1. Resulta muy incómodo criticar a Jaime Mayor Oreja: por su condición y por su ejecutoria. Mayor Oreja es un antiguo ministro del Interior: en principio, que un ciudadano corriente, un simple lector por más señas, crea estar a su altura para reprenderle puede tener algo de ridículo. Mayor Oreja es, además, alguien que lleva años custodiado por guardaespaldas que lo protegen para evitar su muerte: en principio, que un ciudadano corriente, un profesor por más señas, le regañe estando confortablemente instalado en Valencia puede tener algo de grotesco. Vaya por delante, pues, mi incomodidad. Pero ese hecho no me puede hacer callar, porque lo que yo juzgo no es una persona ni su ejecutoria, sino ciertas ideas de un libro que acabo de leer y que firman Jaime Mayor Oreja y César Alonso de los Ríos, un libro de título enfático, retador: Esta gran nación (LibrosLibres). Ese rótulo tan rotundo lo vemos en una cubierta, que tiene la fotografía de un Mayor Oreja cuyo torso se difumina. No hay otro motivo o ilustración que sirva de reclamo: es el rostro del político lo que atrae, interesa o repele, correctamente vestido.
¿Se trata de una biografía, tal vez? No, el volumen recoge unas conversaciones del ex ministro con el periodista César Alonso de los Ríos y su fin es circunstancial, instrumental: salvo algún breve apunte biográfico (del que hablaremos), todas sus páginas se dedican a justificar su ejecutoria ministerial, sus actuales ideas políticas. Es una obra pensada para un contexto determinado de gran convulsión, un contexto en el que el Partido Popular ha hecho una oposición movilizadora y extrema. Tal vez por eso, la presentación en sociedad de este libro ha sido recogido por los medios: con dicho acto se vuelve a escenificar esa oposición. Lo curioso es que el espectáculo se daba poco después de esa reunión de la Moncloa en que Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy acordaban enfriar la diatriba antiterrorista.
2. Tomemos dos ejemplos de la prensa. Del tratamiento dado por la prensa: lo dicho de ese acto por el diario Abc y lo dicho por El País. Puede ser significativo. En el caso de Abc, el protagonismo se lo lleva José María Aznar, que aprovecha su presencia en la mesa de presentación para criticar la “frivolidad temeraria de estos aprendices de brujo”, refiriéndose a Rodríguez Zapatero. Así rotula Cristina de la Hoz su crónica en Abc: “La frivolidad temeraria de Zapatero”. El diario Abc explicita el título del volumen y la editorial, subrayando que el coautor del libro es César Alonso de los Ríos: colaborador del diario, uno de sus columnistas. La crónica del acto deja en muy según plano a este articulista del periódico (como refleja la fotografía del acto, con el periodista casi pillado de milagro). Pero, bien mirado, también Mayor Oreja se desvanece en la instantánea de Ángel de Antonio (que no veo en la edición digital de Abc): como lo importante es lo dicho por Aznar (copresentador con Mariano Rajoy del volumen), el lector no sabrá cuáles son los contenidos aproximados de la obra. No hay en la crónica referencia alguna a sus páginas, dato revelador del valor doctrinal que la cronista da a esta reflexión hecha a dos voces. En realidad, el libro es una excusa para esta reportera… ¿y para los autores? Parece como si de lo que se tratara es de recrear constantemente un combate en el que un volumen se presenta sin que sus contenidos parezcan importar gran cosa. ¿Y lo dicho por Rajoy? Su intervención es muy secundaria, comparada con la andanada de Aznar…
¿Qué leemos en el diario El País? ¿Qué dicen sus reporteros del acto de presentación? Carlos E. Cué hace crónica del acto evitando cuidadosamente aludir al título del volumen a la vez que asocia por contagio, por vecindad, ese hecho a la intervención de Mariano Rajoy en La COPE, en el programa de Federico Jiménez Losantos. Es decir, la página de El País tiene dos noticias dominantes firmadas por la misma persona. Por un lado, C. E. C. titula: “Rajoy recupera los reproches a Zapatero y anuncia que usará a ETA en campaña”. Con ello, destaca la incoherencia (presunta o real) en la que incurre Mariano Rajoy tras la entrevista en La Moncloa. O, mejor, muestra la dependencia del líder del PP: Jiménez Losantos le marcaría el programa, más o menos radical. Por otro, Carlos E. Cué alude a la presentación del libro de Mayor Oreja sin que el volumen que motiva el acto aparezca mencionado expresamente, con su rótulo. Tampoco la editorial es mencionada. Todo ello, además, ilustrado con una fotografía de la presentación en la que veíamos a un Aznar desternillándose, a un Mayor Oreja riendo a mandíbula batiente y a un Rajoy que esboza una mueca entre tímida e incómoda. Vale decir: el lector de El País queda en la inopia, ignorante absolutamente de qué se presenta, de cuál es la obra y qué papel representa Mariano Rajoy.
3. Pero no es esto lo que más interesa. Lo que motiva mi escrito es el contenido del libro, cosa de la que ni Abc ni El País dan pista alguna. O, mejor, lo que provoca esta entrada del blog es un sesgo del político vasco que me llama especialmente la atención. Lo que me sorprende no es lo que dice del terrorismo (asunto sobre el que no tengo competencia, fuera de mi condena), sino lo que sostiene de las creencias. Repito: no es una tesis o un razonamiento aquello que me inquieta. Lo que, de verdad, me preocupa es lo que el ex ministro señala a propósito de las confesiones. Al ser creyente fervoroso desde joven, un creyente de Misa diaria, Mayor Oreja juzga la militancia religiosa como el antídoto de la barbarie o como la cura del relativismo. Cuando niño creyó haber vivido en un paraíso (donostiarra) que después se fracturó: por eso, juzga la restauración de la gran nación española como el remedio de esa pérdida. Es decir, confunde el paraíso de la infancia –algo que siempre acaba por desaparecer— con un País Vasco sin problema, un País Vasco que, en todo caso, era el de su niñez bajo el franquismo: el de 1958, por ejemplo.
El volumen tiene errores expresivos notables, fruto –quizá— de la precipitación: errores que hay que achacar al periodista, ese interlocutor al que no podemos consentir deslices o gazapos. En algún momento se afirma que la conversación se está desarrollando en febrero de 2007, pero hay indicios de que estas palabras se han completado después, tal vez con prisas, cosa que justificaría repeticiones y olvidos sintácticos. El interlocutor de Mayor Oreja es un periodista de Abc –ya lo sabemos— pero además es un antiguo militante de izquierdas que dejó de serlo. No lo digo como acusación, sino como dato de hecho, algo que puede ignorar un lector que, sin haberle seguido la pista, llegue a este volumen. ¿Deberá pedir perdón toda su vida por haber sido comunista? Por supuesto que no, pero tampoco deberá hacernos padecer con sus desazones.
Por eso, noto en Alonso de los Ríos irritación, malestar: tal vez algo de animosidad hacia lo que fue. Por eso, no extrañará que el periodista saque de Mayor Oreja al conservador más profundo, al creyente que deplora el relativismo, el ateísmo; al “hombre de principios” que profesa el amor a la nación y a la familia como elementos de la libertad, meta que asocia a esta gran nación llamada España. Frente a tanto político descreído, Mayor Oreja es el católico militante, alguien que no renuncia a defender sus ideas con contundencia y que por tanto se enfrenta a quienes las niegan, haciendo una aleación indisoluble entre catolicismo y españolismo. Es curiosa esa forma de razonar: o te profesas católico y español o te arriesgas a que te condenen por relativista.
Creo que el político vasco tiene todo el derecho a mezclar ambas cosas, catolicismo y españolismo, si así lo juzga pertinente; creo que tiene todo el derecho a sostener una idea nacional, fuerte y homogénea, de España, una España basada en estos principios de inspiración religiosa. Pero quizá debería aceptar como opinables varias cosas que no coinciden con su credo. Para empezar, hay católicos vascos que no se consideran españoles sin que por esto debamos forzarles a sentir o experimentar lo que no quieren ni desean. ¿Qué podemos hacer con ellos? ¿Los echamos al mar? Por lo que sabemos hay un cierto número de radicales del abertzalismo que desean hacer eso con los vascos que se sienten españoles. Habrá que evitar que lo logren.
Y hablando de esto: hay vascos y españoles que no se plantean la libertad como asunto prioritario, a pesar de tener muy claras sus respectivas ideas de nación. Por tanto, reverenciar la nación (la que sea) no es garantía de amar la libertad. Por otra parte, hay vascos que admiten ser españoles sin abrazar el catolicismo, cosa que a Mayor Oreja quizá le parezca improbable o raro. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Los condenamos al Infierno? Lamentablemente hay muchos vascos que ya viven en el infierno cotidiano, sean o no católicos, sean o no del PP. Habrá que acabar con esta situación sin renunciar a los principios legales. Pero habrá que hacerlo sin forzar a nadie a creer en lo que no está obligado a creer.
Seguimos: hay españoles que sin declarar a cada momento su amor a esta gran nación llamada España esperan y desean organizar la convivencia en libertad. ¿Qué son? ¿Españoles equivocados, compatriotas relativistas? Y hay, en fin, nacionalistas vascos que no comparten el ideario español sin por ello ser exactamente delincuentes. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Los adoctrinamos a ver si cambian? ¿Nos dejamos convencer? Según Mayor Oreja, el PNV –un partido en el que abundan los católicos vascos– es una organización inaprovechable para la democracia española. Sostenga lo que sostenga, leo en Esta gran nación, no hay nada que hacer o que tratar con ellos. Imagino que Mayor Oreja es sincero cuando defiende ese maximalismo, pero es una posición estratégica que ha sido derrotada ampliamente.»Como las elecciones de 2001 pusieron de manifiesto», nos recuerda Santos Juliá, «en Euskadi nada puede consolidarse contra el PNV». Más aún, «hoy, el lenguaje directo y la actitud firme del presidente del PNV ofrece una oportunidad para un nuevo comienzo en el que se impliquen, con los dos partidos de ámbito estatal, los nacionalistas vascos y, de rechazo, los catalanes, además de las izquierdas unidas que andan por ahí desperdigadas», concluía Juliá.
Desde las posiciones militantemente credencialistas de Mayor Oreja, es díficil hablar con esos adversarios con quienes estamos obligados a tratar. ¿Qué hacer? La solución no es la militancia confesional que reduce ideológicamente al contrario. Tampoco es la afirmación de la identidad única frente a quien no la comparte. «Estamos condenados a relacionarnos; no a entendernos», dice Andrés Ortega al final de su último libro (La fuerza de los pocos). No es mala cosa. Yo, de momento, sigo sin ser creyente… Lo que no sé es si me entiendo.


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