Héroes alfabéticos. Por qué hay que leer novelas (PUV). Premio de la Crítica Valenciana 2008 en la modalidad de ensayo. Concesión: viernes 16 de octubre a las 19:30 horas en la Casa de la Cultura de Quart de Poblet. 
He leído Si temierais morir (2008), de Vicente Gallego, y El testamento ológrafo (2008), de Honorato Boscá. ¿Por qué lo he hecho? ¿Por cortesía con los premiados, compañeros de galardón? Si ésta fuera la razón, entonces llevaría los deberes hechos. Pero no, no es ése el único motivo. Hay algo más. Mucho más.
Por explícito título o por circunstancia personal, he leído ambos libros porque están relacionados con la muerte. Mi padre falléció hace un año y fue entonces, en esa circunstancia, cuando aumentó mi interés por la muerte. Por el absurdo que es, por el escándalo universal de la muerte. De siempre he leído sobre esto y no hay como la poesía para tratarla directamente, nombrando lo que carece de sentido. Ludwig Wittgenstein decía que hay cierta cosas que no pueden ser nombradas porque con las palabras no alcanzamos el sentido: como mucho, la descripción precaria de lo real, de lo tangible, de lo constatable. No me interesa mi muerte, fenómeno del que sólo puede preocuparme el dolor: el que yo podría experimentar o el que mi estado podría ocasionar. Me interesa el sentimiento que la muerte provoca.
Si temierais morir. El libro de Vicente Gallego es un poemario en el que se expresa la duda sobre la vida, la constatación de que nada es firme: tan sólo lo parece. ¿Una trivialidad? No creo que lo sea. Es la angustia profunda y superficial que tapamos con toda clase de afeites o maquillajes. Eso es: tenemos tapaderas. ¿Pero qué pasa cuando levantas la tapa o alguien se levanta la tapa de los sesos? «Esta vida, tan viva, tan segura, / ¿dónde esta sucediendo?», se pregunta el poeta en «Humo de pajas». Hay en sus versos esa constatación de que nada es firme, no sólo el amor, sino también el dolor que nos angustia. «¿Dónde van los amantes? / ¿Dónde el cuerpo que quiso y pudo tanto? / ¿Dónde yo cuando duermo, / dónde entonces la herida que en la noche me tenía velando?» El poeta corrobora el vacío de que estamos hechos, la sucesión de pérdidas, la identidad inevitablemente lacerada.
Intentamos vivir con sorpresa, sabiendo que no hay recambio y que esto que logramos es un prodigio: una ilusión y algo milagroso, perecedero o azaroso. «Quién obliga / este afán, / este beberse / la música no oída, este andar afinando / entre las cosas, pulsándoles el talle / por si hubiera sorpresa». En esa esperanza vivimos, en que hay sorpresa (ilusión y milagro) que nos redima. Pero pronto, bien pronto, advertimos lo inútil del esfuerzo. «Esas pocas migajas que sorbemos / de la ración aguada del mendigo, / ¿nos han hecho crecer, / nos aprovechan? / Lo que ayer parecía vocación, / oficio de hombre libre, / ya se ve que es empleo / y a la fuerza se cumple». No hay, pues, ilusión que dure y meta que se cumpla. Incluso aquello que era fruto de la voluntad del hombre libre se consume y se consuma como determinación y menester, algo previsible y ya fijado. «Esta vida / no es vida, es sólo menester», afirma el poeta.
Y la muerte confirma esa previsión. «Aquí regresa todo: / la vida siempre urgente nunca cierta, / la muerte muy segura, / paso a paso». Una y otra vez, el poeta se interroga sobre el absurdo que nos rodea o, mejor, sobre el absurdo que es el propio yo, un fingimiento o un error a punto de terminar. «¿Es que a nadie le extraña / lo que sucede aquí? / Llegamos sin quererlo; / partimos sin querer; / sin consuntar catálogo / cargamos con un cuerpo. / Ni la madre se elige, / ni lugar, ni ocasión; / y va de suyo / lo que llamamos alma, / cortada por qué mano a su capricho».
Conforme leemos –y volvemos a leer– Si temierais morir certificamos la duda que no despejaremos. Habra que estar vivos, habrá que tener los ojos abiertos, sin tener miedo a los sueños. El padre ha sido guía, aquel que ha mostrado la audacia al niño o aquel que tutela al adulto que regresa lacerado. «Una noche dijiste, padre, / poniéndome en la frente / un fresco paño: / no temas a los sueños. / Yo volvía del mundo / más real que conozco, / donde afila / la vida sus ultrajes». Pero nada dura y el padre, que es referencia que se pierde, desaparece porque no supimos defenderlo. Así lo vive el poeta, así lo vive el hombre. «Aquel que cuando niño / te rezó con la fe que sólo al niño / acuna y hace fuerte, / míralo aquí de vuelta, ha regresado / del más largo viaje, / el de perderte».
Por supuesto, Si temierais morir es mucho más de lo que yo aquí esbozo. Es una rica sucesión de poemas que designan la angustia y una leve esperanza, lo temido y una frágil sorpresa. Pero yo lo leí sesgadamente, teniendo a mi espalda la sombra tutelar de mi padre. Yo también soy ése que menciona el poeta: «míralo aquí de vuelta, ha regresado / del más largo viaje, / el de perderte».
El testamento ológrafo. Una muchacha apunta con un rifle de perdigones, porque… parece un rifle de perdigones. Es una joven bella y enérgica. El niño que a su costado observa atónito tiene un futuro por delante. ¿A qué disparan? No hay mejor ilustración para la cubierta de un libro. Lo ignoramos todo de la historia que aquí se cuenta…
De El testamento ológrafo, publicado en Pre-Textos en 2008, yo no sabía nada hasta que Lola, mi librera preferida, me la recomendó. Fue una viva recomendación, sí. Yo andaba buscando un libro para mi padre y ella sabía más o menos sus gustos, sus inclinaciones. Le precisé aún más. Mi padre, gran lector, estaba mal de salud, muy decaído y ya no soportaba cierto tipo de obras ajenas, es decir, ya no aguantaba historias que no le concernieran. Cuando Lola me explicó de qué iba, cuando comprobé la localización de la acción, la entidad de los personajes, la cronología de los hechos, inmediatamente le dije que sí, que me la llevaba, que seguro que le iba a encantar.
«Mira, lo que te traigo», le dije a mi padre. «Esta novela la vas a disfrutar», añadí mientras él asentía queriendo creerme. Ocurre en julio de 1954, entre Valencia y Alfambra, y la historia que nos cuenta el autor es la de una familia de clase media durante el veraneo de aquel año. Por supuesto alude a hechos anteriores, a circunstancias de la Guerra Civil y salen maquis. Eso le dije. Era un compendio escaso, escasísimo, pero suficiente para despertar la atención de mi padre.
Él había llegado a Valencia a comienzos de los años cincuenta, procedente de un pueblo muy parecido al de la novela, un pueblo como esa Alfambra en la que suceden los acontecimientos. «¿Y quién es el autor?», me preguntó. Honorato Boscá, respondí. «No he leído nada de este escritor. Creo que es un autor novel, pero la novela parece muy madura y con intriga», concluí. Yo había leído algunas páginas para cerciorarme de la elección. Su prosa impecable, precisa y recia auguraba deleite. «Además», le insistí a mi padre, «Lola conoce al escritor. Años atrás fue jefe o compañero suyo en la empresa en que ambos trabajaban». Este dato acabó por convencer a mi padre. Si la librera recomendaba una novela de alguien cercano, tan cercano, debía de estar bien. De lo contrario, habría evitado todo compadreo: se arriesgaba a que el lector regresara enfadado exigiendo hablar con el autor…
Mi padre ya no pudo leer la obra. Poco tiempo después moría y la novela quedaba inerte.Yo sabía que se estaba muriendo porque ya no leía. O como dije aquí en un post: mi padre no me lee. Era el síntoma inapelable. Por supuesto decidí leerla yo para completar lo que no pudo ser, para consumar ese acto interrumpido, pero también para averiguar qué historia era esa que transcurría entre Alfambra y Valencia. Y, francamente, no salí decepcionado.
El deleite verbal que la obra nos procura; la mirada tierna y levemente irónica del escritor; el cuidado con que trata, describe y da la vez y la voz a los personajes; el uso del estilo libre indirecto por un narrador omnisciente que se acopla a cada uno de los protagonistas; la moral que encierra, con la culpa y la redención como cargas personales y colectivas; el amor como posibilidad real en una España raquítica y miserable; la reconstrucción del presente a despecho del peso muerto de la historia, a despecho de la gravedad pretérita; el costumbrismo, los tipos reconocibles, pero también las sorpresas, las identidades confusas finalmente reveladas: todo esto hace de El testamento ológrafo la novela que mi padre habría disfrutado si hubiera podido leerla.
En una página de Héroes alfabéticos digo algo de un padre que es trasunto del mío. Hablo de sus hábitos como lector: «lleva desde 1973 (es decir, desde hace más treinta años) una libreta, un registro de las obras que ha leído (miles, hemos de suponer) y una calificación particular en donde anota su valoración del volumen: de 3 a 7, no preguntemos por qué. Cuando un libro le tienta, le seduce, le persuade, entonces le concede un siete, la máxima puntuación», nota que «es efectivamente un sobresaliente».
Estoy seguro de que, si hubiera podido leer El testamento ológrafo, mi padre habría calificado dicha novela con un 7, con la máxima puntuación. Y habríamos discutido felizmente. Seguro.
Nota de Europa Press (aquí)
Imágenes de la entrega de Premios (aquí). Cortesía de Isabel Zarzuela.
Glosa de Alfons Cervera en la entrega del Premio (aquí).
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