Los intelectuales, al diván

bourdieu.png   1. Los intelectuales son un grupo humano paradójico: se crecen interiormente alimentando un yo que les aleja del resto; se rehacen con nutrientes culturales ajenos que ellos sintetizan con metabolismo erudito; interiorizan experiencias que para la mayoría de los mortales son datos puramente externos. Son un grupo paradójico porque lo que hacen como creadores o como académicos les distancia objetivamente de la masa y, sin embargo, esa misma cualidad o esa diferencia imantan, atraen, seducen. Justamente por eso, sabiéndose escuchados, seguidos, aplaudidos, levantan su voz, peroran. No sólo de lo que saben, de aquello en lo que son competentes, sino también de otras cosas públicas que a muchos interesan y sobre las que ellos creen tener opinión o juicio. Intervienen en la prensa, se hacen presentes en los medios, denuncian, aprueban, condenan, celebran… y su imagen se impone más allá de su propia obra. Es raro poder escapar del envanecimiento que este proceso suele provocar, pues saberse conocidos y apreciados, saber que hay tantos que aguardan esa voz o dictamen, trastorna. Por esta circunstancia paradójica –un mundo interno cuyas emanaciones se esperan con unción y fervor–,  muchos intelectuales maduran mal, padeciendo frecuentes trastornos narcisistas. Entre quienes están muy pagados de sí mismos, entre quienes sueñan con la posteridad, no es  raro hallar casos de engreimiento fantasioso: gentes que, cuando recuerdan su propia vida, se engañan con sus logros, su identidad y su coherencia.  Tanto es así, que a muchos habría que enviarlos al diván. Es allí en la soledad incongruente de la vida en donde deberían examinar su actos o sus cobardías para así abandonar el último rastro de jactancia. Lamentablemente, esto no es corriente y, por eso, las memorias de los intelectuales pecan de congruencia, de afectación. ¿A quién o a quiénes me refiero? 

Acabo de leer dos libros sobre un mismo intelectual. El primero se titula Autoanálisis de un sociólogo y el autor es Pierre Bourdieu. El segundo, que está coordinado por José Luis Moreno Pestaña y Francisco Vázquez García, está dedicado a Pierre Bourdieu y la filosofía. De entrada he de confesar que este sociólogo no es un académico o un estudioso que me entusiasme particularmente. Es más, he escrito sobre y contra alguna de sus obras, por haber juzgado confusas sus respuestas. Eso no quita, sin embargo, para que  me haya interesado su empeño analítico. Pero ahora más que sus categorías, me han conmovido sus memorias y las evocaciones agradecidas y polémicas de sus antiguos amigos y seguidores. En todo caso rezuman sinceridad y modestia, algo bastante insólito en el medio intelectual francés y, por extensión y contagio, en el ámbito español. Les detallo. 

Pierre Bourdieu era un sociólogo reconocido, un estudioso francés que alcanzó la celebridad en los años 70 y 80. Fallece en 2002, cuando aún tenía mucho que decir y cuando sus análisis brillantes e impertinentes todavía podían rendir fruto. La muerte siempre llega demasiado pronto, corta una reflexión y consume nuestras potencias. Conozco a pocas personas de las que se pueda decir “ya viviste lo tuyo”.  En el caso de Bourdieu, su creatividad nos prometía un porvenir de debates interesantes y ásperos, sobre todo a quienes no le teníamos por maestro. La Parca, pues, nos arrebata a un interlocutor con quien crecer y madurar: toda una amputación. Nos conformaremos, por tanto, con lo que Bourdieu nos lega, que es, en definitiva, una obra intelectual interesante e impertinente. Los lectores pueden apreciar en sus obras la variedad y la calidad polémicas, la decidida voluntad de controversia. Trató desde la dominación masculina hasta la televisión, desde el consumismo hasta el parentesco. Siempre, eso sí, con esa desenvoltura tan francesa que muchos seguimos valorando. 

Ya lo hemos dicho: un intelectual de París es alguien que se agiganta al hablar, consciente de sus recursos: alguien que diagnostica, que enjuicia, que dictamina… sabiendo que siempre podrá doblegar lo real aun cuando ese referente externo le oponga mucha resistencia. En Gran Bretaña, los escritores no disfrutan de ese crédito: a veces incluso son parias. En cambio, en Francia, un intelectual es una figura prestigiosa, envidiada, a despecho de sus mamarrachadas. Por lo que yo sé, Bourdieu no se prodigó con necedades graves, inconsecuentes o delictivas. Ustedes me perdonarán, pero eso ya lo hace atendible en ese gremio de frecuentes voceadores. Reparemos, pues, en su obra y en los libros que ahora le devuelven actualidad.  

Pierre Bourdieu era alguien cuyo prestigio internacional se debía en parte a la posición académica que conquistó con perseverancia y méritos, con actitudes y aptitudes que le encumbraron cuando París era el centro de un dominio intelectual. En principio, este hecho no es extraño y se repite  entre los maîtres à penser que Francia exporta desde antiguo. Ahora bien, en el caso de Bourdieu, ese dato es distintivo si tenemos en cuenta el origen pirenaico, provinciano, excéntrico, de un joven que debió asediar el París institucional en la posguerra (el acceso a la École Normale Supérieure), un joven que tenía un marcado acento rural, aldeano (según él mismo reconocía), acento por el que se le ultrajaba con discriminación metropolitana. Esa laceración y el aislamiento académico alimentaron su rechazo y, sobre esas heridas, Bourdieu acabará erigiendo su obra, su triunfo personal y su desquite de clase, si me permiten decirlo así. 

Este éxito intelectual ha sido tan grande que para muchos de sus lectores y seguidores, decir sociología francesa y decir Bourdieu es una y la misma cosa. Es más: su influencia va más allá de las ciencias sociales y, por eso, no es una rareza el imprescindible libro que José Luis Moreno y Francisco Vázquez dedican a sus tratos con la filosofía. Para ambos autores –y en general para quienes escriben en dicho volumen–, Bourdieu se tomó en serio la tarea más noble del saber: la iluminación. Radicalizar las luces, destapar, desvelar, incluso contra sí mismo.  Para sus deudos más militantes –que forman una especie de cofradía,  afín y cerrada–, una amplísima bibliografía lo respalda: pero también una gran variedad de objetos lo confirman (la familia, el sistema educativo, el arte, etcétera); un  léxico característico lo identifica (con acepciones propias que aplica a diversos ámbitos); y, en fin, una contribución original lo reafirma, rebasando los límites de distintas corrientes. No es ni subjetivista ni objetivista, ni estructuralista ni individualista, ni marxista ni liberal… Como un autor que se admite distante, se alza y se aleja de posiciones predeterminadas, cosa que es de agradecer; pero, a la vez, ese esfuerzo intelectual le llevó en sus polémicas a la arrogancia de quien se sabe mejor colocado. Por eso, de él puede decirse que trata lo fundamental, que aborda las cuestiones básicas de nuestro tiempo y que, en sus textos más felices (que no son tantos),  llega a concepciones perspicaces. Por los objetos difíciles que aborda,  pero sobre todo por el lenguaje artificial con que los enfrenta (habitus, campo, estrategia, etcétera) y por la índole académica de sus libros, los análisis que emprende no siempre sobrepasan las barreras de un público universitario.

Autoanálisis de un sociólogo es una especie de autobiografía escrita poco antes de morir, una autobiografía en la que el autor repudia esa etiqueta de los géneros literarios: son recuerdos personales en los que Bourdieu dice rechazar la añagaza de la memoria o, como dijo en cierta ocasión, la ilusión biográfica. ¿Por qué razón? Sus obras se concibieron como una superación de las viejas contradicciones de las ciencias sociales: individuo-sociedad, estructura-acción, regla-libertad. ¿Cómo abordar la explicación de lo social? Bourdieu trató durante toda su vida académica de concebir una doctrina basada en el dato empírico, pero también una doctrina que aunara a los clásicos más fértiles (Marx, Durkheim, Weber) y que permitiera analizar lo concreto, sin recaer en el vicio especulativo de los filósofos franceses y sin abandonarse a la creencia de la libertad indeterminada que predicara Jean-Paul Sartre. A mi juicio, el resultado fue una heroica tentativa inevitablemente condenada al fracaso, pues no todos le han seguido ni todos aceptan los planteamientos de su ciencia social: Bourdieu creyó resolver las aporías, las contradicciones tradicionales de la sociología, pensándose equidistante del  existencialismo y del estructuralismo, de la existencia incondicionada que se crea en el acto y de la estructura que determina un comportamiento.

La biografía o la autobiografía serían géneros que hacen depender el relato de una ilusión, de esa ilusión que Bourdieu denunciara: el sujeto se expresa y se manifiesta según una narración que hace de su esencia un embrión que se despliega. La coherencia del yo, sus presuntas congruencias más allá de los diferentes contextos, sus preferencias bien claras de principio a fin, el concepto mismo de relato ordenado. Frente a la ilusión biográfica que Bourdieu repudiaba (que guiaría los géneros del yo y de la memoria), la vida es bien distinta, como el espacio de lo posible, un dominio en el que hay reglas que los agentes saben o no saben, que cumplen o incumplen según los réditos que de su acción o inacción se deriven. Por ejemplo, los agentes académicos; por ejemplo, los agentes intelectuales.

Pero, al final de su existencia, cuando la muerte ya era una evidencia próxima, vemos a Bourdieu escribiendo una autobiografía que rechaza ese apelativo, una autobiografía selectiva, parcial, a la que se resiste a llamar así. ¿Por qué razón? Porque prefiere llamarla autoanálisis (según una acepción vagamente freudiana), una inspección sobre sí mismo hecha en un diván metafórico que lo convertiría en objeto antes que en sujeto. Eso es, al menos, lo que él cree. Se objetiva, se hace cosa observada, como predicara Émile Durkheim, para superar el subjetivismo o el sentimentalismo. En todo caso, fuera de esta impostación antisubjetiva, esta obra es la más accesible de Bourdieu, la más personal y tiene un halo trágico semejante al que apreciábamos años atrás en El porvenir es largo, de Louis Althusser: un ajuste de cuentas consigo mismo en el que los empeños y las empresas acaban viéndose en parte como un fracaso. Sería injusto que de Bourdieu repitiéramos otra vez lo que Henri Poincaré –contemporáneo de Durkheim— predicara de la sociología: que “es una teoría que puede ofrecer el mayor número de métodos y el menor número de resultados». Pero no sería incorrecto si dijéramos que los resultados de Bourdieu son magros: magros si los comparamos con los empeños que él se propuso y si los cotejamos con los métodos a que obliga la complejidad del individuo y de sus relaciones, normas y valores.  En realidad, nunca acabaremos de resolver lo que Bourdieu creyó haber resuelto, pensando que su obra –como la de un Ludwig Wittgenstein de las ciencias sociales— acababa con las contradicciones académicas. 

Frente a tantos y tantos intelectuales que viven en el hiperuranio, en el reino de las ideas, Pierre Bourdieu fue un sociólogo que se propuso acercarse a lo real. Con errores y porfías inexplicables, con una prosa frecuentemente desabrida, Bourdieu supo, sin embargo, diagnosticar alguno de los males que aquejan a esos sabios sin ataduras. Entre ellos, el del idealismo de tantos intelectuales de izquierda que creyeron acercarse a lo real forzando su radicalismo ideológico, haciéndose maoístas o trotskistas, por ejemplo: “Los efectos del aislamiento”, dice en su última obra, “acentuados por los de la elección escolar y de la cohabitación prolongada de un grupo socialmente muy homogéneo, sólo pueden, en efecto, propiciar un distanciamiento social y mental en relación con el mundo que nunca es tan manifiesto, paradójicamente, como en los intentos, a menudo patéticos, por alcanzar el mundo real, en particular mediante los compromisos políticos (estalinismo, maoísmo, etcétera) que por su utopismo irresponsable y su radicalidad irrealista manifiesta que siguen constituyendo una forma paradójica de negar las realidades del mundo social”.

¿Les suena esta música? 

2. Las polémicas de o sobre Bourdieu no acabaron tras su muerte. Aún hoy, en Francia regresan su figura y sus ideas: se le aprueba, se le discute, se le combate, se le reprocha. Lean el magnífico tratamiento que Anaclet Pons hace en su blog de lo que ha llamado La polémica Bourdieu. No será la última… Francia en estado puro. 

  1. Los intelectuales son una especie en extinción. Eso de saber de todo es falso. Con el desarrollo de la ciencia y de la tecnología se ha acabado el tiempo de las letras. El problema sigue siendo el de la moral.

  2. Interensantísima intervención de Justo Serna que nos abre el debate sobre una carencia española de aquello que abundó en la primera mitad del Siglo XX: la carencia de actuales «maîtres à penser» como en su día lo fueron un Unamuno u Ortega —Por no decir Jovellanos o Blanco White— que aún siguen dominando con sus luces el cauce interrumpido de la filosofía española. Sólo una anotación, pues volveré sobre el tema, la traducción que en su día se publicó de las memorias de Althusser, tiene un título engañoso pese al respeto que siento por su traductora. «L’avenir dure longtems» no quiere decir que «El Porvenir es largo»,como reza el título español, sino «El Porvenir tarda en llegar», lo que cambia radicalmente su sentido. En cuanto a Bourdieu, que para mí carece de excesivo interés, alabo como Serna y Àlex la altura moral que cara a la muerte, a la que no se puede engañar, hace que se derrumbe el castillo de naipes de la vanidad personal y surja el torrente de la autocrítica, o aautoanálisis, como prefieran: Una esencial limpieza de fondos para aligerar la barca que pone rumbo a la Nada, con dignidad humana.

  3. Tengo la impresión de que el mejor intelectual no es el que intenta aportar luz sobre las sombras, sino aquél que descubre las sombras en las teóricas luces que nos tienen deslumbrados.

  4. Es muy interesante lo que dice MIguel Veyrat sobre las memorias de Althusser con un título engañoso o de dificil traducción. “L’avenir dure longtems” (dice M. Veyrat) no significa: “El Porvenir es largo” (según el titulo de la editorial destino) sino “El Porvenir tarda en llegar”. De verdad que ese detalle cambia el sentido.

  5. Vivencias u opiniones

    Como dice Luis, es extraordinariamente interesante la puntualización de Miguel Veyrat sobre las memorias de Althusser. Después volveré sobre ello.

    Ahora, sin embargo, quiero destacar el comentario que, en un correo aparte, me manda un apreciado académico a propósito del texto del blog. Dice: «No estoy muy seguro que intelectual sea un termino bien definido y eso hace que tu artículo adquiera cuerpo sobre algo que admite varias interpretaciones. Fijate que allí (y en el de Anaclet Pons) el concepto de Ciencia Social pasa del cero al infinito con una dinámica que se entiende muy bien desde la física, la biología e incluso la informática. Me interesa mucho más, la parte de la biografia como mecanismo para transmitir vivencias, especialmente sabiendo que la muerte esta cerca. Hablamos de sinceridad más que de ideas, de contradicciones humanas más que de ciencias y esto ayuda a acercarse a otro semejante. Nota final: Leído el debate que se describe y de las formas que se usan, desgraciadamente entiendo más el proceso de pérdida de papel de Francia frente al pragmatismo anglosajón y no digamos del asiático que nos viene. Prometo hacer un esfuerzo para no separarme de los compañeros de Letras, pero insisto en mi reflexión sobre lo difícil de argumentar, mas allá de la aparente brillantez de la opinión. Saludos».

    Mi respuesta es ésta: «Estimado amigo, lo curioso es que los intelectuales «de Letras» no intervienen sólo sobre sus asuntos o materias, sino sobre cuestiones públicas al margen de sus competencias. No se trata de que sepan o no sepan, sino de que su postura es atendible para muchos en función de un autoridad moral que se les atribuye. Por eso, digo yo en mi texto, es tan patético cuando en sus memorias los intelectuales rehacen sus vidas para darles coherencia y sentido, para agigantarse. Por eso, te agradezco la sutileza de comprender y de aprobar en mi texto y en el ejemplo que pone Anaclet Pons que «la parte de la biografia como mecanismo para transmitir vivencias, especialmente sabiendo que la muerte está cerca. Hablamos de sinceridad mas que de ideas, de contradicciones humanas mas que de ciencias y esto ayuda a acercarse a otro semejante». Pues sí, de eso se trata. Argumentar u opinar siempre será mucho más sencillo que ser capaz de tranmitir vivencias con sinceridad. O, como decía Josep Pla, es mucho más difícil describir que enjuiciar: más difícil aún si aquello que se describe es uno mismo. Un saludo, JS».

  6. La traducción literal sería, queridos amigos, «El porvenir se hace largo», pero nunca de debe traducir por «es largo». La traducción correcta literariamente de la expresión francesa con que tituló Althusser sus memorias, es la que aporto: «El porvenir tarda en llegar». Se dice coloquialmente en francés «Que le temps me dure!» cuando se espera ansiosamente algo, y traducido sería «¡Qué larga es la espera!» o «¡Qué largo se hace el tiempo!». Me parece muy interesante la reflexión de Serna acerca de la costumbre, tan humana, de recomponer la historia personal para acomodarla al retrato que nos gustaría ver de nosotros mismos, pues como le sucedió a Dorian Grey, el tiempo convierte nuestro rostro y nuestra aura en lo que en realidad, de verdad, nos hemos convertido. En la Edad Media existían viejas damas, como la Celestina de nuestra historia, especialistas en «recomponer virgos» a las doncellas honor distraído. Como vemos, la costumbre no se ha perdido y asistimos a sorprendentes recomposiciones de la inmaculada pureza juvenil como la protagonizada por el excelso Félix.

  7. Das una patada a una piedra y aparecen 100 intelectuales……… y detrás, 2000 artistas. Y dentro de 10 años darás una patada a una piedra y aparecerán 125 intelectuales …. y detrás 2500 artistas. Antes se extinguen las ratas que los intelectuales y artistas.

  8. Creo que el «intelectual» es una especie a punto de estinguir. Hijo y producto de la clase burguesa occidental, y diluída ésta en propietarios de títulos accionariales multinacionales. Sus descendientes ya no estudian en Universidades abiertas si no en Colegios elitistas y cerrados a la clase media.
    El liberal ilustrado se ha convertido en un especialista para difundir el mensaje globalizador de la libertad para el movimiento de capitales.

  9. Ojalá

  10. ¿Y quienes son los intelectuales a nivel «mediático» de la España de hoy? Con el enfrentamiento -político, eso sí- cainita que existe hoy en nuestra sociedad ¿Existe alguna figura más o menos respetada en ambos bandos? Me temo que no, Y como muestra, Savater, me temo. Dependiendo del momento, denostado por unos u otros. Y ya si nos remitimos figuras como…Sanchez Dragó, pues la tristeza nos invade profundamente.

  11. Me perdonarán ustedes la ausencia. Estuve en mi pueblo, Corona (Llocfosc) y al regresar de aquel abrupto norte me encontré con esta magnífica reflexión del señor Serna, con quien me honro discrepar. No quisiera que se me tratara de montaraz, así que no invocaré a Ignatius J. Realey para argumentar que una, vez acabado el medioevo acabó cuanto había de geometría y teología, pues, reconozcámoslo, hasta el XVIII y quién sabe si incluso aún en el XIX, Occidente todavía alumbró algún filósofo; sí, una de esas personas respetables que no se avergonzaban de definirse como \

  12. (ignoro porque se cortó mi intervención, les dejo con lo que continúa)
    (…) «amantes de la sabiduría» ni jamás se le ocurrió definirse como “intelectual” (¡como si hasta un pitecántropo no lo fuera!). Así las cosas, inmersos en esta sórdida salsa (rosa) de pensamiento débil contemporáneo y su correlato de pensadores neoreaccionarios investidos de progresismo, casi mejor si les recomiendo ‘Imposturas intelectuales’, de Sokal y Bricmont (lo encontrarán en Paidós) y, luego, si quieren, volvemos sobre el tema del crédito social que puede tener un pancista de la estulticia intelectual.

  13. Oh, amigo Kant, qué magnífica invocación: Ignatius J. Reilly, el espléndido protagonista de ‘La conjura de los necios’. Ayer, qué casualidad, en La Casa del Llibre pedí que me compraran una nueva edición de la novela de John Kennedy Toole. La vieja la tenía manoseada…

  14. El principal problema del intelectual es creer serlo, hoy en día todo el mundo va de intelectual. ¿Qué requisitos hacen de uno un intelectual? en teoría, inteligentes somos todos porque todos tenemos inteligencia, supongo que la diferencia está en la cantidad o en el uso que hagamos de ella. Saludos PoP! guten Nacht!

  15. añado, parafraseando a Groucho Marx, que «Inteligencia militar son dos términos contradictorios». Tiene su gracia. Ahora sí, guten Nacht!

  16. Coincido con Serna y Kant: La Conjura de los necios es un excelente título para el sainete que vemos representar cada día ante nuestros ojos. Una Danza de los Locos si no augurase como en las mejores estampas medievales una Danza de la Muerte.

  17. Como ejemplo brillante de la situación actual de nuestra sociedad, he aquí el artículo que publica hoy Rosa Montero en la última página de El País. Si los actuales y futuros periodistas deben ser los «maître à penser» o por lo menos los indicadores de los caminos por donde debe caminar la opinión, pasen y vean la «Isla de los locos» en que nos encontramos.http://www.elpais.com/articulo/ultima/Marte/elpepuopi/20070220elpepiult_2/Tes

  18. ¿Cobrar por dar una entrevista? El género rosa se impone…, Miguel, para pasmo de Rosa Montero y de la gente sensata.

  19. Caballero Veyrat (y quien quiera leer lo que sigue): veo que es voraz lector – nefando vicio que conmueve el segundo órgano más importante del humano – así que, yo, dispuesto a divulgar y expandir la inquietud en los espíritus y el malestar en las almas, me permitiré recomendarle otro libro que el propio Señor Serna y yo leímos cuando ambos éramos mozalbetes galopines: “Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu” de Maurice Joly. Tanto él – Serna – como yo lo leímos en Muchnik Editores pero, lamentablemente, se cerró. ¡Apresúrese a adquirirla! sólo se reedita de tanto en tanto, rápidamente se agota y la Reacción hace lo inhumanamente posible para que no vuelva a ver la luz. Léala y verá que deliciosa sorpresa para comprender este Occidente sin filósofos y con intelectuales (especialmente si pensamos que Joly la escribió en 1864).

  20. Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, de Maurice Joly, es una de las obras más divertidas e inquietantes que recuerdo haber leído.Y, sí, fue recomendación expresa del Señor ‘Kant’, cuya identidad no revelaré. Cuando ambos éramos mozalbetes galopines, recuerda. Yo no diría tanto o tan poco: ya sobrepasábamos la veintena. Aunque, eso sí,  para todos nosotros el mundo era muy reciente, tan reciente, que muchas cosas aún carecían de nombre, como leíamos en una novela que a ambos deslumbró a los deiciséis o deicisiete años.

  21. Hace un buen tiempo comenté este asunto de los intelectuales en alguna parte, y lo hice precisamente en términos de cierto bourdieuanismo aligerado. La cosa se centró en una cuestión referida al performance intelectual y a lo que entonces se consideró como «teatricalidad». A sabiendas de que es de mal gusto, y de que el excelente post de Justo no lo vale, me aventuro aquí a hacer una reproducción revisada de parte de mi comentario (a propósito de este post bourdieuano) y lo anuncio para no faltar a la franqueza, y reconociendo que es preferible no malrepetir la misma idea.

    Según lo dije, podríamos entender a la teatricalidad de un oficio si consideramos que un oficio siempre conlleva un saber/hacer. Saber hacer algo implica necesariamente el poder de no decir ni revelar cómo es que se sabe hacer “eso”. Ese poder es como una pantalla que hace pasar como una “habilidad natural” aquello que se ha logrado aprender con la práctica y con el esfuerzo de años. Por ahí reside la teatricalidad. Un saber/hacer implica una suerte de histrionismo estratégico que sirve para conservar y mantener la posición -más o menos- privilegiada de quien hace algo en X campo de acción. Un saber/hacer implica un sistema de disposiciones adquiridas que el cuerpo ha incorporado y que el cuerpo es capaz de accionar por una especie de “sentido práctico” que se detona en una situación concreta. Por tanto, el saber/hacer es una práctica que se hace oficial en un campo de acción. Ese campo sirve de escenario para “hacer valer” ese oficio. Por ello cualquier oficio conlleva cierta teatricalidad. Cada persona tiene que defender su oficio para ser “competente”. Nunca encontraremos a alguien que nos confiese que no sabe hacer nada de eso que “dice” saber hacer. Es toda una teatricalidad, sin duda, y este término, a diferencia de una simple “teatralidad”, me parece muy atinado para reflexionar la relación que existe entre la física social y las interacciones comunicativas.

    Cualquiera que tenga un oficio está “metido” en esta situación. Lo que pasa es que los saberes de lo que se sabe hacer, en realidad son saberes subjetivos que se dan por descontados, y al darse por descontados también son atribuidos a la persona que los hace, en lugar de ser entendidos como un conjunto de saberes adquiridos a través de años de práctica. Por ello la frontera que divide un acto de comunicación es muy poco clara. La mayoría de la gente se la cree y está dispuesta a defender su parcelita de poder histriónico. Es el cuerpo el que de hecho “sabe” lo que uno dice o presume saber, porque quien dice saberlo ya no se cuestiona cómo lo hace, simplemente lo hace como un saber incorporado. Es un poco como saber andar en bicicleta: cuando uno se monta en ella simplemente anda y ya, no se detiene cuestionar como hay que andar en ella cada vez que necesita hacerlo. La noción referida al saber/hacer nos lleva a reconocer que existe un desplazamiento entre “el decir y el hacer”. Este desplazamiento demarca una diferencia sustancial entre lo que “se dice que se sabe” y lo que “se hace cuando eso se dice”. Y el profesional dedicado oficialmente a mediar este desplazamiento discursivo es sin más el intelectual. El intelectual al ejercer su oficio cae necesariamente en la utilidad. Lo que dice y lo que sabe tiene que necesariamente serle útil y redituable, de manera que le hace también al histrión, como se hace en cualquier oficio. El detalle es que el oficio del intelectual es producir cierta ideología.

    Pero que exista necesariamente una teatricalidad tampoco implica necesariamente que uno deje de ser franco. Uno puede ser franco y hablar o actuar según los términos de una ética de sí. Cuando uno ejerce esa franqueza para sí, uno ya no actúa sino que acciona una forma de pensar, y la acción de esa forma de pensar es capaz de transformar los escenarios de la teatricalidad. Y de eso se trata: de que exista una transformación de los campos de acción y no que los campos de acción transformen la ética de uno. Pero la voluntad no sirve para transformar el mundo, ni para accionarlo, la voluntad sirve para actuar y para creérsela. Por eso quienes ejercen su oficio lo hacen de buena voluntad, porque quieren sobrevivir como todos. Los políticos, los abogados, los médicos, los científicos, los intelectuales, los artistas, etcétera, ejercen su oficio con muy buena voluntad, pero son los que más se avalan de la teatricalidad. Son los más preocupados por no perder su autoridad ni su verbo sobre la acción de quienes no saben ejercer «eso» que ellos si saben hacer «en efecto».

    [Comentario original: aquí, para profundizar la lectura respecto a los intelectuales, recomiendo este otro]

    saludos

  22. marPoP creo que el uso del término «intelectual» actualmente se refiere más al campo acádemico y de producción de literatura científica. Obviamente todos tenemos intelecto y pensamiento, pero hay muchas personas que se dedican a ejercitarlos metódicamente y a hacerlos rendir frutos (económicos o de los otros).

Deja un comentario