0. Palabras de ayer y palabras de hoy.
Me pregunto qué decir, qué decir en estas circunstancias que no sea injusto o cobarde, que no sea electoralmente aprovechable o manipulador. Leo y releo editoriales y conforme vuelvo sobre ellos me sorprendo por la distinta vara de medir, por el dominio de la imagen y de las percepciones. Decía en el post anterior que estamos ante una democracia mediática: son o forman parte del sistema actual en España y en Occidente la imágenes que cada personaje público desprende y también la declaración que pueda hacer. Pero las imágenes y las declaraciones no siempre son dominio de aquel que habla o de quien se retrata. Buena parte del choque electoral que padecemos permanentemente es una lucha por la imagen y por la declaración. Los ciudadanos acabamos discutiendo no sobre lo que hace o deja de hacer este o aquel Gobierno, sino sobre lo que este o aquel Gobierno consigue transmitir en medio de una furia mediática. Cuando eso que se transmite está perturbado constantemente por interferencias de los medios, éstos se convierten en ruido que desazona o en guardia pretoriana. Desde hace años, una parte de la prensa española ha adoptado el perfil del periodismo doctrinal, que no institucional. Lejos de examinar los aciertos y los errores, los logros o los fracasos, de este o del otro Gobierno, hay editorialistas que se expresan como militantes encastillados. Y hay opinadores que con sensatez y buen tino piden la unidad en esta circunstancia. Entre los editoriales que hoy se publican (y reproduzco en la sección de comentarios) y los que se publicaron en 1999 hay diferencias. Unos pedían unidad entonces y hoy sólo la consideran como expediente retórico. Adivinen quiénes… Leo la portada en papel de Abc (6 de junio de 2007): «Eta le revienta la legislatura a Zapatero».
Punto y aparte.
Lean otra vez la cubierta del diario conservador: «Eta le revienta la legislatura a Zapatero». No doy crédito y, sorteando a los columnistas principales del periódico (esos cuya opinión es previsible) avanzo hasta llegar a las páginas interiores. El titular de la primera plana de la sección de España aclara lo dicho para gran alivio mío: «Eta embarranca el ‘proceso’ y arruina la apuesta clave de Zapatero en la legislatura». Revienta y embarranca. Parecen dos verbos compatibles pero no lo son. Reventar es estallar: la explosión que se produce tras una bomba. Embarrancar es, por el contrario, atorarse, atascarse en el fondo.
Qué pena, qué confusión metafórica. Cómo iba a pensar yo que la prensa culta iba a manejar tan torpemente imágenes incompatibles y tendencialmente realizativas (o ‘performativas’). Desde John Austin sabemos que los enunciados realizativos son aquellos que ejecutan un acto por el hecho de pronunciarse. En principio, yo no creo, obviamente, que emplear ese verbo (‘reventar’) sirva para dar ideas, pero cuando los ‘reventadores’ tienen pocas ideas (como es el caso), cualquier ayuda que reciban será bienvenida. Hay predicciones falsas que se cumplen, precisamente porque se hacen públicas; y hay predicciones ciertas que por el hecho de comunicarse se incumplen. Fíjense: el titular rotundo y amenazante de Abc tal vez sea una enseñanza que la oposición le presta al Gobierno. En ese caso, las instituciones se salvan gracias a la clarividencia de una cubierta periodística que equivocadamente yo creía extremista.
Si las miro desde otro ángulo, sin embargo, las cosas no las veo claras. El Abc es un periódico de gran tradición y preocupante deriva, tanto es así que alguno de sus principales opositores, como por ejemplo Federico Jiménez Losantos, lo tildan de diario inane. De ser cierta esa acusación, la inanidad habría empezado tiempo atrás. ¿Cuándo? Yo creo que la acusación de Jiménez Losantos es una maldad: que Abc se desangre perdiendo tirada, según apostilla FJL; que esté lejos de sus momentos de esplendor, aquella época en que Rafael Anson repartía abeceína; que su primavera centrista se marchite (según vemos algunos de sus lectores)…, todo ello no es motivo para desesperar. Quizá llegue un día en que, recobrando el pulso literario, sus editorialistas sepan poner las metáforas. De momento, no.
1. Editoriales y artículos de ayer. La ruptura de la tregua en 1999
A. El País
Sólo hay un culpable
Editorial, El País, 29/11/1999
LA ORGANIZACIÓN terrorista ETA ha hecho suyo el peor de los pronósticos: la tregua no era una oferta de paz. Su propio comunicado desmiente que hubiera aceptado entrar en un proceso de pacificación; era sólo otra forma de imponer su programa de «construcción nacional» vasca. Y visto que no lo conseguía ni en las urnas ni en las instituciones, ha vuelto al único territorio que conoce: al terrorismo. Menos mal que, ante este lamentable anuncio, todas las fuerzas democráticas, nacionalistas o no, han coincidido al menos en señalar a la propia ETA como la única responsable de la vuelta a la violencia. En contra de la voluntad casi unánime de los ciudadanos, especialmente de los vascos, que han podido al fin vivir año y medio sin atentados.
LA ORGANIZACIÓN terrorista ETA ha hecho suyo el peor de los pronósticos: la tregua no era una oferta de paz. Su propio comunicado desmiente que hubiera aceptado entrar en un proceso de pacificación; era sólo otra forma de imponer su programa de «construcción nacional» vasca. Y visto que no lo conseguía ni en las urnas ni en las instituciones, ha vuelto al único territorio que conoce: al terrorismo. Menos mal que, ante este lamentable anuncio, todas las fuerzas democráticas, nacionalistas o no, han coincidido al menos en señalar a la propia ETA como la única responsable de la vuelta a la violencia. En contra de la voluntad casi unánime de los ciudadanos, especialmente de los vascos, que han podido al fin vivir año y medio sin atentados.
Al error de volver donde solía ETA añade el de pensar que las cosas pueden ser como antes. Año y medio sin atentados ha roto la inercia social que consideraba inevitable la presencia de los terroristas. Si se consideraba improbable su vuelta era precisamente por la imposibilidad de imaginar un pretexto que la justificara. Ante la población en general, pero sobre todo ante sus aliados nacionalistas. Ayer, tanto el PNV como EA dejaron claro que las divergencias sobre el proceso de paz no justifican el asesinato.
En el fondo, las razones esgrimidas por ETA podrían reducirse a una: la gente se estaba acostumbrando a vivir sin violencia, pero también sin concesiones a ETA. Se trata, pues, del reconocimiento de una impotencia. Sin la coacción de los atentados, los ciudadanos se resisten a obedecer: no votan como ETA esperaba e incluso cuestionan la necesidad de esa organización. Y aunque el PNV y EA han hecho grandes concesiones, justificándolas en nombre del proceso de paz, ya no pueden ir mucho más allá sin renunciar a su condición de partidos democráticos. ETA lo sabe y por eso ha dado por cancelado este periodo.
Otras veces, el comunicado ha llegado por carta bomba. En esta ocasión ha elegido una forma más alambicada, tal vez para dejar a sus aliados nacionalistas alguna duda acerca de si deben romper ya toda relación, como se comprometieron si volvía la violencia, o pueden seguir confraternizando a la espera de que ocurra algo. Pero ya se ha visto que la llamada apuesta inequívoca por las vías políticas tenía límites: ETA aceptaba circular por ellas siempre que se le garantizase que lo que perseguía a tiros podría alcanzarlo ahora sólo con la amenaza de volver a disparar.
Tal vez la escasa resistencia con que los nacionalistas se adaptaron al lenguaje y los tópicos del mundo radical -sobre el nuevo marco que supere el estatuto, el ámbito vasco de decisión, la construcción nacional, la territorialidad- convencieron a Mikel Antza de que en dos años el lehendakari sería él. Pero los ciudadanos, en tanto que electores, desmintieron esa fantasía. No hay motivos para no creer a Arzalluz cuando desmiente que su partido firmara un compromiso con ETA. Pero, una vez más, el problema es que los nacionalistas no violentos actuaron de manera que ETA pudiera interpretarlo así. Como ocurrió en su día con los polimilis, que interpretaron que les animaban a seguir, o como en la famosa parábola de los que mueven el árbol y los que recogen las nueces.
En su última propuesta, desvelada ahora, ETA proponía a los demás nacionalistas la convocatoria unilateral de unas elecciones constituyentes a celebrar simultáneamente en las actuales comunidades vasca y navarra y en los territorios vascos del sur de Francia, que conformarían una circunscripción única. Así de fácil; pasando por encima de siglos de historia y por la evidencia de que la mayoría de los habitantes de esos territorios no tiene una identificación única con ese marco. De hecho, no hace mucho, en las europeas de junio, hubo elecciones simultáneas en ellos: las fuerzas nacionalistas fueron ligeramente mayoritarias en Euskadi, pero no superaron el 20% en Navarra ni alcanzaron el 10% en el País Vasco francés.
Por ello hay cierta confusión en la argumentación que ayer expuso Arzalluz citando a Ibarretxe: no es que los resultados electorales alarmasen a Madrid sobre la existencia de una mayoría abertzale. Lo que demostraron es que no resulta posible un consenso sobre bases diferentes a las de la autonomía. La idea de una paz sobre premisas soberanistas fue desautorizada por los electores. Y eso explica seguramente la decisión de boicotear las elecciones legislativas. El brazo político de ETA consiguió, tras la tregua, los mejores resultados de su historia, pero no sólo no pudo imponer un nuevo marco político creíble, sino que se vio obligado a dar su apoyo a la investidura de Ibarretxe. Tuvo que hacerlo porque su abstención hubiera abierto paso a la elección de un lehendakari no nacionalista. Ahora evita someterse a escrutinio electoral tras la ruptura de la tregua.
ETA ha mantenido el alto el fuego más tiempo de los cuatro meses previstos. Lo que ha conseguido en este plazo es que su agenda -presos, soberanismo, territorialidad- sea asumida como normal por todo el nacionalismo: como si fuera su propio programa. Pero le han fallado los electores. La idea de que el pluralismo reflejado una y otra vez en las elecciones es una anormalidad a superar evidencia una visión no democrática e ilusoria: la cosa no cambiará en un horizonte previsible. ETA intenta de nuevo cambiarla a tiros.
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B. El Mundo
El final de un espejismo La paranoia de ETA pone en evidencia a Arzalluz
Editorial, El Mundo, 3 de diciembre de 1999
Tras 14 meses de tregua, ETA vuelve a poner fecha al terror, como ya lo hiciera en aquellos fatídicos días de julio de 1997. Hace dos años y medio, las movilizaciones populares no lograron salvar la vida de Miguel Angel Blanco. Hoy, la sociedad española contiene el aliento a la espera del próximo viernes.
Nada y todo volverá a ser lo mismo: la muerte, el dolor, la incertidumbre que la banda armada está dispuesta a traer de nuevo a los vascos y al resto de los españoles.
En un estremecedor relato, titulado Queremos informarle de que mañana seremos asesinados con nuestras familias, el periodista Philip Gourevitch describe los odios ancestrales que desencadenan cíclicamente las matanzas de los Grandes Lagos africanos. La paranoica acción de ETA parece también enmarcada en el mismo contexto de fatalidad y fanatismo que conduce inexorablemente al crimen como método político.
Ante la declaración de guerra de ETA al Estado de Derecho, las Fuerzas de Seguridad deben redoblar su celo y poner todos los medios para evitar el derramamiento de sangre que la banda anuncia eufemísticamente en su comunicado como «más iniciativas concretas».
Pero ETA no sólo anticipa en este comunicado el final de la tregua. Hace un análisis de por qué decidió abandonar temporalmente la lucha armada y de por qué vuelve ahora a la violencia para lograr sus fines políticos. Las palabras de la organización son altamente esclarecedoras de sus propósitos y demuestran que lo que hemos dado en llamar «proceso de paz» no era más que un espejismo. Lo dice la propia ETA al acusar al PNV y EA de «vender insistentemente ante la sociedad un proceso dirigido a la construcción nacional como un proceso de paz». La banda armada veía la tregua como un instrumento para avanzar hacia la independencia de Euskadi a través de un pacto secreto con PNV y EA, que un encapuchado muestra a la cámara en la fotografía que hoy reproducimos en nuestra portada. El precio de la tregua -que no de la paz- era la complicidad de los dos partidos nacionalistas con ETA, relegando a EH a un mero papel de comparsa, para romper con el actual marco constitucional.
Así se explica el tajante desmentido, teñido de falsa indignación, del PNV y EA cuando EL MUNDO reveló estos acuerdos secretos, suscritos en agosto de 1998 y ocultados por los dirigentes de ambas formaciones no sólo a las instituciones y a la opinion pública sino a sus propias bases. No podían sino negar la realidad, ya que el espíritu y la letra de esos pactos ponían en evidencia el doble juego de esos dirigentes, comprometidos a asumir el papel de caballo de Troya de ETA en las instituciones democráticas.
Si hay un responsable de este gran engaño, esa persona se llama Xabier Arzalluz, que, pretendiendo cabalgar a lomos del tigre, lleva camino de acabar devorado por la fiera. El PNV estampó su sello, como muestra el encapuchado de ETA, en un documento en el que se comprometía a romper con los partidos democráticos, a burlar la Constitución y a crear unas nuevas instituciones vascas. Arzalluz, que acusó ayer a ETA de «mentir» sobre las razones que le han llevado a romper la tregua, asegura que el documento exhibido por la banda está manipulado y que el PNV nunca asumió los compromisos que invoca ETA. Pero el dirigente vasco ha perdido su credibilidad. Desgraciadamente, es mucho más verosímil la explicación de la organización armada, que coincide con lo que desveló EL MUNDO y la lógica de los acontecimientos posteriores. Si alguien ha engañado a la sociedad vasca, ha sido el presidente del PNV.
Arzalluz creyó probablemente que podía ser más listo que nadie y que lograría rentabilizar electoralmente la tregua de ETA. Hizo creer a la opinión pública que la banda buscaba una salida digna y que estaba dispuesta a negociar con el Gobierno de Madrid una paz razonable. Y le hizo creer a ETA que el PNV apostaba en serio por la «construcción nacional» de esa mítica Euskal Herria.
Como un jugador de naipes que se lleva el dinero de la caja de su empresa, el líder nacionalista esperaba que las futuras ganancias le permitieran devolver lo sustraído y quedarse con un notable capital. En este caso, el suficiente para convertirse en el árbitro de la situación política en el País Vasco y pasar a la historia como el hombre que convenció a ETA de la necesidad de abandonar las armas.
Pero ha perdido la partida. Sus bazas han quedado al descubierto. La insistencia de los dirigentes del PNV en culpar al Gobierno, durante las pasadas semanas, de una posible ruptura de la tregua se explica ahora: los nacionalistas querían descargar sobre el PP y Aznar sus propios errores. Sabían ya que el anuncio de ETA era cuestión de días, porque la banda había presentado, hace cuatro meses, al PNV y a EA otro documento en el que amenazaba con volver a las armas si no se celebraban elecciones para elegir un Parlamento que representara a las provincias de Euskadi a uno y otro lado de la frontera. PNV y EA no contestaron esta vez a la descabellada pretensión de ETA pero tampoco la desvelaron ni ante la opinión pública ni ante las instituciones del Estado.
Consciente de que la ruptura de la tregua era inminente, Carlos Garaikoetxea decidió dimitir hace ocho días en un rasgo de coherencia. Ayer supimos las verdaderas causas de su renuncia. Arzalluz, que no ha podido reponer el dinero que se llevó de la caja -la lealtad del PNV hacia el Estatuto de Gernika- y ha dejado en quiebra la empresa de la paz, debe seguir el ejemplo de su antiguo compañero de partido.
Pero, con ser importante una correcta comprensión de por qué han sucedido las cosas, lo esencial es ahora la unidad de las fuerzas políticas democráticas ante los negros augurios de la banda. Ojalá no se cumplan y haya todavía un margen para la paz. Si ETA no recapacita, los que aprietan el gatillo, y sólo ellos, serán los responsables de unas acciones criminales cuya finalidad está condenada de antemano al fracaso. El Estado nunca se va a poner de rodillas ante ETA, lo que convertirá en inutil cualquier derramamiento de sangre.
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