0.
No demos nada por supuesto. No demos nada por sabido. Cuando uno analiza un objeto evidente o un objeto difícil, hay que desfamiliarizarse, evitando la tentadora evidencia. Claro, eso tiene el riesgo de la pesadez pedagógica. Permítanme algún didactismo para centrar la discusión, el posible objeto de debate. Permítanmelo hacerlo, además, con la pesada prosa del institucionalismo. Perdónenme estas verdades de Perogrullo.
.
1. Un partido político es una organización cuyo fin es gobernar: acceder a los puestos de responsabilidad institucionales en que se toman las decisiones. Las decisiones son las leyes, las normativas, los reglamentos, los códigos, etcétera, que rigen las acciones y las relaciones de los ciudadanos. Como vivimos en una sociedad que precisa del orden, el orden de los individuos es el marco posible de sus actos. Hay cosas que pueden hacerse y cosas que no pueden hacerse; cosas que se pueden hacer en la esfera privada y cosas que no se pueden hacer en la esfera pública. La distinción entre lo público y lo privado es constitucional, es fundacional en nuestra sociedad. Lo político, todo lo que forma parte del sistema político, es propiamente público. En principio, lo público es lo que a todos pertenece y lo que puede mostrarse, lo que no está sometido a secreto o a reserva, como precisó Georg Simmel. Lo privado es el acuerdo entre particulares, sus convenios; en cambio, lo reservado es aquello que no debe ser visto u observado sin la autorización del individuo o de los individuos relacionados. En principio, lo privado es lo particular, pero sobre todo es lo individual. Ahora bien, los individuos emprenden acciones, pero no todas las acciones son privadas: no todas puede permanecer al margen del control público. Los partidos políticos son instituciones públicas. Tratan de los asuntos generales, tratan de los intereses generales y tratan de establecer las normas que protegen lo privado y los códigos que salvaguardan lo público. Para lograrlo han de acceder al poder. El poder es la capacidad que se tiene para obligar a hacer algo, indicaba Max Weber.
En principio, todos los recursos del partido se orientan a tal fin: la obtención del poder. ¿Y cuáles son esos recursos? En primer lugar, sus militantes, el número mayor o menor de personas que integran la organización. En segundo lugar, sus pertenencias (sedes, bienes materiales, etcétera), una suerte de patrimonio material con que hacer frente a sus reuniones, a sus obligaciones. A la vez, un partido político es, en sí mismo, un recurso de la democracia, un instrumento del sistema. Como la mayoría de los ciudadanos suelen desentenderse del esfuerzo político, la democracia representativa funciona por delegación: funciona gracias a los partidos, instituciones reconocidas que compiten entre sí para lograr el mayor número de representantes en el Parlamento. Es allí en donde se tramitan las leyes que luego regirán y darán cauce a las acciones de los ciudadanos.
Los partidos políticos, sus federaciones regionales y sus organizaciones locales tienen congresos. En esas convenciones, los participantes aprueban o desaprueban ponencias, eligen a sus dirigentes o revocan a los anteriores, idean proyectos y, cuando la ocasión lo merece o lo exige, cambian sus estatutos internos. Un partido político es un agregado de intereses, una organización que dice representar los intereses de una parte o de la totalidad de la población. Intereses son objetivos que alguien se propone alcanzar, pero son también las ventajas ya logradas, ya consolidadas. Los partidos se ofrecen a la sociedad para representar esos objetivos y esas ventajas. Como resulta que el sistema político democrático es un régimen representativo, unos toman las decisiones políticas, pero es la mayoría la que elige a quienes elaborarán las leyes. Las leyes son el reconocimiento de esos intereses: los objetivos y las metas a que tienen derecho los ciudadanos de un Estado.
En sociología al sector que constituye el partido se le llama in-group; a quienes son ajenos, externos o incluso hostiles a la organización se les ve como out-group. En principio, los miembros de un partido comparten los mismos intereses frente al out-group. Un partido es una asociación, en el sentido que le diera Ferdinand Tönnies a esta palabra: un agregado humano en el que los individuos están relacionados por vínculos secundarios. Uno participa en un partido… Pero entre los miembros de dicha organización tienden a crearse redes de cohesión, vínculos que estrechan sus relaciones: se identifican con el mismo partido, se hacen solidarios de sus triunfos y de sus fracasos y emprenden, como organización, una acción colectiva. Por eso decimos que pertenecemos a un partido, como si de una comunidad se tratara: un agregado en la que sus integrantes estrechan vínculos primarios. Ahora bien, más allá de la cohesión frente a los externos, los militantes pueden enfrentarse por los diferentes intereses con que internamente se oponen. El Gobierno que emana del Parlamento está fuera de la organización, pero el poder empieza en cuanto hay diferentes individuos que han de repartirse un recurso escaso. Y escaso es el poder de decidir sobre miembros y sobre pertenencias, sobre logros futuros.
.
.
2. El partido y la democracia interna. «La democracia directa dentro de los partidos es en principio atractiva para los demócratas, pero no deberíamos ignorar algunas de las consecuencias no intencionadas, a veces disfuncionales, y curiosamente no anticipadas (por muchos de sus defensores) (…). En lugar de ser arenas para los debates internos entre las elites del partido de nivel medio que conocen a los candidatos, [los congresos de los partidos] se han convertido en la vitrina del partido, una oportunidad para la expresión pública de solidaridad y unidad, un lugar prominente para los discursos de notables, líderes de partidos amigos e incluso líderes extranjeros. El resultado es un calendario apretado y bien planificado con anticipación que impide el lento trabajo de los comités y los debates prologados, que podrían desorganizar tan apretado horario. El resultado final es que lo que originalmente había sido una convención deliberativa se ha convertido en un evento mediático», Juan J. Linz, en Partidos políticos. Viejos conceptos y nuevos retos (2007).
.
.
3. El liderazgo. El Partit Socialista del País Valencià y el Partit Popular de la Comunitat Valenciana tienen dos próximos, dos inminentes, congresos. Los debates congresuales y precongresuales pueden acabar como señala Juan J. Linz (a la búlgara) o pueden provocar, de verdad, debates democráticos. Lo mediático no es, por definición, el antónimo de lo democrático: precisamente porque los posibles manejos antidemocráticos, la marginación del contrario o su ninguneo, se suelen hacer antes de que las cámaras lleguen: antes de que el congreso resuelva al trote la elección de sus dirigentes. Por otro lado, el objetivo de la televisión registra lo que los partidos imponen, lo que la jerarquía de la organización establece como noticiable. Aunque eso limita nuestro derecho a ver y a saber, no es exactamente una tiranía audiovisual: imaginemos a unos cámaras sectarios filmando congresos de partidos rivales para un telediario hostil. Pero, claro, que tal situación pueda darse no justifica el freno democrático interno…
.
El mejor y análisis del liderazgo en un partido sigue siendo el estudio que Robert Michels publicara a comienzos del siglo XX: Los partidos políticos. Un estudio sociológico de las tendencias oligárquicas de la democracia moderna. Es polémico, discutible, angustioso. Lo leí, hace ya bastantes años por razones académicas. Cuando estaba desentrañando sus páginas debía frenarme una y otra vez para evitar toda analogía precipitada: era la época del dominio parlamentario del PSOE, la época en que convivían guerristas y felipistas, y yo veía semejanzas escandalosas entre la oligarquización de partido socialista español y el partido socialdemócrata alemán (que era lo que estudiaba, básicamente, Michels). Son épocas distintas, me decía. Son organizaciones diferentes, me insistía. Pero Michels no estudiaba un partido en contexto histórico: su propósito era, más bien, elaborar una teoría general de la oligarquía partidista, una tesis sobre la inevitabilidad de ese desenlace. Michels no tomaba una organización conservadora o de notables. Tomaba un partido moderno, integrador, entre cuyos propósitos estaba la ampliación de los derechos, el logro de los derechos políticos. El partido de masas está concebido como un instrumento de participación, de incorporación de la población anteriormente excluida, de integración de las ciudadanía con derechos. Eso leía yo en mis páginas de Michels. Ahora bien, el resultado era distinto. Lejos de ser una institución democrática, decía Michels, frena internamente la participación igualitaria y las libertades, las restringe.
.
¿Por qué razón? Por la necesidad del liderazgo: ante la imposibilidad de la democracia directa, ante la imposibilidad de hacer efectiva la voluntad general, se impone la delegación. Pero sobre todo se impone la selección de un líder que reúna cualidades carismáticas, capaz de imponerse de manera determinante, resolutiva: un líder, además, que sepa contrarrestar a quienes puedan hacerle sombra, a quienes se le opongan. El dirigente se forja en competencia, en un conflicto de suma cero, pero los congresos no son necesariamente el teatro de operaciones o el campo de batalla. En todo caso son la representación final, ya que el líder vencedor será aquel que haya sabido concitar previamente apoyos de militantes pero sobre todo de otros que le eran rivales. En un partido político siempre hay dirigentes potenciales: aquellos que ocupan puestos de responsabilidad tienen un aval simbólico y efectivo del que servirse. El líder que consiga sus objetivos ha de aunar o persuadir a la militancia, ha de dar cohesión a los integrantes de la organización, ha de lograr los apoyos de las otras instituciones intrapartidistas, pero sobre todo ha de ser un político que se extienda, que cautive a ciudadanos no afiliados. El partido de masas necesita ensanchar su influencia, precisamente para ganar elecciones. Hay dos opciones: o se convierte en partido totalitario que encuadra al conjunto de la población, que es lo característico del fascismo; o se convierte en partido catch-all (lo que en otro post llamábamos partido ómnibus), que es lo propio del sistema democrático.
.
Pero el problema del liderazgo en época de Michels es ahora, en nuestro tiempo, más complejo. Este autor, que procedía de la socialdemocracia, simpatizó finalmente con el fascismo: ya que el partido de masas no puede ser democrático, hagámonos fascistas para así reforzar el liderazgo inevitable y carismático. El resultado de esa vía, ya lo sabemos, es desastroso: todo movimiento que espera sobrepasar la forma partido, que espera llegar a la democracia sin partidos, suele producir consecuencias pertubadoras, destructivas. El partido es un forma muy imperfecta, cierto, pero es una institución de la que no podemos desprendernos. Ahora bien, el partido y el liderazgo actuales juegan –porque la competición política es un juego con reglas– en un espacio público mediatizado: con los mass media presentes e interfiriendo, agrandando los efectos de las luchas intestinas, patrocinando a este o a aquel candidato. Por tanto, el partido ómnibus, que pretende conducir a todos los viajeros potenciales a un mismo destino, discurre por un camino que le marcan los medios de comunicación, un camino empedrado con señuelos. Eso introduce elementos contradictorios. Si a esto añadimos la voluntad de permanencia (usualmente un dirigente no se retira o quiere mantener su influencia), entonces comprenderemos mejor la situación tan conflictiva a que puede conducir la renovación del liderazgo.
.
Uf, qué cosas: sigo pesadamente académico y sigo sin ver respuesta a nuestras incertidumbres…
.
——————————————–
Variedades
Políticos retirados
Àngel Duarte propone la lectura de los clásicos para políticos retirados. ¿La lectura de los clásicos? Qué bella proposición. Pero, claro, impracticable. Un lector cuidadoso exige tiempo, demora, selección y un puntico de desorden. Tengo la impresión de que hay numerosos políticos que se han habituado a leer ordenadamente el dossier de prensa que sus asesores les han preparado y… poco más. Dice Vargas Llosa en El pez en el agua que cuando estaba en campaña electoral acostumbraba a leer poesía al final de la jornada: una forma de mantenerse en forma. Ésa es la clave: mantenerse en forma.
Hace un par de años, yo acudía diariamente a un gimnasio. Para estar en forma, precisamente: jamás conseguí gran músculo… Allí me encontraba a políticos autonómicos y nacionales, preferentemente en activo, un repertorio de la nueva clase emergente local. Algunos de los presentes leían dossieres fotocopiados. Hubo un día en que quedé impresionado: descubrí a don Eduardo Zaplana Hernández-Soro corriendo sobre la cinta. Yo leía novelitas mientras pedaleaba aupado a una bicicleta estática; el sr. Zaplana daba unas zancadas impresionantes, a gran velocidad, atendiendo incluso las llamadas telefónicas. Estuvo, por supuesto, más de una hora imprimiéndole mucho ritmo a su carrera. Parecía un atleta de veintitantos, sí. Hasta tal punto corría que llegó a darme vértigo su velocidad. Yo, como soy de gran corazón, empecé a temer por el suyo: por su corazón, me refiero.
Ah, qué cosas. ¿Qué hará, ahora, don Eduardo? ¿Cómo llevará sus rutinas y ciclos, sus pesas y medidas? ¿Estará atendiendo a Telefónica?

Deja un comentario