0. Juan Manuel de Prada, José Maria Eça de Queiroz, Paul Auster y Arcadi Espada.
1. Juan Manuel de Prada. Ya dije tiempo atrás, en la primera época de este blog, que Juan Manuel de Prada es un prosista terco y brillante, dueño de un significante expansivo que siempre amenaza con derramarse. A qué negarlo, pese a la distancia ideológica que me separa de él (yo no soy nada piadoso ni devoto), no suelo perderme ninguno de sus libros: aunque al final pueda salir escaldado de una lectura que siempre es copiosa. En sus novelas hay un cuidado extremo de la sintaxis y una observancia rigurosa del adjetivo y de la frase, del ritmo… que, en ocasiones, recuerda en exceso a Javier Marías o a Antonio Muñoz Molina (como así sucede en La tempestad, 1997). Ahora acabo de comprarme su última novela y, la verdad, he de reprimirme para no leerla ya…, o tal vez sí. La leeré inmediatamente o Dios mediante (y nunca mejor dicho), conforme me libre de otros compromisos. José Lezama Lima, otro novelista de significante recargado, recomendaba siempre dejar las novedades para más adelante. Yo incumplo punto por punto dicho programa y, llevado del placer, no suelo demorar la lectura de lo que me interesa, me irrita o me conmueve. Así es que no retrasaré el disfrute o el disgusto que a la vez Juan Manuel de Prada me ocasione (seguro). Con toda probabilidad será una obra convencionalmente bien escrita, con aciertos verbales y temeridades metafóricas que bordearán lo cursi.
Insisto en que la prosa de Juan Manuel de Prada es, en ocasiones, deslumbrante y, por esto, ese cuidado del adjetivo le ha hecho merecedor del aprecio de sus lectores: ese adjetivo que como decía Josep Pla lo es todo a la hora de escribir. Las mejores dotes de Prada las habíamos visto, por ejemplo, en El silencio del patinador (1995), en donde el lector quedaba abrumado por una prolijidad deslumbrante a través de ajustados relatos a los que, por lo que recuerdo, no les sobraba nada: no estaban lastrados por amplificaciones innecesarias, vicio en el que el autor ha incurrido después con porfía y repetición, con esa hinchazón retórica o verbal que no se reprime un prosista con dominio expresivo.
Leí con interés y con delectación (a qué negarlo) Las esquinas del aire (2000), un volumen interesante aunque de título algo afectado, una obra dedicada a Ana María Martínez Sagi. En sus páginas reaparecía desde el pasado un personaje tierna y bellamente trazado y evocado, a tientas descubierto, reconstruido, con significados yuxtapuestos, sumados. Martínez Sagi era una escritora, una periodista y poeta que dejó vestigio editorial en los años treinta, un ejemplo de esa generación derrotada por la Guerra Civil y cuyo recuerdo y cuyo nombre se olvidaron tras el velo de la indiferencia hasta sumirse en el estricto anonimato. Concebido al modo de una novela, pero también a la manera de una biografía, el libro tenía una trama argumental escasa y secundaria, simplemente creíble, verosímil, una trama concebida como mero ornamento para la indagación que el autor se proponía. Era Martínez Sagi un personaje entre heroico y patético, un personaje en cierto modo maldito que tuvo que arrostrar su propia suerte y la de una España fracasada.
Ese aspecto, el del malditismo, ha formado parte de los intereses literarios de Juan Manuel de Prada, quien desde el inicio de su carrera ha dedicado varios libros a escritores frustrados, bohemios, desorientados, exageradamente desastrosos. Ésa era precisamente la clave de lectura de El silencio del patinador: los fracasados, la canalla de la literatura, los modelos de creación de noveles y arribistas de la escritura. Y así volvería a suceder, por ejemplo, en la novela que le consagró, en Las máscaras del héroe (1996), una extensísima ficción coral, por momentos tediosa y artificialmente alargada, en la que a través de los vestigios dejados por el poeta y anarquista Pedro Luis de Gálvez el autor reconstruía la historia de España entre 1908 y el final de la guerra civil.
El cuerpo de aquella obra estaba constituido por las memorias de Fernando Novales, contemporáneo de Gálvez, otro bohemio, literato plagiario, igualmente fracasado, arribista, cínico y falangista-franquista por conveniencia, sin entusiasmo. La prosa era brillante, incluso demasiado brillante, repleta de metáforas esforzadamente cultas, hallazgos alegóricos e hipérboles adjetivales. Yo le hubiera pedido al autor mayor contención y le hubiera pedido también un superior dominio de la trama y un esfuerzo por dotar de verosimilitud a los lances de la intriga, cosa que, por ejemplo, no le discutía Arturo Pérez-Reverte. Para este autor, con Las máscaras del héroe Juan Manuel de Prada habría escrito la mejor novela de los últimos años. Cuando la leí yo no me mostré tan entusiasta. El lector asistía a los grandes episodios históricos en sucesión vertiginosa, sin que esa deriva permitiera prospección alguna de los personajes, de su mundo interior. Algo más pudo verse en una nueva vuelta de tuerca, en Desgarrados y excéntricos (2001), un repertorio o galería de pequeñas biografías dedicadas a monstruos literarios, a escritores, de desigual interés humano o artístico. Con esa obra, Juan Manuel de Prada pareció cerrar dicho filón.
Otra corriente de su escritura ha sido la literatura sicalíptica, una suerte de recreación entre mojigata y santurrona del erotismo más picante, de la pornografía y de los viejos modelos decimonónicos de Felipe Trigo, de Joaquín Belda y de Ramón Gómez de la Serna. En esa clave hay que entender Coños (1995), que le valió, si no recuerdo mal, el apadrinamiento de Francisco Umbral (el gran enemigo de Pérez-Reverte). Pero en esa clave hay que entender también La vida invisible (2003), su penúltima novela. En esta obra, sin embargo, hay un cambio de rumbo: el malditismo y la excitación carnal, el tratamiento verde, son vencidos por la culpa, y la moraleja de la novela tiene su clímax de redención. Hay en sus páginas sexo y deseo y hay pecado, dolor por el adulterio cometido o soñado o pensado, algo que le da un aire muy decimonónico, sin pizca de guasa. No sé: el asunto literario del adulterio puede ser objeto de distintos tratamientos: desde el bovarismo clásico y trágico (con Gustave Flaubert lógicamente a la cabeza) hasta la ironía del burgués culto, refinado y descreído, como el que llegó a representar José Maria Eça de Queiroz con su Alves y C.ª. De esto último hablo, precisamente, en un artículo en Posdata (Levante-Emv).
En el Juan Manuel de Prada de La vida invisible había, por el contrario, una moralina pesadísima que se adaptaba perfectamente a las prédicas del Juan Manuel de Prada articulista: tan esforzadamente católico, tan machaconamente creyente y comunitario, un articulista que quiere emular, tal vez, a G. K. Chesterton, modelo para el que, sin embargo, le seguirían faltando ironía e individualismo. Cuando murió Juan Pablo II pudimos leer en Abc sus crónicas papales, de las que el inmisericorde Arcadi Espada hizo cruel sarcasmo, y esos relatos fueron un despliegue desmesurado de afectación, con frases inacabables, con reproches a los ateos, con celebraciones para cofrades, un atracón de santurronería mal digerida, dicen algunos. En dicho periódico arremete usualmente contra el gobierno de Rodríguez Zapatero, contra su impiedad, cosa a la que tiene perfecto derecho, pero su mordacidad se pierde al escribir sólo para adeptos, para convencidos, con esa pose entre pedante y gazmoña de señor de provincias, un señor que frecuentemente se dirige a “las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan”.
No sé: de la bohemia y del malditismo literarios de Juan Manuel de Prada ya no parece quedar vestigio, sólo beatería: ese mismo clericalismo que le reprochaba el irreligioso Fernando Savater en un artículo evidentemente ateo (Sin fe, ni fu ni fa). Yo, con recogimiento, con unción, me dispongo a leer la última obra de nuestro devoto escritor. ¿Valdrá la pena? Me respondo parafraseando a Italo Calvino: estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Juan Manuel de Prada, El séptimo velo. Relájate. Concéntrate. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida…
Ojalá no acabe resultando una novela de tesis; ojalá su desarrollo responda a lo que de las ficciones exigía precisamente un personaje de Calvino: “La novela que más me gustaría leer en este momento –explica Ludmilla—debería tener como fuerza motriz sólo las ganas de contar, de acumular historias sobre historias, sin pretender imponerte una visión del mundo, sino sólo hacerte asistir a su propio crecimiento, como una planta, un enmarañarse como de ramas y hojas…” De eso, de crecimiento y de páginas innumerables hay promesa..
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2. Otros novelistas:
-José Maria Eça de Queiroz (artículo de JS sobre Alves & C.ª en Levante-EMV, Posdata).
–Paul Auster (artículo de JS sobre Viajes por el Scriptorium en Ojos de Papel). 
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3. Otras ficciones:
Artículo de JS en Levante-EMV sobre la teoría de la conspiración (11-M)
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4. Otros cronistas:
He leído tu libro Ebro/Orbe. Acabo de leer también el delicioso prólogo de Salvador Albiñana y el artículo de Juan Lagardera en Levante-EMV (un artículo excelente). Conociendo a ambos –o creyendo conocerlos–, entiendo su entusiasmo por tu prosa desinhibida. Si eres un disidente de la catalanidad, SA y JL expresan admiración por quien es capaz de aventurarse río arriba o, mejor, costa abajo para averiguar la variedad de lo valenciano, su alejada identidad e identificación con el Principado. En tu volumen hay momentos de lucidez analítica y hay otros de empeño enfáticamente provocador. Creyendo guiarte por el puro –por el puritito— sentido común, retratas, describes, presentas con pocos trazos, con prisa.
Como te dije en la entrevista que yo mismo te hiciera años atrás, tu escritura tiende cada vez más a la limpieza o a la economía verbal, al aforismo, al comentario escueto y desgarrado, incluso a la greguería afilada. De greguerías, incluso hablas en este libro. La respuesta que me diste es el síntoma de tu escritura y ese rasgo se agudiza hasta hacer de tu prosa lo mejor y lo peor. “Tengo prisa”, me dijiste, “No en el blog. En la vida. Sé que a veces no se me entiende con facilidad. Lo sé. Pero es que tengo prisa. No puedo perder el tiempo con nexos y pedagogías. Léautaud: lo que me importa es que concuerden las ideas y no las frases”.
No sé exactamente si ese desinterés por los nexos y las pedagogías también se da cuando escribes libros. Sospecho que sí: evitas el didactismo, cierto, tomas a tu lector como un destinatario que supuestamente contaría con los mismos referentes, es decir, lo piensas como un par, como un igual, y con ese acto le obligas a transitar por el sendero que tú quieres caminar. Pero no es la tuya una auténtica camaradería intelectual, sino la exhibición de quien busca interlocutor que se pasme ante cada estallido de tu yo verbal, expansivo y culto. Por eso tu prosa es cada vez más entrecortada y por eso tus libros, tus composiciones, pierden los nexos que no te propusiste hallar.
Escribes como si cada capítulo fuera una pequeña crónica, una suma cuyo único hilo conductor fuera el hecho simple de seguir el curso de un río o bajar una costa. Ya sé que como libro de viajes, Ebro/Orbe es la instancia que impone las convenciones de dicho género, pero esa fragmentación te permite no tener que argumentar en extenso y con congruencia de principio a fin. Siguiendo a Josep Pla, dirás que es más difícil describir que opinar o que argumentar. Bien, yo no veo por qué cada capítulo es un boceto o un retrato en el que aparece algún asunto importante o definitivo y ese asunto siempre acaba tratado con escasez y prisa. No significa que te equivoques: significa que el tratamiento escueto te hace cultivar la greguería, que es una forma de coquetería.
Abrazos, JS



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