John Le Carré.
Días atrás, en una nota de la Agencia EFE leí una información muy interesante que procedía de The Times. «El escritor británico John Le Carré, cuyo verdadero nombre es David Cornwell, admite que estuvo tentado de pasarse a la Unión Soviética cuando trabajó como espía para el Gobierno del Reino Unido durante la Guerra Fría». Así empezaba dicha nota (que sintetizaba las declaraciones del escritor), según pude completar en El Mundo. No aparecía en «Internacional»: se insertaba en la sección de «Cultura». ¿Se detallaban las razones de dicha tentación? En realidad, no fue una atracción ideológica de John Le Carré, antiguo espía del MI6, sino mera curiosidad: «la curiosidad de saber qué había al otro lado del Telón de Acero», precisaba. «Cuando espías intensamente y te acercas más y más a la frontera… parece un paso tan pequeño… para, ya sabes, averiguar todo lo demás», añadía. Por lo que sé, nadie ha comentado esas declaraciones: nadie ha escrito sobre esa tentación.
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Tentación. Genéricamente, una tentación es aquel estímulo que nos fuerza a desear algo. En lenguaje religioso, la tentación es una inducción pecaminosa del diablo. Son acepciones parejas pero no idénticas. En el primer caso alude a la propensión interior; en el segundo se refiere a una inducción externa. En el primer caso, el deseo es propio, lo que nos apetece conocer o poseer; en el segundo, el deseo es provocado externamente por un agente seductor: por el diablo, en concreto. Soy persona morigerada, pero confieso caer frecuentemente en la tentación: en el deseo bibliográfico y mercantil, por ejemplo. Así, el libro y ése y ése y ése que parecen reclamarme desde el estante de novedades son fantasías internas: imagino cosas con ellos, nuevos saberes o placeres. Intelectuales, claro: no se me asusten. Para frenarme, para contener mi deseo compulsivo me digo: sólo compraré aquel volumen que esté dispuesto a leer efectivamente (que no necesariamente de inmediato). Así consigo descartar muchos que sé que jamás leeré o leería. Con todo, el desembolso sigue siendo notable para mi presupuesto. Soy yo el que se abandona, pues. Pero caigo en la tentación también en el sentido de hacer algo pecaminoso: aquel volumen vence mi escasa resistencia y me tienta precisamente: es como un fruto prohibido que me deleita culpablemente, con las artes del demonio. Hay algo en ese libro que lo hace inútil, que no se justifica académicamente: algo que lo convierte en puro placer, dispendio del alma. Queda en el alma, precisamente, un regusto amargo por el desembolso injustificado. Uno se sabe condenado.
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El espía que surgió del frío. Recuerdo cuando leí por primera vez El espía que surgió del frío (1963). Hace de esto muchos años, cuando las novelas de los Servicios Secretos estaban en candelero, cuando la Guerra Fría justificaba estas ficciones posibles, casi naturalistas. Los libros de John Le Carré fueron para mí una tentación frecuente, un modo de aventurarme y de franquear esas barreras. El choque militar-industrial de ambas potencias me resultaba terrorífico y fascinante: en el fondo con una inverosimilitud muy consoladora y fantasiosa, inconcebible. Tanto era el miedo que nos despertaban la amenaza nuclear, el despliegue de los misiles, la arrogancia pretoriana de la URSS y la eficacia del espionaje centroeuropeo (alemán, concretamente), que crecí temeroso y fascinado: sí, crecí convencido de la superioridad de los Estados Unidos, pero sospechando la capacidad fastuosa de la Unión Soviética, una capacidad que se tenía reservada para finalmente mostrar algún día todo su poderío. Al otro lado del Telón de Acero estaba el mal –eso aprendíamos–, pero el mal siempre tiene algo de persuasivo, algo de atractivo. Contrariamente a lo que pensamos, el miedo no siempre es un repelente: en ocasiones nos seduce con una fuerza poderosa. John Le Carré no era un traidor como Kim Philby, agente del MI6 al servicio del KGB. Entonces…, si no era traición ni simpatía ideológica, ¿qué le pudo atraer a Le Carré? El propio miedo, sin duda: el vértigo que nos produce lo que nos pone en riesgo, el cosquilleo que nos provoca la proximidad del abismo, esa curiosidad, en fin, que nos imanta.
Franscico Veiga, Enrique U. Da Cal y Àngel Duarte publicaron hace años una útil y documentada historia de la Guerra Fría que he empleado en mis clases. ¿Su rótulo? La paz simulada. En realidad, deberían haberla titulado Miedo. Cuando llegamos a ese enigma que es un bloque gris, armado y colectivizado, cuando llegamos a ese misterio que fue la URSS, los estudiantes despiertan de la modorra que mis clases puedan provocarles. Todo conflicto a gran escala les atrae y más si el embate se da entre dos modelos de sociedad, dos concepciones de lo real, dos simplificaciones del orden que se oponen, que se definen en negativo, que satanizan al adversario. En un lado se creía en una cosa (en Dios, por ejemplo) y en el otro…, pues en el otro algo bien distinto. Releo este pasaje de El espía que surgió del frío:
«Después, esa noche, volvieron a hablar de ello. Leamas lo planteó; le preguntó si era religiosa.
–Me has entendido mal –dijo–, al revés. Yo no creo en Dios.
–Entonces ¿en qué crees?
–En la historia.
Él la miró un momento con asombro, y luego se echó a reír.
–Ah, Liz…, ¡ah, no! ¿No serás una maldita comunista?
Ella asintió con la cabeza ruborizándose como una niña ante las risas de Leamas, irritada y alivida de que a él no le importara.
Esa noche le retuvo y se hicieron amantes».
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Yo no creo en la historia. En ese pasaje de El espía que s
urgió del frío que hemos reproducido , Liz confiesa creer en la historia. Nada menos. Reparen en la circunstancia. Leamas está interrogando con secreto deseo y con escepticismo a esa bella mujer. Ante la pregunta sobre aquello en lo que cree, Liz responde. «En la historia», indicio suficiente para que Leamas concluya: «Ah, Liz…, ¡ah, no! ¿No serás una maldita comunista?».
Esa maldita comunista es creyente, en efecto. Padece un mal diagnosticable: teología secularizada. Sustituye a Dios o a los Dioses por otra entidad también salvífica y evanescente: el tiempo que todo lo sana. Pero no es la suya una fatalidad de quien nada hace. Confía en que la historia le dé la razón; confía en que su intervención humana, propiamente humana, coadyuve. No es simplemente un optimismo transformador, sino creencia secular en una humanidad irredenta. Escribe Miguel Veyrat. Admite creer en ello: Yo, como Liz, también creo sólo en la historia, dice. No, no es posible. Si es así, si cree en la historia, entonces contradice lo que su poesía diagnostica sin esperanza. No es posible: yo la he leído sin compensación, sin reparación venidera…
Liz, por su parte, ha depositado su esperanza en el proceso, en el devenir, convirtiendo la flecha del progreso en el curso de su realización. Algunos viejos ilustrados del Ochocientos creyeron también en un progreso cuyo fin era un estadio postrero de felicidad universal. Esa idea –una etapa final de felicidad– es un calco del reino de Dios, es una nostálgica recuperación del Edén al que regresaríamos después de una eternidad de pena y pecado. Es ésta una esperanza que ha provocado graves consecuencias en el siglo XX: todo tipo de ortopedias con que enderezar el fuste torcido de la humanidad, que diría Isaiah Berlin.
Inculcar creencias es predisponer al alma para confiar en lo venidero, para sacrificar lo presente, para justificar lo irremediable o presuntamente irremediable. Un futuro más o menos lejano aliviará todos los males que hoy padecemos y justificará el curso de los acontecimientos, acontecimientos sobre los que intervendríamos para abreviar ese tiempo de espera. Todo ello, asumido y realizado con mayor o menor rigorismo, con mayor o menor severidad. En cambio, tener tentaciones es algo más prosaico y llevadero: es algo humano, demasiado humano. Es cargar con el pecado sin esperanza de redención. Es confirmar que los dones son presentes. Pero el presente dura: estamos obligados a cargar con las consecuencias de la acción y… de la inacción.
¿Banal, decepcionante? Perdonen este final sin poesía (iba a decir: este final sin esperanza). O no, no tengo por qué disculparme: hay poesía sin esperanza.
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«Solo, regresa a Oriente en gran noche».
(Vicente Aleixandre, In Memoriam)
Oh muerte, ficción del tiempo
Que galopa hacia adelante
¿Cómo volver tu flecha
A la frontera de Adán,
Y enervar su pecho abrupto?
Muerte, sólo yo puedo saltar
Por el espacio, no mi tiempo,
Negro agujero abierto
A un costado del Universo:
¿Cómo ser Uno, en desorden
Infinito? Tan sólo el incendiario
Utiliza el napalm de la razón
Como via posible de regreso:
Vuela Escala de Jacob,
Big Bang en donde estallan
Puentes levadizos del vacío.
Un meteoro humano
Ha cruzado la noche,
Donde el azar del eco
Quiso manar la luz.
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