0. Silencio. Aquí estoy, escribiendo en el blog: a la espera de un motivo inspirador. Pero no hallo nada que me sirva de acicate. ¿Es el cansancio? ¿El tedio? ¿El abatimiento? No. O no sólo: uno es optimista y las tristezas le duran muy poco. O tal vez sea la pereza. Ahora siento estupor: la constatación de que no sé de qué escribir; la evidencia palpable de que prefiero callar o leer. De momento me callo para leer. ¿Qué cosa? Un libro que tengo desde hace días y cuya lectura he ido retrasando por razones banales y ordinarias…
1. Razón del mirlo.
Callar o leer. Leo –aún en pruebas– el nuevo libro de Miguel Veyrat: Razón del mirlo (Renacimiento, 2009). Aquí lo tienen, sentado, posando ante el fotógrafo de la revista Tiempo, que días atrás daba cuenta de la nueva obra del poeta. El autor tuvo la amabilidad de remitirme esa copia aún provisional del libro sevillano. Así podía adelantar la lectura. He cometido la descortesía de retrasarla. Pero, si lo pienso bien, esa circuntancia está justificada. La poesía de Veyrat tiene su tiempo, un tiempo largo, demorado, circular y reflexivo.
Es largo porque a cada verso que avanzas en realidad te remontas a otro momento, a esta o aquella otra resonancia cultural a la que explícita o implícitamente rinde homenaje intertextual. Su poesía es un repertorio de resonancias, en efecto; un conjunto de restos milenarios que es preciso reconstruir. Es demorado su tiempo, porque con cada expresión que lees de hecho te detienes, te frenas, para interpretar todo su significado, siempre equiprobable, si es que finalmente el poema recién pronunciado, declamado, cantado tiene un sentido accesible. Es circular ese tiempo porque la intratextualidad, la remisión o eco de lo ya dicho son artificios constantes en Veyrat, artificios que te impiden salir de ese espacio angosto que son los pocos versos del poeta. Es reflexivo, finalmente, porque la experiencia del autor queda transfigurada en materia universal, en preguntas constantes o en metáforas ya sabidas y ahora nuevas de la condición humana.
Avanzo en la lectura, que es escritura de la impresión y efecto que sus versos me ocasionan… Los poemas de Veyrat son de varia estirpe pero aquí sirve un pasaje de Ocnos, de Luis Cernuda, como exergo, como punto de partida. «…¿Qué puede importarle al mirlo la muerte?, como si ella con su flecha pesada y dura no pudiera pasarle, silba el pájaro alegre, libre de toda razón humana».
El mirlo, en efecto, es un motivo constante: la inconsciencia del pájaro cantarín ante la muerte. En el libro anterior, Instrucciones para amanecer (Calima, 2007), Veyrat hacía de la cigarra su portavoz. Ahora es un ave que aprende fácil, que incluso tiene capacidad para repetir la voz humana. ¿Qué tiene de humano el mirlo? ¿Ese sonido que remeda? En realidad, lo que de él toma es la alegría inconsciente de quien vive como si no fuera a morir: arrojado al mundo, frágil y orgulloso de su trino.
El volumen es un sondeo del terreno que se pisa, del mar inestable, del pasado que fluye. La vida es, sí, un viaje: una metáfora archisabida y nunca suficientemente explotada. El poeta avanza sin instrumentos, a ojo, con intuición y vehemencia, con mapas inciertos y con los pecios, unos pocos pecios. ¿Un naufragio? En realidad, son los restos de las vidas anteriores, las huellas materiales de lo que va quedando y que sirven como suelo firme. No hay regreso al pasado móvil: sólo un avance a tientas, palpando o conjeturando lo que quizá pueda pasarle, pasarnos.
Una y otra vez, las referencias a la vida que hace Veyrat son las de un vagar sin encontrar. ¿Marchamos a ciegas? En el principio de la vida humana no está la oscuridad, sino la evidencia de la luz, «la primera palabra/ para disimular la noche». El poeta escribe: ¿ilumina, quizá «con sus dedos transparentes»? Luz y palabra son, en efecto, pecios de una reconstrucción imposible, de una iluminación de lo que la vida ya no es o de lo que el pasado veló.
Itaca está al frente, otra vez, siempre. Pero es un meta inalcanzable, un destino último que querríamos liberador. Ahora bien, no hay vuelta atrás ni reparación: el propio cuerpo acumula las heridas, los ultrajes que el tiempo inflige. «Y su trazas el mapa de tu propio/ cuerpo, sentirás cómo coincide/ con el universo de tu palabra. Y también/ que a las ínsulas se llega/ solamente por los ríos de sangre…» El poeta pone proa hacia lo incierto, con coraje, «sin precisar de sextante ni instrumentos./ Pero no hay regreso, capitán. Atrás/ quedan las estatutas que nunca/ o pronto volverán a la arena».
El poeta ha vivido, sí, pero sobre todo ha escrito: «junta pecios para después leerlos». Las palabras que iluminan o disimulan la noche son restos inconexos, pues. Son trozos sin ensamblaje ni argamasa, partes de esas vidas que carecen de coherencia o de brillante consumación. No hay brillante consumación. Hay un fin que no repara, la muerte del individuo, del poeta: una muerte que es la madre nutricia de un mundo que no termina para escándalo de ese hombre que caduca.
Un hombre que caduca y que quiere asemejarse al mirlo, que vive una agonía «limpia/ ya de razón humana, lista para seguir el camino trillado/ de la especie». La muerte, sí, una muerte que frena o contiene con un poema que justifique, con el poema irrepetible en el que se reúna el Todo. No habrá extinción, así, ni vacío sin sombra. Mientras tanto, el poeta recibe a Virginia: ¿conviertiéndola en quién, acaso en su Beatriz de ahora mismo? ¿Y por qué no? Pero no hay infierno o purgatorio o cielo. Hay un jardín fresquito, lo más parecido a un Edén modesto y perecedero.
Por ese espacio –improbable hasta ahora mismo– avanzan. Avanzan ambos por lo oscuro, buscando la vocal y la consonante, confirmando el resultado: Tú. Todo lo que rodea cobra una dimensión diferente, inaudita, y hasta el arte interesa o conmueve: el torero y el toro bravo que sangra y tiñe, la lluvia en el parque de María Luisa, un beso en los jardines de Murillo. Pequeñas cosas. Pero siempre con la amenaza evidente: esa muerte.
Mirlo o lobo, inconsciente o voraz, el poeta busca un lugar donde caerse muerto, una tierra desnuda en la que dejar de ser extranjero, un lugar del que nunca regresar. «Pero la tierra siempre/ tiene dueño –sólo vuela/ libre la inocencia, lugar ignoto/ que nadie es capaz de descubrir». No hay tierra inocente, pues. No hay Paraíso del que «ser expulsado otra vez». Así queda su grito, «rebelde desde el abismo a la nada». Ahí está el rebelde, «sobre otro acantilado».
Pero no todo es tan sublime (acantilados, abismos). La circunstancia es pequeña, incluso banal. Lo propio, lo que nos constituye, es una materia orgánica. «A veces los vientos acumulan hojas secas/ en un rincón del jardín», precisa. «¿Son mis trozos las mismas hojas que arrastro/ ahora y renacerán del compost/ en la esquina maloliente del jardín?». Ese jardín, ese Edén modesto y fresquito, es también un pudridero o un depósito de guano. Las aves defecan, sí.
Vuelve la imagen del mirlo, de los pájaros jóvenes que baten sus alas con energía y demencia, lanzándose hacia el abismo; o de los pájaros ya ancianos, cuyas «alas se vuelven poco a poco/ transparentes». Arrojarse al abismo o quedar absorbido por lo abisal, ésa parece la trayectoria del poeta convertido en ave, quizá un mirlo ya libre de toda razón humana. «Muy pronto el futuro ciego/ nos persigue y avanzamos entre brumas/ de un pasado que se extingue».
Es ésta una contradicción que vive el poeta hecho hombre, «un hombre solo y débil/ que escribe al borde del abismo» otra vez, patroneando un bote, que no un buque, siempre con los mapas inciertos y con los pecios escasos que acarrea. «Coloca/ pues el pie en la barca y larga velas». Alas o velas, lo más frágil para describir una empresa azarosa y de previsible consumación. «Escogió para morir un día soleado –puso/ después rumbo hacia alta mar».
Colofón. Miguel Veyrat nos daña con su poesía de la muerte y de la consumación, con sus versos eruditos y saturados, citados, anotados. Varios de los poemas que aquí forman Razón del mirlo están dedicados a distintos personajes que conocemos: un homenaje del autor a algunos de nosotros, a algunos de los que frecuentamos este blog. Así consta en las «Deudas, notas, envíos y datos» que el poeta incluye al final. Pero eso es secundario. Lo principal precede. No se lo pierdan. A mí me ha servido para aturdirme, para dolerme.

Deja un comentario