El Padrenuestro de los historiadores

padrenuestro.jpg    1. Leo el editorial que Abc dedicaba el pasado 1 de diciembre al último de los dos Congresos que sobre la Guerra Civil se han celebrado en Madrid. El primero tuvo lugar semanas atrás organizado por la Universidad CEU San Pablo. El segundo, que concluía la semana pasada, no partía con ese sesgo confesional. Al describir las conclusiones de este segundo congreso (ya saben: más laico), el editorialista de Abc parecía perdonar a los historiadores presentes cuando decía: “pretende terminar, según los organizadores, ‘sin vencedores ni vencidos’. Es los menos que cabe exigir a una reunión científica de historiadores cuya misión es contar las cosas tal y como ocurrieron, aportando pruebas documentales y buscando el equilibrio razonable entre unos y otros testimonios”. Más allá del tono, era ésta una escueta lección de historiografía aparentemente irreprochable. Y, sin embargo, en el breve extracto del editorial se deslizaban varios errores de índole historiográfica.

¿De verdad los historiadores tienen como misión “contar las cosas tal y como ocurrieron”? Aparentemente, esta manifestación parece ser una declaración a favor de un relato objetivo y exhaustivo, cosa a la que nadie en su sano juicio podría oponerse. Que al historiador haya que exigirle la mayor objetividad posible o el mayor acopio documental posible no se resuelve con esa declaración simplemente irrealizable y, además, errónea. La frase corresponde originariamente a Leopold von Ranke y nuestro distinguido antecesor la pronunció en un contexto intelectual bien preciso, el del siglo XIX: aquel en el que un historiador se distanciaba de la especulación hegeliana, de las inmoderadas generalizaciones filosóficas. Ahora bien, hoy en día esa declaración es historiográficamente insostenible. La idea de que contamos las cosas tal y como ocurrieron hace creer que es posible disponer de todas ellas gracias a haber reunido todos los documentos, Y, sin embargo, tal eventualidad es imposible.

 La narración histórica es siempre una selección hecha sobre vestigios insuficientes. La historia sólo puede ser uno de los relatos posibles, es decir, no hay un modo único ni definitivo de contar una historia. Habrá, pues, tantas posibilidades como narradores actualicen en un relato lo que sólo era potencial, lo que esperaba ser puesto al día, a partir de estas y no otras palabras, a partir de estos y no otros documentos. ¿Significa eso, como dice el editorialista de Abc que los historiadores aportan “pruebas documentales”, “buscando el equilibrio razonable entre unos y otros testimonios”? No aportan pruebas –como se haría en la justicia– porque no tenemos por meta inculpar, sino recrear con significado. Fue Carlo Ginzburg quien advirtió contra el espejismo que puede provocarnos la analogía entre El juez y el historiador. No desenterramos hechos contenidos en pruebas, sino documentos que tienen determinada información con algún significado. El buen historiador no trata de buscar un equilibrio para ser ecuánime. Un solo documento puede ser más revelador que cientos.  

Los historiadores metódicos franceses de finales del Ochocientos quisieron evitar que la época reciente fuera objeto de polémicas contemporáneas. Los investigadores, pues, debían alejarse de su tiempo con el fin de sofocar la contienda. Lo antiguo, lo distante o lo remoto no provocarían controversias políticas y, así, lo pasado podría abordarse sin ira, con estudio. Durante los dos primeros tercios del siglo XIX habían sido tantas las discusiones sobre la Revolución francesa, sobre sus orígenes y sus efectos, que un regreso a esos asuntos enfrentaría a los historiadores… Y, sin embargo, ese apaciguamiento que supuestamente traería la distancia estaba condenada a fracasar, pues los metódicos olvidaban que el interés por el pasado no suele ser algo desinteresado. Lo suele provocar un reactivo que nos despierta el interés, precisamente: el presente.  

El presente y nuestra sociedad los concebirnos con sentido. La realidad no es un repertorio de hechos (o, al menos, no queremos vivirla así), sino una amalgama de eventos, actos, individuos, objetos y sentimientos que percibimos a través de distintos medios o canales, amalgama a la que queremos dar algún significado, alguna congruencia. Mirar el presente sin sentido es abandonarse a la pura incertidumbre de lo contradictorio, de lo irrelevante, de lo caótico. Por eso decía Jerome Bruner que nuestra principal acción es la de emprender actos de significado, la de construir la realidad con un sentido coherente. Pues bien, de ese presente esquivo y desordenado al que queremos someter con una semántica congruente nace nuestro interés por el pasado: exhumamos documentos en los que hay versiones de hechos de otro tiempo, de acciones de otros individuos, para contrastarnos con ellos, para averiguar qué hicieron en circunstancias semejantes o en contextos en los que nosotros jamás estaremos. Es un modo de averiguar el temple moral de otros que no debieron de ser ni mejores ni peores que nosotros. Parte de sus acciones llegan hasta nosotros: o bien por los efectos materiales que aún provocan, o bien por los relatos de nuestros mayores -que nos las transmiten-, o bien por los documentos  que han sobrevivido y en los que hay vestigio de aquéllas. Pero esos efectos o esos relatos o esos documentos no traen hasta el presente el hecho desnudo, sino el hecho con significado. Es trivial, pero hay que decirlo: no hay hechos sin significado, al menos cuando los contemplan o los narran los seres humanos.

Por eso, no extrañará que el primero de estos dos Congresos sobre la Guerra Civil, el organizado por el CEU San Pablo, empezara con un rezo colectivo del Padrenuestro. Lo detallo. Según pudo leerse en El Mundo del día 23 de noviembre de 2006, “el II Congreso Internacional sobre la República y la Guerra Civil, organizado por dos universidades de la Fundación San Pablo CEU, arrancó ayer con el rezo colectivo de un padrenuestro por las víctimas de la República y de la guerra”. Quien inauguraba la reunión, el Rector, recordó la persecución de que fueron  víctimas tantos clérigos y fieles: el propio fundador del CEU, sin ir más lejos. En memoria de aquellos muertos de la República y de la Guerra pidió el rezo de esa oración. Vaya, su declaración fue todo un acto de significado: equiparó los muertos cuya causa es una contienda con los muertos que pueda haber bajo un régimen político, por convulso que éste sea. Pero es que, puestos a contar cadáveres, al compasivo Rector se le olvidó tener un acto de piedad con otros muertos: con los que fueron acribillados bajo la dictadura de Franco. Al fin y al cabo, los ajusticiamientos posteriores a 1939 formaban parte de la limpieza que debía consumar el nuevo Estado Español salido de la Guerra Civil. Tal vez, dicho olvido es frecuente ahora entre algunos creyentes desvergonzados porque, como dice Santos Juliá en “Víctima y verdugo, los jerarcas de la Iglesia insisten en olvidar la contribución del catolicismo a la Cruzada. Y esa conversión -esa denominación: Cruzada- también fue, desde luego, un acto de significado.

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2. Guerra Civil y  Revisionismo. Próximamente, en  Pasajes. Revista de pensamiento contemporáneo, núm. 21, un artículo de JS titulado «Las iluminaciones de Pío Moa. El revisionismo antirrepublicano».

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3. ¡ATENCIÓN! GRAN NOVEDAD… Acaba de aparecer el Blog de Anaclet Pons (Grand Tour).Visítenlo: no se lo pierdan.

  1. Usted -sr Serna- aprovecha cualquier circunstancia para meterse con la Iglesia. Rezaré por usted.

  2. Hacía tiempo que no escribia aquí, pero el comentario de hoy me obliga. Creo que entiendo a J. Serna. Critica a la Iglesia católica porque contribuyó a la guerra civil, pero lo que le pido es que comprenda que el catolicismo cambió después de de Juan XXIII. Los creyentes nos esforzamos por entender a los laicos. Y usted, señor serna, es ateo, pero sensible y entenderá el cambio de la Iglesia. Un padrenuestro no hace daño a nadie.

  3. Es lógico que los vencedores en la contienda de la Guerra Cilivil española 1936-39 se nieguen a dejarse arrebatar el control del poder político conquistado en aquella contienda.
    Ellos ya enquistaron para el futuro su continuidad, con el diseño de un sistema en el cual las libertades para la propiedad, fueran cada vez más ilimitadas.
    Y lo maravilloso ha sido, que vencedores y vencidos han participado en el gran festín creando un futuro incierto y espeluznante.

  4. Amigos creyentes. El asunto que hoy presenta J. Serna no es si el Padre Nuestro hace daño o no, sino si los historiadores han de hacer profesión de fe.

  5. Repitan en voz alta «SÓLO IMPORTA EL PRESENTE».
    500 veces más, por favor. EL PRESENTE, EL PRESENTE, EL PRESENTE.
    El PASADO para los novelistas. El FUTURO para los cuentistas.
    El verdadero ATEO sólo piensa en el PRESENTE.
    El ayer y el mañana están demasiado lejos. Sigan repitiendo «SÓLO IMPORTA EL PRESENTE». Recuerden, VIVIR EL PRESENTE ES VIVIR LA VIDA.
    Perseveren, no desfallezcan: SÓLO IMPORTA EL PRESENTE.
    CUALQUIER CONCLUSIÓN BASADA EN EL PASADO ES ERRÓNEA.
    CUALQUIER PREDICCIÓN DEL FUTURO ES PURO CUENTO.
    EL FUTURO SÓLO PARA LOS METEÓROLOGOS.
    EL PASADO PERTENECE A LOS OCIOSOS.

    MUERTE A LA HISTORIA. VIVA EL PRESENTE.
    Saludos cordiales.

  6. Inquisitor, tal vez podríamos convenir en ciertos aspectos de lo que dice, si pensara en minúscula. El énfasis mayúsculo da miedo. Por otra parte, hace tiempo escribí contra el usa de la historia como hipoteca del presente. Si le interesa puedo verlo aquí:

    http://www.elpais.com/articulo/elpepiautval/20020121elpval_6/Tes/%c2%bfContra%20la%20historia?

  7. Existe un afán revisionista que afecta sobre todo al periodo comprendido entre 1931 y 1975. Historiadores, algunos reconvertidos, como es el caso de Pío Moa, se empeñan en demostrar de manera terca y falaz que Franco sólo quiso mejorar España y defenderla del comunismo bárbaro y ateo. En resumidas cuentas, pretende reescribir la historia, con el afán de desvirtuar el proceso de reconstrucción histórica que durante la democracia española se ha intentado llevar a cabo. Sin embargo, el problema no es ese (cada cual es libre de elegir lo que pensar); el verdadero problema revisionista es que no se equipara al franquismo con otras ideas totalitarias y otros monstruos de la historia como Hitler o Mussolini, que participaron activamente en la guerra civil, adelantando el comienzo de la II Guerra Mundial. ¿Pretende el señor Moa también reconstruir la historia europea? Su intento es absurdo y poco serio. Quizás lo que haya que revisar sea el proceso político de la transición, que no se debió de hacer tan bien puesto que hoy en día todavía hay gente que defiende las tesis de Moa, sin que se les considere \

  8. un fasticista. Por lo demás hay documentación gráfica de sobra para saber cómo la iglesia española apoyó sin tapujos la dictadura franquista. Si se reza o no un padre nuestro, evidentemente no es importante. Pero quien es creyente y católico estuvo y está en la obligación de pronunciarse respecto de eso sin tapujos.
    http://www.autobiografiaporescribirluisquinonesc.blogspot.com

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