0. La opinión y la multitud…
Comentario sobre la manifestación convocada bajo el lema «España por la Libertad»… (10 de marzo, 20:15 horas; y 11 de marzo, 9:40 horas)
Supongo que una manifestación concurrida es, sobre todo, una expresión oceánica en la que cada uno es parte infinitesimal. Supongo que te sientes uno entre miles o entre millones y experimentas qué significa el poder, el placer, la rabia, la ira. La proximidad te agiganta, imagino. Y digo “supongo” porque en los últimos veinticinco años calculo que sólo he acudido a cuatro o cinco concentraciones. En efecto, salvo las excepciones de rigor (25 de febrero de 1981, 12 de marzo de 2004 y protestas silenciosas contra el terrorismo), yo no voy a estas reuniones multitudinarias, incluso aunque pueda estar de acuerdo con el objetivo. Respeto a quien quiera acudir, pero a mí me desagrada la muchedumbre guiada por un solo lema, fácilmente manipulable, con una masa humana que se deja llevar por las emociones, por el grito unánime, con el adversario o enemigo reconocible, con el fluir de los sentimientos más primarios. La manifestación convocada por el Partido Popular ha sido gigantesca y, de ella, se derivan varias consecuencias.
Primera, el PSOE no parece haber calculado bien a quién tenía enfrente…, desde hace meses, muchos meses. Una serie infinita de manifestaciones que rechazan cualquier medida razonable o nada razonable del Gobierno, con unos medios de comunicación afines e influyentes, debería haber obligado a José Luis Rodríguez Zapatero a convocar elecciones en el momento de mejor expectativa. Un partido que es capaz estar detrás de tantas manifestaciones que repudian la política del Gobierno o que es capaz de convocar a tantos y tantos ciudadanos, fletando autobuses y transportando a numerosos manifestantes, es un serio oponente que el Gabinete no ha medido bien. Sin embargo, no está claro que de todo esto saque rédito electoral el Partido Popular.
Segunda, es cierto no sólo lo que es objetivamente cierto, sino lo que la gente interpreta como tal (sea verificable o no). Y es así porque provoca consecuencias en la percepción. En este punto me gusta siempre citar un viejo teorema sociológico, una formulación que Robert K. Merton denominó «teorema de Thomas» y que reza así: «Si los individuos definen las situaciones como reales, son reales en sus consecuencias». ¿Por qué razón? Porque los individuos «responden no sólo a los rasgos objetivos de una situación, sino también, y a veces, primordialmente, al sentido que la situación tiene para ellos. Y así que han atribuido algún sentido a la situación, su conducta consiguiente y algunas de las consecuencias de esa conducta, son determinadas por el sentido atribuido». En una sociedad mediática, esto alcanza proporciones insospechadas: la agitación amenaza con desbordarse, y la ojeriza, también.
Tercera, si ésta es la mayor manifestación de la democracia –como esperaba Mariano Rajoy y como ahora mismo se está diciendo en los medios afines–, entonces es para pensar seriamente qué está pasando y en qué ha contribuido el Partido Popular. Imaginemos que la decisión política tomada por el Gobierno –fundamentada legalmente— sea moralmente repugnante. Si ese hecho moviliza a ciento de miles de personas, más que las manifestaciones del 25 de febrero de 2001 o del 12 de marzo de 2004, entonces es que hay una percepción emocional de la ciudadanía muy preocupante.
Cuarta, el mando militar de EE UU en Irak dice que la fuerza no resuelve el conflicto. El general Petraeus aboga por una solución política que incluya a grupos de la insurgencia. Si hay que contar con algunas facciones de la denominada insurgencia, que tantos actos bélicos o terroristas ha cometido; si, además, el Gobierno de George W. Bush ha demostrado estar dispuesto a mantener contactos bilaterales con Siria e Irán en Bagdad…, entonces es que se puede tratar algo hasta con tu peor enemigo con el fin de aplacarlo. No creo que el Gobierno español se las tenga que ver con oponentes menos fieros o dañinos. Más aún, supongo que está obligado a abordar por todos lo medios el fin de las amenazas terroristas.
Quinta, este hecho multitudinario es, de verdad, un acto de fuerza electoral para aupar a Mariano Rajoy, para aunar a todas las derechas, algunas de las cuales le negaban hasta ahora su apoyo. Si después de esta demostración impresionante no se obtienen rentas políticas; si después de esta concentración gigantesca no se extrae ventaja para las próximas elecciones, entonces es que estamos asistiendo a un espejismo.
Sexta, una manifestación siempre es un espejismo, una ilusión óptica, pues –a poco que sea concurrida– los convocantes que de ello se deriven consecuencias. Pero las próximas elecciones son locales y autonómicas y, a falta de mayorías absolutas, en cada Ayuntamiento o Gobierno de Comunidad Autónoma habrá que negociar. Será entonces cuando se verá el efecto real. Puede muy bien sucederle al PP lo que le ocurrió a CiU: que en algunas ciudades las listas más votadas no sean las que acaben gobernando, cosa perfectamente legal si ese puesto se obtiene por coalición o por colusión electoral.
Séptima, populismo. De todas las frases pronunciadas por Mariano Rajoy hay unas pocas, seguidas, unas tras otras, que sobrecogen por su retórica populista. A lo largo de su intervención, el Presidente del PP ha ido rechazando la política antiterrorista del Gobierno: lo que juzga torpezas, injusticias, falta de gallardía, errores o compromisos con los propios terroristas. Llegado un punto de su alocución, Rajoy debe ir concluyendo y de la crítica a Rodríguez Zapatero pasa al cierre y es entonces cuando se dirige directamente a la muchedumbre allí congregada. El líder cumple entonces con lo que Roman Jakobson llamaba la función conativa del lenguaje: se produce cuando en el proceso de comunicación, el emisor pretende obtener una relación directa con el receptor para así modificar su conducta, para así provocar efectos en el comportamiento.
Es una interpelación directa, sin mediación (ya que no confía reestablecer el consenso con el Gobierno). Pues bien, ese requerimiento es populista y apelativo, un requerimiento que pretende influir en los receptores, que son los presentes, pero también los espectadores que vicariamente observan el espectáculo. El populismo es esa forma de hacer política en la que el estadista o el líder llaman al pueblo, a esa entidad colectiva que no es la suma de cada uno de los individuos, sino su superación, incluso su avasallamiento, gracias a una voluntad que se supone común. Para que triunfe el populismo se precisa una representación bien visible, con escenarios en los que mostrar la resolución del mandamás. A principios del siglo XX, al gobernante populista se le atisbaba al asomarse al balcón o al elevarse a la tarima. Hoy, el efecto del balcón o la tarima se agiganta desde los medios masivos, utilizados precisamente como ventanas que orean. Esos catafalcos –ahora mediáticos– facilitarían la correspondencia del líder con su pueblo, un pueblo al que apela de manera multitudinaria. En el balcón o en la tarima, el amo afecta ademanes y gestos y pronuncia alocuciones inflamadas que son interpelaciones directas, que son órdenes e invocaciones. Se encumbra hasta alcanzar una pompa inaccesible y popular, cercano y distante simultáneamente.
Y ahora lean esos párrafos inflamados; el énfasis de las negritas es mío.
Colofón. “Necesitamos recuperar el consenso. Si no es posible alcanzarlo con el Gobierno yo quiero establecerlo con la gente, con los españoles. En ese espíritu, convoco solemnemente a todos los españoles, a los que les importe España a poner fin a esta situación. Les convoco a defender la nación española y a sumar esfuerzos para recuperar nuestra autoestima como un pueblo que ha sabido dar ejemplo al mundo con su entereza frente al terrorismo.
«Si alguien piensa que esta es una empresa que requiere mucho esfuerzo y mucha constancia y mucha voluntad, piensa bien. Pero si alguien piensa que vamos a cansarnos, se equivoca. Se equivoca de medio a medio y basta con venir aquí para comprobarlo.
«Somos una voluntad en marcha. No nos vamos a resignar. No nos cansaremos de combatir por nuestros principios. No renunciaremos a conquistar lo que es justo. No nos rendiremos jamás. Volved a vuestras casas y contad a todo el mundo lo que ha pasado aquí, lo que habéis hecho, lo que habéis sentido. Que os vean en pie, con la cabeza alta y fuertes como yunques. Orgullosos de ser españoles que no se resignan”.
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1. Mariano Rajoy en la Manifestación.
Fotografía de Gorka Lejarcegi
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2. Hartazgo, atracón, saciedad, saturación, rebosamiento, empacho.
Cansancio, desaliento, desánimo, postración, consternación, abatimiento.
Hastío, tedio, monotonía, repetición, redundancia, plétora.
Fastidio, repugnancia, encono, aversión, animosidad, inquina.
Malestar, desazón, pesadumbre, desconsuelo, congoja, ahogo.
Estupor, aturdimiento, desasosiego, confusión, desorden, desbarajuste.
Desconcierto, desarreglo, barullo, enredo, batahola, bulla.
Sectarismo, intransigencia, exaltación, ceguera, intolerancia, excitación.
Griterío, algarabía, escándalo, embrollo, maraña, lío.
Chaos, confusión, exceso, desenfreno, colmo, hartazgo.
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3. Intelectuales incendiarios
Los modernos medios de comunicación y la rivalidad entre los periódicos y las televisiones han aupado a los intelectuales, a ciertos intelectuales, a la condición de oráculos, dispuestos siempre a repartir su palabra intransigente a manos llenas, preparados para el aplauso. Eso ya lo supo ver el propio Josep Pla en su época, en aquel tiempo estrecho en el que también los letraheridos buscaban afanosamente el resultado social. “En general, los intelectuales y especialmente los poetas son muy sensibles a la generosidad sentimental. Quieren ser halagados. Son como los gatos. La caricia del elogio les hace felices. Si les escucháis, os dirán que sólo están bien en su torre de marfil. Es absolutamente al revés: donde realmente se encuentran es entre gente que les quiere –o aunque sólo lo parezca–. En medio de una determinada fraseología –auténtica o no tan auténtica— se sienten como pez en el agua”.
Cada día o cada semana hemos de leer al intelectual incendiario que se crece o se envanece con una fraseología irresponsable o irredenta.
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4. Los reyes del periodismo, primera etapa de Los archivos de Justo Serna
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5. Hemeroteca
Once de marzo, artículo de JS en Levante-EMV, 9 de marzo de 2007



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