¿Vamos a contar mentiras?

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0. Me despido hasta el lunes día 9 de abril. Ustedes sabrán disculpar mi descanso. Salvo cataclismo, reposaré hasta ese día, en que volveré a poner un nuevo post. Les deseo unas buenas vacaciones y unas felices lecturas…

1. Ayer me compré Hoy, Júpiter, la nueva novela de Luis Landero. La vi en el expositor de la librería. Es un horror: un horror tener que detectar la gran literatura entre la masa informe de lo editado, de lo publicado. El volumen de Landero estaba allí, como dejado caer: sin estrépito, sin el estruendo mediático que es ya inevitable entre los autores consagrados o entre las obras menores que aspiran a perdurar. No puedo leerla ya: he de reservarme. El placer –seguro— hay que demorarlo, disfrutarlo con ese retraso que lo agiganta. Cada nueva novela de Landero ha sido un absoluto deleite: no todas  por igual, pues probablemente Caballeros de fortuna no está a la altura de las restantes… En todo caso, su   español  es   espléndido. . .  ¿Se pueden imaginar ustedes de qué prosa es capaz Landero?  

Hace dieciocho años aparecía una narración de autor novel, un texto que irrumpía en el mercado con fuerza imponiéndose en el aprecio de la crítica y en el aplauso de los lectores: Juegos de la edad tardía, de Luis Landero. La hice mía bien pronto y me hipnotizó, me sedujo por sus virtudes narrativas, por su prosa, pero también por haberla leído en el momento adecuado, en un momento de mí mismo en que necesitaba precisamente el fármaco que esta ficción podía administrarme. Tenía la sensación de vivir en una ficción. La novela no me curó: me hizo ver que, en efecto, la ficción no es esa dolencia que algunos me reprochan, sino el espacio  mismo en el que vivimos sin remedio. Hay  personas literales que creen existir sólo en la realidad. No es así.

Con Hoy, Júpiter con mi nuevo libro en las manos–, regresé a Juegos de la edad tardía. Releí algunos pasajes irreprochables. Reproduzco un fragmento principal. “«Yo tenía que haberme ido a la selva y haberte dado a elegir entre la selva y yo o tu madre y la costura», dijo amargamente. «Pero me quedé por ti, entré en una oficina por ti», y fue alzando la voz, «y ahora, ¿qué soy?, un hombre medio calvo que escribe poesías. Esa es la historia de mi vida, ahí tienen ustedes el esquema de un hombre. Te lo dije, no me digas que no. Te dije ‘vámonos al Amazonas’, y tú, ‘aquí se está bien, aquí se está bien’. Aquí, con el perrito, y los hilos y los retratos de papaíto. Aquí bien calentitos todos. Y me dijiste: ‘Anda, Gregorio, arregla ese reloj, verás como puedes’. ¡Y arreglando ese puto reloj me he pasado la vida! Y entre el reloj y los rosarios me he ido quedando, ¿ves? », y aunque iba a decir que con el alma triste, dijo: «¡Me he ido quedando con la polla triste! », y se sintió espantado de aquellas palabras. Pero no se arrepintió”, concluye el personaje.  

Había amargura, pero había derrota en esos reproches, una derrota literalmente impotente que, a la postre, no conduce a nada. ¿Qué oponer a ese examen de una vida que se juzga de capitulación y entrega? Prosperamos, vamos desarrollando como podemos, con aprietos que incluso nosotros nos imponemos, y, llegado un determinado momento de nuestras existencias, no es raro que sintamos vivir embusteramente, que creamos estar en el centro mismo de una patraña. No es que engañemos a nuestros familiares o amigos, no es que adoptemos una doble vida para mentir expresamente a quienes en nosotros se encomiendan. Es algo más sencillo o más espantoso, no sé: es descubrir de pronto que el personaje que con tanto arresto te has compuesto no se amolda al que crees ser en realidad. Piensas, como decía Robert Musil del Joven Torless, que hay un fondo inmóvil del alma y que, tal vez, esas capas que te has ido adosando a lo largo de los años son puro afeite, una segunda piel embaucadora. 

Juzgas que debes desprenderte de lo que los otros elogian en ti porque eso que los otros ven es justamente el afeite que te encubre, aquello que esconde lo que serías de manera irrefutable, al menos a poco que te hicieran un examen. Y, sin embargo, es un error pensar así, de manera tan concluyente, con la añoranza y el espanto de un regreso al personaje interior, primitivo u originario que crees ser. Los cosméticos son también parte de ti y es improbable que te los arranques hasta dejar la epidermis o la psique desnudas. La sensación de engañifa con que uno se enfrenta habitualmente en la vida hizo entonces, a comienzos de los años noventa, que me pareciera esa novela de la que hablo mi novela, que me pareciera que me interpelaba, que estaba escrita para mí, para diagnosticar mi dolencia, mi caso secreto. Pero olvidémonos de mí. 

Es una obra en la que hay una deuda evidente con el lenguaje del mejor García Márquez, como también hay un homenaje a la locura y artificio de Don Quijote (que ahora Landero vuelve a citar al principio de su nueva novela); o una alusión a la vivencia del espantoso insecto (Gregor) ideado por  Franz Kafka. Está dotada del realismo miserable español de una posguerra interminable y lo que en ella se cuenta es la fantasía agotadora, peligrosa, casi suicida, del protagonista. No es la mentira del delirante, al modo estricto de Don Quijote: es la fantasía de quien emplea las palabras, la retórica, la oratoria para salvarse de su mezquino existencia, para hacer de sí todo un personaje encumbrado o, mejor, para embellecer su menesterosa vida, la fantasía salvaje de quien con algo de torpeza se engaña o engaña a quien quiera escucharle con mentiras favorecedoras, creadoras.  

Su nombre, Gregorio Olías: su alias, Faroni. Su tarea cotidiana, administrativo de una empresa de conservas, creo recordar: su obra fabulada y por la que miente, ser un gran escritor. Su interlocutor, Gil, el viajante de comercio, el representante de la firma: su ingenuidad, creer lo que sólo era una impostura. A lo largo de la novela ambos no tienen contacto físico y sólo la conexión telefónica les permite hablar y agigantar el tamaño del personaje llamado Faroni, dado que Gil ignora que Olías y su alias son la misma persona. Al final, esa fantasía –que no es más que un exagerado desarrollo de quien imagina sus propias posibilidades— tendrá que concluir, pero quien la ha cultivado a sabiendas o quien incautamente se la aceptó acabarán venerando su memoria.  

La distancia, el teléfono, propiamente ese prodigio que es la red telefónica, ayudó a erigir esa bella y peligrosa mentira: el hecho de no verse las caras facilitó, en efecto, que el afeite reemplazara a la piel desnuda alimentando el mito de Faroni, pero ese mito no fue un puro embuste. “No, no era del todo descabellado el asunto”, nos dice el narrador interpretando al personaje principal. “Pues ahora que se iba acostumbrando a su nueva identidad y se adentraba en los placeres y riesgos de la invención, le maravillaba comprobar que si alguien decide mentir sobre él mismo, apenas podrá inventar nada (si el engaño es sincero) que no estuviese ya sugerido en su pasado, que de algún modo no sea una verdad en lo más profundo de sus convicciones y deseos” . Es decir, el disfraz tras el que se embosca está hecho de retazos verdaderos de sí mismo.  

He dicho una y otra vez que si el anonimato en Internet sirve para vilipendiar, para ocultar la identidad agrediendo a alguien indefenso, no soy partidario… Pero adoptar perfiles distintos, alimentar algunas ficciones, que incluso pueden ser aquellas que rotulamos con nuestro auténtico nombre propio, impostar voces diversas, hacernos ciertos personajes que, como criaturas de la imaginación, hablan por nosotros, poner énfasis parcial o provisional en algunas de nuestras almas no son remedios dañinos, sino terapéuticos, siempre y cuando esas licencias no nos lleven al límite de la identidad suplantada.  

“Entonces abrió los ojos y no sintió vergüenza ni amargura”, admitió Gregorio Olías alias Faroni. “Se dijo que en todas aquellas figuraciones había un innegable fondo de verdad”, unas figuraciones que él había ideado valiéndose de la red telefónica, de la invisibilidad, de la distancia, del anonimato técnico, unas figuraciones que ahora tantos reproducen sin saberlo con el auxilio de la otra Red. 

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2. Entrevista a Luis Landero en El Cultural, 5 de abril de 2007 .

3. Entrevista a Luis Landero en Babelia, 7 de abril de 2007.

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4. Juan José Millás, artículo de JS en Levante-EMV, 5 de abril de 2007.

  1. ¡Qué gran comentarista y devoto de la literatura es Serna!¡Claro que la realidad que inventan los poetas y los narradores no es un trasunto de la realidad misma! Es otra realidad, tan auténtica y verdadera como la que vemos a diario en la vida cotidiana. Tanto como la realidad soñada por los silenciosos consumidores de poesía o prosa que sueñan y pueden a veces hacer realidad la ensoñación. Gregorio Samsa es en realidad un insecto, porque así se ve a sí mismo y logrará que así sea visto por los demás. Recuérdenme aunque no creo que se me olvide, que les traduzca un exquisito poema de Ungaretti, que trata sobre las máscaras, porque ahora tengo que salir para almorzar con otra. Con otra máscara que no se deja desenmascarar. Del todo.

  2. ¿Vamos a contar mentiras?, titula su nuevo post Justo Serna. Difícil tarea para mí que aún aprendí, hace poco, que el decir siempre la verdad no es una cualidad, que algunas veces es mejor callarse o, incluso, contar una mentirijilla.

    Coincido contigo, Justo, en tu valoración de la primera novela de Luis Landero, ¡cómo me gustó! La leí en 1990 y me entusiasmó, me parecía increíble que fuera la primera obra de un escritor. No sé si ahora, después de 17 años, con tantas y tantas lecturas a mis espaldas, volvería a experimentar las mismas sensaciones, será una obra que tenga que releer. Cuando Landero publicó su segunda novela, “Caballeros de fortuna”, la compré el mismo día en que apareció en las librerías, en 1994, y me decepcionó, quizás porque esperaba más del autor de aquella obra que tanto me había gustado; aun así, compré y leí su tercera novela, “El mágico aprendiz”. A partir de aquí, ya no volví a leer nada de Luis Landero.

    ¿Quiénes somos? ¿Los que los demás creen que somos o lo que creemos nosotros? Dice Justo Serna: “Juzgas que debes desprenderte de lo que los otros elogian en ti porque eso que los otros ven es justamente el afeite que te encubre, aquello que esconde lo que serías de manera irrefutable, al menos a poco que te hicieran un examen. Y, sin embargo, es un error pensar así, de manera tan concluyente, con la añoranza y el espanto de un regreso al personaje interior, primitivo u originario que crees ser. Los cosméticos son también parte de ti y es improbable que te los arranques hasta dejar la epidermis o la psique desnudas”. Estoy de acuerdo, algunas veces no somos los mejores críticos de nuestras vidas, es imposible que, cuando coinciden la mayor parte de la gente que nos rodea, todos estén equivocados, a lo mejor no nos conocemos tanto como suponemos.

    También coincido contigo (perdona por el tuteo, pero me es imposible estar dirigiéndome a ti con el “usted”), Justo, cuando escribes: “He dicho una y otra vez que si el anonimato en Internet sirve para vilipendiar, para ocultar la identidad agrediendo a alguien indefenso, no soy partidario… Pero adoptar perfiles distintos, alimentar algunas ficciones, que incluso pueden ser aquellas que rotulamos con nuestro auténtico nombre propio, impostar voces diversas, hacernos ciertos personajes que, como criaturas de la imaginación, hablan por nosotros, poner énfasis parcial o provisional en algunas de nuestras almas no son remedios dañinos, sino terapéuticos, siempre y cuando esas licencias no nos lleven al límite de la identidad suplantada”. Sin embargo, yo no lo podría hacer aunque quisiera, no soy capaz de reinventarme, no tengo cabeza de escritora.

  3. Firmo como Jaime. Es mi máscara o mi nombre? El otro dia el señor Veyrat me pedia que me desnudara. Cómo me voy a desnudar si aquí hay tanto nick!

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    Miguel Veyrat

    No le pedía que revelara su DNI, querido Jaime, sino que contara sus preocupaciones o contradicciones acerca de la existencia de dios o dioses, sólo para ayudarle a racionalizarlas y entenderlas bien. No podemos ejercer bien la libertad fundamental de elegir si no tenemos claras las opciones. Veo que a usted la metáfora también le espantó. Lo siento. Dejo para mañana la traducción de Ungaretti, hoy estoy demasiado cansado. Buen descanso a todos.

  5. Preparándome el hatillo estaba para emprender mi habitual viaje pascual a Latveria – me encantan las festividades que patrocina su monarca – y me encuentro con esta sorpresa de última hora de don Justo. Dado que el depósito de combustible está cargado, el equipaje dispuesto y la moto (o alazán) presto, me he dicho, “comentemos este asunto que va de máscaras”.

    La cultura occidental está tan predispuesta a ver el mundo en dos principios antagónicos que entiendo, doña Francisca, que asistiese con estupor a su propio acceso a la “verdad matizada” o la “mentira piadosa” y que, además, obtuviese como resultado la moraleja de reconocer que habrá de usarla para evitar un mal provocado, precisamente, por la verdad. No se alarme con ello. En las ecuaciones ambivalentes que nos creamos (y creemos), suele pensarse que “verdad” = “bien” (o positivo) y “mentira” = “mal” (o negativo) Pero no es así ¿verdad? es bastante más complejo.

    Esa misma dualidad antitética – esquemática, limitada, limitadora – es la que nos constriñe y genera temores como los que don Jaime apuntaba con su, ya homérico, desnudo integral. ¿Quiénes somos? se preguntaba y el temor a la respuesta es obtener un resultado en blanco y negro “bueno/malo” “listo/tonto” “sutil/torpe”… De hecho, usted misma se responde con un contraste de creencias, ¿las nuestras o las de los otros? Tal vez habría que ser más compasivo con uno mismo y con los demás, menos estricto, menos severo y más consciente de la pluralidad de la vida, abrirse al universo aceptándose en si mismo no desde una personalidad adusta, definida, carpetovetónica, pétrea y unitaria sino desde una fluida interacción de sentimientos y razones conformadoras de una persona poliédrica y universal.

    En ese sentido, ¿qué más da la máscara? La ha usado nuestra especie, con todas sus fórmulas – desde la leve del perfume a la extrema de la careta pasando por el tatuaje o la veladura y el embozo – y no necesariamente para hacer el mal: la fiesta y la algarabía, la broma o la búsqueda de la conexión con el cosmos, la seducción, podrían entenderse desde lo positivo. La uniformidad, el poder y su boato, los ritos y mitos religiosos, la discreción, serían dependientes de quién y cómo se emplea. E, indiscutiblemente, también lo indica el señor Serna, existe su facies negativa, mezquina y cobarde. De cualquier forma, la máscara es parte consubstancial de nuestra identidad humana, el quid de la cuestión no es saber si la usamos o no – deleznable dualismo – el tema es saber cuando, donde, como y para que la usamos.

    Personalmente, creo que una buena máscara presidida por el buen humor, la intención pícara o la propia salvaguarda de la violencia de terceros, ofrecen amplísimos campos donde desarrollar la imaginación, la diversión e incluso la supervivencia de las personas ¿no les parece? Hágale caso al señor Veyrat, don Jaime, y entienda su petición desde ese ángulo y usted, doña Francisca, ¡no se niega a usted misma!, ni necesita ser escritora ni ha de “reinventarse” para usar máscaras bonancibles con desparpajo sólo ha de mirarse a si misma – dentro de usted – contemplarse con alegría y despojarse de ataduras y apriorismos, entonces descubrirá que la verdad y la mentira son hijas del mismo embuste y el resto sale solo. Le doy mi palabra de ciudadano.

    Si no volvemos a encontrarnos hasta nuestro regreso, que ustedes lo pasen bien y festejen el nacimiento de la Primavera con la alegría que la diosa merece. Salud.

  6. Mañana sin falta compraré la primera y la última novela de Landero, autor desconocido para mí. No sé sr. Justo si podré seguirle el ritmo, pero lo intentaremos. Es agradable seguirles aunque no se participe.

    Hablando de máscaras, a mí me cuesta tanto como a Fuca lo de reinventarme. Es una tarea difícil para los que no nos atrevemos a «desnudar» alguna de nuestras almas. Y digo bien, nuestras almas. Hay infinitas posibilidades de ser uno mismo: las que nosotros creemos tener y las que los demás ven en nosotros. Nunca coinciden. Me gustaría llevar máscara. No una, muchas; de todas ellas descubriría una faceta de mí que desconozco.

    Por otro lado, no creo que nadie llegue a conocerse completamente: no somos predecibles. Los demás pueden intuir cómo parecemos ser, o nosotros, cómo creemos que somos. Podemos tener una idea aproximada pero, en ningún caso,completa; afortunadamente. Lo importante es, «ser», el descubir cómo somos, para mí, es secundario.

    Hay una película en cartelera, «La vida de los otros» que entraría dentro de este baile de máscaras del que hablamos. Es una película bien llevada en la que lo evidente no es siempre lo real.

  7. Echen un vistazo a la entrevista a Luis Landero que hoy publica ‘EL Cultural’, de El Mundo. Tienen el enlace al final de mi texto superior (al final de mi post). Es una entrevista incompleta (ya aparecerá completa más adelante), pero interesante.

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    Miguel Veyrat

    No me atrevo a traducir entero el poema «Monologhetto» de Ungaretti que les prometí, pues consta de varias páginas, pero la entrada de mis queridos Kant y Fuca y la rítmica belleza de sus versos, sí me incitan a reproducir solamente tres de ese mismo poema por su apretado e intenso contenido. El gran poeta del «novecento» italiano, en su monólogo interior dice:

    Poeti, poeti, ci siamo messi
    Tutte le maschere;
    Ma uno non è che la propria persona.

    Poetas, poetas, nos pusimos
    Todas las máscaras;
    Pero uno no es más que la propia persona.

    Sólo con estos versos y con la estremecedora imagen del último, pues a pesar de probarnos cada uno las máscaras posibles para buscarnos en el espejo, no somos más que otra máscara, la de la propia «persona», que en nuestro latín arromanzado, como en el más puro usado por Virgilio, quiere decir precisamente máscara, careta. En esa paradoja íntima de Ungaretti, que les dejo como reflexión en estos días, si pueden hallar algo de soledad para ahondar en los secretos herméticos, donde yacen toda nuestras contradicciones de persona trágicamente individual, humana.

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    Miguel Veyrat

    «en el espejo de los demás», quise decir.

  10. Gracias, Miguel, por esos hermosos versos de Ungaretti, un poeta desconocido para mí, reflexionaré sobre ellos y sobre las palabras de Kant en estos días de vacaciones. ¿Será verdad que no somos más que otra máscara? Festejemos, como dice Kant, el nacimiento de la Primavera. Hasta pronto.

  11. Claro que sí, es el bendito equinoccio que nos anuncia con su tiempo revolucionario, con el rayo y la tormenta, el viento fecundador, la próxima apoteosis del sol el día 21 de junio, con el solsticio de verano. Los viejos dioses naturales, no inventados sino observados y sacralizados por el hombre primitivo siguen triscando y danzando con nosotros —quienes los reconocemos— por esos campos, verdes prados, trochas y montes, alcarrias y espesuras, que diría Garcilaso. Que seas muy feliz, Fuca. No te preocupes de máscaras estos días, procura estar guapa y tomar mucho el aire. No sé de una buena edición reciente de la poesía de Giuseppe Ungaretti, yo tengo toda su obra en italiano, pero en 1974, Plaza Janés publicó una antología titulada «Vida de Un Hombre», título de uno de los libros del poeta de Alejandría (No sólo Kavafis nació allí). Quizás en un librero de viejo o en Internet puedas encontrarlo. Está muy mal traducida por otro italiano que sabía, a mi juicio, poco español, pero es muy literal, por lo que te servirá para salvar los baches de ese buen toscano, que también como el galaico-portugués y el castellano, es romance del latín.

  12. Hay que agradecer el obsequio que Miguel Veyrat nos hace de esos versos de Ungaretti, y esa clave máscara-persona me remite a otro gran poeta del Novecientos: Pessoa y sus heterónimos que pululan con sus máscaras…

    Leo en el ‘Libro del desasosiego: “Creé en mí varias personalidades”, pero no son sucesivas, sino que “vivo todas aquellas vidas domésticas al mismo tiempo”, porque “mi alma es una orquesta oculta” y “sólo me conozco como sinfonía”, porque “cada uno de nosotros es varios, es muchos, es una multiplicidad de sí mismos” y “en la inmensa colonia de nuestro ser hay gente de especies muy diversas, pensando y sintiendo de forma diferente”.

    Máscaras que no llegan a puerto:

    “Quedamos, pues, entregados cada uno a sí mismo, en la desolación de sentirse vivir. Un barco parece ser un objeto cuyo fin es navegar; pero su fin no es navegar, sino llegar a un puerto. Nosotros nos hallamos navegando, sin la idea del puerto al que deberíamos acogernos”.

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    Miguel Veyrat

    Sí, ese gran Pessoa, continuador de la gloriosa heteronimia donde todos estamos prestados los unos a los otros, como quería el gran poeta en lengua náhuatl Netzahualcóyotl, sed de diálogo del poeta, sed de buscar poéticamente al otro, pues poéticamente habita el hombre la tierra como nos dejó dicho Hölderlin. Pessoa creó a los poetas Reis y Campos, ambos detestándose mutuamente pero orgullosos de ser discípulos de Caeiro —otro heterónimo— del que a su vez resultaba ser discípulo Pessoa, en uno de los momentos mágicos de la literatura, precusor seguramente del «Borges y yo».

  14. En relación, no al tema principal de hoy, al estupendo artículo que nos regala sobre periodismo y literatura y a lo que dice en él de Millás, quiero decirle algo que seguramente sabe: Millás debe escribir una de esas maravillosas columncas diaria porque, además de las tres que usted lee, como sabe, escribe una semanal en El País y otra en La Opinión de La Coruña. Leo todas y no repite ninguna. Es más, Millás me parece un escritor extraordinario (de columnas), me gustan mucho sus cuentos y, en cambio, no me gusta como novelista. Millás es un deslumbrante escritor que escribe en periódicos y hay muchos más casos. Espero que conozca a José Luis Alvite. Alvite sólo escribe artículos de prensa. No ha escrito otra cosa en su vida, pero es enormemente prolífico y publica uno, largo, diario. En mi modesta opinión, José Luis Alvite es una de las mejores plumas de la literatura actual, sin salir de su periódico y escribiendo siempre el mismo artículo; una visión demoledora, terriblemente pesimista y amarga de la vida, de su vida; una voz peculiar e inconfundible y una escritura deslumbrante, diaria, también en La Opinión de La Coruña. No se lo pierdan, aunque jamás escriba una novela.

  15. Señor Pavlova, le agradezco sus amables palabras sobre mi artículo. Calificarlo de estupendo por alguien que lee y lee tan concienzudamente como usted es un elogio definitivo. Pasando a Millás, todo lo que usted cuenta de lo que el autor le provoca me pasa exactamente a mí. Tanto es así que todavía me pregunto por qué la novela sigue siendo el género que encumbra o ennoblece a los escritores y, sin embargo, los relatos o el periodismo literario sólo se toman como un género menor. Ya lo comentábamos cuando hablábamos aquí de Sergi Pàmies. Los cuentos tienen su momento y tienen su genio. Como la columna periodística. Tomo nota de José Luis Alvite: disculpe mi ignorancia. Sé que hay foros en los que se recogen algunos de sus artículos. Los leeré y le comentaré. No sé: este asunto no está acabado. Habrá que volver sobre ello en próximas sesiones… Un saludo, JS

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