1. El depósito de inmundicias. Soy profesor, profesor de Historia Contemporánea, y una parte fundamental de mi tiempo la empleo mejorando y ampliando los temas sobre los que voy a impartir. Eso no significa que gaste horas y horas preparando concretamente las clases que doy, sino que consumo muchas energías leyendo, releyendo o completando libros sobre asuntos y objetos que luego salen en el aula. Procuro hacerlo de manera cruzada.
Es decir, no me marco un plan de lecturas acorde con esta o aquella asignatura, con el orden previsible de las materias a impartir, sino que procuro aumentar lo que sé de modo libre, indisciplinado, intuitivo y transversal. Si averiguo más cosas sobre x o sobre y —digamos–, el siguiente paso será adentrarme en un tema distante y ajeno. Lo distinto, lo variado y lo contradictorio te obligan a plantearte preguntas no previstas y, por tanto, te hacen cambiar la perspectiva que podrías repetir todos los años.
No quiero aburrirme. Entonces… Entonces, un libro te lleva a otro libro diverso y el resultado de lo que aprendes suele ser imprevisible. Generalmente acudo a clase con pocas notas, con unas referencias básicas, con un esquema mínimo, con cinco frases anotadas que me sirven de pecios en mi posible naufragio. Si la alquimia de las lecturas funciona (perdonen la cursilada), entonces lo ya sabido y lo recién aprendido me provocan, me interpelan. De ello procuro dar cuenta en las clases: o, al menos, intento que se me note. En otros términos, el volumen que acabo de disfrutar produce un reajuste interno.
¿Un reajuste interno? Mi interior es un contenedor de desechos líquidos y sólidos: si arrojo algo nuevo –una obra recién editada o un clásico disfrutado o un libro releído–, eso hace que floten ciertos saberes o intuiciones, lo que ahora he aprendido o los restos de objetos viejos que también vuelven a la superficie. La imagen, ya lo sé, es simplemente repulsiva. Comparar el proceso del saber o del aprendizaje con un depósito de inmundicias es repugnante, nauseabundo. Y, sin embargo, a mí me funciona así: en ese estercolero de líquidos y sólidos siempre actualizado hay cosas que flotan y cosas que no, materia orgánica que cobra nueva forma, viejos instrumentos desechados que ahora recuperan su función.
Aparte de inmunda, la imagen quizá no sea muy adecuada: si hay líquidos en el depósito, todo lo sólido permanecerá en el fondo, anclado o perdido para siempre. Y no es exactamente así: cada vez que echo nuevos datos, que remuevo unos contenidos, las piezas sólidas también recuperan la flotación, aunque sea brevemente. Y es entonces cuando yo recuerdo algo que tenía efectivamente perdido, sumergido, olvidado. El proceso me lo provocan las lecturas, pero también la necesidad: tener que impartir una materia de la que no has leído en tiempo es un acicate nuevo, un estímulo para renovar los sedimentos del estercolero, en fin.
2. Clases. Escribo lo anterior y un amigo me manda un correo cariñoso para apoyarme. Piensa que la imagen del contenedor revela un estado de ánimo: apesadumbrado, decaído, entristecido. No, no. El depósito de basuras es la descripción gráfica de lo que yo creo que es mi cabeza. Holmes, Sherlock Holmes, decía que la suya era como un pequeño ático lleno de muebles: un ático del que periódicamente había que desalojar trastos para dar entrada a otros. Yo no aspiro a tanto. Mi cabeza es un depósito de restos en suspensión que flotan, reflotan o quedan hundidos hasta que algo nuevo los saca al exterior. Es una vivencia puramente objetiva, no una tristeza de profesor.
Pero digo esto y recuerdo la observación de John H. Watson, el Dr. Watson. «Tan notable como lo que sabía era lo que ignoraba», decía refiriéndose a Holmes. Ustedes me perdonarán la vanagloria: en eso me reconozco igual que el detective. Pasa el tiempo y leo para explicar y explicarme mejor en mis clases. Pues bien, me sorprende mi ignorancia: la ignorancia culpable de lo que no quiero saber y la ignorancia que jamás conseguiré colmar a pesar de mi voluntad. Hay conocimientos útiles, decía Holmes, y hay conocimientos inútiles, esos que los necios amontonan en el ático, en la cabeza: no dejan espacio para los conocimientos que podrían serles ventajosos. Creo saber qué me puede ser útil para mis clases, pero conforme me hago mayor casi todo acaba interesándome: casi todo lo que compro o y finalmente leo. El resultado es económicamente gravoso y el caos mental aumenta. O, si quieren, las imundicias del contenedor amenazan con rebasar los bordes.
Desde que empecé la docencia, hace veintidós años, he dado clases de Sociología, de Historiografía, de Historia del pensamiento social, de Introducción a la historia, de Historia y cultura en la época contemporánea, de Historia del mundo actual, de Historia Cultural. En las licenciaturas de Historia, de Historia del Arte, de Comunicación Audiovisual, de Periodismo. En el doctorado y ahora en el máster. Con temas tan variados y con asignaturas tan diversas, ¿cómo quieren que me ordene y me ciña? Son materias que cubren un campo vasto, un dominio amplio de saberes e intereses. Y de problemas: incluso para uno mismo. Así son las cosas…
Ahora, para el curso que viene, dejo las licenciaturas de Arte y Periodismo, con alumnos generalmente muy preparados y motivados, y regreso a mi Facultad para impartir otra vez Introducción a la Historia. E Historia del pensamiento contemporáneo (que compartiré con el amable profesor que era titular de dicha materia hasta este año). Tengo la sensación de que acaban un ciclo y un paraíso. Pero tengo también la impresión de que mi caos mental puede agravarse. Para explicarlo quizá podría emplear otra imagen, ya que la del contenedor les resulta definitivamente repulsiva. Aunque a mí, no. Cambio, pues.
Mi circunstancia personal se parece a aquella en la que uno echa leña escasa a un fuego creciente e inextinguible: como en la película de los Hermanos Marx cuando gritaban Traed madera. Perdonen esta cita archisabida. Groucho reclamaba más madera para mantener en marcha el convoy. Acabado el combustible, los Marx arrancaban como posesos puertas, ventanillas y paredes de la máquina ferroviaria con la que avanzaban. La propia necesidad de combustible les llevaba a consumir deprisa justamente lo que les mantenía en pie o lo que protegía a los viajeros: la superficie y el armazón del tren. Cada vez más tengo la impresión de que mis intereses varios, temporalmente saciados con nuevas lecturas, se me convierten en leña de una combustión que amenaza con agotarse y agotarme.
Por ejemplo, las clases, las asignaturas que impartiré al año que viene, me hacen recuperar restos de antiguas lecturas, fervores y entusiasmos de otro tiempo, consultas bibliográficas casi olvidadas. Son restos que quemaré. Por eso me pongo manos a la obra para obtener nuevos materiales, leña distinta: nuevas lecturas, nuevas maderas, que me permitan mantener la superficie y el armazón del tren. No quiero repetirme perezosamente ni quiero quedarme vacío cuando explique o cuando escriba. Quiero que una cosa me conduzca a otra, que una idea me conduzca a otra, que una lectura me conduzca a otra. Por eso, en ocasiones tengo la impresión de estar subido a un ferrocarril cuyo avance algo demente me lleva hacia ninguna parte. Ahora, eso sí, mientras tanto disfruto y me entusiasmo. Como los Marx.

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