1. Patriotismo. Hace un par de años, en la primera época del blog, coincidiendo con el referéndum francés sobre la Constitución europea, escribí un post que titulé El voto de Tocqueville. En el fondo era la crítica a una cierta izquierda imaginativa que aún abunda en el vecino país, tan aquejado de narcisismo ‘revolucionario’, dolencia que se alimenta con las conmociones del 89, del 30, del 48, con la Comuna: con la convicción arraigada de que los obstáculos se resuelven a golpe de ingenio popular, de experimentos radicales (Nicolas Sarkozy, ahora, amenaza con serlo) o con violencia creadora. La derecha no está libre de esta tendencia.
Por tradición política, Francia sería la energía creadora y expresiva de la Revolución, un acto ‘realizativo’ de quienes son capaces de rivalizar con Dios, una fiesta paradójica en la que se hacen presentes y explícitos los malos humores: la convicción de que todo puede ser removido gracias a la interpelación (frecuentemente retórica) de las clases populares, cueste lo que cueste; el propósito de que la fatalidad no está dada de una vez para siempre. En los mismos términos –entre retóricos y patrióticos– se expresa ahora el patriota Sarkozy. Fíjense: la misma Francia que votó contra la Constitución europea, que pareció abrazar una pose extrema, es ahora la que entroniza a Sarzkozy, un aspirante que hace uso de grandes palabras, como son Trabajo, Autoridad, Patriotismo: palabras y éxito electoral a los que ahora responden con violencia callejera nuevos-viejos alborotadores.
Yo creo que una sociedad necesita trabajo y autoridad, por supuesto. Pero creo que debe administrarse el patriotismo en dosis muy moderadas, las justas: sólo la cantidad suficiente para que la colectividad no se destruya provocando perjuicio a los individuos que la integran. Francia no es, precisamente, un país horro de patriotismo: padece esa afección. Creo, más bien, que el énfasis nacional con que Sarkozy se expresa ahora es un mal augurio: es la vuelta a un gaullismo de última hora, un gaullismo que se expresa no contra los rivales de otras naciones (que también sería temible), sino contra aquellos connacionales que no participan de las ideas de orgullo patrio. La monserga de Mayo del 68 es un instrumento eficacísimo para confundir a los votantes y para desviar la atención, como lo es la exaltación patriótica en tiempos de paz.
Decía Sebastian Haffner en Alemania: Jekyll y Hyde que “el patriotismo es una emoción que, en condiciones razonables, debería ser sólo latente. No es otra cosa que la reacción natural ante un ‘peligro’ real para la ‘madre patria’, para el territorio, la lengua y las costumbres del pueblo, para la independencia del Estado y el derecho a la autodeterminación. Un patriotismo sano es el que mostraron al mundo los belgas en el año 1914 o los finlandeses en 1939. En épocas de paz, el patriota causa una impresión levemente cómica, aunque también agradablemente cómica. Es normal y natural amar a la propia patria y a los propios paisanos y, en silencio, preferirlos a los países y a los pueblos extranjeros. Pero cuanto más en silencio, mejor. En tiempos de paz, los patriotas recuerdan un poco a esos hombres que acarician y besuquean a sus mujeres en público”.
2. Ilustración. Leo en El Mundo el artículo de Arcadi Espada titulado «El voto que lustra«. Veo que celebra con fervor el iluminismo de Sarkozy: las Luces de que el presidente electo sería portador. ¿Realmente alguien espera que la política de hoy se resuelva inyectando dosis mayores de Patriotismo e Ilustración, así, como si de una medicina se tratara? ¿Francia, una Francia reblandecida y posmoderna, necesitada de Patriotismo e Ilustración? Sarkozy lo predica y parece ser que A. Espada lo cree: y con él Gallo, Glucksmann, Bruckner y Finkielkraut, intelectuales que fueron de izquierdas, algunos incluso radicales de izquierda, y que ahora parecen intelectuales radicales de derechas, según precisaba Javier Cercas. Me parece que esta cuestión, la de las Luces en el siglo XXI, la del Iluminismo en la sociedad pluriétnica hay que plantearla de otro modo, quizá de una manera más sutil, como lo hace Ian Buruma en sus últimos libros. Pero no para abdicar de los valores ilustrados –como algunos tontamente le reprochan–, sino para saber cuáles son las consecuencias de nuestras prédicas. Uno puede hinchar el pecho, abombar la caja torácica, y dar vivas a las Luces. Los convencidos aplaudirán con entusiasmo. Uno puede deplorar la pérdida de los valores achacando esa crisis espiritual al reblandecimiento ocasionado por Mayo del 68. Los damnificados reales e incluso las víctimas imaginarias celebrarán retrospectivamente esa audacia de última hora, pero la realidad es algo más compleja.
Precisamente eso es lo que trata de examinar Ian Buruma en Occidentalismo y en Asesinato en Amsterdam, dos libros que le han dado justa celebridad. En el primero analiza las fuentes del sentimiento antioccidental que surge en las ex colonias pero también en Europa; en el segundo relata y detalla la muerte del cineasta Theo van Gogh, el perfil de su asesino (un holandés de origen marroquí), el contexto cultural de su odio. En uno y otro libro, la clave es el examen del resentimiento, esa herida irrestañable y por la que se realiza una venganza grandiosa. ¿Tiene causas? Que la política europea haya sido desastrosa e incluso cruel con África o con Oriente no explica ni exculpa estas acciones mortíferas: el odio se alimenta con estereotipos que crean o agigantan laceraciones reales o imaginarias, con ensoñaciones melancólicas, se agrava con exhibiciones poco razonables aunque su fondo pueda estar justificado: ése es el caso de Theo van Gogh, alguien que quiso enfrentarse a los enemigos antioccidentales por motivos perfectamente asumibles pero adoptando poses extremas y verbosas. El análisis de Buruma es tan sutil que le ha costado el repudio de los ilustrados militantes: como si las Luces debieran defenderse a gritos o pronunciando grandes soflamas que quedan bien ante un auditorio entregado. Por eso, espero y deseo que Sarkozy se desembarace de sus intelectuales de guardia (radicales aquejados de convicción) para entregarse a un política razonable de responsabilidad. Sin grandes palabras, por favor.


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