La muerte en vivo

Primer objeto transicional. Desde hace días llevo un bolígrafo en el bolsillo de la camisa. Es un Inoxcrom 77 con carga Parker. No sé: es un híbrido -podríamos decir-, ya que monta dos modelos distintos de dos marcas diferentes: una prestigiosa, americana, que se remonta a 1888; y otra local, más económica, que empezó en 1942 y cuya pequeña historia es una epopeya industrial española. Esta rareza es una herencia de mi padre muerto, que ahora asumo gustoso. No sé por cuánto tiempo.

Durante años, él se empeñó en escribir así. Lo razonaba diciéndome que las caperuzas del Inoxcrom 55 o las del 77, que es el modelo por el que finalmente optó, eran de un grosor y de un tacto más agradables que las de Parker. Sin duda, esta última marca era imbatible por la calidad de su tinta y por la maravilla de su carga. Pero la montura del Inoxcrom era más fina, insistía. Durante esos años, mi padre se obstinó en ello: por esta razón llegó a acumular un buen número de esos 55 y 77: quizá porque temía que dejaran de fabricar dichos modelos. Mientras, yo me rebelaba probando todos los Pilot del mercado, todos los punta fina, cada vez más sofisticados.  Buscaba y tanteaba, ya digo. Y todo, ¿para qué? Para llegar a la conclusión de mi padre, para regresar a un modelo de 1965 o a otro de diseño posterior, ya setentero; tal vez para aceptarle una herencia que era una simpática manía. Sé que es un homenaje que le hago y sé que tomo este boli como un objeto transicional, según Donald Winnicott.

No es bella expresión pero indica precisamente qué función desempeñan emocionalmente ciertos objetos: nos vinculan a los seres queridos y, sobre todo, los reemplazan o representan; nos franquean el paso a otra fase o a otro estadio de la vida. Los niños, que se aferran a su osito de peluche, reclaman a la madre, tal vez. Pero exigen también protección, defensa, cuidado mientras crecen o no se les nutre. Hay una afectividad simbiótica, incluso magmática, que une a dos seres, una afectividad que el débil, quizá, vuelca en un objeto que encarna al otro ser. Es una especie de transferencia que se materializa y que tiene que ver con la maduración o con la falta de maduración. Supongo que, en mi caso, ese Inoxcrom se relaciona con el cariño, con la  herencia y con la muerte. Veo con ternura a mi padre, acumulando bolis ávidamente para no quedarse sin recambios ni caperuzas, con esa mentalidad de posguerra, época en la que lo más elemental estaba prohibido. Pero veo el tránsito, el hilo de tinta parker mientras fluye y nos engañamos con un final distante.

Fin del psicoanálisis salvaje…

Segundo objeto transicional. Leo “La puerta condenada”, uno de los microrrelatos de Carlos Vitale que ahora aparecen en su libro Descortesía del suicida . Este volumen me lo recomendó Alejandro Lillo y la verdad es que procura placer. Hay textos brevísimos que alcanzan la perfección del aforismo, de la greguería incluso. Y hay minificciones en las que el espacio vacío –lo no dicho– amenaza suficientemente. El microrrelato que más me han inquietado es el que lleva ese título: “La puerta condenada”.

 De niño, en el barrio, se relataba la aventura de un vecino que había sobrevivido a un naufragio flotando durante una semana sobre una puerta. Desconozco quién era e incluso si la peripecia acaeció de verdad, pero no dejo de meditar en ese hombre, azul y agua, negro y agua, asido a una puerta por la que no es posible huir

Piénsenlo bien. Asido a una puerta por la que no es posible huir, una puerta que no puedes franquear, sobrevives encaramado a lo que usas como pecio. Nada más. Flotas milagrosamente, zozobrando, pues el oleaje amenaza con arrojarte: te embiste y la naturaleza que se desata te derriba. El único asidero es esa puerta incongruente a la que te aferras y sobre la que vuelcas todo tu yo en el cuerpo que sostiene. No puedes traspasarla para aventurarte más allá. ¿Más allá? “¿Una abeja obrera vive tan sólo dos meses”, nos recuerda Carlos Vitale en otros de sus cuentos, “mientras que la reina tiene una esperanza de vida de tres años!” Nada menos: reinas provectas, senectud colectivista. Pero verdaderamente son los niños quienes acumulan esos objetos transicionales. Cuando se apoderan de algunos de ellos, más que buscar la seguridad o la fijeza, se empeñan en la remontada y, nuevamente, en la huida. Como en el caso de la puerta condenada.

“El chico de enfrente ha consagrado toda la tarde a tirar avioncitos de papel desde el balcón. En cuanto uno se estrella, corre dentro de la casa, fabrica otro y vuelve a empezar.  No consigue que sus vehículos emprendan el vuelo”, dice Vitale. De la puerta que flota prodigiosamente no salimos y a los aviones no ingresamos porque, precisamente, no pueden emprender el vuelo. ¿La puerta es la madre, aquello que la sustituye, aquello que nos protege, aquello que nos salva, aquello de lo que deberemos desprendernos?  ¿Y el avión es el muchacho, la obstinación con que tropezamos? ¿La puerta es la chiripa absurda, y el avión, el vuelo fracasado de la vida, los errores que compulsivamente repetimos? El microrrelato no precisa estos simbolismos y, desde luego, no hace de la brevedad o de la economía verbal materia de psicoanálisis.

Tercer objeto transicional. Asistí con interés y prevención al estreno de Camino (2008), de Javier Fesser. Digo interés porque he visto todos sus largometrajes y sus cortos con placer, con sorpresa. El milagro de P. Tinto (1998) nos cambió la vida en casa. Mi hijo mayor, por ejemplo, la idolatra. Diez, doce veces habremos visto ese film en sesiones y sesiones de disfrute visual y risas compartidas: en el rincón de cada plano y en cada recoveco de la historia hay bromas y hay erudiciones, guiños para adultos y para niños, dibujos animados de carne y hueso, una fotografía en colorines exagerados que retrata a los personajes con retorcimientos casi expresionistas.

En P. Tinto estaban Delicatessen (1991) y tantos y tantos otros filmes. Pero sobre todo estaban la vida menesterosa, la posguerra española, las estrecheces, las miserias cotidianas, el anhelo de santidad, las misiones de África, las razas del mundo, los marcianos, los tebeos, la bombona de Butano, la música radiofónica (Tengo una vaca lechera…), los folletines, las familias numerosas y el amor de madre, que con énfasis declamatorio recitaba un niño poeta. “Mamá, mamá, en el pecho llevo una flor“. Aún lo recuerdo…  Veo a la familia Pélaez motorizada: todos sus miembros subiendo incansable e interminablemente a un brevísimo Seiscientos, dispuestos a pasar su veraneo. Veo a Panchito-José, a Usillos, al Padre Marciano, y veo todos los gadgets, todos los objetos de diseño demente que allí aparecen: auténticos símbolos de los niños españoles de los sesenta. ¿Objetos transicionales?

En Camino, hay una cajita de música que es, a la vez, una caja de caudales y de secretos bien guardados. Su dueña es una niña de once años, Camino, una muchacha que enferma y que morirá tras una larga agonía en olor de santidad. La historia que nos cuenta Fesser es un relato de terror, sin duda. Una historia de amor y muerte que se resume en esa cajita. Allí guarda una carta y otras pertenencias materiales e inmateriales. Es el objeto que atrae nuestra atención, ese punctum que imanta y rasga. ¿Una bobada adolescente? No: un pequeño tesoro que ata a dicha niña con su padre, el único personaje con dudas entre una muchedumbre de convencidos y de creyentes. Se hace querer…, el padre.

Esta película hay que verla con ojos de etnólogo. Yo la vi así, y así recomiendo verla. Con distancia crítica y un punto de ternura, claro. Hay que percibir el funcionamiento de una comunidad moral -la del Opus Dei— que no es la mía: hay que apreciar de qué modo esos convencidos y creyentes organizan férreamente la vida y la muerte; de qué manera dictaminan sobre el bien y el mal. Fesser podía haber hecho un panfleto, pero no se ha abandonado al recurso fácil. Ha refinado al máximo su mirada y ha examinado con limpieza unas relaciones que no entiende pero que están, que existen. Es posible que sobre algún énfasis (un curita joven que es más papista que el Papa…), pero es tan correcta la película, es tan respetuosa, que la andanada resulta certera. ¿Por qué hay que celebrar el dolor? ¿Por qué hay que resignarse a un Dios que tolera el mal de una niña? Fui al cine acompañado por dos personas. Una de ellas es alguien crecido en ese ambiente familiar, tan opresivo, tan masoquista. Este espectador, que no vio el film con distancia o indiferencia, salió mostrando su estupefacción: tan verista era el detalle; tan exacta era la precisión del retrato. Pero Fesser no ha hecho una película irreconocible: tras muchos planos -esos primeros planos exageradamente cercanos- veo al director de El Milagro de P. Tinto. Ha sabido hacer un film cruel. Un film cruel y sorprendentemente naturalista.  

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Hemeroteca:

“…Su obra Camino, escrita en forma aforística, es un compendio de resignaciones y de promesas, de amonestaciones y de advertencias contra los pecados capitales y veniales, y quiso que se usara como un catecismo de sentencias, de reglas, de ejemplos y de bondades morales para hacer frente a la pesadumbre de la carne, para contener la concupiscencia y para auparse literalmente hasta el cielo. Regresa Josemaría, pero también regresan otros símbolos de la fe y de la creencia en esta época en que nos abandonamos a la religión y la tutela clerical. Nuestras autoridades celebran con unción las festividades cristianas, sobrecogidos, devotos. Los colegios religiosos reciben la generosa dádiva de las instituciones públicas, mientras en Italia se reafirma la obligatoriedad del crucifijo en las escuelas. Cualquier acto de guerra, de aquí o de allá, se hace invocando a las respectivas divinidades castrenses, apelando a la suerte, al favor y a la fortuna que dispensa la Providencia. Y, en fin, todo terrorista que se precie abraza una fe, comulga con una religión política y aspira a calcinar este mundo endiabladamente mal hecho, torcido, despreciable…” 

Justo Serna, “¿Beatus ille?“, El País, 7 de octubre de 2002.

20 comments

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  1. Pavlova

    De todo lo que ha escrito aquí esta noche (ha debido ser de noche, cuando las sombras sin dueño duelen más), lleno de esa profunda melancolía que oculta un dolor intensísimo y pese al escalofrío que me ha producido la historia del bolígrafo mestizo, exactamente la misma combinación que empleaba mi padre para las cosas comunes (para las cartas utilizaba una pluma fuente), con el que no soy capaz de escribir, pero que nunca dejaré de mirar sobre mi mesa, de todas ellas, digo, lo que más ternura me ha producido es algo que creo que ha escrito con una voluntad distinta a la que suele usarse: “Mi padre muerto”. Es una frase enormemente literaria, pero aquí no lo es y no voy a decir, no creo que sea el lugar, todo lo que encierra en mi opinión, sólo que le abrazo nuevamente.

  2. Miguel Veyrat

    Querida Pavlova, conozco esa relación entre la pluma estilográfica, o bolígrafo, etc. y el padre muerto. Yo mismo llevé encima la de mi padre larga tiempo, era un modelo muy antiguo, hasta que la perdí… Pero no entremos en psicoanálisis hasta que el master inicie el juego.

    Le dejé una nota sobre mi pequeña broma hacia Mary Shelley, née Wollstonecraft en 1797 y fallecida en 1851, hija del filósofo William Godwin y de una de las primeras sufragistas inglesas, además de esposa del poeta Percy Bysse Shelley. Escribió la primera novela “gótica”, Frankenstein o el Moderno Prometeo, y su ectoplasma nos ha honrado en forma de avatar alguna que otra vez dejando cortos pero hermosos retazos reflexivos.

  3. Kant

    Una vez más he de iniciar mi participación solicitando de la generosidad de los contertulios su gracia. Me ausenté apenas iniciado el “post” anterior y no hubo forma de reengancharme en él, ni siquiera para su lectura apresurada. Lo hice hoy y, amén de algunas intervenciones interesantísimas, encontreme con las palabras que don Miguel me dedicó y su propósito de vincular mi máscara a su poesía.

    Requieren ambas cuestiones, pues, una mención especial. En cuanto a las primeras, sé que nos encontraremos en esos temas más adelante – los psicohistoriadores del Ciclo de Trántor, por ejemplo, son unos especimenes a no descuidar y el caso de el Mulo a tener bien en cuenta – con lo cual el asunto no me preocupa más allá de lo necesario, pero el segundo aspecto, la deferencia del sr. Veyrat, comprendan uds que me conmocionó profundamente.

    Volteriano caballero: me hace ud merecedor de un obsequio inaudito más allá de lo que aquí pueda expresar. Sabe, por otros canales, que su voluntad en este aspecto alcanza elementos personales (bajo la máscara) propios y de mi tradición familiar que se adentran hasta lo más profundo. Le expreso, pues, aquí y ahora, mi más hondo reconocimiento. Reciba mi abrazo y gocemos todos con su poesía. Gracias.

  4. Pavlova

    Gracias, Señor Veyrat, le he contestado allí mismo. Conozco desde niña la novela gótica y de ciencia ficción de Mary Wollstonecraft porque mi madre era “forofa” de ella y me la dio muy pronto y me llevó a todas las versiones cinematográficas habida y por haber. Me descolocaron dos cosas: que la llamara Marisa (un despiste) y no recordarla aquí, que me perdone tan ilustre señora.

    La pluma fuente de mi padre (a ver si la del suyo era similar y, al fin sé de alguna como la del mío, que nadie las conoce) era de baquelita negra, claro, como todas entonces y tenía (tiene) todo el plumín oculto dentro del cuerpo. Al quitar el capuchón estaba como decapitada y sólo se veía la parte de abajo o cuerpo. Se rellenaba con un cuentagotas, también de baquelita que tenía forma como de pistola. En la parte de atrás tenía un émbolo que se giraba y, como un milagro para la niña que era yo, de dentro, salía el gran plumín de oro. Ya era antigua cuando mi padre la compró de segunda mano para hacer sus apuntes en la facultad. Hoy sigue funcionando perfectamente. Sí, esos objetos a los que nos abrazamos…

    Con “El milagro de P. Tinto” y con “Amanece que no es poco”, dos películas de dos directores que acaban de estrenar sendas películas que nada tienen que ver con aquellas, hay una relación en casa como la que usted cuenta, Justo. Yo no sé si voy a ser capaz de ver Camino. Una de mis compañeras de pintura (todas me llevaban, al menos, veinte años), estaba casada con un ginecólogo, mi ginecólogo y, durante las visitas preceptivas del embarazo de mi hijo menor, la encontraba siempre deshecha: la hija de su hermano, una niña preciosa y buenísima, Alexia González Barros, estaba pasando por un calvario espantoso. Mi amiga era muy religiosa, pero no del Opus Dei y estaba espantada de lo que estaban haciendo con la criatura. Los hermanos de la niña están muy enfadados con la película y ya digo que no la he visto, pero, por lo que he oído de ella y por lo que me contaba mi amiga; por lo que yo conozco de la secta, no debe andar muy descaminado Javier Fesser.

  5. Miguel Veyrat

    ¡Exacto, Pavlova! No era de baquelita negra la de mi padre sino marrón con manchas negras, como atigrada, pero se rellenaba con cuenta gotas y salía el plumín de modo mágico con un émbolo que se manipulaba con un botón que giraba en la base. Había que tener mucho cuidado, pues si se llevaba en el bolsillo interior de la chqueta, podía vaciarse la tinta. En fin, me alegro de la feliz coincidencia en los recuerdos.
    Sí, debe perdonar mi ingenua broma. ¡Cómo no iba usted a conocer a Mary Wollstonecraft?
    Lo que me perdonará también es que no entre en el camino de Alexia, Opus Dei, etc. Ya me cansa toda la parafernalia ultramontana que estamos viviendo desde hace un tiempo en este país. ¡Menos mal que Arenas declara hoy, al fin, que el “centro” es una utopía inalcanzable! Y tanto, sobre todo por ellos. Allá ellos, sus obispos, Federicos, mártires y cadáveres vivientes, que les aproveche. Y si alguien entiende algo de la metáfora de Fesser, pues mejor, así se guardará de las asechanzas del maligno espíritu del bien.

  6. Kant

    Veo que, entre bromas y veras, van dejando caer miguitas de psicoanálisis como quien no quiere la cosa… pero la quieren… ¡cómo les gusta la magia! (a mí también, no crean).

    La cuestión es que la mención que hace don Justo a la cajita multiusos (música, caudales, secretos) de Camino me retrotrajo a la bola de cristal de Charles Foster Kane – alias, “ciudadano Kane” – al ser su bola de cristal otro objeto personal multiusos (pisapapeles, infancia perdida, recuerdo níveo de Rosebud) y la entretejí con ese concepto tan poco afortunado – también tiene razón en ello el sr. Serna – como el de “objeto transicional”.

    Así las cosas, hilando, hilando, acumulando y acumulando “objetos transicionales” me encontré en el pozo en el que cae la protagonista de “Dentro del laberinto” (Jim Henson, 1986), una maravillosa Jennifer Connolly, donde se encuentra con una, aparentemente, bondadosa viejecita que le devuelve los objetos de su infancia que creía perdidos definitivamente. Objetos transicionales de vida. Y uno que le da porque se lo pide y otro que lo recibe porque la deslumbra y otro que la enternece y otro y otro y otro, la va cargando con un pesadísimo fardo de cosas que se acumulan a sus espaldas. Cosas. Cosas, que en un momento dado tuvieron un significado vital para ella y que, en su presente, no sólo le impedían seguir su búsqueda por el laberinto en el que se había adentrado, es que la estaban aplastando allí mismo: acababan con ella.

    Me parece más prudente, pues, conservar con nosotros ese elemento más entrañable – don Justo lo define, yo creo que con bastante mejor fortuna que el sr. Winnicott, como “simpática manía” – de nuestra vida que, de alguna forma, nos permite permanecer en contacto con nuestro pasado feliz – nos permite seguir siendo felices con lo pasado – sin convertirse en una pesada carga de objetos y de psicoanálisis. A la postre, nuestra auténtica vivencia, donde realmente late nuestro amor por lo perdido, donde anida el sentimiento imperecedero, es en nuestro interior, intangible y eterno – tan eterno como nuestra propia existencia – no en las cosas materiales de fuera.

    En ese sentido, he de citar al trovador – y lo digo en grandeza de su oficio, diferenciándolo bien del de poeta, que no es – Serrat, cuando nos dice: “Uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia. Pero su tren vendió boleto de ida y vuelta. Son aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas en un rincón, en un papel o en un cajón. Como un ladrón te acechan detrás de la puerta. Te tienen tan a su merced como hojas muertas que el viento arrastra allá o aquí, que te sonríen tristes y nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve”. Y como todos hemos llorado cuando no nos han visto – perro será quien no lo hiciere y sólo porque al can no se le vierten las lágrimas – se demuestra que “esas pequeñas cosas” son medios, no fines. Ay de quien los confunda.

    Por lo demás, he de proferir un gran sí a la propuesta de don Justo (no se preocupen por tanta coincidencia con él, pronto llegaran nuestras desavenencias) de la lectura de Camino, la película, en clave de cine de terror, insisto, no miedo, terror. Esa graduación superior la considero a partir de la base que nos propone el sr. Serna; en efecto, es una historia de vida y de muerte, donde la superstición (¿importa algo verse agobiado por un vampiro o por un ángel?)impera y destruye la racionalidad de los actos a la vez que una sociedad secreta y sectaria enturbia y persigue la vida de la protagonista rompiendo la que debiera haber sido su existencia, una vida común de una persona común. De terror.

  7. Pavlova

    Je, jé, atigrada en rojo y negro era la de mi madre, mucho más pequeñita porque era de señora. Siempe me he preguntado por qué las cosas de señora son más pequeñas: los pañuelos de tela, los paraguas, las plumas… El tamaño de la cabeza a resguardar de la lluvia es poco más o menos, los mocos similares y la escritura así, así. En fin.

    Ah, no se crea, podía perfectamente no haber conocido a Mary Wollstonecraft. Mi cultura tiene unas lagunas inconmnsurables y yo siempre agradezco que me ilustren, de verdad.

    El “centro” es una utopía inalcanzable. ¡Vaya por Dios! Anda que…

    Me gusta lo del maligno espíritu del bien. En el caso que nos ocupa es literal :-) Me voy apropiando de sus cosas: “Escribir con la pluma de un ángel” (González Ruano); “El maligno espíritu del bien” (Opus)… Pero siempre citaré la fuente, no se preocupe, que una es “honrá” a carta cabal.

  8. Miguel Veyrat

    No, no, no se preocupe ágil equilibrista, aprópiese, hágalo por dios, todo son repeticiones de ecos desde el poema de Parménides, en distintos tonos, en distintas… todos pueden escucharlos y reproducirlos y dirigirlos hacia otros oídos distintos de los nuestros:

    En fin, usted ya sabe, hemos recibido un gen que desarrolla las neuronas en cada uno según la gracia que el dios del camino de Escrivá y Rouco desea y traza para nos individualmente. Para nuestro bien, claro.

    ¡Ah, esa cultura de la muerte! ¿Recuerda usted Kant que hasta Agustín de Hipona y el hideputa de Constantino Imperator y su p. madre Elena, la palabra y el signo de paso de la secta cristiana era el pez? Y de pronto, con los bárbaros con el aliento en su nuca, convierten su seña en un instrumento de tortura y muerte. Hasta hoy. Suma y sigue. “rezo para que tú también puedas morir pronto” dice la pequeña Alexia. Y asi es, esas cosas les enseñan:Entra en el goce de tu Señor.

    Pavlova, las cosas de las mujeres debían sobre todo ser “monas”, antaño. Y ahora también, ¿por qué no? A mi me sigue conmoviendo “lo femenino”, cuanto más exquisito mejor. Y eso no implica machismo sino ternura viril. Aunque quizá esté equivocado.

  9. Julia Puig

    Buenas tardes a todos. “El primer objeto transicional…” me ha dejado sin habla, creo que es una maravillosa forma de unirse a ese hilo invisible de la ausencia, más allá de las percepción de Donald Winnicott, están nuestras cosas, nuestros recuerdos, nuestra idea del mundo y de las personas que nunca olvidaremos.

  10. Eduardo Laporte

    Estimado Justo, has sido rápido en ver Camino. Yo aún tardaré un poco, pero le tengo ganas, ciertamente. Todo el tema opusiano merece sus análisis y cinefórums varios. Pero veo que como con todo lo bueno, aún habremos de esperar. No problem.

    Y sobre los bolis, apunto lo del Inoxcrom 77. Hay cosas en la vida que hay que fijar, y lo de los bolis es una. Si me convencen, me compraré una buena cajita. Conquistaré un pragmatismo en materia de escritura, pero tú además tienes también el pequeño homenaje al padre en cada boli. Un lujo emotivo.

  11. jserna

    Gracias por sus palabras tan cariñosas y por la sutileza de sus comentarios. Y, sí, la de ‘Camino’ es una historia de terror que no parece serlo. Como digo en el post, al final, es una película muy correcta. Tanto…, que no parece ser evidente la andanada.

  12. Paco Fuster

    Me ha encantado el relato de Carlos Vitale sobre la puerta. La verdad es que la imagen de la puerta y del hombre asido está muy lograda. La angustia de vivir una semana sobre una puerta, sin poder entrar ni salir, sin poder abrir ni cerrar.

    No he visto ninguna película de Fesser. Para escribir mi crítica del disco de Russian Red, en la que cito esta película (alguna canción de esta chica forma parte de la banda sonora de la película), tuve que leer alguna crítica: lo único que deduje es que iba a ser muy diferente a “El milagro de P.Tinto” y a “La gran aventura de Mortadelo y Filemón”, también de Fesser.

  13. Mary Wollstonecraft

    Los objetos que pertenecieron a nuestros seres queridos que nos abandonaron, mueren con ellos. Por bellos, por lustrosos que estuvieran, pierden su color y su vida al marcharse sus dueños. Siempre he creído que a los faraones los enterraban con su ajuar, no por lo que nos han contado los egiptólogos profanadores y eruditos, sino porque quedaban inservibles, ajados, marchitos, sin sentido. Así como en los siglos XVIII y XIX, se enterraba a las damas con sus alhajas puestas, que los humanos sin miedo, sin justificación arqueológica, sin conciencia y sin pan, robaban profanando sus tumbas.

    Aquel hermoso bolso de mi madre, que yo admiraba como parte de ella, lleno de tantas cosas misteriosas, que eran ella, como lo es el contenido de todos los bolsos, aunque apenas nada contengan. Un bolso siempre es la prolongación, la explicación de la mujer que lo posee. Aquel hermoso bolso y el clic de su boquilla al abrirse o cerrarse, que era la música de mi madre, con el roce de su pulsera con los muebles, murió con ella, murió con su pulsera y quedó aplastado, sin brillo, sin razón y hasta su clic sonaba de otro modo.

    Cuando nos dejan, cuando se van de nuestros ojos, de nuestro olfato y de nuestro oído, se llevan todo y lo que queda de ellos en nosotros, no es aquello de ellos que pervive, es aquello de nosotros que se muere.

  14. jserna

    El bolso de Mary Wollstonecraft

    “De cuantos accesorios prescriben las modas, un bolso de mujer es el más clásico y el más antiguo, al tiempo que un objeto que contiene una gran cantidad de información sobre su portadora. A medio camino entre lo público y lo privado, entre la intimidad y el estar en el mundo, cuántos secretos fieramente ocultos no podrían desvelarse escrutando su interior, onservando el material imprevisible que contiene. Sutiles presencias de una vida que va dejando rastros por doquier, también en el bolso. Porque un bolso es un mundo de proporciones reducidas, como un cajón del escritorio o de la mesilla de noche. Objetos o piezas que no cumplen una sola función (…). Un sobre sin inscripción alguna, un bolígrafo que ya no funciona, unas pastillas que han perdido su caja, una vieja entrada, facturas pagadas… Las cosas nos transmiten las voces acalladas de otro tiempo, y ahí están, rastros de alguna vivencia fenecida pero que mantiene su pálpito todavía”.

    Anna Caballé, El bolso de Anna Karenina (2008).

  15. Miguel Veyrat

    Sí, Mary, son muy justas y bellas sus palabras, pero Anna Caballé da en la diana cuando dice que nuestro objeto colocado —de modo fetichista acaso— ante nuestra mirada, contiene el pálpito de alguna vivencia fenecida. No otra cosa eran los dioses lares que transportaban consigo nuestros antepasados romanos en forma de figurillas de barro que colocaban sobre un ara en su casa: los antepasados han logrado que seamos como somos, creemos, y la genética lo confirma actualmente: es nuestra memoria la que los hace sobrevivir, mientras dure, al tiempo que vivimos nuestra propia vida. Pero cada cual vive de acuerdo con sus emociones y creencias. El azar quiso arrebatarme la pluma de mi padre, que llevaba en el bolsillo siempre, como amuleto. Por algo sería. Desde entonces “escribo con la mía” (perdón por la broma algo escatológica)

  16. jserna

    Cada uno con la suya, sí, Miguel. Yo tengo la suerte de que mi padre acumulara muchos bolis Inoxcrom que luego son Parker. Puedo reponer las pérdidas, pues, hasta que me canse de rendirle este homenaje o… todo se acabe.

    Miércoles, por la mañana, nuevo post. Imaginen el tema…

  17. historiasdemaria

    Estimado amigo,
    Gracias por escribir articulos como este, pues usted ha mostrado no tener miedo a la vida aceptando un objeto que “viene” de la muerte. El homenaje a su padre le convierte en un ser honorable. Yo le comprendo perfectamente y tengo un Inoxcrom 55 con recambio Parker, respire ese ambiente de postguerra en mi infancia en la que poseer un objeto como ese representaba una gran riqueza en la mente de una niña de aquella epoca.
    De ese simbolo de su padre heredo usted la calidad del flujo de su tinta, la mejor para escribir, la sabiduria en hallar la mejor combinacion, el anticonformismo y el espiritu de supervivencia: las ideas se deslizan en un envoltorio humilde pero mostrando lujo en profundidad.
    Cordialmente,
    Maria

  18. historiasdemaria

    Como anecdota me gustaria reflejar que he encargado recambios Fisher Space (astronauta) que llevan una adaptador Parker. Estos recambios permiten escribir bajo el agua, boca arriba,.. en fin que podria usted escribir hasta buceando.
    Asi el Inoxcrom podra convertirse en un boligrafo espacial con tinta practicamente inmortal.

    Ruego disculpe ciertas faltas de ortografia pues en mi teclado no tengo acentos

  19. jserna

    Le agradezco muchísimo sus palabras. Y veo que compartimos sentimientos por los artefactos híbridos. En realidad, ese adminículo (Inoxcrom + Parker) era cosa de mi padre, cosa que nunca entendí y que sigo reverenciando por su recuerdo.

    Un saludo cordial, JS

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