La confusión, el caos, la mezcla, la hibridación…
0. Jean Baudrillard, sin seguidores, sin hooligans…
Nada más enterarme de la muerte de Jean Baudrillard me puse a revisar los libros que de él tengo. Nunca le profesé gran aprecio, sobre todo por sus radicalidades verbales, por sus excesos intelectuales, pero reconozco haber leído muchas de sus obras en busca de páginas atinadas, de aciertos o de chiripas expresivas. Alguna hallé. Resulta que de todos los volúmenes que de él tengo, el que mayor atención me provocó y aquel que me sigue despertando interés es una obrita circunstancial y aparentemente menor. Es un libro de conversaciones titulado El paroxista indiferente, título raro, sí, con ese gusto por lo oscuro del que hizo bandera. Paroxista: paroxiton, la penúltima sílaba, esto es, el autor –este sociólogo que ahora fallece— sería el penúltimo pensador…, pensador de lo indiferente. ¿Pero qué es menor o mayor en Baudrillard, en ese autor posmoderno? ¿Qué es verdad o mentira en Baudrillard, en un sentido moral o extramoral? Por ejemplo, A. Espada informaba en su blog de la muerte del autor francés como un hecho real. Ha fallecido y no hay simulacro posible, vendría decirnos. En efecto, como dice el periodista barcelonés: ha tenido lugar la muerte de Jean Baudrillard. No se asusten: la guasa de A. Espada es una broma para entendidos. ¿No decía el sociólogo francés que la Guerra del Golfo no había tenido lugar? Pues…: toma dos tazas. Te mueres, cosa que es un hecho objetivo sobre el que no valen chanzas posmodernas, y encima no hay objeción posible.
Releo El paroxista indiferente (E. o.: 1997). Allí, en sus páginas, Baudrillard condensa lo dicho y lo escrito en los últimos años. Para quienes no hayan leído nada de él, es seguramente la obra más recomendable… Es interesante por varias razones. En primer lugar, por el interlocutor, Phillippe Petit, informado y conocedor que no se deja amilanar o sorprender fácilmente, exigiéndole a Baudrillard que se explique (cosa difícil, admitámoslo). Y así ocurre con cierta frecuencia: frente a sus últimos libros (cada vez más sincopados, aforísticos, contradictorios y paradójicos), en éste explica sus ideas con mayor claridad , tal vez por el imperativo del género entrevista. “Mi modo de hablar”, le leo en sintaxis extraña, “no es precisamente una forma familiar de la que se usa y abusa sino algo extraño que hay que seducir. No se trata de trastocarlo por mero juego. Hay que sorprenderlo y que sorprenda”. Cuando de verdad se explica –frente a la oscuridad expresiva a la que es tan proclive–, cuando eso ocurre y lo entendemos, la evaluación que puede hacer el lector es doble.
Por un lado, hay en su reflexión esos excesos verbales a los que aludía con pesar, en ocasiones algo tontorrones y en otras ocasiones intolerables (por ejemplo, cuando denuncia como peor el integrismo del vacío, propio de Occidente, frente al fundamentalismo alimentado bajo el islam). “Es el integrismo de lo vacío, pero justo por ello más feroz. La quiebra esencial pasa actualmente por el islam”, dice en 1997. En 1997. “Pero también por el corazón de cada país llamado civilizado y democrático, y sin duda también por el interior de cada uno de nosotros”, leo con estupor. Con el mismo estupor que me provocó la irresponsabilidad de Michel Foucault cuando celebraba el chiísmo en Irán a finales de los años setenta.
Por otro lado, en las páginas de El paroxista indiferente atisbamos de vez en cuando lucidez, esa de la que están privados los integrados: una visión crítica de lo real como evidente (como supuestamente evidente), una crítica de los artificios que nos constituyen y que Baudrillard ha ido desgranando a lo largo de los años (lo virtual, el consumo, la información sin mensaje). Otras partes interesantes y discutibles de este libro (y en general de sus ideas) son las páginas de dedicadas a América: un volumen que el propio Baudrillard publicara en los años ochenta. En aquella obra y en la revisión que ahora hace habla de Estados unidos con perspicacia, desenvoltura y, otra vez, irresponsabilidad. Todo ello a un tiempo. Allí y aquí describía una Norteamérica, la Norteamérica de la Costa Oeste (desierto, autopista, consumo, televisión y primitivismo), como el espacio simbólico de una utopía realizada: la que los propios Padres Fundadores idearon. “Entre nosotros”, decía Baudrillard refiriéndose a Europa, “la libertad se conquista sobre lo social, al precio del conflicto y del compromiso. Allí se tiene la impresión de que hay demasiado para todo el mundo –llega a ser un problema–, pero, por lo menos, cuando la utopía se ha realizado es posible utilizarla con desenvoltura”.
Otro asunto tratado en este libro, e igualmente interesante y discutible, es la concepción que del arte tiene Baudrillard. Su tesis es bien conocida: nuestras percepciones están saturadas cultural y significativamente, una saturación que viene del peso, del legado de la historia, pero también de la multiplicación de la ejecución y de la producción. ¿Simulacro? Todo es simulación en este autor, una recreación imposible, un hartazgo de lo que ya ha sido dicho, hecho y fabricado. El homo faber de Marx, precisamente, era el punto de partida del primer Baudrillard. No hay, nunca hubo, el hombre aislado capaz de producir lo que jamás ha sido concebido. Cada acción del individuo recoge una tradición, unas aptitudes y unas actitudes: la capacidad y la voluntad de fabricar aprovechando las cualidades que se demostraron eficaces o que permitieron idear una realidad inexistente pero útil. Pero hemos llegado al final, añade Baudrillard.
Ah, qué iluso, se dejó llevar por el simulacro: creyó ser el último hombre o, incluso, el último intelectual: ¿mosca cojonera, asesor áulico o preceptor de príncipes? Pero “para que exista un consejero del príncipe, es preciso que exista un príncipe”, admitía derrotado Baudrillard. Al final, sólo era un resistente anticonsumista, antiglobalizador, opositor de la realidad virtual que él diagnosticó con oscuridad. Nunca me entusiasmó Jean Baudrillard. Pero, ah, amigos: qué nietzscheano, qué libre, qué francés, el autor que mejor diagnosticó la obscenidad, la visibilidad promiscua…
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1. La visibilidad promiscua. Desde comienzos del siglo pasado preocupa cuáles son los efectos que la comunicación provoca en la audiencia, qué consecuencias genera un mensaje que llega a una masa o a un público. Hoy, la discusión continúa. Una información o una opinión difundidas o retransmitidas… ¿nos llegan como balas o proyectiles? ¿O, por el contrario, oponemos resistencia a lo que nos dicen si eso que nos dicen nos desmiente o nos incomoda? Gracias a que tenemos ideas previas, a que hablamos unos con otros reforzando nuestras ideas o prejuicios, no todo lo que nos cuentan nos convence. ¿O no será, acaso, que eso que nos dicen nos impone el asunto del que hablar, el tema del que discutir? Seguramente las informaciones chocantes o contradictorias –aquellas que provocan disonancia– no acabarán cambiando nuestra opinión, ya establecida de antemano; pero dictarán de qué hay que hablar, qué es lo importante y qué es lo urgente, lo perentorio, lo histórico. Así podemos pasar en poco tiempo del matrimonio homosexual, al plan hidrológico nacional, o del once de marzo a De Juan Chaos… Los hechos se convierten en munición informativa con el que disparar, pero sobre todo los acontecimientos de la gran política o del estrépito mediático tapan, ocultan o velan otros asuntos aparentemente menores que de verdad están cambiando la vida de las personas. Así se dicta nuestra agenda diaria…
En el caso español, además, no es que nuestros representantes se hayan adaptado a los medios por el gran poder de la información, de los periódicos o de la radio: es que su discurso espectacular, conflictivo, crispado, da bien en televisión, imanta al espectador y, por tanto, es el fragor político la lógica con que se dicta aquella agenda. Se supone que los políticos deben actuar con responsabilidad, con prudencia. Los gobernantes han de valerse de un presupuesto público –de un dinero que no es suyo–, para emprender acciones colectivas, decisiones que tienen efectos comunes. Han de sopesar lo que dicen, por las consecuencias que ello tiene en la sociedad, por el impacto que ocasionan sus palabras. Pero nuestros representantes saben que vivimos en un tiempo en que el periodismo se abandona al fácil expediente de las declaraciones, de la palabra gruesa. y en una época en que la multiplicación de los medios agranda la repercusión de cualquier cosa que haya sido dicha con ánimo batallador o escandaloso.
El PP ha descubierto que aquí, en España, la política sólo acaba siendo espectáculo de efectos mediáticos. Para derribar a un Gobierno hace falta no sólo que éste lo haga objetivamente mal, sino sobre todo que la gente lo perciba así: que actúe mal y que merezca ser derribado. Los medios de comunicación se han impuesto en la definición-construcción de lo real y eso significa que el videopoder (que decía Giovanni Sartori) es el elemento que sustituye la deliberación parlamentaria. Lamentablemente, como añadió Ralf Dahrendorf, en esa circunstancia el Parlamento sólo parece valer como proscenio en el que representar los combates que van a ser retransmitidos en directo o abreviados para su posterior emisión en diferido, combates que siempre acaba teniendo un sentido decisivo, histórico. Sin embargo, el exceso de historia o el exceso de acontecimientos (ayer, hoy y mañana también se suceden vertiginosamente cosas que identificamos como históricas) aturden. “No es que los acontecimientos sean más numerosos, es que el acontecimiento en sí mismo se ha multiplicado por su difusión”, decía Jean Baudrillard en otro contexto. “No es el fin de la historia”, insistía, “sino la disolución de la historia como acontecimiento: su puesta en escena mediática, su exceso de visibilidad”.
La calle y el Parlamento como espacios de la representación, de la simulación, del simulacro: algo que supo anticipar Jean Baudrillard. Todo lo que nos pueda llamar la atención, acongojarnos, sorprendernos, enfurecernos, convencernos queda registrado y difundido con visibilidad promiscua, añadía Baudrillard, una visibilidad que por su exceso impide la reflexión o la deliberación. “Hace tiempo”, insistía el sociólogo francés, “que los medios y la información han superado el estudio de lo ‘ni cierto ni falso’, ya que en ellos todo se basa en la credibilidad instantánea, con lo que la misma mediatización borra el criterio de referencia y de verdad”. Algo así es lo que en nuestro país está pasando, pero en clave extremada. Porque, al final, “ya no se trata de creer o no de no creer, puesto que lo único que importa es hacer creer y todo se agota en este efecto de credibilidad”. Más aún, “lanzas una información. En la medida en que no es desmentida, es verosímil. Salvo accidente, jamás será desmentida en tiempo real. Incluso si es desmentida más adelante, jamás será ya absolutamente falsa, puesto que ha sido creíble”. La opinión sustituye al hecho y el vocerío tapa el acontecimiento. Ésa es mi impresión, ése es mi estupor.
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2. ¿El hooligan?
Rodríguez Zapatero y el ‘buenismo’
Justo Serna, Levante-Emv, 17 de abril de 2006
Es frecuente que José Luis Rodríguez Zapatero confiese su apego a los principios, es habitual oírle profesar los valores frente al pragmatismo. En la crítica al pragmatismo que suele formular el presidente, en principio caben dos opciones: cree en lo que dice; no cree en lo que dice. Yo, por el contrario, pienso que el asunto es más sutil. Rodríguez Zapatero predica los valores y los principios frente al pragmatismo porque es de ahí de donde le vienen sus respaldos. Los valores no asustan a la clase media: asustan los radicalismos. En cambio, decir que obra de acuerdo con principios le refuerza con una imagen de honestidad que perdió Felipe González en su momento de pragmatismo. Es decir, lo mejor de González era el realismo, la capacidad de sacrificar la convicción a la responsabilidad. Pero para muchos electores el pragmatismo se identificó con la corrupción, con el todo vale. En cambio, Rodríguez Zapatero, diciéndose aferrado a los principios, adopta un rostro sensible, compasivo y bondadoso que inquieta a numerosos destinatarios. Sin ir más lejos, un cómico acostumbrado a representar, como Albert Boadella, decía sentirse muy incómodo con algo que es propio del presidente socialista. Meses atrás lo declaraba en una entrevista que concedía a Abc. «Asume el personaje del bueno. Me molesta esta representación evangélica de la bondad y me parece hipócrita porque nadie puede ser tan bueno», concluía sorprendentemente Boadella. Nadie puede ser tan bueno, en efecto, pero al menos si se sabe afectar bondad y el ademán es verosímil, entonces la prédica contra el pragmatismo es creíble y, además, sirve de legitimación personal: es a él a quien se cree y es a él a quien se le dispensa todo el crédito. La izquierda del PSOE está paralizada y persuadida por Zapatero, por Zapatitos (así se le vilipendiaba por lo flojo y suave). En mi opinión, el presidente español cree que es posible defender algunos principios y llevar a cabo una política vistosa, necesaria y rentable electoralmente, pues esos adjetivos no son incongruentes: una política de principios que la derecha presenta como el fin del mundo (matrimonio entre homosexuales, negociación con los etarras, etcétera) y que hasta un votante templado, moderadísimo, no le criticaría.
Por eso, Rodríguez Zapatero suele desconcertar. En ocasiones parece una mente perspicaz y en otros momentos parece portavoz de evidencias tan simples… que no nos las podemos creer. En ocasiones resulta conmovedor y obvio el fundamento en el que dice basarse, pues… ¿quién no suscribiría parte de ese programa radical? Insisto, es desconcertante: hace declaraciones enfáticas en las que proclama la ética de la convicción como base de sus decisiones políticas, pero a la vez no nos lleva hasta el límite de esas consecuencias y por tanto administra sus providencias con gran realismo, con astucia, con maquiavelismo incluso.
Numerosos editorialistas y articulistas de la derecha presentan a Rodríguez Zapatero como un tipo sectario que improvisa, que hace del buenismo su hoja de ruta. ¿Sectario…, alguien que parece dejarse llevar por la tentación de hablar, negociar, pactar hasta lo que algunos juzgan innegociable? ¿Sectario…, alguien que demuestra una inclinación, quizás excesiva, a contentar a todos? ¿Qué podríamos decir, entonces, de Aznar, un ex presidente que por resolución e intemperancia sabía cuál era la disposición correcta más allá de las mayorías o de los humores sociales? En todos los ramos, sus decisiones eran tajantes, inapelables, dando con ello pruebas de firmeza, sabiendo que el decisionismo no se opone a la democracia sino al gastado parlamentarismo, a la manera de Carl Schmitt. La mayoría absoluta le permitía refrendar esas decisiones en sede parlamentaria, pero en la valoración de esas metas no cumplían ningún papel regulador las Cortes. Muchos llaman improvisador a Rodríguez Zapatero, improvisador, supongo, en comparación con el decisionismo de Aznar. La pregunta es obligada: ¿y por qué tenemos que pensar que el buenismo y el pactismo de Rodríguez Zapatero son rasgos bienintencionados y no estrategias de conducta política incluso sibilinas. Podríamos dar la vuelta al argumento de la improvisación y pensar que el buenismo del actual presidente es una maniobra o habilidad envolventes para incorporar a sus adversarios y a los partidos nacionalistas en el marco constitucional sin tener que proclamar a cada instante el amor a la Carta Magna. Desde ese punto de vista, la remodelación gubernamental de ahora mismo me parece una decisión de gran inteligencia estratégica. Supo aplacar a Bono con un ministerio y ha sabido descorazonar finalmente a quien fue su rival dentro del partido. Supo valerse de su principal práctico, de Pérez Rubalcaba, como negociador parlamentario y ha sabido reemplearlo como perito o ministro amortizado. ¿Se puede tener mayor olfato? Insisto: Rodríguez Zapatero desconcierta.


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