1. Sería sencillo arremeter contra él, caricaturizar sus declaraciones, asombrarnos, darnos golpes de pecho por las opiniones vertidas ante una audiencia afín y entregada. Sería sencillo atribuirle causas bien reales: al haber tomado alguna copa ha perdido temporalmente el sentido de la realidad. Es como si estuviera achispado, dicen algunos. Se le ve alegre tras regar el gaznate con esos caldos castellanos de los que ahora es bodeguero mayor. La mirada la tiene algo empañada, con los párpados semicaídos, y la boca…, pues la boca se adivina espesa, incapaz de articular bien las ideas que a borbotones amenazan con salir. Parece que el vino ha levantado la censura, esos frenos que la vida de vigilia nos impone. Es como si el leve aturdimiento que provoca el tinto –ese Pesquera que se entreve– hubiera aligerado la pesada carga de ideas que debe acarrear el ex presidente. Parafraseémosle.
Por fin, voy a poder decir lo que me he estado callando. Ya está bien de morderse la lengua. Cuando las cosas son así, son así, y sería una falta de valor callar por no herir. En realidad, callamos muchas veces por parálisis, por esta superioridad moral que cree tener la izquierda y que aún nos cuesta sacudirnos. Hemos de romper esa escollera para dejar salir el líquido que arrase la política progre, sus diques de contención. Nos dictan lo que debemos comer, lo que debemos beber, lo que debemos consumir. ¿Por qué he de mantener la velocidad de mi vehículo dentro de los límites que nos impone el Estado invasor? ¿Por qué he de privarme del placer de apurar esta o aquella copa de tinto con que me he hecho acompañar? Algunos envidiosos, enfermos de rencor, de ese resentimiento tan socialista, dirán que yo lo puedo hacer porque no conduzco: porque me conducen. Disponer de chofer y de automóvil oficial es una ventaja reservada a los ex presidentes del Gobierno. Lo siento, envidiosos, pero yo no tengo por qué estar atento a la conducción, a ese vehículo que vamos a sobrepasar, que ya, que ya estamos rebasando. Puedo mirar el paisaje que rodea a la autopista, deleitarme con lo que adorna ese entorno. Es allí donde veo los cartelones amenazadores. O, mejor, más que amenazadores, esos anuncios que bordean la carretera quieren ser tutelares: nos salvan. No podemos conducir por ti, me dicen. Ja, ja, ja. Y quién te ha dicho que yo quiero que hagas eso por mi. Mira, escucha bien: no quiero que conduzcas por mí, ¿de acuerdo? ¿Y sabes por qué?
Ayer oí a Iñaki Gabilondo en Cuatro. Con un tono airado decía: no hagan caso a este señor, no le escuchen. No confundan –como él– el liberalismo con la falta de civismo. Indudablemente, ésa es la clave de todo este pequeño escándalo verbal. Desde hace tiempo, los representantes de la derecha española ya no confían sólo en los intereses económicos que hacer valer: han descubierto la ideología o, mejor, el ideologismo, el empeño firme y militante de expresar sus ideas en todo contexto, vengan o no vengan a cuento. Una vez que el provecho económico de los privados está garantizado incluso por Gobiernos de izquierda, una vez que los socialistas abandonaron todo estatalismo invasor, toda moralidad extraeconómica, entonces las ideas de la derecha se perfilan sobre todo como ideas enfáticamente morales. Ya en Adam Smith y entre los ilustrados escoceses, moral y economía eran inextricables: ahora, compartida una misma ética general de la economía –la que se fundamenta en el libre mercado–, la derecha debe poner el acento en otras cosas. Quienes dicen profesar el liberalismo desde la derecha ya no se resignan a la mera defensa de los intereses materiales. Ahora ha llegado el momento de las ideas, y lo expresan con la furia del converso: convirtiéndose en intelectuales insólitos, como José María Aznar en FAES.
Ahora también, cuando el fantasma de la URSS ha desaparecido, los antiguos intelectuales anticomunistas –entre ellos, algunos que profesaron el sovietismo en alguna de sus formas— se alzan como vigías o garantes frente a los nuevos enemigos: el relativismo moral, un mal del que estaría aquejada la izquierda poscomunista después de haber defendido en otro tiempo ideas fuertes; o la biopolítica (de la que habría advertido con extraña paradoja Michel Foucault), un intervencionismo del Estado, una invasión tutelar y paternalista sobre los privados, último atavismo izquierdista. Es éste un tóxico, un equivocado diagnóstico, pues quienes dicen que nos salvarán no profesan el liberalismo moral ni el individualismo cultural, sino un fundamentalismo confuso del que son cofrades los neoconservadores: un fundamentalismo confuso que mezcla pasado y presente, que nos da lecciones atropelladas… En Aznar, la defensa de estas ideas en ocasiones se hace con chanza, con burla achulapada; en otras se hace con profecías aterradoras, semejantes, por ejemplo, a las que, ahora en Abc, propala nuevamente Hermann Tertsch, el converso del Apocalipsis, el defensor de Aznar.
(Véase el artículo de Tertsch en la sección de comentarios de este post).
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2. Hemeroteca. Últimos artículos de JS en Levante-EMV y en Ojos de Papel:
-«Zaplana», Levante-EMV, 4 de mayo de 2007.
-«Libros y cerdos», Levante-EMV, 27 de abril de 2007.
-«Ciudadano y excéntrico» (Javier Marías), Posdata, Levante-EMV, 4 de mayo.
-«Hoy, Júpiter» (Luis Landero), Ojos de Papel, 1de mayo de 2007.


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