las mismas políticas que se han utilizado hasta ahora, causantes primeras del fenómeno, no nos lleva mas que a empeorar la situación, ya de por sí grave.

  2. Pues a mí me parece lamentable la analogía. Los que hemos sido estudiantes recientes de secundaria no vemos que el avión sea lo más parecido a una clase. Ni los profesores son pilotos. Así nos vamos a estrellar!

  3. Amigo Justo:
    Escribir es arriesgado, porque es necesario dar un mensaje. Hoy no puedo felicitarte, porque no he entendido tu mensaje. Estamos ante una sensación de perplejidad que no habiamos previsto en el cambio generacional.

    ¿Qué quieres decir en tu articulo?

    a) ¿Que en el panfleto antipedagógico hay un exceso de contundencia?

    b) ¿Que los profesores no saben hacer su trabajo?

    c) ¿Que los padres no cumplen?

    Hubiera agradecido alguna profundización. Tengo algo a decir de la informática, del puerto, o de los trenes (que son los asuntos de los que me ocupo habitualmente en la prensa), pero estoy perplejo ante la evolución social que vivimos. Desde mis 56 años no puedo cargarme la valentia de los planteamientos que hace el libro, que es más un grito de socorro que un diagnóstico, pero que tiene la valentía de plantearlo. Me gustaría tener algo que decir, pero estoy superado y ello no equivale a decir que estoy en las nubes, licencias literarias aparte.

    Dicho esto, el tema me parece tan importante, que no si debe tratarse con la alegría propia de estos sitios.

  4. Creo son muchas las respuestas que desde la docencia se buscan para dar solución al problema de la violencia, del fracaso escolar y, en definitiva, de toda una problemática social que cada día asusta más, especialmente, a los padres. Se trata de un fenómeno que irrumpe a diario en nuestras escuelas, pero sobre el que no siempre se sabe muy bien qué hacer cuando adquiere entidad de realidad. Sabemos que sus orígenes están relacionados, muchas veces, con las experiencias vinculares del entorno familiar. Pero estos discursos pocas veces tratan los modos de intervenir para revertir y transformar. La desesperanza sobre los resultados suele verse, entonces, como una regularidad.

    Me parece una barbaridad el enfoque que Moreno Castillo plantea en su totalidad. Tal vez, se deba comenzar en pensar la realidad desde marcos que nos permitan tomar la reproducción social como punto de partida, aceptar la naturaleza ideológica, política y no menos ética de la institución educativa y proyectar desde allí la labor profesional asumiendo las decisiones del día a día, al incertidumbre y el grado de frustración que ello implica entendiendo que son estos los espacios donde se pueden interpelar. Pero, naturalmente, entendiéndolo correctamente.

    Como diría Fernando Savater: “Los humanos no estamos condenados a la sociedad sino condenados a vivir entre semejantes… enseña más el maestro al educar su humanidad que al instruir cualquier otra cosa que enseñe”

  5. Nicolás, gracias por la indicación que me haces. Ya he corregido el enlace. Por otra parte, después contestaré a los comentarios críticos que se me hacen: los de John Constantine y Gregorio Martín…

  6. Estudiantes”, un post en el blog argentino Tapera (Historia y ciencias sociales) en el que Nicolás Quiroga comenta el texto de hoy. Gracias. Luego comentamos…

  7. Pienso que la verdadera causa de la situación de la educación radica en el vacío que hay en las casas, en el consumismo, en la irresponsabilidad de algunos padres, y en la falta de vocación de parte del profesorado. Si los padres por mantener su poder adquisitivo o para subsistir han olvidado a sus hijos, no es menos cierto que entre un sector del profesorado se ha instalado una demanda autoritaria que va contra toda lógica y que pretende convertir a chavales en delincuentes estigmatizándolos. Tenemos en nuestro país buenos ejemplos pedagógicos, sólo con echar un vistazo a lo mucho que escribieron e hicieron los profesores de la ILE, aprenderíamos bastante para no querer nunca que las escuelas o los institutos se conviertan en cárceles al mando de un cabo de varas. Hay otras soluciones, y sólo hay que buscarlas un poquito más atrás del franquismo: No éramos unos santos quienes estudiábamos en sus atestadas y religiosas aulas, pese al palo y tentetieso. Por otra parte, el método del palo suele producir un rechazo visceral en el estudiante hacia el estudio, uno por ejemplo, que estudió en esas escuelas, todo lo que aprendió, que fue muy poco, lo hizo, como dice la canción, de una bruja, poco de la escuela y sus maestros de la letra con sangre entra. Ese no es el camino.

  8. El avión son los estudiantes

    No sé si, como dice Gregorio Martín, lo que hoy digo se entiende o no se entiende. Creo haber mostrado mi desagrado con la retórica excesiva del libro…, hasta tal punto que algún básico volveré a tratarlo en el artículo que publicaré esta semana en Levante-EMV. Añade G. Martín que “no puedo cargarme la valentia de los planteamientos que hace el libro, que es más un grito de socorro que un diagnóstico, pero que tiene la valentía de plantearlo”. Justamente porque la educación necesita diagnósticos acertados es por lo que sobran los gritos. Cuando hay un problema que corregir, cuando debemos enfrentar una situación que funciona mal, razonar, argumentar, no lo mismo que chillar, desde luego: es mejor. Y no creo que satanizando a los pedagogos se resuelva el problema. Como dice Pedro L. Angosto, en franquismo, los alumnos no éramos santitos, aunque, sin duda, nos contenían bien: a los jovencitos que íbamos a colegios de curas nos zurraban la pavana.

    Dice G. Martín: “¿Qué quieres decir en tu articulo?

    a) ¿Que en el panfleto antipedagógico hay un exceso de contundencia?

    b) ¿Que los profesores no saben hacer su trabajo?

    c) ¿Que los padres no cumplen?

    Hubiera agradecido alguna profundización”.

    Yo también habría preferido que las preguntas a), b) y c) se hubieran planteado más profundamente. a) El problema del Panfleto no es sólo un exceso de contundencia; b) algunos profesores no saben, efectivamente, hacer su trabajo; c) algunos padres no cumplen.

    Puestos a aceptar metáforas, diría –como señala Nicolás Quiroga en su blog– que los estudiantes son el avión. En cuanto al piloto…, pues –como en todas partes– hay buenos, malos y regulares. Pero en circunstancias normales cuando el aparato no alza el vuelo, entonces el piloto no puede echarle la culpa a la Red de Aeropuertos, a los Controladores o al ministro del Ramo.

  9. ¡Vaya! Ahora la culpa de la burrera de la sociedad actual la tienen los profesores.¡No te mata!.La burrera actual la tenemos todos.Claro que más,los que más responsabilidades tienen, es decir los padres y los profesores universitarios.

  10. Soy padre y profesor universitario. No me pregunte, Arnau, qué hago en una u otra actividad, si lo hago bien, mal o regular, siempre o a veces: simplemente, estoy condenado por ser ambas cosas, por tener esas responsabilidades. ¡Vaya!

  11. Ya vamos a empezar otra vez, siempre es lo mismo, cuando alguien quiere poner remedio a algo salen con sus cosas ” de que no es lo mismo esta situación que la otra”.

    Por mi parte estoy plenamente de acuerdo de comparar a los alumnos con pasajeros de un avión, dejemos que los pasajeros o los alumnos gobiernen la nave y que se rompan la crisma, de todos modos la culpa siempre la lleva el piloto o el docente.

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