Los libros que digo leer

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Una amable comunicante –cuya identidad sí revelaré: Concha Ridaura– me pregunta por correo electrónico cómo leo los libros que digo leer, cómo hago para extraerles partido, insiste. ¿Haces resúmenes, fichas, vocabulario?, me interroga. Por otra parte, Nicolás Quiroga –que viene preguntándose sobre la influencia, sobre esos autores o libros que, de verdad, nos conmocionan– alude en su  blog a mis derivaciones y a mis conexiones bibliográficas. ¿Qué cosa nos lleva a otra? ¿Por qué pasamos de este a aquel libro? Podríamos reconstruir la biografía de un lector enumerando sus lecturas, pero sobre todo examinando sus subrayados, sus anotaciones, las interpelaciones con que se dirige al autor. Lo toma como un interlocutor y, por ello, le enmienda, le corrige o le aprueba.

Cuenta André Maurois en su introducción a Aproximations, de Charles du Bois, que éste llevaba siempre, en el bolsillo interior de su traje, docenas y docenas de lápices increíblemente afilados. Se le veía en Pontigny anotar libro tras libro utilizando uno de aquellos lapiceros de punta muy fina, subrayando con minucia y lentitud páginas enteras. Sin haberlo pretendido, yo empecé haciendo algo parecido. Ahora, puedo tener en casa, a mi disposición, docenas y docenas de lápices. Pero, a diferencia de Du Bois, mis carboncillos tienen las puntas romas o gastadas. Más aún, esos lápices pronto desaparecen extraviados por mis hijos, para quienes son un bien muy preciado que ellos atesoran en rincones particulares o inaccesibles…

Un día, Roger Chartier, viendo un libro de Pierre Bourdieu que yo tenía mientras hablábamos, quedó muy sorprendido: le parecía curioso que los márgenes de ese volumen estuvieran llenos de anotaciones mías, de exclamaciones, de subrayados, de desarrollos, de desmentidos. Inservible, pues. Procuro hacer lo mismo que Charles du Bois, pero ahora con una diferencia que los años y mis hijos me han enseñado: a falta de lápices, subrayo con bolígrafo o con rotulador, con crudeza, toscamente, como si dichas palabras fueran incisiones que le hiciera al papel…,  todo hasta dejar inutilizable el ejemplar. Años después, cuando yo mismo regrese a ese volumen, probablemente deberé adquirir otro. No importa: quiero que la relectura sea, en el fondo, una lectura original. Yo ya no soy el mismo; el libro tampoco. Lo que leí después de esa primera visita me ha cambiado: como ha cambiado lo que el volumen me puede decir ahora.

Leo y escribo, alegrándome (a veces angustiándome) por la larga lista de libros que aún tengo en espera, en mi mesilla de noche, en el suelo, en el escritorio de mi despacho, aquí y allá, sin saber cuál será el volumen próximo que abra. Forman torres inestables y oscilantes… No idealizo lo que hago: describo cómo me comporto, buscando provecho, haciéndome notas de lectura, compendios y juicios sobre lo que mis admirados u detestados autores me proporcionan. Durante años llevé unas libretas de tapas rojas, cosidas, en cuarto, con páginas cuadriculadas, en las que registraba lo que leía. A veces eran resúmenes, a veces objeciones, pero, eso sí, siempre mostraban la reacción que la página impresa me producía. Hoy ya no lo hago aunque quizá vuelva a obligarme, tal vez como homenaje a mi padre, tan ordenado en sus cuadernos, fichas, registros. Él lo viene haciendo desde 1973; yo, más  inconstante, sólo he aguantado unos diez años. Mientras él se atiene a unos criterios inmodificables y computables (valoración, calificación, fecha de inicio y conclusión, etcétera), yo me dejo llevar por la lectura errabunda y por la anotación caprichosa. En fin.  Esos apuntes que voy dejando en los márgenes o en cuartillas o antes en libretas, que tanto se asemejan a la tarea escolar, podrían ser los deberes que cumplo puntual y escrupulosamente como alumno desordenado, como un lector que observa, que quiere crecer y madurar.

Si sigo leyendo, pero sobre todo si sigo anotando y emborronando mis libros, es que aún no he logrado gran cosa.

11 comments

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  1. Miguel Veyrat

    En efecto, un libro anotado y por lo tanto comentado, es un libro distinto, como distintas son también las gustosas y apacibles relecturas de los libros que han dejado poso o, como muy bien dije justo, han podido cambiar tu vida. La construcción del Zigurat de la gran literatura se hace con esas voces no reprimidas y anotadas al margen de los libros leídos o, en la antiguedad, de los poemas escuchados y almacenados entre los recovecos de memoria y corazón. Esa es la mayor gloria de la intertextualidad que expresa la evolución del pensamiento y las emociones de la humanidad a través de un gran texto compartido desde los primeros testimonios expresivos: quizás aquello que el gran Borges decía cuando soñaba el paraíso como una gran biblioteca: anotada por cada uno, añado. Y anoto ahora, al margen del comentario de Justo Serna, que cuenta con un veterano precedente. Las modernas ediciones de “El Principe” de Maquiavelo suelen llevar, como notas a pie de página o como apéndice, los comentarios de lectura que dejó en los márgenes de su ejemplar el inmenso y discutido personaje que fue Napoléon Bonaparte: Merecen la pena.

  2. Jaime

    Yo no puedo leer como J Serna. Me da mucha cosa rayar los libros. Si no son mios, porque no son mios y son mios porque me cuestan un dinero. Algunos no podemos permitirnos comprar dos veces el mismo libro.

  3. Luis

    Me parece emocionante leer asi sin miedo a ensuciar los libros. A eso le llaman interactividad, no?

  4. elisa

    ¿De qué sirve un libro que se vuelve a dejar en la estantería un poco más abierto? Tiene que estar vivido por el lector, subrayado, con las puntas dobladas, una foto, una entrada de cine o un billete señalando un pasaje rememorable… la biblioteca que poco a poco vamos construyendo en nuestra casa tiene que suponer algo más que una colección de libros.

  5. Miguel Veyrat

    ¡Alguien que encuentra “envidiable” —como todos— tu deleite, y no suena a “envidioso”! ¡Alégrate Israel, pues existen varones limpios en esta tierra maldita!

  6. Joaquín

    ¿y no se te confunden los libros y los subrayados? Yo te conocí de joven y ya no nos tratamos pero te pregunto porque tanto leer tanto leer tiene que acabar enrendándote. Me equivoco?

  7. jserna

    Pues sí, la confusión es algo que se puede o se suele dar. Tiene la ventaja de que los errores o las lecturas confusas a veces nos mejoran. Decía André Gide en su ‘Diario’ de 12 de julio de 1888: “leo demasiado; todo eso fermenta”. Pues eso, ahí está todo: fermentando.

  8. escriptorum

    ¡qué sana envidia me produce usted!
    Algún día fermentaré y seré un queso sabio, como usted.

  9. Camilo

    Si, yo siento envidia. Pero, sin querer hacer comparaciones, es como envidiar al ave que vuela y hace unos giros imposibles en el aire. Yo llego adonde llego y me alegro de ver quien llega más lejos. Le envidio pero busco mi propio ámbito de expresión. También tengo mis rincones en los libros, no muchos y algunos releidos. Tengo una agenda de no sé que año con pocas anotaciones y un montón de entradas de cine, teatros y conciertos. Aquel año viví un montón. Y me gusta de vez en cuando repasarlo.

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