0. ¿El psicoanálisis aplicado a mi hijo? Hago una prueba. Pongo en Google el siguiente enunciado: «El psicoanálisis explicado a mi hijo». Suelo hacerlo habitualmente. Es un modo de averiguar los miles de internautas que se me han adelantado con un rótulo, con un epígrafe, con una frase hecha. Escribo: «El psicoanálisis explicado a mi hijo». Lo pongo entrecomillado, por supuesto. La respuesta no es la que me esperaba. No se ha encontrado ningún resultado para «El psicoanálisis explicado a mi hijo», dice el robot. Sorprendente. Habiendo como hay colecciones con títulos semejantes (El siglo XX explicado a los jóvenes, etcétera) pruebo a cambiar levemente ese enunciado. Los resultados son idénticos. Nada. En ambos casos, la máquina de Google se me dirige con corrección y prudencia, y sin tutearme me sugiere: quizás quiso decir: «El psicoanálisis aplicado a mi hijo» o quizás quiso decir: «El psicoanálisis aplicado a los jóvenes». En rojo. Me saca los colores, pues. Pues no, yo no quiero aplicar el psicoanálisis a mi hijo ni a ningún otro joven de los que frecuento. Desde luego sería una tentación poder examinar esas conductas que no siempre comprendo, pero mi intención es otra y está provocada por la coincidencia de tres hechos.
Por un lado, me he propuesto explicar –que no aplicar– las enseñanzas de Freud a mi hijo: básicamente porque en algunas de las asignaturas que cursa el referente psicoanalítico está bien presente. Le hablan de cine expresionista, por ejemplo, y lo siniestro reaparece; también el inconsciente… Sé que él puede recurrir a la Wikipedia o a algunos de los diccionarios especializados que hay en casa. No osbtante, quiero abreviar y condensar lo que le puedo transmitir. O, al menos, quiero decírselo de manera distinta.
Por otro lado, esa circunstancia coincide con la lectura de una novedad editorial que me reclama: El psicoanálisis, de Daniel Lagache, publicado por Ediciones La Lucerna. ¿Una novedad? Sin duda lo es en su edición española. No en su original francés, aparecido en 1955. ¿Qué tiene ese volumen para que un editor español se arriesgue ahora a publicarlo, a rescatarlo? Desde luego, algo debe de quedar de su enseñanza. Veremos.
Pero hay un tercer hecho que me justifica: en esta casa (me refiero al blog), hay pendiente una discusión abierta sobre el psicoanálisis. Ustedes han polemizado indirectamente sobre ello y, como dice el castizo, yo me debía a mi público. O sea, que marchemos y yo el primero por la senda de la discusión. No sé, a lo mejor ustedes se desinteresan y me dejan solo aquí, perorando. Desde luego, éste no es un post inmediato, sino una sesión in progress…, quizá un largo tratamiento del tema que en algún momento deberemos interrumpir. Como sucede en el propio psicoanálisis.
1. Por ejemplo, Freud en 1885. «He destruido todas las notas correspondientes a los últimos catorce años, así como la correspondencia, los resúmenes científicos y los manuscritos de los artículos. De las cartas, sólo he conservado las de mi familia. Las tuyas, mi vida, nunca corrieron peligro. Al obrar así, todas las antiguas amistades y mis parientes comparecieron ante mí efímeramente para recibir silenciosos el tiro de gracia (mi imaginación se aferra aún a la historia rusa); todos mis pensamientos y sentimientos sobre el mundo en general y sobre mí mismo en particular no merecen la pena pervivir. Tendré que pensarlo todo de nuevo, había muchísimos papeles que romper. Era preciso que los destruyera. Se iba acumulando a mi alrededor como dunas en derredor de la Esfinge, y, dentro de poco, sólo mis narices hubieran emergido por encima de los papeles. No podría haber entrado en la madurez ni podría haber muerto sin preocuparme pensando en qué manos caerían. Además, todo lo que no está relacionado directamente con el punto culminante de la existencia que he vivido hasta ahora, con nuestro amor y mi elección de carrera, murió hace tiempo y no debía verse privado de un funeral decente. En cuanto a los biógrafos, allá ellos. No tenemos por qué darles todo hecho. Todos acertarán al expresar su opinión sobre `la vida del gran hombre´, y ya me hace reír el pensar en sus errores».
Sigmund Freud escribe estas palabras el 28 de abril de 1885. Las dirige a su novia, Martha Bernays. ¿Qué expresan? ¿Modestia o presunción? ¿Reconocimiento de la contingencia o deseo de eternidad? El remitente tiene 28 años: acaba de terminar su formación académica –medicina– y no cuenta con ninguna obra verdaderamente importante aunque se sabe llamado a grandes gestas. ¿Cuáles? Ha realizado un primer gran expurgo de su obra, de sus escritos. Si hemos de creer lo que le confiesa a su novia, los sabe perecederos, insuficiente, provisionales. «Tendré que pensarlo todo de nuevo, había muchísimos papeles que romper», dice expresamente. No parece haber malicia o arrogancia en esa revelación de Freud. Como mucho, demuestra una consideración altísima de sí mismo: ve el potencial sobre el que se asienta su pensamiento, y sus obras, sus obritas efímeras, no dan suficiente cuenta de esa potencia: dan cuenta, sí, de la penosa lucha por configurar un objeto que iluminar, un objeto sobre el que arrojar luz. Sabe lo que aspira a descubrir: sabe que es algo que sus colegas ignoran por inercia o por pereza, algo que, simplemente, repudian. Su potencial ha de expresarse: en ello consiste su principal rebeldía. Una realidad se manifiesta nueva o extraña y falta el lenguaje que la designe. Los malestares psíquicos que llamamos neurosis son tan recientes que no hay palabras de los nombren. Hay que detectar esa desazón psíquica y cómo abordarla. Él esperaba hacer ciencia de lo que después acabaría llamándose psicoanálisis. Como Marx había esperado hacerlo cuando examinaba el funcionamiento de la sociedad. En realidad, el logro mayor de Freud y de Marx es crear un modo nuevo de ver las cosas: a las cosas que carecían de nombre o de sistema les identificaron la totalidad a la que pertenecían.
2. Ser intempestivo. Como dije tiempo atrás en este blog y ahora es pertinente insistir, no es fácil ser intempestivo: reconocerse como ser de otro tiempo, ir contra el tiempo, oponerse al curso de las corrientes. Quien obra así se siente a disgusto con su época, incluso ajeno a sus contemporáneos. Hay en él algo que le distancia, que le incomoda y, por eso, se resiste a ser arrastrado, a ser identificado como uno más. En la imagen que Freud cultiva de sí mismo tiene ya 65 años. Está en la cúspide de su madurez y de su logro intelectual, pero él se sigue ofreciendo al mundo como un intelectual huraño que reta con la mirada; como un investigador que se sabe dueño de su pose de señor distinguido.
Cada época nos impone unas claves de percepción y de actuación, modos de atisbar y de obrar. Si captamos esos códigos, los marcos de un tiempo que son en parte herencia y en parte logro contemporáneo, entonces vivimos aceptablemente, instalados en una sociedad que no nos expulsa y de la que nos sentimos copartícipes, aun cuando esa integración pasable no nos procure toda la felicidad o todo el bienestar que ambicionamos. Somos la mayoría quienes actuamos así: no desmentimos lo que hemos recibido y la cultura que nos ha formado la actualizamos, la ponemos en práctica. Cuando esto hacemos, decimos que obramos con sentido común. Actuar así es respetar las evidencias de tu tiempo, gracias a la socialización en la que has madurado. El sentido común es eso precisamente: un repertorio de evidencias que no se cuestionan porque han funcionado. Uno no se levanta cada mañana intentando desmentir lo aprendido o lo heredado. Lo normal, lo frecuente, es aceptar esos códigos que han probado su eficacia pragmática. ¿Para qué mostrar una rebeldía individual que sólo lleva a la incomodidad, al malestar personal? Hay un pago narcisista, sin duda. Una recompensa no sólo material que agiganta el placer. Freud cultivó distintos saberes, fue competente en diferentes disciplinas. Pero esos conocimientos en los que se educó –básicamente la medicina– no le bastó. Por eso rebasó los límites académicos hasta instituir un nuevo saber que es lenguaje y que él quiso ciencia.
Pensó de otro modo al ser humano, pero sobre todo arriesgó teorías más o menos fundamentadas, con base documental… o no. Eran tesis que se expresaban, además, con un nuevo lenguaje artificial, sofisticado. Es decir, no sólo repensaba lo obvio, sino que, además, proponían nuevo objetos, temas inauditos que invalidaban explicaciones comúnmente aceptadas. Nuevos objetos, sí, pero también –como insisto— nuevo lenguaje: formas expresivas diferentes en forma de ensayo preferentemente, prosas que describían el mundo de otro modo. Así, Freud y Marx, por ejemplo, entre otros, se supieron genios. El genio es, desde luego, alguien que atisba mejor lo que hay o que creer ver mejor. Pero es también alguien que se atreve como visionario, como analista que profetiza el curso de las cosas, la marcha de ese mundo, el cambio de la especie humana. Nada menos. No sólo ve lo que tiene delante –eso que el sentido común no deja ver–, sino que, además, predice lo que acabará ocurriendo en el comportamiento humano. El genio no tiene miedo a equivocarse y, con un alto grado de autoconciencia y de narcisismo se descubre revolucionario y enajenado, sutil y destructor, alguien que crea adeptos y herejes, alguien que cultiva una imagen de sí mismo, que adopta poses fotográficas.
3. Daniel Lagache. «La aversión al psicoanálisis se expresa en ocasiones con ironías respecto a su lenguaje. En realidad, los psicoanalistas no buscan el empleo abusivo o intempestivo de palabras técnicas que oculten la confusión del pensamiento. Pero, como cualquier otra profesión o ciencia, el psicoanálisis precisa disponer de términos propios. Siendo un método de investigación y de tratamiento, una teoría del funcionamiento normal y patológico del aparato psíquico, ¿cómo habría podido formularse la novedad de sus descubrimientos y concepciones sin recurrir a palabras nuevas? Es más, puede decirse que todo descubrimiento científico se forma, no amoldándose al sentido común, sino a pesar o en contra del sentido común; el escándalo provocado por el psicoanálisis se debe menos a la importancia que atribuyó a la sexualidad, que a la introducción de la fantasía inconsciente en la teoría del funcionamiento mental hombre en sus relaciones con el mundo y consigo mismo; el lenguaje usual carece de palabras para designar las estructuras y movimientos psíquicos que, a la luz del sentido común, no existen: ha sido, pues, necesario inventar palabras…»
Daniel Lagache, «Razones e historia de esta obra», Diccionario de psicoanálisis (Vocabulaire de la Psychanalyse) de Jean Laplanche y Jean-Bertrand Pontalis. Barcelona, Labor, 1983 (Segunda edición revisada, 1968).
Permítanme esta pequeña manipulación gráfica. No son imágenes de una sola situación, pero yo he hecho que aquí coincidan. Ludwig Wittgenstein y Karl Popper parecen mirarse con suspicacia, con prevención. Parece que se miran, pero no lo hacen, pues sus ojos no coinciden: a uno le hago mirar la frente o el principio de la cabellera, y al otro le hago mirar la punta de la nariz. ¿Una metáfora visual? Wittgenstein y Popper fueron dos observadores acostumbrados a examinar lo real y su designación. Pero sobre todo fueron dos filósofos habituados a reflexionar sobre la capacidad del lenguaje y de la ciencia para designar lo que existe. Ambos parecen vigilarse… Una vez, una sola vez, se encontraron y, por lo que leí en El atizador de Wittgenstein y en la biografía de Ray Monk, ambos se trataron con gran violencia verbal, con gran desdén. Pero ambos compartían un recelo explícito por las teorías de Sigmund Freud: no eran ciencia, sino pseudociencia, precisaba Popper en su autobiografía intelectual (Búsqueda sin término); no eran ciencia, señalaba Wittgenstein en sus Lecciones y conversaciones sobre estética, psicología y creencia religiosa, sino una mitología poderosa. Bien, admitamos que eso sea así. Leyendo a Wittgenstein y leyendo a Popper, también deberíamos admitir que ambos precisaban un tratamiento psicológico, un examen minucioso de sus incapcidades para vivir con satisfacción, para disfrutar sin dolor suplementario: el que ellos mismos se infligieron. No lo digo como agresión. Lo digo descriptivamente. Por ejemplo, Wittgenstein se empeñó en la búsqueda mística del sentido, sabiendo que el sentido es algo inexpresable, algo que puede alcanzarse con la religión, pero no con el quehacer propiamente humano. O, por ejemplo, Popper, que estuvo obligado a repetir comportamientos dañinos –para sí mismo– como consecuencia de una herida de amor propio: de una laceración intelectual también, úlceras psicológicas que no pudo restañar a lo largo de su vida. Qué curioso y qué entrañable: Freud, aquel que ambos acusaron de místico y de especulador, aquel que había tenido una infancia algo infeliz, carente y fantasiosa, acabó llevando una vida bastante razonable y racional. Como un buen burgués…
5. ¿Sea breve? «El psicoanálisis es un arte que se esfuerza en comprender y modificar fenómenos irracionales, pero es un arte racional, fundado en conocimientos positivos. Un psicoanálisis es siempre una investigación, pero el descubrimiento no surge ex nihilo o de las tinieblas del inconsciente. La interpretación se conforma a menudo por tanteos progresivos, y aunque tenga la apariencia espontánea de la intuición, en realidad es la aplicacíón de un saber general a una situación particular y concreta. El psicoanalista no es ni un adivino ni un hechicero».
Así se expresa Daniel Lagache El psicoanálisis, el volumen publicado por Ediciones La Lucerna que empecé citando (y ahora recomiendo). En este libro, el profano podrá acceder a conocimientos que parecen abstrusos; y el experto podrá comprobar cómo hacer accesible un saber especial. El volumen de Lagache es un inventario de lo que queda de Freud. No es un homenaje acrítico, sino un un examen minucioso de una teoría y de una práctica que fueron concebidas para aliviar el malestar psíquico, para atemperar los dolores internos. ¿Como la religión? Dice Lagache al final de su libro que el psicoanalista no es ni un adivino ni un hechicero: necesita una formación, teórica, clínica, técnica, aplicada.
Freud aspiraba a constituir un saber científico: era un determinista, hijo del Ochocientos, como Marx, por ejemplo. Pero al igual que Marx sabía del empeño humano, de la voluntad humana: los individuos queremos conocernos, queremos examinarnos, queremos ser dueños de nuestros actos para así gobernarnos mejor. Si hubiera vivido hoy, no sé si Freud habría insistido en calificar de ciencia el psicoanálisis: a lo que no habría renunciando es a instituir un saber riguroso y práctico, quizá un pelín abstruso, pero riguroso y práctico. Ahora bien, como nos recuerda Lagache, el psicoanálisis también tiene algo de arte. Es una techné: hay reglas que seguir, aunque, eso sí, el practicante ha de poner su genio particular, su capacidad de observación, su olfato incluso. ¿Como los oficiantes de una Iglesia? ¿Como el sacerdote que administra los sacramentos? No. No es un confesor que imponga una penitencia. Se presenta, en todo caso, como un interlocutor benévolo que tampoco suscribe todo lo que el otro dice. Pero tiene algo de arte, insisto. Como precisa Lagache, «la formación científica, si bien necesaria, no basta para hacer un psicoanalista».
El arte del que habla Lagache es escuchar sin premuras, es saber amoldarse al material, saber sacar algo que el propio paciente ignoraba poseer o conocer. ¿Cómo? Siguiendo a Freud, el psicoanalista ha de mostrar «una actitud receptiva», ha de provocar «una atmósfera que no sea desfavorable», ha de tener «paciencia hasta que se desprenda la plena significación» de lo que se le cuenta. ¿Son éstas actitudes mágicas? En realidad, son virtudes humanas que deberíamos practicar en nuestras relaciones, siempre tan apresuradas. Freud decía que el psicoanalista debería tener una disposición especial: la llamaba atención flotante. Es la disposición para escuchar con sentido participativo y distante a la vez, con sentido crítico y amistoso: nuevamente, sin prisas. No sé si de ahí se deriva la ciencia. Lo que sí sé es que resulta un buen programa de vida. O no. Fin. ¿Fin?
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