1. Regreso a Frankenstein
Hace treinta años leí por vez primera Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary W. Shelley, una novela ambientada en el Setecientos. Les digo todo esto como dato privado que probablemente no interese. Salvo grave trastorno, nadie va confesando sus lecturas a voz en grito… El blog es una especie de taburete al que te subes en pleno Hyde Park, rodeado también de otros oradores que no te atienden. Logras superar la primera indiferencia: te alzas a esa banqueta inestable y desde allí, desde esa exigua elevación, comienzas a hablar, a chillar, a declamar incluso, revelando opiniones, estupores y felicidades. Es probable que alguien te tome por excéntrico o por exhibicionista. Tal vez. Pero cerca del taburete vemos formarse ya un grupo pequeño de espectadores atentos y generalmente amables que también dicen la suya. El círculo de quienes peroran disputan confesando sus propias lecturas. En efecto, el blog es un modo de expresarse y de comunicarse, justamente aquellos medios o canales o destinatarios de los que carecía el monstruo de Frankenstein. Nadie le atendía y nadie se apiadaba de él. Por eso, cuando tuvo que comenzar su relato ante Victor, la critura exigía escucha y compasión. Oigamos, pues, al monstruo…
Para ello, para enternecerme con su oratoria, vuelvo a releer Frankenstein, ahora, cuando ha sado mucho tiempo tras mi lectura precedente. Es la cuarta vez que regreso, si no me equivoco. ¿Y…?, se preguntarán. ¿Qué tiene de interesante la relectura que usted pueda hacer de una obra del Ochocientos, una obra que no disputa el espacio de la novedad a las publicaciones de este mismo momento? Regresar a los clásicos está bien, podrían aceptarme, pero ¿y qué? ¿Debemos celebrar sus relecturas, los pasos que usted da, la cronología de sus disfrutes?
Desde luego sería una vanidad en la que espero no incurrir. Pero a la vez me pregunto cómo podría callarme el placer de un regreso, cómo podría silenciar la felicidad que me procura una reedición a la que ahora vuelvo. Por supuesto, no confundo mis avances personales con los progresos generales de la humanidad: por eso, si hablo de Frankenstein se debe al hecho simple pero significativo de que Alianza editorial haya publicado otra vez esta novela en una colección nueva y selecta con la traducción de Francisco Torres Oliver. El papel es malo, barato, poco duradero (lamentable, en fin), la cubierta no es errónea y el formato es comodísimo. ¿Cómo negarse el goce? Uno podría pensar que ya no hay placer en una trama que conoces, en unas escenas y personajes cuyo desarrollo adivinas, anticipas. Pero es un error plantear así las cosas: Frankestein aún conmueve y su potencial metafórico permanece. Sorprende, desde luego, que la autora de esta obra imperecedera fuera una jovencita que apenas había llegado a la veintena. Sorprende que en sus páginas esté todo o casi todo lo que modernamente nos inquieta: desde la libertad hasta la responsabilidad, desde Dios hasta la ciencia. Son, efectivamente, cuestiones generales, pero esos asuntos abstractos cobran interés porque el relato concreto en que aparecen les da verosimilitud.
No tiene los vicios de las novelas filosóficas: Frankenstein nos muestra una vicisitud bien particular en la que se plasman y se plantean problemas universales, sin que estos problemas se enuncien de manera declamatoria, impostada, increíble. Tampoco peca de la artificiosidad y de la tetralidad de tanto relato gótico: se desenvuelve con una naturalidad maravillosa, como si las cosas ocurrieran irreparablemente así, sin fantasmas ni espectros, sin tintineo de huesos ni amenazas del más allá. Lo narrado es algo bien real, material, humano, demasiado humano. Justamente por eso, lo universal y lo concreto cobran una dimensión inescindible en esta gran novela. Por otra parte, las circunstancias de lo narrado, el espacio al que se alude (Suiza, Alemania, Gran Bretaña…), le dan mucha precisión, tanta que nos hace averiguar qué era Centroeuropa en aquel momento (en el Setecientos), cuáles eran las condiciones de un cambio que estaba dándose y que maravillaba o asustaba a los contemporáneos. Si la ciencia avanza a gran velocidad, si la técnica nos auxilia, si lo seres humanos pueden enorgullecerse por la magnitud de sus adelantos, ¿entonces cabe temer algún efecto perverso, alguna consecuencia negativa?
La novela tiene distintas instancias narrativas. Quiero decir: quien narra principalmente es el capitán Walton, que remite cartas a su hermana para hacerle sabedora de su viaje a los hielos perpetuos del Norte y para narrarle la triste aventura de Victor Frankenstein, un ginebrino de buena familia, estudioso y viudo que persigue con obsesión y denuedo al monstruo que él mismo ha creado. La narración tiene la forma de la novela epistolar, pero el grueso del relato es un diario en el que Walton recrea la confesión de Frankenstein (en esta edición desde la página 42 a la 278) y, a la vez, de los distintos personajes que éste frecuentó: las palabras de Victor, de sus familiares y de esa criatua que el ginebrino hizo de cadáveres, un ser al que insufló vida con el auxilio de la ciencia natural, de la química. Nos hallamos, pues, ante una novela polifónica en la que distintas voces se suceden hablando, voces que incluso se enfrentan confiriendo sentido a los hechos ocurridos. Frankenstein es una disputa verbal, ciertamente.
¿Qué es lo más llamativo? Lo principal es, desde luego, la elocuencia del monstruo, esa verbosidad que padece, contrariamente al personaje mudo que encarnara Boris Karloff en la primera versión cinematográfica. Aunque no sé por qué a su don lo califico así: imaginénse cualquiera de nosotros en su circunstancia; imagínense delante de su creador… ¿No intentarían hablar con detalle y precisión?¿No tratarían de persuadirlo con lisonjas o con amenazas? Este monstruo paténtico es, sin duda, cada uno de nosotros exigiendo del creador mayor responsabilidad, mayor atención, mayor cuidado; pero este ser artificial es también –ahora hace veinticinco años– el replicante de Blade Runner que reclama mayor vida…
La criatura de Victor habla con minucia y esmero, se expresa con gran soltura y capacidad, convincentemente, como los replicantes: en pocos meses, el monstruo de Frankenstein ha podido aprender a hablar, a leer, a reproducir los hábitos civilizados, cosa que le permite dirigirse a su responsable con un refinamiento elevado. Es por eso por lo que su desdicha aún nos conmueve más. No es una tosca criatura: es un ser feísimo, descomunal, horrible, en fin; pero es un ser cultivado, con la sofisticación media de un europeo del Setecientos: ha aprendido copiando las costumbres de unos emigrados franceses caídos en desgracia y, desde luego, posee el don de la palabra y del discernimiento, esa dulzura de costumbres que uno imagina en un parisino del siglo XVIII. Pero esa criatura naturalmente buena o neutra se vuleve perversa… Una y otra vez se pregunta por qué es tan desgraciado, por qué debe evitar todo contacto humano. Su aspecto es repulsivo, pero su alma (passe moi le mot) no es naturalmente malvada: sólo el repudio de los otros y el horror que su figura despierta le llevarán a cometer fechorías, villanías de las que después se lamentará, con gran sentimiento de culpa, con un remordimiento incurable. No es desdichado porque sea malo, sino que se hizo malo por ser desdichado, por sentir en sí mismo la aversión de la sociedad, por experimentar en su figura el rechazo de los otros.
Y qué hace usted, señor Serna, hablando de monstruitos desamparados en un día como hoy, cuando se cumplen treinta años de las primeras elecciones democráticas tras el franquismo. Hable de la política, hombre de Dios, y dejése de pavadas infantiles. ¿Qué puedo responder a eso? No digo que no hable en otras ocasiones de cosas aparentemente intrascedentes. Pero, desde luego, Frankenstein no es una pavada infantil: nos habla de lo que significa el miedo, la soledad, el desamparo, la falta de un espacio habitable que podamos compartir. Aceptemos, sin embargo, el reproche: la criatura sirve para meter miedos. Pero esos miedos no son el espanto ante la aparición del fantasma (una figura, por cierto, muy respetable e interesante de la tradición gótica); no son tampoco los sustos que provoca algo inesperado ante lo que reaccionamos instintivamente. Los miedos de Frankenstein son de otra índole.
Están los temores que experimentan los espectadores que azarosamerte tropiezan con él, lance del que salen espantados ante la realidad de una criura sólo vagamente humana que les devuelve una imagen perturbadora. Así es él, pero así podríamos ser nosotros: su figura y su rostro son una deformación de algo humano, con unos sentimientos que no queremos conocer. Y están también los pavores que padece el propio monstruo, expulsado de la insociable sociabilidad kantiana en la que vivimos. Ha de asumir que su hechura, su altura, su compostura son excepcionalmente anormales, descubrimiento que hace ante el espejo o en las aguas de un lago o en la mirada espantada de sus espectadores. ¿Qué hacer cuando uno es tan objetivamente feo? Si hemos de creer a los clásicos, belleza y bondad son inseparables: por tanto el rostro deforme del monstruo prefigura el estado de perversidad de que es capaz. Ese repudio le saca de la comunidad humana; no hay, no habrá para él, un espacio hospitalario en el que pueda desarrollar vida común, sociabilidad, bajo un marco general que todos comparten. Así lo deja dicho:
«¡Oh, Frankenstein!, no seas justo con los demás, y despóta conmigo únicamente, ya que soy a quien más debes mostrar tu justicia, incluso tu clemencia y afecto. Recuerda que soy tu criatura; debería ser tu Adán, pero soy más bien el ángel caído, a quien privaste de la alegría sin haber cometido mal alguno. En todas partes veo la felicidad, de la que sólo yo me encuentro irrevocablemente excluido. Yo era afectuoso y bueno, y la aflicción me ha convertido en demonio», concluye. Pero Victor Frankenstein –que fue osado, temerario, al crear un ser con el auxilio de la ciencia y de la audacia– sólo es un tipo irresponsable que quiere desentenderse de su obra, de los efectos perversos de sus actos. Por eso, esta novela ha sido tomada como una metáfora de la ciencia en tiempos modernos, aunque también como una ilustración de lo que fue la revolución: damos arranque a un ente nuevo que creemos conocer por analogía y resulta que ese ser escapa a nuestro control. Aunque, quién sabe, tal vez el monstruo de esta ficción sólo sea una recreación de algo más antiguo: la del miedo infantil al ogro, al hombre del saco, al sacamantecas, siempre dispuesto a arrancarnos de ese espacio acogedor, hospitalario, que él no tiene.
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2. Relectura de la relectura. Hace más de diez años, tras mi relectura de entonces, escribí un artículo a partir de la edición de Cátedra, en su colección ‘Letras Universales’ (y no erróneamente ‘Feminismos’, como dije en principio: gracias a Isabel Burdiel y a Paco Fuster por la enmienda…). Aquella edición de ‘Letras Universales’, con una bellísima cubierta, contaba también con una inteligente y documentada introducción de Isabel Burdiel.
«Frankenstein en la Academia« fue el título del artículo y lo publiqué en Claves de razón práctica (núm. 66, 1996, págs. 68-73).
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3. Hemeroteca. De monstruos a partidos…
¿Partidos viejos, partidos nuevos? La partida se juega.
a. ¿Un partido nuevo?, artículo de JS en Levante-EMV, 15 de junio de 2007. ¿Está acabado el Partido Socialista?
b. Crisis en Esquerra Unida del País Valencià, en Levante-EMV, 16 de junio de 2007
c. Ciutadans, ¿un partido en declive?
Los intelectuales se divierten: Savater y el derby de Epsom
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4. Avance del 18 de junio, lunes.
El Partido Popular: Mayor Oreja y esa Gran Nación llamada España


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