Quiénes son los hooligans

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La confusión, el caos, la mezcla, la hibridación…

0. Jean Baudrillard, sin seguidores, sin hooligans…

Nada más enterarme de la muerte de Jean Baudrillard me puse a revisar los libros que de él tengo. Nunca le profesé gran aprecio, sobre todo por sus radicalidades verbales, por sus excesos intelectuales, pero reconozco haber leído muchas de sus obras en busca de páginas atinadas, de aciertos o de chiripas expresivas. Alguna hallé. Resulta que de todos los volúmenes que de él tengo, el que mayor atención me provocó y aquel que me sigue despertando interés es una obrita circunstancial y aparentemente menor. Es un libro de conversaciones titulado El paroxista indiferente, título raro, sí, con ese gusto por lo oscuro del que hizo bandera. Paroxista: paroxiton, la penúltima sílaba, esto es, el autor  –este sociólogo que ahora fallece— sería el penúltimo pensador…, pensador  de lo indiferente.  ¿Pero qué es menor o mayor en Baudrillard, en ese autor posmoderno? ¿Qué es verdad o mentira en Baudrillard, en un sentido moral o extramoral? Por ejemplo, A. Espada informaba en su blog de la muerte del autor francés como un hecho real. Ha fallecido y no hay simulacro posible, vendría decirnos. En efecto, como dice el periodista barcelonés: ha tenido lugar la muerte de Jean Baudrillard. No se asusten: la guasa de A. Espada es una broma para entendidos. ¿No decía el sociólogo francés que la Guerra del Golfo no había tenido lugar? Pues…: toma dos tazas. Te mueres, cosa que es un hecho objetivo sobre el que no valen chanzas posmodernas, y encima no hay objeción posible. 

Releo El paroxista indiferente (E. o.: 1997). Allí, en sus páginas, Baudrillard condensa lo dicho y lo escrito en los últimos años. Para quienes no hayan leído nada de él, es seguramente la obra más recomendable… Es interesante por varias razones. En primer lugar, por el interlocutor, Phillippe Petit, informado y conocedor que no se deja amilanar o sorprender fácilmente, exigiéndole a Baudrillard que se explique (cosa difícil, admitámoslo). Y así ocurre con cierta frecuencia: frente a sus últimos libros (cada vez más sincopados, aforísticos, contradictorios y paradójicos), en éste explica sus ideas  con mayor claridad , tal vez por el imperativo del género entrevista. “Mi modo de hablar”, le leo en sintaxis extraña, “no es precisamente una forma familiar de la que se usa y abusa sino algo extraño que hay que seducir. No se trata de trastocarlo por mero juego. Hay que sorprenderlo y que sorprenda”.  Cuando de verdad se explica –frente a la oscuridad expresiva a la que es tan proclive–, cuando eso ocurre y lo entendemos, la evaluación que puede hacer el lector es doble. 

Por un lado, hay en su reflexión esos excesos verbales a los que aludía con pesar, en ocasiones algo tontorrones y en otras ocasiones intolerables (por ejemplo, cuando denuncia como peor el integrismo del vacío, propio de Occidente, frente al fundamentalismo alimentado bajo el islam). “Es el integrismo de lo vacío, pero justo por ello más feroz. La quiebra esencial pasa actualmente por el islam”, dice en 1997. En 1997. “Pero también por el corazón de cada país llamado civilizado y democrático, y sin duda también por el interior de cada uno de nosotros”, leo con estupor. Con el mismo estupor que me provocó la irresponsabilidad de Michel Foucault cuando celebraba el chiísmo en Irán a finales de los años setenta.

Por otro lado, en las páginas de El paroxista indiferente atisbamos de vez en cuando lucidez, esa de la que están privados los integrados: una visión crítica de lo real como evidente (como supuestamente evidente), una crítica de los artificios que nos constituyen y que Baudrillard ha ido desgranando a lo largo de los años (lo virtual, el consumo, la información sin mensaje). Otras partes interesantes y discutibles de este libro (y en general de sus ideas) son las páginas de dedicadas a América: un volumen que el propio Baudrillard publicara en los años ochenta. En aquella obra y en la revisión que ahora hace habla de Estados unidos con perspicacia, desenvoltura y, otra vez, irresponsabilidad. Todo ello a un tiempo. Allí y aquí describía una Norteamérica, la Norteamérica de la Costa Oeste (desierto, autopista, consumo, televisión y primitivismo), como el espacio simbólico de una utopía realizada: la que los propios Padres Fundadores idearon. “Entre nosotros”, decía Baudrillard refiriéndose a Europa, “la libertad se conquista sobre lo social, al precio del conflicto y del compromiso. Allí se tiene la impresión de que hay demasiado para todo el mundo –llega a ser un problema–, pero, por lo menos, cuando la utopía se ha realizado es posible utilizarla con desenvoltura”.

Otro asunto tratado en este libro, e igualmente interesante y discutible, es la concepción que del arte tiene Baudrillard. Su tesis es bien conocida: nuestras percepciones están saturadas cultural y significativamente, una saturación que viene del peso, del legado de la historia, pero también de la multiplicación de la ejecución y de la producción. ¿Simulacro? Todo es simulación en este autor, una recreación imposible, un hartazgo de lo que ya ha sido dicho, hecho y fabricado. El homo faber de Marx, precisamente, era el punto de partida del primer Baudrillard. No hay, nunca hubo, el hombre aislado capaz de producir lo que jamás ha sido concebido. Cada acción del individuo recoge una tradición, unas aptitudes y unas actitudes: la capacidad y la voluntad de fabricar aprovechando las cualidades que se demostraron eficaces o que permitieron idear una realidad inexistente pero útil. Pero hemos llegado al final, añade Baudrillard. 

Ah, qué iluso, se dejó llevar por el simulacro: creyó ser el último hombre o, incluso, el último intelectual: ¿mosca cojonera, asesor áulico o preceptor de príncipes? Pero “para que exista un consejero del príncipe, es preciso que exista un príncipe”, admitía derrotado Baudrillard. Al final, sólo era un resistente anticonsumista, antiglobalizador, opositor de la realidad virtual que él diagnosticó con oscuridad. Nunca me entusiasmó Jean Baudrillard. Pero, ah, amigos: qué nietzscheano, qué libre, qué francés, el autor que mejor diagnosticó la obscenidad, la visibilidad promiscua… 

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1. La visibilidad promiscua. Desde comienzos del siglo pasado preocupa cuáles son los efectos que la comunicación provoca en la audiencia, qué consecuencias genera un mensaje que llega a una masa o a un público. Hoy, la discusión continúa. Una información o una opinión difundidas o retransmitidas… ¿nos llegan como balas o proyectiles? ¿O, por el contrario, oponemos resistencia a lo que nos dicen si eso que nos dicen nos desmiente o nos incomoda? Gracias a que tenemos ideas previas, a que hablamos unos con otros reforzando nuestras ideas o prejuicios, no todo lo que nos cuentan nos convence. ¿O no será, acaso, que eso que nos dicen nos impone el asunto del que hablar, el tema del que discutir? Seguramente las informaciones chocantes o contradictorias –aquellas que provocan disonancia– no acabarán cambiando nuestra opinión, ya establecida de antemano; pero dictarán de qué hay que hablar, qué es lo importante y qué es lo urgente, lo perentorio, lo histórico. Así podemos pasar en poco tiempo del matrimonio homosexual, al plan hidrológico nacional, o del once de marzo a De Juan Chaos… Los hechos se convierten en munición informativa con el que disparar, pero sobre todo los acontecimientos de la gran política o del estrépito mediático tapan, ocultan o velan otros asuntos aparentemente menores que de verdad están cambiando la vida de las personas. Así se dicta nuestra agenda diaria…

 En el caso español, además, no es que nuestros representantes se hayan adaptado a los medios por el gran poder de la información, de los periódicos o de la radio: es que su discurso espectacular, conflictivo, crispado, da bien en televisión, imanta al espectador y, por tanto, es el fragor político la lógica con que se dicta aquella agenda. Se supone que los políticos deben actuar con responsabilidad, con prudencia. Los gobernantes han de valerse de un presupuesto público –de un dinero que no es suyo–, para emprender acciones colectivas, decisiones que tienen efectos comunes. Han de sopesar lo que dicen, por las consecuencias que ello tiene en la sociedad, por el impacto que ocasionan sus palabras. Pero nuestros representantes saben que vivimos en un tiempo en que el periodismo se abandona al fácil expediente de las declaraciones, de la palabra gruesa. y en una época en que la multiplicación de los medios agranda la repercusión de cualquier cosa que haya sido dicha con ánimo batallador o escandaloso.  

El PP ha descubierto que aquí, en España, la política sólo acaba siendo espectáculo de efectos mediáticos. Para derribar a un Gobierno hace falta no sólo que éste lo haga objetivamente mal, sino sobre todo que la gente lo perciba así: que actúe mal y que merezca ser derribado. Los medios de comunicación se han impuesto en la definición-construcción de lo real y eso significa que el videopoder (que decía Giovanni Sartori) es el elemento que sustituye la deliberación parlamentaria. Lamentablemente, como añadió Ralf Dahrendorf, en esa circunstancia el Parlamento sólo parece valer como proscenio en el que representar los combates que van a ser retransmitidos en directo o abreviados para su posterior emisión en diferido, combates que siempre acaba teniendo un sentido decisivo, histórico. Sin embargo, el exceso de historia o el exceso de acontecimientos (ayer, hoy y mañana también se suceden vertiginosamente cosas que identificamos como históricas) aturden. “No es que los acontecimientos sean más numerosos, es que el acontecimiento en sí mismo se ha multiplicado por su difusión”, decía Jean Baudrillard en otro contexto. “No es el fin de la historia”, insistía, “sino la disolución de la historia como acontecimiento: su puesta en escena mediática, su exceso de visibilidad”.  

La calle y el Parlamento como espacios de la representación, de la simulación, del simulacro: algo que supo anticipar Jean Baudrillard. Todo lo que nos pueda llamar la atención, acongojarnos, sorprendernos, enfurecernos, convencernos queda registrado y difundido con visibilidad promiscua, añadía Baudrillard, una visibilidad que por su exceso impide la reflexión o la deliberación. “Hace tiempo”, insistía el sociólogo francés, “que los medios y la información han superado el estudio de lo ‘ni cierto ni falso’, ya que en ellos todo se basa en la credibilidad instantánea, con lo que la misma mediatización borra el criterio de referencia y de verdad”. Algo así es lo que en nuestro país está pasando, pero en clave extremada. Porque, al final, “ya no se trata de creer o no de no creer, puesto que lo único que importa es hacer creer y todo se agota en este efecto de credibilidad”. Más aún, “lanzas una información. En la medida en que no es desmentida, es verosímil. Salvo accidente, jamás será desmentida en tiempo real. Incluso si es desmentida más adelante, jamás será ya absolutamente falsa, puesto que ha sido creíble”. La opinión sustituye al hecho y el vocerío tapa el acontecimiento. Ésa es mi impresión, ése es mi estupor.  

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2. ¿El hooligan?  

Rodríguez Zapatero y el ‘buenismo’ 

Justo Serna, Levante-Emv, 17 de abril de 2006 

Es frecuente que José Luis Rodríguez Zapatero confiese su apego a los principios, es habitual oírle profesar los valores frente al pragmatismo. En la crítica al pragmatismo que suele formular el presidente, en principio caben dos opciones: cree en lo que dice; no cree en lo que dice. Yo, por el contrario, pienso que el asunto es más sutil. Rodríguez Zapatero predica los valores y los principios frente al pragmatismo porque es de ahí de donde le vienen sus respaldos. Los valores no asustan a la clase media: asustan los radicalismos. En cambio, decir que obra de acuerdo con principios le refuerza con una imagen de honestidad que perdió Felipe González en su momento de pragmatismo. Es decir, lo mejor de González era el realismo, la capacidad de sacrificar la convicción a la responsabilidad. Pero para muchos electores el pragmatismo se identificó con la corrupción, con el todo vale.  En cambio, Rodríguez Zapatero, diciéndose aferrado a los principios, adopta un rostro sensible, compasivo y bondadoso que inquieta a numerosos destinatarios. Sin ir más lejos, un cómico acostumbrado a representar, como Albert Boadella, decía sentirse muy incómodo con algo que es propio del presidente socialista. Meses atrás lo declaraba en una entrevista que concedía a Abc. «Asume el personaje del bueno. Me molesta esta representación evangélica de la bondad y me parece hipócrita porque nadie puede ser tan bueno», concluía sorprendentemente Boadella. Nadie puede ser tan bueno, en efecto, pero al menos si se sabe afectar bondad y el ademán es verosímil, entonces la prédica contra el pragmatismo es creíble y, además, sirve de legitimación personal: es a él a quien se cree y es a él a quien se le dispensa todo el crédito. La izquierda del PSOE está paralizada y persuadida por Zapatero, por Zapatitos (así se le vilipendiaba por lo flojo y suave). En mi opinión, el presidente español cree que es posible defender algunos principios y llevar a cabo una política vistosa, necesaria y rentable electoralmente, pues esos adjetivos no son incongruentes: una política de principios que la derecha presenta como el fin del mundo (matrimonio entre homosexuales, negociación con los etarras, etcétera) y que hasta un votante templado, moderadísimo, no le criticaría. 

Por eso, Rodríguez Zapatero suele desconcertar. En ocasiones parece una mente perspicaz y en otros momentos parece portavoz de evidencias tan simples… que no nos las podemos creer. En ocasiones resulta conmovedor y obvio el fundamento en el que dice basarse, pues… ¿quién no suscribiría parte de ese programa radical? Insisto, es desconcertante: hace declaraciones enfáticas en las que proclama la ética de la convicción como base de sus decisiones políticas, pero a la vez no nos lleva hasta el límite de esas consecuencias y por tanto administra sus providencias con gran realismo, con astucia, con maquiavelismo incluso.

 Numerosos editorialistas y articulistas de la derecha presentan a Rodríguez Zapatero como un tipo sectario que improvisa, que hace del buenismo su hoja de ruta. ¿Sectario…, alguien que parece dejarse llevar por la tentación de hablar, negociar, pactar hasta lo que algunos juzgan innegociable? ¿Sectario…, alguien que demuestra una inclinación, quizás excesiva, a contentar a todos? ¿Qué podríamos decir, entonces, de Aznar, un ex presidente que por resolución e intemperancia sabía cuál era la disposición correcta más allá de las mayorías o de los humores sociales? En todos los ramos, sus decisiones eran tajantes, inapelables, dando con ello pruebas de firmeza, sabiendo que el decisionismo no se opone a la democracia sino al gastado parlamentarismo, a la manera de Carl Schmitt. La mayoría absoluta le permitía refrendar esas decisiones en sede parlamentaria, pero en la valoración de esas metas no cumplían ningún papel regulador las Cortes. Muchos llaman improvisador a Rodríguez Zapatero, improvisador, supongo, en comparación con el decisionismo de Aznar. La pregunta es obligada: ¿y por qué tenemos que pensar que el buenismo y el pactismo de Rodríguez Zapatero son rasgos bienintencionados y no estrategias de conducta política incluso sibilinas. Podríamos dar la vuelta al argumento de la improvisación y pensar que el buenismo del actual presidente es una maniobra o habilidad envolventes para incorporar a sus adversarios y a los partidos nacionalistas en el marco constitucional sin tener que proclamar a cada instante el amor a la Carta Magna. Desde ese punto de vista, la remodelación gubernamental de ahora mismo me parece una decisión de gran inteligencia estratégica. Supo aplacar a Bono con un ministerio y ha sabido descorazonar finalmente a quien fue su rival dentro del partido. Supo valerse de su principal práctico, de Pérez Rubalcaba, como negociador parlamentario y ha sabido reemplearlo como perito o ministro amortizado. ¿Se puede tener mayor olfato? Insisto: Rodríguez Zapatero desconcierta.

  1. Bueno. Mientras el PP se empeñe en lanzar basura sobre la situación política y social española, algunos que teníamos la intención de quedarnos en casita el día de las elecciones nos lo pensaremos mejor y acudiremos a votar a quien más les «jode» a ellos.

    Así que ellos sabrán la clase de oposición que les conviene

  2. Yo no he leido a Jean Baudrillard pero por lo poco que se de él creo que es un autor muy difícil: no?

  3. Avatar de Miguel Veyrat
    Miguel Veyrat

    En tiempos ya casi de Maricastaña gritábamos en las manifestaciones: «Vosotros, fascistas, sois los terroristas». Vale para hoy en día, el terrorismo parlamentario que está practicando el PP —haciendo hooliganismo y acusando después cínicamente al pacífico Zapatero de practicarlo—, es el patético complemento de su actitud de llevar la política a la calle, en un comportamiento digno de un golpe de estado permanente. En el parlamento se debate, acalorada o pacíficamente, con ideas y argumentos, no con chillidos porcinos e insultos. En la calle, parece ya que todo está permitido, incluso llamar, cómicamente para mi gusto, «Anticristo» al presidente del gobierno.

    Pero dicho ésto no quisiera que se nos pasase hoy la celebración de un día importante en un país asolado por la violencia machista, vertiente sexista del fascismo. Hoy es el «día de la mujer trabajadora» y quisiera hacer una llamada a todos nuestros amigos para que difundan la situación de desigualdad laboral y social en que se encuentran todavía las mujeres españolas. Por poner un sólo ejemplo, aparte de todo lo que ya conocéis, en los medios de comunicación, el 50% de las trabajadoras son mujeres, quienes deciden son hombres en un 95%.
    También dicho ésto quiero transcribir una carta que me ha parecido hermosa, publicada hoy en El país y firmada por Eduardo Zafra, un valenciano de Paterna, dirigida a una mujer sin nombre ni apellidos pero en la cual podemos reconocer cada uno fácilmente a alguna persona amada de nuestra vida. Reza así:

    «Ha pasado el tiempo. Cuando nos encontramos éramos muy diferentes. Yo era un bárbaro que expresaba sus afectos a empujones, y que creía inevitable el destino de los sexos. Se podrá atenuar con que era joven, puro mimetismo del entorno. En aquel país en blanco y negro los hombres disfrutábamos de todos los privilegios, con la bendición de una moral que nos quería sumisos y callados.

    Llegó el día en que tú y tus iguales comenzasteis a volar y yo, perplejo en un principio, quise entender lo que pasaba. No fue fácil, había muchos siglos encima de mis prejuicios, pero no quería quedarme atrás. Tal vez me ayudó el interés por otras causas, vivíamos en una noche negra y no se podía ser neutral sin sentir compasión por uno mismo. El caso es que presté atención y me apunté a tu lucha por la igualdad hasta hacerla mía. Hacernos más iguales significaba ganar todos.

    Fue emocionante crecer juntos en la libertad y en los derechos. Pero quedaban muchos terrenos por explorar, más íntimos, más cercanos al roce y al goce, donde los lenguajes aún eran muy distintos. Yo intuía que había caminos comunes, pero a veces la fuerza de tu grito de libertad me desconcertaba haciéndome parar en el apoyo. Tuve miedo a perderme si cedía… A veces también a tu impaciencia. Pero poco a poco aprendimos a fortalecer las alianzas y a situar las divergencias.

    Quiero que sepas que admiro tu juicio y tu entrega en los retos personales. Comparto la ternura que dejaste dulcemente en mis oídos y la forma en que conviertes los afectos en palabras. Contigo he aprendido a gozar de lo sencillo y a cubrir de emociones el camino. Mujer, nos quedan muchas vidas. Solidariamente tuyo.»

  4. Sólo algunos brochazos desde Corona (Llocfosc), donde habito normalmente.

    (1) ¿Seguro que Baudrillard está muerto?

    (2) Comparar el sistema parlamentario británico, por ejemplo – que, por añejo, debería estar corrupto y esclerótico – con el español – que, por joven, debía ser fresco y vital – ya nos debía generar la duda de si realmente el problema de su esterilidad democrática no está en la algarada callejera o mediática de los bruticafres del Partido del Populacho sino en causas más profundas de desconocimiento (malicioso o ignorante) de los rudimentos de la democracia en tiempos de la Transición, cuando se gestó y parió… De aquellos polvos, creo, nos vienen estos lodos.

    (3) ¿Y si añadimos a las múltiples, e inquietantes, facetas de Zapatero otra?: la de, llegados a un momento de crisis, ni principios, ni pragmatismos: prepotencia con el débil y pusilánimidad con el poderoso. Es otra herencia del señor González. ¿O es que vamos a seguir viendo las imágenes de la política española en blanco y negro [y nunca mejor dicho, que el PP tiene mucho, y cada vez más, de «negro» y el presidente con su cohorte socialdemócrata, son de un “blanco eterno nuclear” que deslumbra, porque «rojo» (o «verde»), lo que se dice «rojo» (o «verde») yo, la verdad, no lo veo]

    (4) ¡Y dale! que manía tiene vuesas mercedes con titular el día de hoy como el de la “mujer trabajadora”. ¡¡Que no!! El día se fundó como “de la mujer” y es de la mujer, lógicamente. Son precisamente las mujeres trabajadoras las que tienen más recursos para tomar conciencia de su situación y defenderse. ¿Y qué hacemos con las que trabajan sin cobrar o sin contrato? ¿y qué con las que ni siquiera pueden hacer eso: ancianas, mutiladas, abandonadas, enfermas… en sociedades que las repudian sólo por eso? ¡¡¡¡Que también son mujeres, por Diana Cazadora!!!!

    (5) Para Jaime, sobre su reflexión. Vea usted que cada día soy más escéptico sobre esto del «pensador oscuro”, del “difícil”. Mira uno hacia atrás, en esto de la filosofía, y descubre a los griegos y romanos construyendo el pensamiento occidental entre coliflores y pollos, sandalias de oferta y proposiciones de hetarias, bebiendo como beodos en banquetes y mirando el culito de los efebos: ágoras, foros, paseos relajados, fiestas privadas… Y, encima, usando un lenguaje que todos comprendían con argumentos capaces de despertar la inquietud en el espíritu de las personas, incluso de las más llanas.

    ¿No es significativo que cuando el pensamiento occidental se hace “complejo”, más bien lo se hace es abstruso, desconectado de las personas y su realidad, de lo cotidiano y del lenguaje aprehensible? ¿no está más próximo a lo especulativo, a lo estéril? ¿no será por eso su descrédito social y su refugio en torres de marfil “intelectuales”?… ¿Esa “dificultad” detectable en (demasiados) autores contemporáneos, no será una (otra) impostura del pensamiento, un sueño de la razón que, al final, nos antepone frente a los monstruos que Serna nos propone en su reflexión de hoy?

    Y me voy a dormir. Queden ustedes con los Dioses Inmortales.

  5. 1) En mi opinión los medios de comunicación se han convertido en un espectáculo que nos retrotrae al «pan y circo» romanos. En el fondo, en esencia, pocas cosas cambian pero en nuestro siglo tienen mucha más difusión/distorsión. Aproximarse a la verdad/realidad de las cosas está cada vez más cerca de ser una «misión imposible».

    (2) Respecto a Zp a mi también me desconcierta. Dicen algunos de sus paisanos que pasó por las mismas aulas que Rajoy. Pero que a diferencia de éste, siempre el primero en su promoción, siempre fue justito en sus estudios. Se habla de una parte de su familia «burguesa» y de que en palabra de un condiscípulo suyo: ha tenido mucha suerte. Bien, yo no sé si ha tenido suerte o no. Con su aspecto bobalicón y tranquilo, como quién no quiere la cosa, está asumiendo decisiones sorprendentes que a muchos nos descolocan por inesperadas y en algunos casos arriesgadas. No tiene un patrón y tampoco es previsible.
    (3) La improvisación es una de las características más comunes en nuestro país y de la cual carecen la mayor parte de países europeos. Revindico la improvisación siempre y cuando no se convierta en una costumbre.
    (4) Miguel Veyrat, la carta es hermosa pero el final … que quieres que te diga me parece condescendiente, habla de cualidades atribuidas tradicionalmente al rol femenino. Con los compañeros de camino se vive y se comparte. Lo de «cubrir el camino de emociones» cursi, muy cursi y romanticón. Hay un poso educacional de «cierto» machismo. ¿Por qué no admirar lo bien que resuelves los conflictos con el banco, la hipoteca? o ¿Lo estupendamente bien que haces la declaración de renta? Por decir algo. No obstante, Miguel, no me quedo sólo con el final. El camino recorrido también es importante.

  6. Avatar de Miguel Veyrat
    Miguel Veyrat

    Felices sueños, Kant, con los dioses inmortales que al menos proporcionaban diversidad alejándonos del «proveedor único». También del pensamiento único y simple, que intenta abrirse paso alejando a rojos, masones, judíos y homosexuales adeptos al pensamiento complejo. Si no suena la cantilena de Franco todavía, al tiempo, ya lo hará: El «Partido del Populacho» acaba de redescubrir el Movimiento Nacional.
    Estoy de acuerdo, Baudrillard no ha muerto y seguirá alentando en la palabra libertad. Y yo he caído en la trampa del Día Mujer «trabajadora». Sigo con la autocrítica y debo dar toda la razón a Concha: La carta tiene un puntito cursilón de hombre que quiere estar por encima del machismo nacional imperante y da rendidas gracias a su compañera, pero hay que comprenderle, como al final lo hace Concha: Lo importante es el camino recorrido y me parece ejemplar que un «tío» se desnude de esa manera, por eso reproduje su carta. Y llegados aquí quiero expresar el bochorno que el oportunismo del presidente del Gobierno —con quien me identifico políticamente con algunas reservas— al proclamarse «feminista» ante el público entregado de la asamblea de mujeres española y africanas. Está claro, al menos para mí, que un hombre no puede ser feminista, por mucho que lo desee y lo proclame. Todo lo más puede y debe ser un demócrata hasta sus últimas consecuencias: Y la igualdad será una consecuencia de una hipotética «Edad de Oro» de la democracia.

  7. Avatar de David P. Montesinos
    David P. Montesinos

    En esta ocasión discrepó amablemente de tí, querido Justo, pese a que es de agradecer que alguien se atreva a escribir sobre el hombre que ha muerto y al que la prensa ha optado por ignorar. Preveo que de este filósofo se va a hablar mucho en las próximas décadas. Es más, creo que Baudrillard es el pensador que con más radicalidad, con mayor capacidad de impregnación -casi hasta la esquizofrenia- ha sido capaz de pensar los «fenómenos extremos» que caracterizan la cultura contemporánea. Baudrillard ha sido capaz de entender lo que tanto le está costando a la «gauche divine», que es necesario pensar fenómenos nuevos con categorías nuevas. El chiste que ha circulado sobre la inexistencia de su muerte tiene en mi opinión cierto mal gusto. Baudrillard no negó la tragedia del Golfo, sólo cuestionó el principio de realidad de lo bélico desde el que era mirado, sin que se entendiera que era la lógica simulacional la que daba sentido a la guerra y no el hecho «real» de la guerra lo que hacía proliferar sus signos. El Golfo mató como parte de una película, fue una película, pero eso no hace menos dramáticas sus consecuencias. En cuanto a lo de la irresponsabilidad de Foucault en Irán, estoy de acuerdo, pero desgraciadamente murió antes de hora, y estoy seguro de que hubiera acabado cambiando esa posición. De todas formas sus posturas políticas fueron siempre cualquier cosa menos fáciles. En ese sentido me recuerda aquí al caso Goytisolo. Y quizá convenga no olvidar que los ayatollahs son poco menos que angelitos comparados con el Sha, tan caro a los medios occidentales durantes décadas.

    Os emplazo, a ti y a tus lectores, a mi tesis «El poder y los signos. Baudrillard y la incertidumbre de la crítica», dirigida por Sergio Sevilla y encontrable en Internet, donde planteo a través de la lectura de este autor la incapacidad de la izquierda en Occidente para reaccionar ante el desafío que supone el modelo consumista de la sociedad opulenta desde los años sesenta.

    Te remito, a tí y a tus lectores, a mi tesis.

  8. Habrás visto, David, que yo no bromeo con Baudrillard ni con su muerte. Saqué eso a colación por la referencia chistosa en el blog de A. Espada. Habrás visto que acabo diciendo: «nunca me entusiasmó Jean Baudrillard. Pero, ah, amigos: qué nietzscheano, qué libre, qué francés, el autor que mejor diagnosticó la obscenidad, la visibilidad promiscua…». Ya tengo tu tesis en mi ordenador. Ten por seguro que la voy a consultar. Con interés y con lápiz: ¡y, además, dirigida por Sergio Sevilla…!

  9. Es una de las mejores peliculas que haya visto, ya que yo soy una gran fanatica del futbool, ya que yo tambièn aria eso si mi equipo tuviera una firma como la de ellos. L violencia es algo que los humanos llevamos en nuestra sangre

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