Los historiadores que quieren permanecer despiertos no se ciñen a un único plan de lectura. Por el contrario, si desean profesar el especialismo, entonces sólo atenderán a lo que, de entrada, les interesa para sus investigaciones. Uno tras otro irán cayendo los volúmenes de una larga lista de obras que tratan el mismo tema, ese justamente del que se ocupan con obstinación, con dedicación. ¿Es eso malo? Leer la bibliografía básica de nuestras investigaciones no es una virtud, es una obligación: no puedes irrumpir en un tema ignorando –culpable e inocentemente a la vez– lo que otros ya escribieron, aquellos historiadores que te precedieron.
Pero entre mis colegas también debería ser común otra forma de lectura: la del investigador que halla luces, vínculos y concomitancias entre libros distintos, que espera encontrar lecciones provechosas al sumar obras ajenas, que desea fertilizarse con volúmenes diferentes, incluso contradictorios. En ese caso, dicho historiador aspira a leerlo todo, lo bueno y lo malo, lo pasado, pero también lo que ahora mismo se está escribiendo como síntoma de la época. Por eso, por convenir en esta tarea indisciplinada e intuitiva, comparto lo que Carlo Ginzburg nos respondiera en la entrevista que Anaclet Pons y yo mismo le hicimos hace un tiempo: tal como él lo entiende, el oficio de historiador complace el apetito de saber “porque me permite moverme en muchas direcciones. Hay historiadores que conciben su disciplina como si ésta fuera una fortaleza en la que refugiarse; hay otros que la consideran (o al menos la consideraban) como si de un imperio se tratara, como un impero cuyo confines fuera necesario extender. Para mí, por el contrario, es un puerto de mar, un lugar del que se parte y al que se regresa, un lugar que permite encontrar gentes, objetos y variadas formas de saber”.
La mezcla, la hibridación, el encuentro fortuito: la metáfora del puerto le permite a Ginzburg subrayar lo que de aleatorio e insospechado tiene la pesquisa histórica. Tutto c’entra con tutto y la erudición –incluso banal—permite acopiar múltiples referencias para percibir los ecos y las interpelaciones entre obras distantes. Leer así es hacerse una competencia errabunda, justamente como erráticos son el mundo y la vida: un continuo y desordenado vaivén que nos lleva de Alcobendas a Madrid, de lo alto a lo bajo, de lo mejor a lo peor, de lo propio a lo ajeno.
En los últimos días he tenido la oportunidad de leer dos libros que nada tienen que ver entre sí, o tal vez sí: la común profesión de sus autores y el género que dicen adoptar: la crónica periodística. Los periodistas cultivan distintos géneros y la escritura que en ellos distingo sirve para el retrato o para la inspección, para la radiografía o para el vilipendio. Leo El desafío de Alcobendas, una crónica que debemos a Miguel Veyrat. El periodista firma el libro, pero el volumen recoge no sólo sus palabras sino también las voces de otros, de quienes algo pintan o algo cuentan en esa localidad madrileña. Los individuos hablan, hablan entre sí, se cuentan hechos, recuerdos de otros tiempos o los sueños que los guían y motivan; pero se cuentan también el significado que hoy tienen las cosas, cómo dar sentido a tantas circunstancias que han cambiado y que forman parte de discurrir cotidiano de cada uno.
Miras un lugar, pasa el tiempo y ya no lo reconoces. No es sólo el urbanismo voraz el que cambia el paisaje, esa destrucción modernista del vestigio anacrónico: es también la respuesta propiamente humana al reto del espacio, es la adaptación de los vecinos… De repente llega un observador, alguien ajeno, pertrechado con recursos conceptuales, un tipo leído y bien informado: mira, examina, escruta, pero sobre todo escucha. Toma nota, registra y se pregunta por la institución que a todos acoge, por las convenciones que la mayoría de ellos siguen más allá de sus discrepancias. Es Miguel Veyrat, un tipo inquisitivo, alguien que tiene algo de extraño y algo de monstruoso incluso. A pesar de compartir vecindad, es ajeno: sus convecinos lo sospechan connaisseur. Tiene un pasado que los nativos ignoran pero del que saben su profundidad y azar, y de ese pretérito muy, muy imperfecto, lleno de averías, extrae sus herramientas y sus sugerencias. Quiere mirar esa tribu o aldea o pueblo o ciudad… Convierte a todos ellos en compatriotas sobrevenidos, pero sobre todo hace de su localidad una población significativa, relevante. Practica una suerte de historia oral: recoge testimonios que han de retratar una población cambiante. Y el autor lo logra: consigue interesarme en un objeto –Alcobendas— para el que en principio no tenía ningún interés: consigue conmoverme incluso con la voz torrencial de alguno de sus habitantes. Es la suya una auténtica historia local.
Entre mis colegas, esta etiqueta no goza de gran prestigio: se supone que es el cultivo narcisista de lo propio. Y, sin embargo, la historia local –que no localista— es una inspección difícil: ha de dar sentido a acciones cercanas de las que presuntamente lo sabemos todo o casi todo. Eso es un espejismo, claro: no hay nada más hermético que la intimidad del vecino, que la reserva con que protege sus actos y sus razones. Cuando entrevistamos a alguien, cuando dejamos hablar (como así hace Veyrat con liberalidad y profesionalidad), entonces se dicen cosas y se callan otras: se rehace el sentido de lo pasado y se da congruencia a lo que, en principio, no tenía coherencia. ¿Dicen, decimos, la verdad? El buen cronista es aquel que consigue arrancar testimonios justamente contradictorios para que, de ese modo, el azar de las palabras nos dé pistas reveladoras. Eso es la historia oral, el rastreo de evidencias que no casan entre sí y que transmiten información entrecortada sobre el mundo y sobre la realidad más próxima: la de una población, por ejemplo, que creció sin dejarse atrapar por el monstruo de la especulación inmobiliaria. Veyrat actúa como un buen antropólogo: acude a su ciudad y la piensa como una tribu alejada, muy distante. Se instala allí durante un tiempo. Hace observación participante: mirando (precisamente), anotando, registrando, hablando con sus informantes para después componer su trabajo de campo, un libro al que se le ve la profesionalidad y el cariño, un volumen con una temperatura emocional equilibrada.
Acabo de leer el breviario de Alcobendas y me sumerjo en unas páginas que son su negativo exacto a pesar de rotularse también como crónica. Me refiero a otro libro de periodista, un volumen cuyo autor tiene una licenciatura en Historia Moderna y Contemporánea. Dada esa cercanía académica, ¿he de sentirme reconocido en sus páginas? No puedo tomar dicha obra como el trabajo de un periodista, a pesar de los títulos que lo acreditan o a despecho de su profesión actual. Es un libro que niega la realidad, que la oculta, que la vela. Aparentemente aborda un objeto actual, pero la inquina y, sobre todo, la ceguera con que se expresa impide cualquier atisbo de lucidez. Me refiero a Zapatero: el efecto Pinocho, de Ignacio Villa. El autor es hoy director de los Servicios Informativos de la Cadena Cope y, por tanto, aunque sólo fuera por eso, deberíamos considerar este libro como un ejemplar interesante del momento actual. Y vaya si lo es. No recuerdo haber leído en tiempo obra más avinagrada de escritor más huraño. Desmiente punto por punto el manual del buen periodista. Sólo como libro cómico podemos leerlo, como síntoma de la España de hoy. Mientras Miguel Veyrat se ciñe a sus testimonios, aquí, en este volumen, el autor impone su yo sobre una realidad que sólo filtra con especial animadversión. Veyrat deja hablar a los vecinos de este y de aquel partido, al cura, al notario, al artista, etcétera, obteniendo de ello un puzzle en el que las piezas no necesariamente encajan. En cambio, Villa se propone radiografiar él sólo una legislatura, operación para la que le faltan testimonios y contrastes.
El retrato del Madrid político es convulso –como él lo llama una y otra vez–, pero dicha instantánea está desenfocada y sólo nos muestra el perfil vago y monstruoso de un personaje al que se le imputan una serie de catastróficas desdichas. Hay, sí, algo de cuento infantil, de rabieta del niño que ve cómo la realidad se le aleja sin captar su sentido. En Veyrat, lo cercano, lo ocurrido, se trata con respeto analítico sin que el yo del autor emborrone el objeto; en Villa, por el contrario, lo sucedido se convierte en especulación fantasiosa, en conjetura conspirativa. Admiro a los periodistas cuando describen y cuando opinan, cuando informan y cuando dan sentido. Pero, ah amigos, qué triste puede ser el periodismo cuando el añoso género de la crónica se convierte en un panfleto triste y fracasado. Villa carece de la formación de Jiménez Losantos y de su guasa diabólica: es literal en su inquina. Se repite (el adjetivo convulso, hasta la saciedad), tratando de hacer pasar como descripciones de hechos lo que son meras opiniones. Es tal el rencor que le guarda a Rodríguez Zapatero –a quien le atribuye todo lo perverso que hoy sucede por aquí– que agiganta al personaje hasta convertirlo en un titán retorcido. Por tanto, la crónica deviene ficción y Rodríguez Zapatero se convierte en un personaje del mal equiparable al villano de Harry Potter: aquel Voldemort envidioso, suspicaz y risible.
Lean a Veyrat como un cronista que hace historia, como un reportero que se toma en serio lo que trata; y lean a Villa como un licenciado en Historia que escribe crónicas terroríficas, humoradas penosas e involuntarias. No confundan los géneros y, sobre todo, no confundan a los periodistas.

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