Ver no es conocer

robinson.jpg    1. Uno puede estar mirando algo, puede echar un vistazo a lo que le rodea sin atisbar gran cosa. Es una experiencia por la que todos hemos pasado. Estás ensimismado, como aturdido, tienes los ojos abiertos o entreabiertos sin distinguir gran cosa. Sólo perfiles borrosos, como le ocurría a aquel personaje de Woody Allen (“Mamá, mamá: papá está desenfocado…”). Te abandonas a un duermevela, en estado de vigilia pero con las alertas bajas, con los sentidos torpes y o casi cerrados, y aunque ves –al menos, objetivamente es así–, no obtienes información relevante. Estar semiatento no te proporciona significado o noticia en los que reparar: simplemente  te abandonas a un dolce far niente… Hay otros momentos, en que tu percepción visual es atenta; te empeñas, incluso, en ver bien, en sacar provecho de lo que tienes enfrente, algún dato que te permita entender qué pasa. Pero, ah amigo, te faltan recursos, careces de vocabulario con el que designar lo que realmente estás captando y, por tanto, eso que percibes queda en suspenso porque no hay rótulo que lo nombre, porque no hay palabra con que comunicarlo.

Hace muchos años, cuando yo sólo era un joven que leía para ver, para poder ver, recuerdo haber aprendido un dictamen inapelable que después repetiré. Lo encontré en un libro de Eugenio Trías, en uno de sus primeros volúmenes. Teoría de las ideologías (1970) se titulaba. Trías aún era uno de los jóvenes filósofos españoles que estaba cambiando  el panorama del pensamiento en nuestro país. Todavía no había experimentado su gran cambio doctrinal, es decir, no había llegado a la filosofía del límite y, por tanto, su cercanía a Nietzsche no era tan palpable como llegaría a serlo después. Teoría de las ideologías era un libro inevitablemente deudor de su tiempo: no he vuelto a releerlo, pero de él recuerdo su empeñoso althusserianismo. Estoy hablando de la segunda mitad de los sesenta, del cierre de aquella década: entonces, Louis Althusser era el filósofo de moda cuyo magisterio llegaba de París y su prosa abstrusa, enérgica y a veces inextricable contagiaba a los lectores hispanos. Era el suyo un marxismo de pretensiones científicas y, desde luego, la epistemología –es decir, la teoría del conocimiento que había detrás de Marx— era su principal preocupación. De Althusser, Eugenio Trías repitió ese dictamen inapelable que tanto me conmocionó siendo joven: ver no es conocer.

No nos importa ahora qué fue el althusserianismo (sobre ello volveremos otro día); lo que nos importa es esa lección aparentemente trivial, pero significativa: el conocimiento no es la mera observación. Esta enseñanza no era un logro de Althusser, tampoco de Trías, pero al leerla yo me tropecé por primera vez con lo que entonces se llamaba la filosofía de la sospecha, una filosofía de la sospecha de la que no sólo Marx habría sido representante, sino también Freud, por ejemplo. Sin embargo, mis carencias de entonces (que sólo he cubierto en parte) me hicieron suponer en principio que dicha aseveración era exclusivamente marxista, ignorando –claro— el papel que en el Ochocientos había tenido el positivismo, desconociendo el peso que el positivismo daba a la observación sistemática, al empeño constante de agotar la contemplación de lo real mirando una y otra vez, con orden y con conexión. Pero no es del positivismo de lo que quiero hablar. Tampoco de Marx expresamente. De lo que quiero tratar es dicha aseveración. Digo esto y me acuerdo de Robinson Crusoe, no sé por qué. Aunque sí, sí lo sé: era el propio Marx quien había tomado muy en serio el mito y la metáfora de Robinson para criticar esa imagen auroral de la vida humana y del conocimiento, aquella según la cual la simple visión de las cosas aclara su significado.

Como saben, nuestro personaje era un náufrago que milagrosamente sobrevivía después de un tempestad furiosa en alta mar. Con casi treinta años llega solo a la isla, exhausto, sin nada de que valerse o, mejor, sí: con los pecios del barco, con los restos que el mar no ha devorado. Comienza para él una etapa durísima, una vida en la que debe rehacer la existencia y la sociedad,  aunque sobre todo empieza para él un momento en que debe aprender a mirar. Ve, distingue cosas, pero eso que ve, la mayor parte de lo que percibe, no lo conoce. Ver no es conocer: simplemente porque esos enseres o esas plantas o animales salvajes no formaban parte de su entorno. Ha de iniciar, por tanto, un proceso de reapropiación del mundo que, en su caso, es el pequeño espacio de la isla en la que ha de establecer su cobijo. No basta con echar vistazos a la realidad para después sacar conclusiones; no basta con otear ese entorno para familiarizarse con él. “Era inútil sentarse a esperar lo imposible”, leo en la traducción de Julio Cortázar. Por eso, “la dificultad aguzó mi ingenio”. En efecto, “mi inmediata tarea era la de reconocer el lugar en busca de un sitio adecuado para instalarme y almacenar mis efectos con toda seguridad. Ignoraba por completo dónde me encontraba. ¿Era el continente o una isla, estaba o no habitado, habría bestias salvajes en los alrededores?”, admite.

Poco a poco se irá adaptando, pero sobre todo irá mirando mejor, con cuidado, examinando lo que le rodea y reconociendo –ahora sí— los parajes hasta los que aventurarse sin peligro. Poco a poco, en fin, irá fabricando: no sólo se valdrá de esos pecios que prodigiosamente ha rescatado, sino que sacará de sí cualidades fabriles que ignoraba. “Nunca había manejado una herramienta en mi vida, pero con tiempo, aplicación y perseverancia descubrí que si hubiera tenido los elementos necesarios habría podido fabricar cuanto me faltaba”, dice. En Robinson vemos al homo faber en esbozo, en estado puro, en estado de naturaleza, diríamos: alguien acabará convertido en tal, en un homo faber neurótico –añadiríamos hoy–, alguien para quien trabajar es un narcótico, una forma de huida. Ya lo sabemos: trabajará incansablemente, con el empeño obsesivo de quien tiene miedo, auténtico pánico ante la simple amenaza de la adversidad y la escasez. Elabora, fabrica, produce un excedente con el que no trafica (¿con quién podría hacerlo?), sino que lo almacena como hormiga previsora. Utensilios e instrumentos que hacen de su entorno un espacio hospitalario. Trabajar es una manera de no pensar demasiado, es un modo de no torturarse: como lo es leer la Biblia o… charlar con Dios en los peores instantes, justo cuando la naturaleza amenaza… “En ningún momento”, añade, “tuve el menor pensamiento religioso, salvo la común imploración:  ‘¡Apiádate de mí, Señor!’, y cuando cesó el terremoto también dejé de pronunciarla”. En efecto, bien pronto, siente otra necesidad bien humana: la de dotarse de un interlocutor. Si recuerdan, el monstruo de Frankenstein le exige a Victor, a su creador, una compañera. Por su parte, Robinson comienza a dialogar consigo mismo y con esa Providencia que parece haberlo abandonado. Empieza a llevar un diario personal (algo tan burgués, tan individualista) y a sentirse amo, creador del mundo y del lenguaje. “Podía considerarme dueño y señor de esas tierras, con derechos incontestables, incluso el de legarlas si me parecía bien, al igual que cualquier lord de Inglaterra”, añade. Porque es eso: un propietario que se hace humano y social en el acto mismo de posesionarse de aquellos parajes, de identificarlos y de nombrarlos.

Digo todo esto y experimento una ambivalencia inevitable. Percibo el sentimiento burgués del que somos copartícipes y veo esa tarea de ver y de poner nombre a las cosas que distingues… Recuerdo el primer libro de Antonio Muñoz Molina (El Robinson urbano) y comprendo qué parejas son las experiencias: las primeras colaboraciones periodísticas de este escritor en un diario de Granada tuvieron con hilo conductor la referencia a la novela de Defoe (y a su prolongación en Verne). Un Robinson urbano se adentra en la ciudad, en las ciudades, y trata de explicarse qué ve para así hacerse un entorno acogedor. Hoy, veinticinco años después, doy rotulo por primera vez a mi colaboración semanal de Levante, una colaboración de la que pronto se cumplirán doce meses. La titulo “Lente de contacto”, la etiqueta que identificará mi artículo. Es, por supuesto, una referencia al acto de ver, de ver con dificultad y con prótesis, de leer para conocer, de examinar lo que tienes enfrente sin ser terminante; es una alusión a eso, al contacto. De lo que se trata es de acercar la mirada… La lentilla se pega al ojo y agranda o agiganta lo observado, pero por mucho que me lo proponga tengo dificultades de visión, pues falta, nos falta, el significado: comprender qué nombre y qué sentido hay que darle a las cosas. En eso estoy: tanteando a ciegas, a pesar de la lente (o precisamente por ella). Como Robinson, esa figura tan repetida y tan corriente que se propuso ver sin anteojos…

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2. Artículo  de JS en Levante-EMV: La sociedad decente

  

0 comentarios

  1. La verdad, la verdad, es que no se qué quiere decir con la figura de Róbinson. ¿Que vemos o que no vemos?

  2. Llevo unos días enfrascado en el asunto de los arquetipos devenidos del mundo del Carnaval – el del ciclo festivo antropológico, no la memez cristiana en la que estamos inmersos estos – y por un inextricable vínculo, esas figuras del Hombre-salvaje (Crusoe) o del Monstruo-que-se-revela-contra-su-creador (la criatura de Frankenstein), vibran con fuerza en la ceguera generalizada en la que nos movemos, la ceguera de la ausencia de nombre para las cosas, como en aquellos tiempos en que se carecía de ellos. ¿Será el signo de los tiempos la regresión a la barbarie irracional? ¿deberemos, como salvación, recurrir al opio de Quincey?… ¿Suspiria de profundis?…

  3. Estimado Justo, una vez más te dejo una breve reflexión, que espero sólo sea acicate para que tu blog siga creciendo.

    ¿No crees que la filosofía de la conjetura no deja de ser intuición próxima a la del arte? El propio personaje de Defoe hubiera escrito versímilmente su propia historia inverosímil. Por lo demás, el propio Freud, según me han comentado buenos amigos psicólogos y conocedores de su obra, quizás hubiera debido de dedicarse a la literatura, porque en el fondo, aportó más bien poco al conocimiento de esa realidad que tú intentas examinar tan inteligentemente. Es cierto que ver no es conocer, que el conocer implica un ejercicio intelectivo del que la vista es quizás sólo un punto de partida. Por tanto, El Robinson urbano, no deja de ser nada más que mera descripción literaria del mundo, pensamiento artístico y no científico. Solo el hombre de ciencia intenta demostrar su conjetura: lo demás es arte. Necesario, pero arte, aunque éste sea también una forma de conocimiento, pero siempre a tiempo pasado.

  4. Hoy me he refugiado en las contradiciones de ciertos miembros de la sociedad cercana a los poderosos para evadirme del día de ayer. La censura sobre JM García ejercida por TVE es un insulto a la inteligencia. El diario «El Mundo» en su página digital ha colgado las imágenes de toda la entrevista y la publica íntegra. En ella el talibán informático del «Butanito» arremete contra Aznar y PSOE sin morderse la lengua. Saca muchos trapos sucios de toda la clase política dejando desnudo a toda la mafia que hay en éste país tanto a derecha como a izquierda.

    Y con la Iglesia bromea lindando la ironía. Criticando «La Cope» dice lo siguiente: a preguntas del Loco de la Colina sobre los problemas en la Cope dice…¿qué si es extraña la Iglesia? ¡mira! la Iglesia es rara, un cura es raro, un cardenal es rarísimo, la Conferencia Episcopal es rarísima y del Papa no puedo hablar porque no lo conozco. La risa no la pude impedir. Veladamente la muerte del Antonio Herrero se la atribuye a altos intereses del SISTEMA.

    Como dije ayer en algún blog fuí a Colluire repitiendo un ritual necrofílico que tengo con personajes de mi infancia y juventud, entre ellas la poesía machadiana y los ensayos de Walter Benjamín con la nebulosa de un suicidio que nunca he asumido. Creo que fué una ejecución franquista.

    Pués bién; el viaje fué un desastre, los amigos uno de ellos se mareó en las curvas hacia Por Bou, y el otro era indiferente al personaje desaparecido. Por dicho problema ni siquiera nos bajamos del coche en Port Bou. Quise volver a visitar la lápida de Walter Benjamín y Walter Benjamín les sonaba a sueco a los dos.

    En Colliure, por el centro y alrrededores del cementerio no había nadie que sonara a castellano, y se cunplían 68 años de su muerte. La más absoluta soledad rodeó el nicho donde reposan sus restos, -de 11.00 a 12.00 h. Nadie, absolutamente nadie de una población de 47.000.000 de habitantes le dió presencia, al quizás más humano de los poetas españoles del siglo XX.
    Y es que la España de Caín, de María y de Frascuelo por un lado y los nacionalistas periféricos sin ningún interés por lo hispano por otro y reaccionarios hasta reventar, están más vivos que nunca.

  5. He leído su escrito sobre la separación ver no es conocer. El personaje de Defoe , tenía lenguaje y conocimiento.

    No así Gaspar Hauser, personaje histórico alemán, que adquirió conocimientos muy primarios fruto de su experiencia en la buhardilla-zahurda en la que estaba retenido. Desconocía el lenguage por no haber tenido nunca ningún tipo de conversación con nadie.
    Luego llegó a tener más racionalidad que alguno de sus preceptores.

    Léase «Gaspar Hauser» de Anselm Von Feuerbach editado por la Asociación Española de Neuropsiquiatría.

  6. La solución a sus males, caballerito Kant, es leer poesía. El poeta es el nombrador universal. El conocimiento poético no pasa por los mecanismos de la razón normativa inventada por Platón para legislar a gusto sobre lo divino y lo humano —excluyendo por cierto a la poesía lírica, por peligrosa, de la Paideia—. El poeta, así lo dejó escrito el genial Rimbaud es el «voyant», el vidente.

  7. Sí, estimado Veyrat, pero quiero añadir que ese nombrador universal no se apropia del mundo que conoce a través del pensamiento poético, nacido del chispazo de la emoción al chocar con el pedernal de la palabra, sino que lo entrega a los demás. La poesía es, una vez más, un mensaje arrojado al mar en una botella —el poema.

  8. Ver, reconocer, es la primera operación para conocer. El conocimiento se produce cuando la voluntad logra expresar lo visto mediante la palabra, productora de pensamiento como elemento social de interlocución. Robinsón, nacido en esa isla sin lenguaje, como el Tarzán, señor de los simios, no hubiese desarrollado un lenguaje humano, y ni siquiera «aprendido» a pensar sin la llegada accidental de Viernes. Vygotsky, Leontiev y Luria, la tríada de científicos rusos padres de la psicología cognitiva definieron así pensamiento y lenguaje. Hasta hoy, excepto los creacionistas, nadie les ha contradicho. Y… Gracias por la acotación Paul Celan, el más grande de los poetas místicos ateos, a quien admiro, leo y amo.

  9. Nombrar, subraya expresamente Miguel Veyrat, es la gran tarea que nos proponemos al ver y al tratar de reconocer las cosas. Las palabras y las cosas, la prístina, la primitiva identidad entre las palabras y las cosas. Tal vez sea su pérdida lo que seguimos lamentando. Acabo de decirle a Naxos algo que tiene que ver con el acto de nombrar, cosa que unos y otros intentamos en este blog. Pese a lo que pueda parecer, no es fácil conmoverse intelectualmente, no es tan sencillo tomar la lectura de otros como acicate o desazón. Para lograrlo hay que leer al otro sintiendo que eso que ha escrito aquel lo ha hecho expresamente para uno mismo, un texto del que uno puede apropiarse volcando sobre él lo que le sugiere. Hay un riesgo: la apropiación, que no el uso, lleva a la ‘sobreinterpretación’ y por tanto nos hace captar no lo que dice el autor, sino lo que el lector quiere ver. Hay, pues, el peligro de triturar los textos convirtiéndolos en mero soporte de las propias ideas: serán, en ese caso, fuente de interpretaciones inspiradas pero indisciplinadas; serán un terreno sobre el que cultivar lo propio sin extraer el fruto que el otro cultivó (y perdóneme el lector una metáfora tan pedestre o tan terrestre, no sé).

    Yo, personalmente, he de tomarme con pasión lo que leo. Más aún: lo que escribo también. Leer o escribir como si eso fuera lo último que hiciéramos, cumpliéndolo muy seriamente, como si las palabras intentaran dar la medida exacta del mundo que vemos o en el que irrumpimos. Por un lado, es el sentido mismo de la creación, la satisfacción de un amor propio que se expresa con lo que a uno le agrada: la lectura y la escritura. Pensando en lo que yo mismo hago, tengo la impresión de que lea lo que lea o escriba lo que escriba, siempre lo llevo a cabo como si ese texto fuera lo último que quedara de mi vida, el resto de una experiencia intelectual, lo que de mí podría sobrevivir. Y no lo dijo por un narcisista o tontorrón apego a la posteridad, sino como un resto documental: ese libro subrayado, anotado, comentado y ya inservible que puedo ser el último que leí es ahora un documento que reemplaza al lector que dejó sus huellas; ese texto aún torpe que escribí para el blog es ahora el vestigio insuficiente, incluso borroso en el que hay cosas que se dicen y cosas que no se dicen. Aparte del trabajo y de la dedicación, del empeño lector y de la escritura hay en lo que hago ese secreto: leer o escribir como si en esa página impresa que disfruto o como si en ese folio que compongo se compendiaran las dudas que me hicieron cavilar y que me apasionaron. Pensado así, ningún texto leído o escrito es un texto de circunstancias.

  10. Pasión has dicho, Justo. Y esa es la clave de la condición humana. La razón de los filósofos, que sirve para el intento de dar respuestas a ese aristotélico «asombro» ante el mundo (que comparte con el poeta) es insuficiente para dar satisfacción a las ansias de infinito que alberga el cerebro (el corazón en los clásicos) humano y no es sino una ordenación a posteriori del pensamiento emitido ante la presencia conmovedora del otro. Esa desazón que enuncias, querido amigo, no es otra cosa que la pasión por conocer. Darle cumplimiento significa estar vivo. Salvajemente vivo. Fraternalmente vivo también, sí. No hay contradicción.

  11. Veo en este blog mucha literatura. Mucha metáfora y nula descripción. A ver si nos aplicamos: monstruos. Venga imagenes y venga metáforas. Letra literal es lo que necesitamos. Eso lo aprendí de mi amigo y maestro. Serna: no le llegas a la corva!

  12. Ignoro de donde le viene su confianza para tildarme de “caballerito”, polígrafo Veyrat. Sepa, señor, que si quedara dignidad en este mundo la Ley no prohibiría los duelos y yo, ipso facto, le desafiaría a primera sangre – no querría cargar con la pesadez de su óbito – y no por el insuficiente título que me otorga si no por argumentar olvidando a Sócrates y los presocráticos en favor de individuos como Platón o Rimbaud. Relea las opiniones de Bertran Russell sobre el romanticismo (en el que usted, sin duda, vive ensimismado) deje que los poetas sigan haciendo poesía y permita que la Razón ocupe el puesto que debería.

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