1. La lucha por el significado.
Joseph Conrad escribió sus admirables novelas marineras esperando sacar del arte «la auténtica verdad de la existencia». Quiso explorar lo real, echarle un vistazo significativo, y para ello no halló mejor instrumento que la narración. Con sus ficciones no quería entretener únicamente. Deseaba interrogarse sobre tantos, tantísimos actos humanos que tienen un equívoco sentido. Hacemos algo y muy probablemente los demás nos observan: en ese hecho, los significados que le atribuyen el emisor o del receptor no tienen por qué coincidir. Buena parte de las novelas de Conrad son relatos de equívocos, de actos contradictorios, aparentemente incongruentes: de acciones que sus personajes emprenden con una intención, acciones que provocan reacciones y que, por ello, luego se refuerzan, se corrigen, se alteran…, con nuevos significados que seguramente distan de lo que el personaje pretendió en origen. Las intenciones primeras mudan casi siempre en sus novelas y sus protagonistas viven con mayor o menor angustia, con mayor o menor empeño, esos motivos cambiantes. Es lo que hacemos en vida: tenemos intenciones, emprendemos nuestros actos –que no siempre se acomodan a los que deseábamos o nos impulsaba– y finalmente, cuando las cosas se tuercen o nada tienen que ver con lo esperábamos, reinvestimos con nuevo significado el arranque, el curso y la consumación de nuestras acciones.
En las novelas de Joseph Conrad hay, sin embargo, algo aún más importante que los propios personajes o que los mismos actos: el narrador. En toda novela de cualquier autor hay siempre, por supuesto, un narrador: el punto de vista a partir del cual se cuentan las cosas, se administra la información. Pero con Conrad –y con otros grandes autores de la tradición anglosajona–, el narrador cobra unas características especiales: deja de ser aquel relator omnisciente que todo lo sabe para convertirse en alguien que evoca unos hechos ocurridos por haber sido testigo o por haber sido depositario de lo que otros vieron. Por tanto, quien cuenta en sus novelas sabe mucho y a la vez sabe poco –aquello a lo que los lectores accedemos–, pero eso que nos relata no son hechos sin significado: son acontecimientos investidos con algún sentido. ¿Cuál? En Conrad, la realidad narrada es siempre extraordinariamente ambigua porque quien cuenta no tiene todos los datos o ignora qué significado cabe atribuirle a unos hechos que merecen interpretaciones tan contradictorias.
Acabo de leer de regresar a Conrad y esa felicidad motiva esta confesión. Leer o releer El negro del Narcissus. En poco tiempo, dos editoriales españolas han vuelto a publicar esta novela de 1898. Como en otras narraciones marineras, también en ésta la acción transcurre en un navío mercante, en este caso un velero que emprende viaje de regreso desde Bombay hasta Inglaterra. Están en esta novela las aguas tempestuosas y la calma chicha. Pero sobre todo está la tripulación, con viejos lobos de mar, con gentes nobles y pendencieras, con marinos abnegados, desconfiados y brutales, con oficiales silenciosos, corajudos y cumplidores. Todo en este relato gira en torno a un hecho enigmático, de difícil significado, la agonía –¿ficticia?– que padecería un tripulante enrolado a última hora: John Wait, nigger, según el apelativo y el título de la narración. Es un tipo corpulento al que vamos a ver… ¿fingir?, pero a quien vamos a ver consumirse contando la solidaridad creciente de sus compañeros, apenados. Wait espera, ciertamente: espera su muerte y toda la vida del navío gira en torno a su lenta desaparición. Un posible fingimiento tiene efectos bien reales y, por tanto, una predicción dudosa (vivo unas dolencias que me llevarán a la muerte) acaba provocando hechos ciertos y palpables. ¿Cuál ha de ser el significado de esos actos?
¿Cómo han de ser interpretadas las predicciones aventuradas que acaban cumpliéndose? ¿Son falsas o erróneas, y ya está? El comportamiento de Wait y de quienes le rodean se acomoda a esa posible ficción y de ella surge una consecuencia bien cierta que acaba siendo real. ¿Qué significado le damos a la previsión incumplida o errónea de un individuo cuando quienes observan le atribuyen intenciones que aquél no contempló? La tripulación y los oficiales viven en la realidad o en la ficción voluntariamente: ¿miente John Wait? Si, al final, muere, no podemos decir exactamente que invente o fabule.
Leyendo El negro del Narcissus creo entender mejor cómo funciona la sociedad de los individuos, los sobreentendidos con que funcionamos y las imágenes que esperamos dar de nosotros mismos. Siempre hay espectadores que se aprestan a dar sentido a lo que uno hace o dice, y los efectos y las distorsiones de eso que uno hace o dice se multiplican exponencialmente en la sociedad de masas. Todo lo que nos está pasando ahora –justamente ahora– es resultado del significado contradictorio con que ciertos actos se interpretan, una liza periodística que es, a la vez, un combate político. ¿Son mentirosos esos actos que se juzgan? En la sociedad de la representación, en la sociedad de la comunicación, la verdad o la mentira sólo son una pequeña parte de la liza. En la democracia televisiva, radiofónica, electrónica, no son la mentira o la verdad lo único que se ventila: lo realmente importante es dominar el efecto de lo que se hace o dice provocando consensos interpretativos.
Siento ponerme tan nietzscheano, pero la disputa mediática sobre el significado me ha hecho recordar al negro del Narcissus: ese actor que dice padecer una dolencia que le está matando, una representación de la que los espectadores son sus principales valedores. ¿Creen ustedes que estoy hablando metafóricamente de Rodríguez Zapatero? No, no hablo de Rodríguez Zapatero. Contrariamente al personaje de Conrad, que se esfuerza por representar su papel con convicción ante sus potenciales enemigos, el presidente del Gobierno ha confiado en el efecto de sus actos como si su sola acción fuera capaz de imponer una designación de las cosas uniformemente válida. No ha contado con la hostilidad de ciertos espectadores que saben que la lucha se libra cuando se da significado y cuando se impone una interpretación. Los actos humanos no son tan evidentes y de sentido tan claro como el de esa placa que anuncia un peligro de muerte. Una señal de esa índole hace una predicción verdadera que se incumple justamente porque evitamos tocar el tendido de alta tensión.
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2. Metáforas peligrosas, imágenes manipuladoras
(domingo, 10 de junio)
Fotografías con que Abc ilustra el artículo de Ignacio Camacho
«Zapatero. El hundimiento». Así titula Ignacio Camacho su reportaje dominical en Abc (Véase abajo, reproducido en la sección de comentarios). Es una larga valoración del columnista sobre los deseos y la realidad, sobre la política y sus resultados. No es preciso estar en acuerdo o en desacuerdo con lo que Camacho sostiene para echar un vistazo a su texto sintiendo que tiene algo de escandaloso. Las metáforas las carga el diablo y, por supuesto, hacer una analogía directa o indirecta entre Rodríguez Zapatero y Adolf Hitler es simplemente ignominioso. ¿Han visto ustedes El hundimiento, el film que interpretara Bruno Ganz? El papel está admirablemente encarnado y el gran actor suizo da credibilidad y fiabilidad a un tipo odioso al que vemos efectivamente hundirse en su insania. Estamos en los últimos días del III Reich, el Führer se aloja en el búnker esperando una circunstancia milagrosa, un golpe de mano que a su régimen le permita sobrevivir en medio de esa derrota previsible. Si no es posible, Alemania entera se hundirá con él, en medio de una fiesta violenta que carbonice el porvenir. Por los corredores y dependencias de la cancillería vemos deambular a personajes terminales y dementes, pero sobre todo vemos consumirse a un Hitler envejecido, cargado de hombros, con gigantescas bolsas en los ojos que muestran su acabamiento. El tembleque de su mano es irrefrenable y la barbilla se hinca en su pecho: no sabemos si humillando la cerviz o simplemente deprimido ante lo inevitable.
En su comparecencia tras el comunicado de Eta, a Rodríguez Zapatero se le veía abatido, lógicamente abatido, con gestos humanos de desolación, pero también con una puesta en escena que afectaba entereza. ¿Recuerda su pose, aunque sea vagamente, a la de un Hitler terminal? Recuerda a la de todo humano que expresa algún tipo de desolación. Llamar a eso «El hundimiento», como hace Ignacio Camacho, es una manera artera, indigna, de imponer un significado torcido a las cosas: cualquier observador no podrá dejar de distinguir la analogía que el autor hace entre Rodríguez Zapatero y Hitler. No es preciso estar de acuerdo con el actual presidente del Gobierno para deplorar la operación que emprende Camacho. Simplemente, el sectarismo de que se sirve invalida cualquier análisis aceptable que pudiera haber en su artículo.
Esa operación se remonta a muchos meses atrás: en este columnista de Abc y en otros de su perfil o de su misma cuerda. Camacho es muy dado a analogías inmediatas: no es que utilice las metáforas como un medio remoto y tentativo de acceder a la realidad. No: lo que suele hacer el articulista, lo que normalmente hace, es leer la realidad con la falsilla plana de una metáfora siempre evidente, algo que permita asombrar a sus seguidores menos exigentes dándoles un sentido igualmente plano. Por ejemplo, meses atrás, en la anterior etapa de este blog, pude mostrar la banal analogía que Camacho establecía entre Mariano Rajoy y Gary Cooper. Oh, qué gran columnista –dirán sus lectores entregados–, qué habilidades retóricas demuestra –añadirán.
De eso se trata, precisamente: buena parte de lo que nos acaece –al menos desde 2004– es una lucha retórica revestida con el ropaje ideológico de los principios y de la convicción. Que sea retórica no le resta contundencia y estridencia, pues ciertos sectores de la prensa –y parece que este mal se extiende– han tomado por asalto la realidad: los hechos son maleables según el significado que quiera dárseles. La única condición es que dicho sentido erosione la evidencia común de las cosas. Esto es, hay sectores de la oposición mediática que, con una porfía sorprendente, con una militancia incansable, no sólo dicen lo que creen que es cierto, sino también lo que ha de recalcarse para destruir el significado que otros proponen. No es una deliberación, sino un combate con ciertos columnistas rebosantes de convicciones que atacan a los relativistas y a los flojos. Hay que ponerse a cubierto.
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3. Artículo de JS sobre los jóvenes, sobre ciertos jóvenes:
Qué jóvenes, Levante-EMV, 8 de junio de 2007.




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