1.Cuentos (3 de mayo de 2007)
Frente a la novedad que irrumpe y que trastorna, que despedaza lo propio y lo urgente hasta hacerlo irrelevante, a veces uno prefiere escapar. Hoy no quiero hablar de Sarkozy ni de Royal. Tampoco de Pantoja. No se trata de ser irresponsable cegándose o velando la vista, sino de que la flema informativa y la sobredosis de realidad no me impidan sobrevivir o ser feliz. Hay ocasiones en que el dato, el hecho, el acontecimiento atoran como un esputo impidiendo pensar en lo que es, de verdad, significativo, importante. Lo importante, lo significativo, es perdurable y lo que dura –en mi caso– es aquel descubrimiento adolescente que se me hizo evidente y necesario: Edgar Allan Poe. Cuando todo es furia, ruido y premura, cuando los mass media nos aturden sobre cosas de las que inevitablemente hablaré, echo el freno abandonándome a lo intempestivo, a lo que me sacude y me saca de mis casillas, de mi realidad ordinaria.
Creemos vivir algo propio, pero los periódicos nos hacen vivir lo que la agenda mediática dicta: cuando siento esa saturación, regreso a lo aparentemente intrascendente, a lo inactual, que es –seguro– la manera de ser perdurable: por eso, releer a Poe en la versión de Julio Cortázar (que acaba de vender El País), no es algo postizo o arbitrario: tampoco un escapismo burgués. Es, por el contrario, la definición misma de lo que nos acaece e inquieta, aquello que siempre acaece e inquieta. Releo a Freud para mis clases y hallo –como no podía ser de otro modo— concomitancias con Poe: lo siniestro, la inquietante extranjeridad que nos habita. Estamos rodeados de objetos y personas que creemos normales –obvias– y, sin embargo, una leve, levísima variación, un apariencia nueva o un hecho pequeño pero inexplicable altera el orden de las cosas. Y ese pequeño cambio puede darse cuando regresan lo conocido o lo familiar: lo que habiendo sido conocido o familiar se reprimió o se olvidó después.
Me leyeron por primera vez a Poe cuando tenía catorce años. Y digo bien: me leyeron. Me recuerdo en una casa de campo que carecía de electricidad; me recuerdo con amigos y con un adulto que nos acompañaba, adulto que, a falta de televisión, nos había propuesto leer en voz alta aquel libro de tapas azules que Alianza había editado con la traducción de Julio Cortázar. Había sombras y la sola iluminación de un camping-gas nos permitía la operación. Reunidos en torno a una chimenea humilde, asistíamos sin saberlo a una experiencia iniciática: la lectura de los cuentos de Poe. Junto a la luz espectral del hogar y atento a todos los ruidos y murmullos de la montaña, me veo sobrecogido, con un pánico que difícilmente puedo disimular. ¿Es posible que el miedo pueda relatarse y no sólo verse en pantalla? Enterramientos prematuros; corazones delatores de epilépticos; casas malditas que se hunden y con ellas linajes milenarios; mesmerismo y tratos inconscientes; muertas bellísimas que hechizan y espantan; tintineo de huesos que son algo más que fantasmas; cadáveres que parecen vivos; gatos negros que son augurio y condena; tempestades que nos llevan al centro del horror; dobles que espían y vigilan en la oscuridad; cámaras de tortura de la Inquisición con péndulos que siegan la vida
«Desde muy niño», confiesa Julio Cortázar en una de sus páginas, «tuve que aceptar mi soledad en ese terreno ambiguo donde el miedo y la atracción morbosa componian mi mundo de la noche. Puedo fijar hoy un hito seguro: componían mi mundo de la noche. Puedo fijar hoy un hito seguro: la lectura clandestina, a los ocho o nueve años, de los cuentos de Edgar Allan Poe. Allí lo real y lo fantástico», añade, «se fundieron en un horror, unívoco, que literalmente me enfermó durante meses y del que no me he curado jamás del todo».
Envidio a Cortázar: me leyeron a Poe a una edad muy avanzada. En cambio, él pudo estremecerse personalmente cuando todavía era muy impresionable, cuando los temores propiamente infantiles podían derribarlo con esa suspicacia dolorosa que aún recordamos: el miedo al abandono, a la hostilidad y al hostigamiento, a la agresión, a la soledad. Pero, si lo pienso bien, envidio a quien aún no lo haya leído. Conjeturemos con el improbable caso de un joven actual que todavía no haya disfrutado del mundo mórbido y amenazador de Poe. Es improbable, porque las ensoñaniones del escritor americano forman parte del aire que respiramos desde hace décadas, de las fantasías que han servido para imaginar los horrores de H. P. Lovecraft o para idear los pánicos de Stephen King. De todos modos, quizá aún pueda haber un joven así, expectante, deseoso de leer los cuentos de Poe, de leerlos en la admirable traducción de Julio Cortázar, deseoso de averiguar cómo funciona lo fantástico, lo extraño o lo maravillo. Digámoslo con Tzvetan Todorov:
«En un mundo que es el nuestro, el que conocemos, sin diablos, sílfides, ni vampiros se produce un acontecimiento imposible de explicar por las leyes de ese mismo mundo familiar. El que percibe el acontecimiento debe optar por una de las dos soluciones posibles: o bien se trata de una ilusión de los sentidos, de un producto de la imaginación, y las leyes del mundo siguen siendo lo que son, o bien el acontecimiento se produjo realmente, es parte integrante de la realidad y entonces esta realidad está regida por leyes que desconocemos… Lo fantástico ocupa el tiempo de esta incertidumbre. En cuanto se elige una de las dos respuestas, se deja el terreno de lo fantástico para entrar en un género vecino: lo extraño o lo maravilloso». Ahí estamos…
2. Moralejas (4 de mayo de 2007)
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