Releer ‘Frankenstein’

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1. Regreso a Frankenstein

Hace treinta años leí por vez primera Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary W. Shelley, una novela ambientada en el Setecientos. Les digo todo esto como dato privado que probablemente no interese. Salvo grave trastorno, nadie va confesando sus lecturas a voz en grito… El blog es una especie de taburete al que te subes en pleno Hyde Park, rodeado también de otros oradores que no te atienden. Logras superar la primera indiferencia: te alzas a esa banqueta inestable y desde allí, desde esa exigua elevación,  comienzas a hablar, a chillar, a declamar incluso, revelando opiniones, estupores y felicidades. Es probable que alguien te tome por excéntrico o por exhibicionista. Tal vez. Pero cerca del taburete vemos formarse ya un grupo pequeño de espectadores atentos y generalmente amables que también dicen la suya. El círculo de quienes peroran disputan confesando sus propias lecturas. En efecto, el blog es un modo de expresarse y de comunicarse, justamente aquellos medios o canales o destinatarios de los que carecía el monstruo de Frankenstein. Nadie le atendía y nadie se apiadaba de él. Por eso, cuando tuvo que comenzar su relato ante Victor, la critura exigía escucha y compasión. Oigamos, pues, al monstruo…

Para ello, para enternecerme con su oratoria, vuelvo a releer Frankenstein, ahora, cuando ha sado mucho tiempo tras mi lectura precedente.  Es la cuarta vez que regreso, si no me equivoco. ¿Y…?, se preguntarán. ¿Qué tiene de interesante la relectura que usted pueda hacer de una obra del Ochocientos, una obra que no disputa el espacio de la novedad  a las publicaciones de este  mismo momento? Regresar a los clásicos está bien, podrían aceptarme, pero ¿y qué? ¿Debemos celebrar sus relecturas, los pasos que usted da, la cronología de sus disfrutes?

Desde luego sería una vanidad en la que espero no incurrir. Pero a la vez me pregunto cómo podría callarme el placer de un regreso, cómo podría silenciar la felicidad que me procura una reedición a la que ahora vuelvo. Por supuesto, no confundo mis avances personales con los progresos generales de la humanidad: por eso, si hablo de Frankenstein se debe al hecho simple pero significativo de que Alianza editorial haya publicado otra vez esta novela en una colección nueva y selecta  con la traducción de Francisco Torres Oliver. El papel es malo, barato, poco duradero (lamentable, en fin), la cubierta no es errónea y el formato es comodísimo. ¿Cómo negarse el goce? Uno podría pensar que ya no hay placer en una trama que conoces, en unas escenas y personajes cuyo desarrollo adivinas, anticipas. Pero es un error plantear así las cosas: Frankestein aún conmueve y su potencial metafórico permanece. Sorprende, desde luego, que la autora de esta obra imperecedera fuera una jovencita que apenas había llegado a la veintena. Sorprende que en sus páginas esté todo o casi todo lo que modernamente nos inquieta: desde la libertad hasta la responsabilidad, desde Dios hasta la ciencia. Son, efectivamente, cuestiones generales, pero esos asuntos abstractos cobran interés porque el relato concreto en que aparecen les da verosimilitud.

No tiene los vicios de las novelas filosóficas: Frankenstein nos muestra una vicisitud bien particular en la que se plasman y se plantean problemas universales, sin que estos problemas se enuncien de manera declamatoria, impostada, increíble. Tampoco peca de la artificiosidad y de la tetralidad de tanto relato gótico: se desenvuelve con una naturalidad maravillosa, como si las cosas ocurrieran irreparablemente así, sin fantasmas ni espectros, sin tintineo de huesos ni amenazas del más allá. Lo narrado es algo bien real, material, humano, demasiado humano. Justamente por eso, lo universal y lo concreto cobran una dimensión inescindible en esta gran novela. Por otra parte, las circunstancias de lo narrado, el espacio al que se alude (Suiza, Alemania, Gran Bretaña…), le dan mucha  precisión, tanta  que nos hace averiguar qué era Centroeuropa en aquel momento (en el Setecientos), cuáles eran las condiciones de un cambio que estaba dándose y que maravillaba o asustaba a los contemporáneos.  Si la ciencia avanza a gran velocidad, si la técnica nos auxilia, si lo seres humanos pueden enorgullecerse por la magnitud de sus adelantos, ¿entonces cabe temer algún efecto perverso, alguna consecuencia negativa?

La novela tiene distintas instancias narrativas. Quiero decir: quien narra principalmente es el capitán Walton, que remite cartas  a su hermana para hacerle sabedora de su viaje a los hielos perpetuos del Norte y para narrarle la triste aventura de Victor Frankenstein, un ginebrino de buena familia, estudioso y viudo que persigue con obsesión y denuedo al monstruo  que él mismo ha creado. La narración tiene la forma de la novela epistolar, pero el grueso del relato es un diario en el que Walton recrea la confesión de Frankenstein (en esta edición desde la página 42 a la 278) y, a la vez, de los distintos personajes que éste frecuentó: las palabras de Victor, de sus familiares y de esa criatua que el ginebrino hizo de cadáveres, un ser al que insufló vida con el auxilio de la ciencia natural, de la química. Nos hallamos, pues, ante una novela polifónica en la que distintas voces se suceden hablando, voces que incluso se enfrentan confiriendo sentido a los hechos ocurridos. Frankenstein es una disputa verbal, ciertamente. 

 ¿Qué es lo más llamativo? Lo principal es, desde luego, la elocuencia del monstruo, esa verbosidad que padece,  contrariamente al personaje mudo que encarnara Boris Karloff en la primera versión cinematográfica. Aunque no sé por qué a su don lo califico así: imaginénse cualquiera de nosotros en su circunstancia; imagínense delante de su creador… ¿No intentarían hablar con detalle y precisión?¿No tratarían de persuadirlo con lisonjas o con amenazas? Este monstruo paténtico es, sin duda, cada uno de nosotros exigiendo del creador mayor responsabilidad, mayor atención, mayor cuidado; pero este ser artificial es también –ahora hace veinticinco años– el replicante de Blade Runner que reclama mayor vida… 

La criatura de Victor habla con minucia y esmero, se expresa con gran soltura y capacidad, convincentemente, como los replicantes: en pocos meses, el monstruo de Frankenstein ha podido aprender a hablar, a leer, a reproducir los hábitos civilizados, cosa que le permite dirigirse  a su responsable con un refinamiento elevado. Es por eso por lo que su desdicha aún nos conmueve más. No es una tosca criatura: es un ser feísimo, descomunal, horrible, en fin; pero es un ser cultivado, con la sofisticación media de un europeo del Setecientos: ha aprendido copiando las costumbres de unos emigrados franceses caídos en desgracia y, desde luego, posee el don de la palabra y del discernimiento, esa dulzura de costumbres que uno imagina en un parisino del siglo XVIII. Pero esa criatura naturalmente buena o neutra se vuleve perversa… Una y otra vez se pregunta por qué es tan desgraciado, por qué debe evitar todo contacto humano. Su aspecto es repulsivo, pero su alma (passe moi le mot) no es naturalmente malvada: sólo el repudio de los otros y  el horror que su figura despierta le llevarán a cometer fechorías, villanías de las que después se lamentará, con gran sentimiento de culpa, con un remordimiento incurable. No es desdichado porque sea malo, sino que se hizo malo por ser  desdichado, por sentir en sí mismo la aversión de la sociedad, por experimentar en su figura el rechazo de los otros.

Y qué hace usted, señor Serna, hablando de monstruitos desamparados en un día como hoy, cuando se cumplen treinta años de las primeras elecciones democráticas tras el franquismo. Hable de la política, hombre de Dios, y dejése de pavadas infantiles. ¿Qué puedo responder a eso? No digo que no hable en otras ocasiones de cosas aparentemente intrascedentes. Pero, desde luego, Frankenstein no es una pavada infantil: nos habla de lo que significa el miedo, la soledad, el desamparo, la falta de un espacio habitable que podamos compartir. Aceptemos, sin embargo, el reproche: la criatura sirve para meter miedos. Pero esos miedos no son el espanto ante la aparición del fantasma (una figura, por cierto, muy respetable e interesante de la tradición gótica); no son tampoco los sustos que provoca algo inesperado ante lo que reaccionamos instintivamente. Los miedos de Frankenstein son de otra índole.

 Están los temores que experimentan los espectadores  que azarosamerte tropiezan con él, lance del que salen espantados ante la realidad de una criura sólo vagamente humana que les devuelve una imagen perturbadora. Así es él, pero así podríamos ser nosotros: su figura y su rostro son una deformación de algo humano, con unos sentimientos que no queremos conocer. Y están también los pavores que padece el propio monstruo, expulsado de la insociable sociabilidad kantiana en la que vivimos. Ha de asumir que su hechura, su altura, su compostura son excepcionalmente anormales, descubrimiento que hace ante el espejo o en las aguas de un lago o en la mirada espantada de sus espectadores. ¿Qué hacer cuando uno es tan objetivamente feo? Si hemos de creer a los clásicos, belleza y bondad son inseparables: por tanto el rostro deforme del monstruo prefigura el estado de perversidad de que es capaz. Ese repudio le saca de la comunidad humana; no hay, no habrá para él, un espacio hospitalario en el que pueda desarrollar vida común, sociabilidad, bajo un marco general que todos comparten. Así lo deja dicho:

«¡Oh, Frankenstein!, no seas justo con los demás, y despóta conmigo únicamente, ya que soy a quien más debes mostrar tu justicia, incluso tu clemencia y afecto. Recuerda que soy tu criatura; debería ser tu Adán, pero soy más bien el ángel caído, a quien privaste de la alegría sin haber cometido mal alguno. En todas partes veo la felicidad, de la que sólo yo me encuentro irrevocablemente excluido. Yo era afectuoso y bueno, y la aflicción me ha convertido en demonio», concluye. Pero Victor Frankenstein –que fue osado, temerario, al crear un ser con el auxilio de la ciencia y de la audacia– sólo es un tipo irresponsable que quiere desentenderse de su obra, de los efectos perversos de sus actos. Por eso, esta novela ha sido tomada como una metáfora de la ciencia en tiempos modernos, aunque también como una  ilustración de lo que fue la revolución: damos arranque a un ente nuevo que creemos conocer por analogía y resulta que ese ser escapa a nuestro control. Aunque, quién sabe, tal vez el monstruo de esta ficción sólo sea una recreación de algo más antiguo: la del miedo infantil al ogro, al hombre del saco, al sacamantecas, siempre dispuesto a arrancarnos de ese espacio acogedor, hospitalario, que él no tiene.

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2. Relectura de la relectura. Hace más de diez años, tras mi relectura de entonces, escribí un artículo a partir de la edición de Cátedra, en su colección ‘Letras Universales’ (y no erróneamente ‘Feminismos’, como dije en principio: gracias a Isabel Burdiel y a Paco Fuster por la enmienda…). Aquella edición de ‘Letras Universales’, con una bellísima cubierta, contaba también con una inteligente y documentada introducción de Isabel Burdiel.

«Frankenstein en la Academia« fue el título del artículo y lo publiqué en Claves de razón práctica (núm. 66, 1996, págs. 68-73).

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3. Hemeroteca. De monstruos a partidos…

¿Partidos viejos, partidos nuevos? La partida se juega.

a. ¿Un partido nuevo?, artículo de JS en Levante-EMV, 15 de junio de 2007. ¿Está acabado el Partido Socialista?

b. Crisis en Esquerra Unida del País Valencià, en Levante-EMV, 16 de junio de 2007

c. Ciutadans, ¿un partido en declive? 

d. El Partido de Savater.

Los intelectuales se divierten: Savater y el derby de Epsom

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4. Avance del 18 de junio, lunes.

El Partido Popular: Mayor Oreja y esa Gran Nación llamada España

39 respuestas a “Releer ‘Frankenstein’”

  1. Yo no he leido la novela de «Frankenstein» pero he visto la película. de verdad a la novela se le puede sacar lo que dice J Serna?

  2. Sí que se le puede sacar Jaime. Lea la introducción de I. Burdiel que cita J. Serna

  3. La novela es entretenida y hace pensar y el monstruo es como una de nosotras mal ubicada. I. burdiel lo dice y Mary Shelley lo sentia asi.

  4. Pues yo leí últimamente «Soy Leyenda», de Richard Matheson. Y lleva hasta las últimas consecuencias el concepto de monstruo que Mary Shelley dibujó en su libro.

    Por cierto, y en respuesta a Jaime, pese a criticadísima en su tiempo, el «Frankestein» de Kenneth Branagh me pareció una aproximación muy válida a la novela, por sus excesos, precisamente. De la versión de Boris Karloff, pese a su altísimo nivel cinematográfico, poco puede extraerse de parecido con la novela.

    La adaptación mas fiel de la novela -que tuve oportunidad de ver de pequeño y, la verdad, es calcada a la misma- es una dignísima tv movie británica que conoció estreno en los cines españoles con el título de «La verdadera historia de Frankestein». Si es usted de los que tiene alergia a la letra impresa se la recomiendo, por que es una producción de altísimo nivel.

  5. A mi, las lecturas del “Frankenstein o el Moderno Prometeo” de Mary Wollstonecraft Shelley, me han sonado (me han sabido, he visto, he palpado, me ha olido) cada vez a una cosa. Dependía del año: de mi situación personal, del ámbito privado, del entorno público… Consecuentemente, considero que su lectura, para cualquier persona, salvo para quién no le guste, obvio, nunca puede ser única. Si el lector se subyuga ante ella, puede encontrar mil lecturas de la misma y, confrontadas éstas con otros lectores, elevarlas exponencialmente. Si alguna novela pudiera definirse como poliédrica, ésta sería un buen ejemplo

    Juego con ventaja respecto a los más jóvenes contertulios: he tenido tiempo para relecturas con décadas de diferencia. La cosa es que es uno de los libros sobre los que vuelvo… y no vuelvo a todos, se lo puedo asegurar.

    Ante tal avalancha de lecturas es difícil decidirse por una u otra, las hay de mucho fuste y otras, aunque intrascendentes, no menos interesantes. Si me lo permiten, voy a acogerme a un aspecto de los más anecdóticos porque creo, que como casi todo el “Frankenstein”, apunta a lo categórico.

    En muchas ocasiones, buscando el origen de la ciencia ficción, se ha señalado este libro de Mary W. Shelley como su punto de arranque. Antes de ella, el romanticismo, la literatura gótica, las narraciones fantásticas, no llegaron a dar con el hecho diferencial que aporta la autora y que es la seña de identidad de una ciencia ficción “de pata negra”: su verosimilitud.

    Obviamente, verosimilitud dentro de los parámetros ficticios que requiere el género y entendiendo por “ciencia” una actividad indudablemente humana (ni mística, ni religiosa, ni mágica) que tiene la voluntad de aquella (el materialismo) aunque no responda estrictamente a las posibilidades científicas reales. Creo que en ello estaremos todos de acuerdo.

    Todo esto me lleva a dos cuestiones que me gustaría compartir con uds. (1) La de su autoría: ¿no es significativo que sea una mujer la promotora de la ciencia-ficción? y vinculado a ello, ¿no lo es también que las autoras de este género literario sean excepción (Ursula K. Le Guin, por ejemplo)? Si fuera posible, me gustaría conocer la opinión de alguna dama. (2) La verosimilitud: ¿no es excesivamente verosímil la creación que se revela contra su creador dado el maltrato recibido de este?, ¿no es patente el presente culto a una belleza exterior y estereotipada frente a la admiración por una belleza interior y singular? Y, miren, si bien me es indiferente quién reflexiones sobre la primera duda de esta segunda cuestión, sí me gustaría que, si pudiera ser, que la segunda me la respondiera algún caballero.

    En fin, espero no importunarles con tantas preguntas, trato de que sean conscientes – los escépticos – del partido que se puede sacar de esta novela hasta de los aspectos más anecdóticos. Claro está, en justa correspondencia, quedo abierto a cualquier respuesta – que esté capacitado para dar – que pudieran hacerme sobre el libro.

  6. Por cierto, señor Constantine, magnífica novela la que leyó y muy acertada su observación sobre la relación con «Frankenstein»

  7. Ya dije que la primera lectura que hice de la novela fue gracias a la persona que se embosca tras el nick de Kant. Me prestó su ejemplar de entonces y después tengo en mi poder no sé si cuatro ediciones distintas. Le estaré siempre agradecido a Kant por aquel descubrimiento literario. Y por los regresos periódicos que me prescribo… Es como una medicina o un tónico: hay que administrárselo según el estado de ánimo de uno mismo, el lector. También le estoy agradecido a Isabel Burdiel por haber aceptado mi lectura-interpretación de su análisis, tan bello y sutil.

    Lean Frankenstein y, a la vez, traten de responder a Kant…

  8. Sin ánimo de ser meticuloso quiero hacer una pequeña corrección a la referencia bibliográfica que da Justo Serna:
    La edición de la novela a la que usted se refiere creo que no es de Cátedra – Colección «Feminismos», sinó de Cátedra Colección «Letras Universales». Està es la edición de «Frankestein o el moderno Prometeo» (Madrid, 1996) de Mary Shelley que lleva como usted dice una excelente inrtroducción de Isabel Burdiel.

    Quizás se hay confundido con la edición de «Vindicación de los derechos de la mujer» de Mary Wollstonecraft, esta si, coeditada por Cátedra y Publicacions de la Universitat de Valencia (Madrid, 1994), y que también lleva – quizás este sea el motivo de la ligera confusión – una gran introducción de la ya citada Isabel Burdiel.

    No es vital mi puntualización pero es para que nadie confunda a Mary Wollstonecraft Godwin – después llamada Mary Wollstonecraft Shelley, o simplemente Mary Shelley – con su madre Mary Wollstonecraft, quien escribiera la «Vindicación…» y quién fuera y es figura capital del feminismo y la historia de la mujer.

    Aunque sé que no tiene nada que ver con el tema del post, aprovecho para recomendar a todo el mundo la lectura del texto de Wollstonecraft y de la introducción de I.Burdiel. Y ya puestos, y aprovechando que me he decidido a intervenir después de mucho tiempo limitándome a leer posts i comentarios del blog, recomiendo a quien no se atreva a entrar directamente sobre el texto que es largo y un tanto desarticulado, que lean mi modesto y mejorable trabajo sobre la autora y Rousseau («Dos propuestas de la Ilustración para la educación de la mujer: Rousseau versus Mary Wollstonecraft») que pueden encontrar en la red, en el número 50 de la revista eléctrónica «A Parte Rei. Revista de Filosofia».

    Eso es todo. Por lo que se refiere al texto del post, estoy muy de acuerdo con la mayoría de las cosas que dice el profesor Serna, a quien felicito por su excelente blog igual que a que sus asiduos (Kant, Miguel Veyrat y compañia).

  9. Gracias, Paco Fuster: tiene toda la razón. Corregido y agradecido, en el texto.

  10. Coincido con nuestro amigo Kant en su idea de que las lecturas no son únicas, dependen de nuestra situación personal, de nuestra edad, de nuestro entorno… A mí también me pasa con mis relecturas, algunas obras que leí en mi juventud ganan con la edad, pero la mayoría pierden; la exigencia es cada vez mayor y son muy pocos los autores que resisten el paso del tiempo.

    Donde ya no coincidimos es en nuestros gustos lectores, a mí no me gustan las obras de ciencia ficción (esto lo sabe bien mi amigo Portnoy, uno de los amantes del género y el creador de uno de los mejores blogs sobre cine y literatura que existen hoy en la Red), ni los relatos de terror ni de fantasmas, así que, desde que leí “Frankenstein” hace más de treinta años, no la volví a leer y no tengo pensado hacerlo, a pesar de que me intrigan los comentarios de Justo Serna sobre esta obra, yo tenía la sensación de que era una novela bastante intranscendente.

    No creo que sea capaz de contestar a lo que preguntas sobre el hecho de que sea una mujer la promotora de la ciencia ficción; como no leo este tipo de novelas, no sé si son mujeres u hombres los que escriben sobre estos temas. Sobre la segunda cuestión, mejor que la responda un hombre.

    Como estoy muy liada estos últimos días de curso, apenas leo, pero quizá disfrutara más con “Frankenstein” que con la “novela” que estoy leyendo, “Nocilla Dream” de Fernández Mallo; dicen que no es ciencia ficción sino docuficción, algo que aún no llegué a entender. En fin, mejor leer a los clásicos, con ellos no te sueles llevar decepciones.

  11. Es un placer que se decidiese a participar en los “posts”, señor Fuster, lo cierto es que yo mismo estaba algo desconcertado con el apellido de la señora de Shelley y la autora de la “Vindicación…”, claro, madre e hija, pues mire, ni recaí en ello hasta que se lo leí: muchas gracias.

    Veo, por otra parte, que la obra que nos propone, la suya sobre Rousseau y la propia Mary Wollstonecraft, la enuncia como “Dos propuestas de la Ilustración para la educación de la mujer: Rousseau versus Mary Wollstonecraft”. ¿Me permite ser un algo puntilloso? Pertenezco a una selecta minoría de personas que tratamos de evitar los anglicismos innecesarios en las lenguas románicas. Una de las expresiones que a la condición de innecesaria se le une la de contradictoria, es la de utilizar la palabra latina “versus” para indicar, como hacen los anglosajones, “contra”. Como todos sabemos, y en catalán antiguo aún perdura, “versus” es nuestro “vers”, o sea, “hacia”. Me resulta, pues, peculiar que ud, que delata su buen hacer con su intervención, hubiese hecho tal uso. Si necesitaba usar esa expresión en latín, ¿por qué no “adversus”, como indica el latín?

    Independientemente de ello, le aseguro que leeré con harto interés su trabajo, aunque ya le advierto que tengo a Rousseau como un sinvergüenza por hipócrita.

    ¡¡Doña Francisca (Fuca para uds)!! Un abismo literario se abre ante nosotros… después de tantas coincidencias mutuas… ¿esto?… ¿Pero, cómo no le gusta a ud. la ciencia ficción, mujer? Tanto hablar de metáforas literarias y ahora que nos encontramos con las más sugerentes, completas, provocadoras, imaginativas, desbordantes, arrolladoras, inquisitivas, imaginativas de la literatura contemporánea… ¡se me abate! ¿¡Qué me dice, señora mía!?… Vaya, vaya ud inmediatamente a la librería más próxima donde disponga de un librero de confianza y suplíquele que, de cara a este verano, le recete alguna obra de este género ajustada a sus gustos literarios. Yo, con gusto lo haría pero, sin conocerla, podría errar en la recomendación y entonces sería peor el remedio que la enfermedad… mmm… aunque… ¡venga!, como cité en mi anterior intervención a una autora, Ursula K. Le Guin, me atreveré a recomendarle una de ésta: “Los desposeídos” y, desde luego, ¡por amor de los dioses!, relea ud el “Frankenstein” que ahora nos ocupa y vea el mundo, por un momento, a través de los ojos de ese ser sensible, a quién la horda de la vulgaridad social empuja a la extravagancia… oh, monstruo perdido en los hielos árticos, frustrado asesino de su progenitor y solo, solo en el mundo.

  12. Sí, Fuca, el fin de curso es muy terrible y las vacaciones consiguientes, aquel periodo deseado y feliz de tiempo atrás es espantoso hoy, sobre todo por el recuerdo de aquella felicidad, de aquella esperanza que ya no existen, que nunca se cumpió y por la soledad. En fin; pese a ello, me permito responder a las preguntas de Kant desde mi limitado punto de vista de persona. No me creo más capacitada para responder a la primera que a la segunda ni al revés y lo voy a intentar.

    Creo, y lo he pensado muchas veces, pero no lo he elaborado bien, que lo más natural es que la ciencia ficción la manejen como nadie las mujeres; lo han hecho durante siglos y sólo ellas; seguro que ya en las cavernas, junto al fuego recién descubierto, la mujer contaba a sus hijos historias de monstruos malos y de hadas buenas que venían a subsanar las terribles diferencias de la vida. Los cuentos añejos, las historias absurdas que mantenían prendados y prendidos de la voz que los creaba a los oyentes, la justicia poética y los sueños surreales narrados como ciertos son ciencia ficción y en tiempos remotos, cuando la mujer y el hombre tenían muy claros sus papeles (jamás los llamaré roles, con perdón) desde antes de nacer, sólo ella podía imaginar historias «absurdas» que vinieran a dar tintes de realidad al sueño de que la vida espantosa que tenían pudiera mejorar y que el sapo se convirtiera en príncipe y que un beso en los labios organizara bien el mundo. Los grandes cuentistas que en el mundo han sido, no hicieron más que recoger y poner en bellas palabras los cuentos que las mujeres, a la luz de la lumbre, inventaban para tener quietos a sus hijos y para soñar con un mundo en el que hasta los monstruos lloraban, tenían alma y sufrían, exactamente igual que ellas, así es que aún había cierta esperanza, y esto enlaza con la segunda pregunta de Kant. “¿no es excesivamente verosímil la creación que se revela contra su creador dado el maltrato recibido de este?, ¿no es patente el presente culto a una belleza exterior y estereotipada frente a la admiración por una belleza interior y singular? No, no es excesivamente verosímil. Sigo con las mujeres (y la madre de Shelley era feminista, no podemos olvidarlo en ningún momento ni la vida extraordinaria que vivió María) a las que casaban en esa época por contrato de los padres y podía “tocarles” un auténtico monstruo contra el que no podían revelarse, como no lo habían hecho contra su padre y ellas mismas se sentían monstruos; dulces, buenas, hacendosas, pero con aquellos deseos de libertad, de amor de incluso sexo que estaban reprobados por todos y que las hacía sentirse realmente perversas. Ah, pero el monstruo sí; el monstruo podía revelarse contra su creador y una sonrisa dulce se dibuja en los labios de Shelley cuando lo escribe, la veo. Porque María Shelley dijo que la historia de Frankenstein la había soñado y es aceptado unánimemente por la psicología moderna, y no tan moderna, que todos los personajes de los sueños son el mismo que sueña; entonces: el muchacho descolorido que, casi por chiripa crea al monstruo y el propio monstruo, son Shelley y lo acepto y lo cito porque viene de perilla a mi teoría.

    La admiración por una belleza interior y singular, es algo casi sólo de las mujeres, otra vez. Las mujeres pueden (y suelen) enamorarse de un monstruo; durante siglos han debido hacerlo así, aunque fuera una ensoñación, una quimera, un tratar de dar visos de felicidad a unas relaciones forzadas y absurdas. Es prácticamente imposible que un hombre se enamore de la belleza interior (sólo de ella) de una mujer. Hoy, que la mujer ha cambiado y cambia vertiginosamente, está obligando al hombre a ser eso que llaman “metrosexual” a la belleza exterior que en ella siempre ha sido obligatoria y por la que tanto han sufrido generación tras generación. La igualdad de los sexos, de momento, me parece casi como una venganza femenina que exige lo que a ella durante siglos. Ya no quieren ver la belleza interior de Frankenstein y todos somos menos sensibles, menos tiernos, porque los monstruos y las hadas ya no son lo que eran.

    Y gracias, Justo, por “perorar” para nosotros desde su banquetita en Hyde Park. Una amiga mexicana llama a eso “compartirnos” sus cosas y es un estímulo, un placer y un privilegio. Y gracias por prestármela un rato. Ya me bajo.

    Que pase el siguiente.

  13. Ah, Jaime, léala, hombre. Pocos placeres recuerdo tan bien como el que me produjo que me la leyera mi madre en inglés y me la fuera traduciendo; tuve la visión de miedo y de ternura que puede tener una niña pequeña. Después la leí yo, antes de ir a ver a Don Boris, tan silencioso como reseña Justo, en contraposición al personaje de la novela, pero tan conmovedor en su relación con el ciego y la niña, los únicos que no lo temen, claro. La expresividad que supo dar al monstruo el famosísimo actor y el descubrimiento que hice a raíz de ver esa película de que siempre es mejor la novela; que se debe ver antes las películas, cuando están basadas en obras literarias, si se quiere disfrutar de ellas. Después se la leí yo a mis hijos y fue el mayor placer. Todas, todas las veces fue distinta y es portentoso que esa niña de diez y nueve años y de hace casi dos siglos nos hiciera un regalo como ese. Pero ¿No siente curiosidad, por dios (1)? Que no tiene mil páginas.
    (1) Éste dios se lo dedico a Kant que me estará escuchando.

  14. A ver, no me agobien. Yo soy estudiante de periodismo, leo bastante y no tienen que darme lecciones. Les agradezco sus recomendaciones, pero no se pasen. J. Serna aun no ha utilizado conmigo el tono de profesor cebolleta

  15. ¿Profesora Cebolleta yo? Usted dispense, no pretendía de ningún modo. Nada más ajeno a mí que dar lecciones ni agobiar a nadie.

    Disculpe por «pasarme», ya le digo que no pretendía y me he dirigido a usted un poquitito en broma. No volverá a ocurrir. Decían que el sentido común era el menos común de todos los sentidos; yo creo que lo es el del humor.

    Suerte en los exámenes.

  16. Señora Paulova perdone pero yo la he llamado cebolleta. Estoy agobiado. Vale?

  17. Vaaaaaaaaaaaaaale. Ya sé lo que es ésta época. Perdone de nuevo.

  18. Señor Kant, acepto de buen grado – como no podia ser de otra forma viniendo de usted, autoridad reconocida en este foro – su matización sobre el título de mi trabajo.
    Sin embargo, no me he podido resistir a realizar una comprovación rápida y sencilla: he consultado la base de datos ISOC (Ciencias Sociales y Humanidades) del CSIC y he encontrado censados 981 artículos o trabajos que contienen la palabra «versus» en su titulo; y en la mayoria de ellos (no los he comprovado todos evidentemente) con el uso que que yo hago de la palabra. No es que me consuele este dato, si estoy errado lo reconozco y lo admito, pero como ve, debe haber sido la costumbre y el verlo escrito así tantas veces lo que me ha hecho caer en la trampa. En cualquier caso, lo he consultado en diversas fuentes, entre ellas el «Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española» de Manuel Seco, y efectivamente, lo correcto seria «Rousseau contra M.Wollstonecraft», aunque este cambio implicaria alterar también el orden de los factores porque fue Wollstonecraft quien atacó las tesis de Rousseau y no vicerversa.

    El tema del uso de las expresiones latinas en el español me apasiona, aunque los matizes sobre los usos correctos y incorrectos de determinadas voces y frases hechas depende en parte del contexto o el argot utilizado, matizes que darían para una discusión muy larga que lamentablemente tendrá que esperar. Dicho esto, señor Kant me uno desde este momento a su cruzada particular por erradicar el mal uso de los anglicismos. Espero a partir de ahora predicar más con mi ejemplo.

    Respecto al trabajo, si se decide a leerlo espero que le guste y que este lapsus en el titulo no lo tome como un presagio o indicador – un «a priori» kantiano si me permite la broma fácil – de lo que será el contenido del trabajo. Espero que aparque por un momento su aversión a Rousseau y considere lo que dijo en su dia sobre la educación del hombre y de la mujer en este caso, que fue mucho y muy importante, y de paso conoce un poco más a Mary Wollstonecraft. Ya me dirá que le ha parecido y muchas gracias por su apunte sobre el uso correcto del latín y los anglicismos en el español, no lo olvidaré, puede estar seguro.

  19. En fin, don Jaime, creo que todos hemos adivinado la tensión que está atravesando ud. en este periodo y la falta de mala intención por parte de la señora Pavlova. Aclarado todo, volvamos a relajarnos y sigamos con lo nuestro.

    Precisamente, hablando de doña Ana Pavlova… bueno, su disertación sobre la relación entre la ciencia-ficción y las mujeres, me ha dejado bloqueado pues, si por una parte discreparía por completo de ud en cuanto al concepto de “ciencia ficción” (recuerde que le atribuí como “conditio sine qua non” su carencia de irracionalidad: ni magia, ni milagros), por otro, si lo cambiásemos por el de “fantasía” (o sea, donde sí existe lo mágico y lo maravilloso) estoy plenamente de acuerdo con ud. La lectura de “Mujeres que corren con los lobos” de la etnopsicóloga Clarissa Pinkola Estés me reveló una faceta extraordinariamente atractiva y, lamentablemente, minusvalorada de las mujeres: su parte irracional, su vínculo con la intuición y la inconsciencia, algo que, lejos de rebajarlas, las realza a niveles humanos mucho más interesantes que los limitados horizontes masculinos.

    En general, le agradezco sus opiniones, las cuales tomo y analizo con sosiego: son intensas y necesitaré tiempo para deglutirlas todas. Eso sí, hay un asunto sobre el que discrepo: su afirmación sobre los sentimientos masculinos. Creo que tal vez se muestra demasiado escéptica con ellos… con los varones y con los sentimientos de los hombres. Más arriba le reconocía yo mismo que a nosotros nos ha tocado un papel (¡un papel, por supuesto!, nada de “roles”) bien desagradable por nuestras naturales limitaciones pero, caramba, tampoco hay que extremarse en esto. Los hombres estamos aprendiendo, a marchas forzadas, muchas cosas, muchas, de vida, de sensibilidad, de respeto… y ninguno, considero, que crea que ya está todo el trabajo hecho. Apenas si hemos comenzado. Pero tenga presente que en apenas treinta años hemos avanzado lo que no habíamos hecho los últimos tres mil. Si la emancipación de la mujer ha sido prodigiosa, lamentaría que la propia emancipación masculina de su machismo no se valorase como complemento imprescindible para entender el progreso de sus compañeras de especie.

    Desde esa perspectiva, yo le aseguro que hay hombres – y no pocos – enamorados de mujeres que son auténticos adefesios físicos. Y lo están porque, lo que late en su interior, los arrastra con la fuerza de sus sentimientos hacia esa alma que lo satisface.

    Una última cuestión respecto a “lo metrosexual”. El tema nos llevaría a otros asuntos que me han hecho chocar con algunas feministas (mi tesis: la mujer, en vez de emanciparse del hombre, entiende su liberación como su equiparación a su opresor, con lo cual, en vez de romper los moldes del sometimiento entre humanos, los refuerza), así que no me adentraré en ello pero, no le quepa duda, que es una cuestión de moda, de evanescente moda, como toda la cultura anecdótica que nos empapa.

    Y, si me lo permiten, me voy a la cama, que mañana – como todas las mañanas de sábado – tengo una partida de “squash” con mi hijo y el muy sádico se complace en reventarme; por lo menos, que me pille descansado. Buenas noches tengan vuecencias.

  20. Ay, señor Fuster, qué malas jugadas nos ofrece el chirimbolo informático éste con el que departimos: fue cuando envié mi anterior aportación que entró al unísono la suya y, claro, no le he podido responder hasta ahora. Discúlpeme ud, pues, no lo soslayé, sencillamente, no lo leí.

    En efecto, no sólo en la ISOC, realmente, en cualquier base de datos encontrará ese barbarismo extendidísimo y no hace falta que sea de actividades académicas, lo encontrará por doquier: deportes, boxeo, cine… Le agradezco su preocupación por el tema y le doy la bienvenida a ese microbiano e informal grupo de anónimos defensores de la limpieza en las lenguas románicas: “tota pedra fa paret”.

    No afirmé gratuitamente que iba a leerlo, lo dije y lo haré, aún a sabiendas de que mi conocimiento sobre la señora Wollstonecraft no alcanza, ni de buen trecho, el suyo y de ese apriorismo “mío” – y le sigo la broma – sobre el señor Rousseau. Por eso le decía en la anterior mía que si no me gustaba el ginebrino era por hipócrita, por hacer en su vida privada lo contrario de lo que predicaba para la sociedad, no por lo que pudiese teorizar, aunque, incluso en ello, según el qué y cómo, también lo veo con distancia.

    Con todo, no estoy cerrado a aceptar o adoptar alguna idea nueva, o incluso a corregir alguna mía previa si así se me demuestra. Tal vez en su texto y por su pluma encuentre una faceta de don Jean-Jacques que me haga cambiar, descuide que si así fuere se lo haré saber.

    Gracias por sus amables palabras y, ahora sí, me retiro. Tengan uds buenas noches.

  21. No soy escéptica sobre los sentimientos masculinos, ni creo que discrepemos, siempre que, ambos, no generalicemos. Naturalmente que les ha tocado a los hombres, en éstos momentos, el peor papel y no sólo por limitaciones del sexo, por una educación y unos sobreentendidos que arrastran desde siempre y claro que están tratando de ponerse en su tiempo, que están aprendiendo y asumiendo partes suyas que les estaban vedadas. Sí, la sensibilidad y tantas otras cosas que, sobre todo, les benefician a ellos y a las mujeres, claro; a todos, y claro que es imprescindible que ese trabajo lo estemos haciendo todos juntos, no sólo como complemento del progreso de sus compañeras de especie, para el de ellos mismos, para el de todos, pero eso de que ninguno crea que está todo el trabajo hecho… Mire, me parece que vivimos en ambientes privilegiados, pero no es así a niveles generales, más bien al contrario y sigue habiendo muchos, muchísimos hombres apalancados en su historia, seguramente porque están aterrados. No lo sé. En cuanto a que hay hombres enamorados de adefesios de alma bella, claro que sí, pero convendrá usted conmigo en que no es la norma y que se acepta mucho más el adefesio masculino. Me parece que no hace falta dar ejemplos.
    Conmigo no chocaría usted por esa teoría de que: “la mujer, en vez de emanciparse del hombre, entiende su liberación como su equiparación a su opresor, con lo cual, en vez de romper los moldes del sometimiento entre humanos, los refuerza” porque estoy completamente de acuerdo. Creo que se está haciendo mal, que hay como un espíritu de venganza y un querer practicar las mismas tropelías que han cometido ellos tradicionalmente. Es como querer darle la vuelta a la tortilla y estar ellas encima, no caminar al lado, que me parece que es a lo que deberíamos ir. Y tampoco todas, claro, claro que no.
    Que el “squash” le sea leve. Criaturitas, son tan ricos que estamos dispuestos a reventarnos con tal de hacer cosas con ellos ¡Si yo le contara!

    Buenas noches.

  22. Cuando leí el comentario de Pavlova sobre la importancia de lo fantástico y lo mágico en los relatos de las mujeres desde la antigüedad coincidí con ella pero yo a eso no le llamo ciencia ficción; veo que Kant tampoco, por ello sigo reafirmándome en lo que escribí, no me gusta la ciencia ficción y eso, amigo Kant, no quiere decir que rechace la fantasía en las obras literarias y que no disfrute con las metáforas “imaginativas, desbordantes, arrolladoras, inquisitivas, imaginativas de la literatura contemporánea” (si parece usted Javier Marías, no te enfades por el usted, seguramente sabes que JM es uno de los grandes defensores del usted, aunque yo siempre utilicé el “tú” cuando me comuniqué con él). Apañada estaría si, siendo galega, no disfrutara con ese tipo de literatura, no leería a Cunqueiro ni a Torrente Ballester, por citar a dos autores que me gustan.
    Sobre el tema de los sentimientos de los hombres y mujeres, siempre que no generalicemos, como dice nuestra querida Pavlova, estaremos de acuerdo. Creo que, por mucho que hayamos avanzado, las diferencias en el terreno de la igualdad aún son abismales; sólo tenemos que abrir los periódicos cada día y leer, un día sí y otro también, los asesinatos de mujeres por parte de los hombres, siguen creyendo que somos su propiedad y que tienen todo el derecho a disponer de nuestros cuerpos y de nuestras vidas, esto también es terrorismo, no sólo el de ETA.

    Desde que recuerdo, siempre fui feminista; ayudé a organizar el movimiento feminista hace muchísimos años, en la década de los 70; siempre me alineé con la corriente del “feminismo de la diferencia”, siempre tuve claro que mujeres y hombres somos biológicamente diferentes y esto influye en la mente, pero ser diferentes no quiere decir que seamos inferiores. Hoy muchas de las cualidades típicamente femeninas (sensibilidad, intuición, generosidad…) son compartidas por algunos hombres pero lo tienen difícil, la sociedad aún no es igualitaria y aún sigue viendo como bichos raros a los hombres que manifiestan sus sentimientos abiertamente.

  23. Aunque comenzamos con Mary Wollstonecraft, hija, hemos acabado metidos con los asuntos de Mary Wollstonecraft, madre… Les aseguro que me es muy grato encontrar a dos mujeres con las que, una vez salido el tema y con todos los matices que hagan falta, podemos tener una misma base de reflexión. En ocasiones me he sentido como un alienígena caminando, en este planeta, (ex curso: quien, con esta frase, piense en “ET”, reciba cien vergazos inmisericordes, quien hubiese pensado en “Klaatu” sea recompensado por los dioses inmortales. Vuelvo al texto), caminando, decía, entre hombres ferozmente (temerosamente) machistas, hombres ferozmente (estúpidamente) feministas, mujeres (gozosamente) machistas consigo mismas y mujeres (incomprensiblemente) machistas con los hombres.

    Con todo, percibo en uds dos, señoras mías, un cierto desasosiego, algo como un ansia por que toda esta pesadilla milenaria del machismo hubiese desaparecido, ya, del mundo. Les llamo a la esperanza realista. Piensen, por ejemplo, desde cuando puede una mujer votar… no hace ni un siglo. Y en el caso de España, peor, hasta el final de la IIª Dictadura del siglo XX ni siquiera se le consideró una persona adulta y autónoma. Yo les recomendaría mirar, de vez en cuando (¡sólo de vez en cuando!), cuando surja el desánimo, el camino recorrido en relación al tiempo transcurrido: es asombroso el cambio experimentado en Occidente. Hay mucho por hacer, claro, de entrada, esos triunfos se limitan a un espacio cultural muy limitado en comparación con toda la especie, tenemos mucho que hacer hombres y mujeres, hombro con hombro y la actual juventud tiene mucho que decir al respecto. Lo haremos, ya verán. Cada vez que un hombre se manifiesta como lo que es, un ser humano, no un antropoide descerebrado, se da un paso en esta larga marcha y nuestros chicos – con todas sus patochadas propias de su inmadurez – son cada vez más humanos.

    Bien, doña Francisca, veo que se aferra ud a su idea. Yo, por si le sirve de referencia, voy a leer el trabajo del señor Fuster con ánimo abierto y dispuesto a dejarme sorprender por el señor Rousseau. ¿Me va ud a negar el ejercicio estival de leer “Los desposeídos”? ¿tanta lectura… “seria”… tiene amontonada en la mesilla de noche que no puede darle unos días a la obra de la señora Le Guin?… atrévase…

    Señora Pavlova, la partida de “squash” ha sido homérica. He sido, como era previsible por la racha sabatina que se me acumula, derrotado. Pero en esta ocasión jugué, desde el minuto cinco, con un dolorosísimo golpe en el gemelo izquierdo (fortuito, eso sí, Jose juega limpio) que me hizo renquear los veinticinco siguientes. No me retiré, no me rendí. Seguí. “Derrota tras derrota hasta la victoria final”. Es otra lectura de estas partidas.

  24. :-) Pobrín. Fastun gel va muy bien.

    ¿Desasosegadas nosotras? No ¿Verdad, Fuca (Francisca para Kant)? Otra cosa no tendremos, pero lo que es paciencia… A mí una tía de mi ex me llamaba «La china» por eso. Claro que el paso, los pasos que se han dado son colosales y en cosas mucho más pequeñitas, pero diarias, como era poder abrir una cuenta en un banco sin la firma del padre o el marido; poder vender sola un terreno heredado o hasta firmar las notas de los hijos. Es que son cosas tan naturales que parece que las hemos tenido siempre y no, a fe mía que no. Hasta poder ser madre soltera con la nariz muy alta o no serlo por propia voluntad, pero tambié ha habido cosas gruesas y una de ellas es que ¡¡tenemos alma!! casi «na» y total, en mi caso, para desaprovecharla, pero el caso es que, la que crea en ella, pueda tenerla.

    Sí, volvemos a lo de siempre. La esperanza está puesta en nuestros chicos, aunque nos destrocen (sin querer) los gemelos.

    Y mire, voy a leerme Los desposeídos, a ver si Fuca (Francisca para usted) se anima. Pero es que su mesilla… su mesilla debe tener un refuerzo en la pata para que no se tronche, si juzgo por la mía.

    Feliz tarde a todos.

  25. Desasosegadas, desasosegadas, dice Pavlova que no estamos; la verdad es que tenemos suerte de vivir, como mujeres, en esta parte del mundo y, despaciño, vamos consiguiendo adelantos; yo también confío en la juventud, sobre todo en cuestiones ecologistas y feministas, es donde más noto el avance en los últimos años. Yo la verdad es que no me quejo de los hombres que dejo que me rodeen, he tenido mucha suerte, son personas especiales que tratan de evitar las machadas que aprendieron en su casa y en la sociedad en la que vivimos; algunas veces me gustaría que fueran más espabilados, que entendieran a las personas intuitivamente, sin necesidad de palabras, que no hubiera que pedirles las cosas, que aprendieran a leer nuestros rostros, como intentaba hacer el Jacobo Deza de la última trilogía de Javier Marías. Pero no desespero, sé que aprenderán.

    Por una vez voy a hacerte caso, querido Kant, voy a comprar “Los desposeídos” y leerlo; ya veremos si aciertas con mis gustos literarios. La autora es una mujer, ¿con ese título se refiere a los hombres o es un masculino genérico? Porque como se refiera a los hombres de sexo masculino, mal empezamos. Y sí tengo acumulada mucha lectura “seria” para leer y releer.

  26. La verdad es que llama la atención el buen trato de los que escriben. No se insultan y encima se recomiendan libros, se dan ideas y encima se prometen reflexionar. Pasa lo contrario en otros blogs de nicks de energúmenos. Por eso acabé recalando aqui. Enhorabuena. Aunque no se si la cosa será tan flotentina cuando J. Serna hable del PP y Mayor Oreja!

  27. Hace tiempo que, silenciosamente, les leo. Recaí aquí por casualidad – esto es:ese cúmulo de circunstancias que nos depara tantas sorpresas, agradables o no, en la vida. Sinceramente, ¡he aprendido, aprendo, tanto de ustedes! A veces, les confienso, me siento incómoda entrando en este espacio al que nadie me invitó… una extraña sensación de ¿voyeur? Y es que, permítanme la confidencia – ustedes son prolijos a hacerlas – yo, como casi todo el mundo hoy, tengo invitaciones de amigos a sus blogs, con los que comparto intereses comunes profesionales, laborales y/o, además, amistad. Sin embargo, los frecuento poco o, al menos, de eso se me quejan. Y heme aquí, asomándome a este blog cual convidada de piedra y sin que el anfitrión o sus invitados asíduos lo sepan. Por eso he creido oportuno hacérselo saber a todos, a la par que manifestarles:
    – Mi agradecimiento, por depararme tantos gratos momentos de lectura, y tal cúmulo de conocimientos interconectados, enredados cual racimos de cerezas…
    – Mi sana envidia, porque no les llego a la suela del zapato o tapa del tacón en ellos.
    – Y, finalmente, mi asombro. Me encanta leer y estar informada. A ver, por favor, dígánme la fórmula. Yo soy una doña atareada, pero, seguro, no más que ninguno de ustedes. ¡¡¡ ¿Cómo hacen ustedes para haber tenido tiempo y seguir teniéndolo para leer tanto, peor aún, incluso releer?!!!
    Gracias de nuevo a todos y un afectuoso saludo.

  28. Ignoro quién es, pero, señora Penélope, le agradezco sus amables palabras.

  29. Señora Pavlova, mi salvación ha sido “Voltarén”, gracias de todas formas por su recomendación.

    Doña Francisca (Fuca para uds) los desposeídos de “Los desposeídos” son los desposeídos que ud puede suponer aunque no los que pueda imaginar… Se lo planteo así sólo para hacerla rabiar. ¿Le digo otra? (otra que también será de interés para doña Ana Pavlova)… “nuestro” mundo es posible… ¡Y ya he dicho demasiado! Léala, espero que la difrute

    Ah y respecto a su esperanza de que los hombres fueran “más espabilados”… en fin, desengáñese ud, la intuición es el valiosísimo patrimonio de las mujeres y la percepción una de sus cualidades más sublimes… nosotros, los hombres, ay, a duras penas alcanzamos hasta donde llegamos (gracias a la palabra) y gracias.

    ¡Cáspita, don Pedro! ¿por qué no podríamos mantener la tónica aunque se hable de ese individuo? Del PP ya hemos hablado en diversas ocasiones y nunca ha llegado la sangre al río. Yo confío en que cuando llegue el caso y asumiendo los “tics” característicos de cada uno de los contertulios por supuesto, el tema se tratará con la sensatez que creo que preside este blog. En fin, como dice ud, ya veremos…

    Doña Penélope, el “misterio Serna” (o sea, cómo es posible que este caballero se dedique con tanta fruición a tantos temas con un acierto tan envidiable) es un enigma que no sólo la deja perpleja a ud: creo que todos los contertulios vivimos pasmados en el mismo asombro.

    Tengan vuecencias una próspera semana entrante.

  30. Gracias por la aclaración, amigo Kant, ya imagino quiénes serán los desposeídos, no me di cuenta de que estábamos hablando de una obra de ciencia ficción.

    Y sí, coincido contigo, la intuición es patrimonio de las mujeres (aunque supongo que habrá algunas muy poco intuitivas), lo que no sé es por qué; si es educacional, deberíamos de contemplar esta cualidad en los jóvenes de ambos sexos, pero yo sigo viendo diferencias claras en este aspecto.

    Y cómo estamos hablando de hombres y mujeres, relacionando este tema con lo expuesto por Penélope, nuestra admiración por nuestro maestro, Justo Serna, (y por Kant y Miguel Veyrat y …), yo me pregunto, ¿sería posible que estas personas pudieran hacer tantas cosas intelectuales si fueran mujeres? Desgraciadamente, creo que no (supongo que nadie entenderá que estoy considerando inferiores a las personas de mi sexo, espero que todos entendáis lo que quiero decir sin necesidad de explicarlo con palabras).

  31. No, Fuca, te entendemos, al menos las que tenemos que parar para ir a la compra, poner la lavadora y acompañar al chico al dentista e, incluso, para pensar en qué orden hacer las cosas para tener tiempo de acostarnos un rato.

    Y la intuición… es que nos es necesaria, venimos con ella puesta como los ciegos con mayor olfato y sentido del tacto o los sordos con esas mismas cualidades más vista de lince. Debemos adivinar cuando el niño va a tener fiebre. No sé explicarlo, pero no es una fantasía. Es como ese lóbulo cerebral que se ha demostrado que los músicos tienen más desarrollado, pero generación tras generación de músicos, aunque no se estudie música, se nace con el dichoso lóbulo como Nihiski con espolón, que le permitía dar saltos portentosos, tras tres generaciones de bailarines en la familia.

  32. Les agradezco sus palabras, pero sra. Fuca, sra. Pavlova: en mi casa las tareas domésticas y familiares están repartidas entre mi señora esposa y yo. El arrocito casi diario de mi niños lo suelo preparar yo mismo, así como la cena. Repartimos la lavadora y tantas y tantas otras tareas… Ayer, aparte de hacer la ensalada de pasta y de rebozar el panga (buenísimo, sigo la receta de Arguiñano), puse la lavadora un par de veces y pasé la aspiradora al final del día. No es coña.

  33. Yo no me refería sólo a las tareas domésticas, Justo Serna, la mayoría de mis amigos las comparten con sus parejas; me refería a algo que hay dentro de las cabezas masculinas que les permite desconectar de sus problemas y ponerse a trabajar, es como un chip que no tenemos la mayoría de las mujeres; nos pasamos horas y horas pensando en qué le pasará a la gente que queremos que notamos preocupada, a nuestros alumnos que no rinden lo que debieran, a nuestros padres viejos que van perdiendo memoria…; es algo psicológico que no se muy bien explicar, es un agobio que padecemos la mayoría de las mujeres y que nos roba mucho tiempo, no sé, creo que no soy capaz de explicarlo con palabras.

  34. Desde luego, este blog es la monda, héteme aquí delatando mi condición de “hombre-que-vive-solo”… en fin… pero sí, doña Francisca, soy yo quien realizo todas las labores domésticas propias de mi condición. Ciertamente, un día a la semana agradezco el refuerzo de una trabajadora autónoma que realiza las labores más estructurales (cocina-baño) y la que considero más desagradecida, la plancha, pero el resto, aquí me tiene ud, dedicado al noble arte del hogar… ah, y yo almuerzo todos los días en mi casa, eso sí, asistido del cuadernito de cocina de mi padre, del recetario de la Sección femenina apuntado y comentado por mi madre o mi prodigiosa imaginación.

    Lo que pasa, don Justo, y a esto creo que es a lo que se refería doña Penélope (o al menos, lo que denominé “misterio Serna”), es a su facultad para estar en el blog, dar clases, asistir alumnos, escribir artículos, libros y conferencias, preparar tratados, diseñar proyectos, revisar antiguas lecturas, estar al día literario, ser un redactor considerable, un padre atento, un marido ejemplar, un ciudadano consciente, gozar de ocio y ser siempre una persona seriamente divertida… Sospecho que todos le envidiamos…

    Por otra parte, y dejando atrás los temas personales, coincido plenamente con la señora Pavlova, con la genética y con la antropología: la intuición es una cualidad intrínseca del ser humano pero que en la mujer se manifiesta de manera abrumadoramente superior. Precisamente por eso les recomendaba yo el otro día el libro de la etnopsicóloga Clarissa Pinkola Estes “Mujeres que corren con los lobos”. En dicha obra se demuestra fehacientemente cómo las mujeres preindustriales de toda la humanidad se han visto reducidas a trasladar su experiencia vital – sus aprendizajes, sus enseñanzas – a través de determinados cuentos infantiles y cómo, paralelamente, el hombre ha tratado de machacar esta faceta intuitiva femenina denigrando dicha cualidad cerebral, haciendo burla de ella o, sencillamente, ignorándola.

    A guisa de apéndice y saliéndonos ya mucho del tema “frankesteniano” que nos convocó, aunque vinculado con la condición de la mujer, remarcar el resultado de las elecciones francesas de ayer domingo. No tanto por su resultado – la cara de pavos con que comparecieron los líderes de la derecha sarkosiana nos exime de mayor comentario – como por la repercusión familiar en la vida de la señora Royal. Ya les dije, y no me lo quisieron creer, que los dos principales enemigos de doña Ségolène eran las mujeres y su propio partido. Respecto al primer punto, ya les di puntual noticia de los libelos que circulaban por Francia, escritos por mujeres, en contra suya. Ahora puedo demostrarles que de entre los “barones” del PS, su peor enemigo fue su propio compañero, señor Hollande. Y se demuestra con el resultado familiar: se separaron a petición de ella. En la socialdemocracia francesa no se está dirimiendo una cuestión política de estrategia – que el PS abandone la izquierda de manera formal y efectiva a la par que se asocie con la UDF de Bayrou, propuesta de doña Ségolène, por cierto – lo que se pone sobre el tapete es una cuestión política que atañe a la condición de mujer pues, nadie cuestiona la estrategia – salvo la izquierda del PS, claro – se cuestiona quién la propone. Les incomoda que sea una dama. Temen que sea una mujer. Les da vergüenza que algo tan obvio – o sea, que la socialdemocracia se presente ante los ciudadanos sin sus ropajes de izquierda – no se les hubiese ocurrido a ellos, todos caballeros, sino a una mujer. Esa es la cuestión y la vergüenza de nuestro género.

    Ah y ya que me voy por completo del tema, una breve más: en Alemania se consolida “Der Linke” (La Izquierda) como partido. En 2005, como coalición, sacaron 4’1 millones de votos, el 8’7% del electorado alemán, obteniendo 54 escaños en el complicado acceso al Parlamento alemán. Con un planteamiento económico neokeynesiano y social, socialista (no socialdemócrata), veremos qué futuro se fragua en el motor de Europa.

  35. ¡¡¡¡Vaya!!!! Ya se produjo el típico cruce. Cuando mandé la mía apareció la suya, doña Francisca y, en este caso, para demostrar su aseveración que confirma la señora Pavlova: a los hombres se nos han de decir las cosas explícitamente. Somos como el abogado de la película “Filadelfia” cuando pedía a sus clientes que se lo explicasen todo como si tuviera “cinco años”. El señor Serna y yo interpretamos lo mismo… y, claro, cuando ud explica a qué se refería se nos pone cara de meros – al menos a mí – y decimos – al menos yo – “¡ah, bueno!, era eso… sí, sí… es verdad, tienes razón…”… pero el mal ya está hecho. Ud ha tenido que verbalizar lo que esperaba que yo – hombre – debería haber sabido. Y como no lo he hecho, ha experimentado una leve, pequeña, minúscula, imperceptible pero real, frustración. Malo. Damos un paso, vale, aunque sea apenas un pasito, un “pasisillo” hacia la desintegración.

    No creo que sea una buena receta. Es como esperar peras del olmo. Si estamos de acuerdo en dar por sentada la superior sensibilidad femenina ¿porqué nos empeñamos en esperar que dicha cualidad la disfruten los hombres? Es que no la tenemos. Estamos, ahora, en esta generación, en Europa, comenzando a ejercitarla. Uds, mujeres, llevan millones de años con ella… ¡un poco de compasión!… al menos para los que queremos cambiar o los que estamos aún en un “cambio incompleto”.

    Y, en concreto, respecto a lo que dice… en este caso, no tiene nada que explicar con palabras, ¿cómo negarle la evidencia? Claro que es así, pareciera que la trama neuronal masculina, sencilla, pétrea, con apenas “un par” de conexiones, se conectara o cambiase de conexión con facilidad precisamente por su simplicidad; en cambio, la femenina, compleja, repleta de reverberaciones y conexiones estables, tuviese una especial dificultad para conectarse y desconectarse, consecuentemente a su estructura fluida. Es el precio de gozar de un cerebro complejo y tener que compartirlo, convivirlo, con otro tan elemental. Eso es lo que tenemos que corregir por eso es por lo que los hombres nos hemos de esforzar, por eso es que necesitamos de su comprensión.

  36. Bueno, bueno, bueno. Aquí me tienen, en un rápido asomo matutino a su balcón y constato lo que les decía en mi primera intervención: lo de las cerezas y lo de las confidencias entre ustedes – cálido signo de complicidades no explícitas entre contertulios, sin duda- . Y es que aunque el post fuese de «Releer ‘Frankenstein’», miren por dónde está eslorando… aunque no en vano se ha citado a Mary Wollstonecraft !!!

    «Es el precio de gozar de un cerebro complejo y tener que compartirlo, convivirlo, con otro tan elemental. Eso es lo que tenemos que corregir por eso es por lo que los hombres nos hemos de esforzar, por eso es que necesitamos de su comprensión»

    Esta frase, expresada por quien comparte la confidencia de “hombre-que-vive-solo”… abre varias interrogantes:
    – Quienes así viven, ¿han desistido ya de esforzarse ? Es más, armados como están de un bagaje intelectual considerable, que cultivan con esmero (porque quieren y… pueden), ¿de qué les sirve si aún lo consideran un esfuerzo continuo de horizonte improbable?
    – Las mujeres, ¿tenemos que pagar ese precio a cambio de?, ¿ les hemos de dar un cheque de comprensión en blanco y sin fecha?
    Buena mañana tengan ustedes.

  37. Hay algunas cuestiones que no entiendo bien, lo de la trama neuronal masculina de la que habla Kant, la pregunta de Penélope sobre el esfuerzo de los hombres que viven solos…, pero ya Justo Serna nos invita a participar en otro debate, así que dejaremos el asunto para otra ocasión.

    Ps. (Para Kant) Para entender algunas cosas no se necesitan palabras, dices que te delatas explicando lo de hombre-que-vive-solo, yo lo intuía desde hace bastante tiempo sin necesidad de que lo verbalizaras.

  38. Doña Penélope, esas esloras son bastante comunes en este “blog”. El señor Serna nos lo permite y a nosotros nos parece muy bien. Es un sinuoso discurrir de ideas que, la verdad, se agradece, ¿no cree ud?

    Aunque me sumo a la propuesta de doña Francisca (Fuca, para uds… es una vieja historia que no sé si conoce, doña Penélope…) de que este tema está comenzando a dejar de ser una derivación del tema central del “post” para pasar a tener entidad propia para centralizar otro (en las manos del “magíster” del “blog” lo confiamos), le responderé, aunque sea telegráficamente, sus preguntas:

    1) No. Quienes así viven y quienes así no viven, o se siguen esforzando o deberían continuar esforzándose.

    2) El esfuerzo continuado, aun con una meta lejana, incluso improbable pero real, no utópica, es señal de perseverancia y la perseverancia es una cualidad humana que nos identifica como especie inteligente. Yo perseveraré. Y cualquier persona inteligente, tambien.

    3) Las mujeres, ya que veo que aplica el principio del “homo aeconomicus”, deberían considerar que el precio a pagar convierte el producto final que adquieran – o sea, un hombre sensato – es bastante más rentable que el de mantener la situación actual – en Occidente – y el evidente retroceso experimentado en el resto del mundo. En resumidas cuentas, o las mujeres nos enseñan a los hombres a mejorarnos u otros hombres involucionarán lo progresado hasta ahora. El precio, creo que nos vale la pena a todos, hombres y mujeres.

    4) Nadie habla de un cheque en blanco, estoy hablando de aprendizaje y, como no desconocerá ud, los procesos de aceptación de nuevos paradigmas culturales es una labor generacional. Espero que no caigamos en infantilismos de “impaciencia revolucionaria”. Las cosas son como son, no como nos gustaría que fuesen… ¡ya!

    Tenga ud también muy buena mañana.

    Doña Francisca: lo de la trama neuronal masculina es, obviamente, un exceso por mi parte, lo que los franceses llaman una “boutade”. Los cerebros de los humanos, sean del género que sean, cuentan con el mismo número de neuronas. No se trataba tanto del hecho fisiológico como de la metáfora… ¡y dale, con las metáforas!

    Respecto a la segunda idea que me traslada, bien, sólo viene a confirmar mis argumentos: ud como mujer podía intuir cómo vivía yo (independientemente de que en alguna ocasión he hablado del inmenso cenobio en el que vivo) y yo, en cambio, soy incapaz de albergar la más mínima imagen intuitiva de su vida, en todo caso, puedo deducir, inducir… pero percibir, nunca. Así somos…

  39. […] incomoda, desestructura el yo frágil de quien sobrevive como puede. Pienso en la criatura de Frankenstein, por supuesto. Él, que era de identidad prístina, incontaminada, acaba viéndose así:  como un […]

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