0. Nuevo post el sábado 14 de abril. Hasta entonces les propongo esta reflexión…
1. ¿La miopía como metáfora? Hace años me zampé La enfermedad y sus metáforas, de Susan Sontag. Siento expresarme así, pero yo como libros. Después completé esa dieta leyendo El sida y sus metáforas, de la misma autora. ¿Qué se puede sacar de dichas obras? Que es un peligro abusar de la abstracción. Que es un riesgo real convertir en símbolo lo que es un hecho concreto. ¿Por qué razón? Porque tomas como emblema aquello que es un dato particular, algo que sucede y que tiene causas, factores, condicionantes. No me gusta convertir un evento en metáfora porque lo que haces cuando así obras es expropiar de sentido real lo que tiene contexto y circunstancia.
El domingo 8 de abril leía la extensa epístola dominical que Pedro J. Ramírez publicaba en El Mundo. Es curiosa la costumbre enfáticamente culta de este periodista: se extiende párrafo a párrafo, sin caridad alguna para sus lectores, como si un análisis o un argumento precisaran una prosa prolija,inacabable; se vale de erudiciones obvias, en ocasiones propias del Reader’s Digest; se sirve de analogías aparentemente instruidas, pero en el fondo previsibles, incluso muy ordinarias. Uno lee al director de El Mundo y siempre tiene la impresión de que el periodista emplea un saber de manual, un repertorio de datos predecibles. Lo siento, pero ésa es la apariencia…
En su artículo del día ocho de abril, Pedro J. Ramírez tomaba como excusa de su larga amonestación dominical la intervención quirúrgica a que se ha sometido José Luis Rodríguez Zapatero: una operación para corregir la miopía. Enseguida vemos la metáfora y, de inmediato, vemos la erudición típica, como extraída de Google. Intentemos reproducir esa forma de argumentar que párrafo a párrafo podríamos anticipar: pretende mostrar la calidad culta del periodista y, por otro lado, espera fundamentar con pruebas lo que es mera abstracción.
Quien es miope no ve bien de lejos y, por tanto, se equivoca con lo que cree distinguir, dice el director de El Mundo. Aunque parezca negar la fácil analogía, Ramírez ataca a Rodríguez con ese hecho, con esa dolencia, con esa carencia: el Presidente del Gobierno tenía dificultades de visión y, pese a que el periodista niega usar dicha metáfora (tan pedestre), al final se vale de ella para explicar los errores perceptivos de aquél. Uno de los más afamados columnistas de El Mundo, Federico Jiménez Losantos, desmiente al día siguiente la consecuencia de dicha comparación: no hay miopía en Rodríguez Zapatero; hay ceguera. Así titula su columna: “Ceguera moral”, patología no identificada… “En su trimestral condena de confianza a Zapatero”, dice FJL, “Pedro J. hacía ayer votos por que la exitosa operación contra la miopía física del presidente del Gobierno se tradujera en una paralela curación de su miopía política. Yo creo que es inútil tanta oftalmología: de nada sirve para reparar la miopía política cuando se padece una ceguera moral tan absoluta como la que aqueja al inquilino de La Moncloa”, añade. En uno y en otro, en Ramírez y en Jiménez, el caso es emplear una dificultad visual como metáfora: una manera de inculpar con la chiripa de los sentidos, un modo de hostigar fantasiosamente al rival con una dolencia o patología.
Cuanto menos se sabe es más fácil inventar. Si esto es un ejercicio consciente de literatura, nada hay que objetar; pero si esto es un manejo de la realidad para así adaptarla a nuestro antojo, entonces la operación es manipuladora. “Nos gusta imaginar qué ocurre de verdad por debajo de la apariencia”, dice Juan José Millás en su último libro (Sombras sobre sombras). “Nos apasiona, en fin, hacer novelas”: que es un modo de inventar lo que no es. Pero quien inventa advirtiéndolo no es un manipulador: quien altera lo real o lo amplifica indicando qué operación fantasiosa lleva a cabo no es un embustero: simplemente realiza “un ejercicio novelesco”, algo perfectamente legítimo si se avisa. Imagine una situación, “complete usted el diálogo y compruebe lo divertido que es imaginar historias. Lo mejor, con todo, es que a veces se acierta”. Justamente lo contrario de lo que hacen Pedro J. Ramírez y Jiménez Losantos: toman lo real para deformarlo quitándole su contexto, eliminándole su circunstancia. Una vez imaginas lo que, por pereza o mala fe, no quieres relatar, la vida se convierte en fantasía o en masa que puedes moldear para tus propios fines.
Si no ves bien –dicen estos periodistas de El Mundo–, entonces yerras. Si no percibes adecuadamente, entonces fabulas. Así estamos: con periodistas que no hacen crónica, sino relatos imaginarios de los que no avisan: atribuyendo a otros lo que ellos conjeturan con fantasías. ¿Cuál es el problema real al que se enfrenta el director de El Mundo? El auténtico asunto es que una encuesta encargada por dicho diario deja por los suelos a Mariano Rajoy y salva por puntos a Rodríguez Zapatero y al PSOE. ¿De qué han servido tanto empeño y tanto estrépito si en el peor momento del Gobierno, el actual Gabinete aún supera al partido que le hostiga sin descanso? Ramírez halla la respuesta, entre intelectual y previsible, en Gilles Lipovetsky, un interesantísimo autor cuya obra parece haber leído precipitada o superficialmente. Si hubo un franquismo sociológico –dice Ramírez–, hay ahora un zapaterismo sociológico. ¿En qué consistiría dicha patología? En una renuncia moral, en una falta de arrojo, en un acomodo material, dice inculpando a un electorado presuntamente muelle. Frente a Rodríguez Zapatero, “Rajoy tiene en cambio la indelicadeza de pronosticar todo tipo de catástrofes y decadencias y de prescribir coraje, esfuerzo y sacrificio como única forma de eludirlas”, concluye amargamente. Es decir, si Rajoy no despunta es por el abandono moral de los españoles, de unos electores aquejados de ética indolora (expresión de Lipovetsky), que en la retórica de Ramírez significa acomodo y renuncia. Lo curioso, lo gracioso, es que el editorial que sigue a la epístola del director de El Mundo recomienda al PP una estrategia más centrista para derrotar a Rodríguez Zapatero: centrista en la prosa del periódico significa un partido que no sobreactúe, un partido menos aparatosamente corajudo. Vaya, ¿en qué quedamos?


Deja un comentario