Pío Moa

Las iluminaciones de Pío Moa. El revisionismo antirrepublicano

Justo Serna (2007)

(Pasajes. Revista de pensamiento contemporáneo, núms. 21-22, 2007 , págs. 99-108)

El asunto principal aquí no es que Moa sea correcto en todos los temas que aborda. Esto no puede predicarse de ningún historiador y, por lo que a mí respecta, discrepo en varias de sus tesis. Lo fundamental es más bien que su obra es crítica, innovadora e introduce un chorro de aire fresco en una zona vital de la historiografía contemporánea española anquilosada, desde hace mucho tiempo, por angostas monografías formulistas, vetustos estereotipos y una corrección política dominante desde hace mucho tiempo. Quienes discrepen de Moa deben enfrentarse a su obra seriamente y, si discrepan, demostrar su desacuerdo en términos de una investigación histórica y un análisis serio que retome los temas cruciales“. Stanley Payne

Revisionismos

¿Tiene algún interés examinar la obra de esos publicistas y polemistas que se ocupan del pasado y que tanto estrépito ocasionan?  El historiador académico puede estar tentado de debatir sólo con sus iguales, dado que los textos de aquéllos no alcanzan los requisitos historiográficos mínimos que todo investigador solvente debería cumplir. En principio hace bien, pues  una discusión sobre objetos históricos necesita un marco común, unas exigencias mutuas y unos criterios compartidos. No te puedes comunicar con quien no emplea un mismo lenguaje. Por eso, en la Universidad, lo que los historiadores aprenden no son sólo unos contenidos, sino sobre todo unas convenciones que hagan comprensibles nuestras futuras investigaciones. Cuando se creó la Revue Historique (1876), una de las publicaciones más importantes del siglo XIX, los fundadores dieron por acabado el tiempo de los historiadores literatos. Había llegado el momento de los investigadores que paciente, laboriosa y modestamente llevarían a cabo sus pesquisas según criterios comunes para después comunicarlas sometiéndose a un lenguaje compartido.

Aceptemos o no todos sus requerimientos, aquellos pioneros  trataban de evitar la arbitrariedad del historiador o la reducción de la obra histórica a la ocurrencia particular, al  genio individual o a las presiones políticas externas. Los profesionales académicos no siempre han sabido cumplir con esas obligaciones, pero gracias a que la mayoría se atiene a ellas el resultado ha sido el del crecimiento de la disciplina. Se pueden organizar debates en los que quienes intervienen saben a lo que atenerse, qué consensos hay que respetar y en qué se puede disentir. Más aún, al valernos de esas convenciones (desde la obligatoriedad de las fuentes hasta los modos de exposición), hemos podido comunicar, en fin, los resultados de las investigaciones siendo comprendidos por nuestros interlocutores.

Por eso, en principio, entiendo que los historiadores académicos se abstengan de participar en lizas mediáticas sobre el pasado, en encarnizadas discusiones con publicistas de hoy que dicen ser investigadores aun cuando no respeten los requisitos mínimos de la profesión. Y, sin embargo, es un error abstraerse de ese combate, ya que no podemos dejar pasar la difusión de ideas nocivas, de enfoques empeñosamente erróneos o mixtificadores sobre el pasado.  La historiografía es el examen de lo que los historiadores escriben, cierto; pero también de lo que otros dicen sobre ese pasado, de lo que los contemporáneos proclaman con acierto o embuste.

En España, hay una tendencia de influencia creciente a la que por comodidad llamaremos revisionismo (como ha hecho Sebastian Balfour), con el mismo rótulo que también se ha empleado en otros  países. Quienes profesan estos revisionismos aquí y allá  tienen la característica común de separarse de lo que los historiadores académicos sostienen. ¿Con qué fin? Con el propósito de abatir consensos historiográficos, con el objetivo de interpretar el pasado con claves interesadamente políticas, sesgadas. Podríamos parafrasear al clásico y decir que todas las historiografías académicas se parecen, pero los revisionismos lo son cada uno a su manera. En efecto, aquí y allá, los historiadores académicos deben someterse a esas normas comunes, a esas claves de la profesión y a esas reglas básicas de la comunicación intelectual de las que antes hablaba. Eso nos iguala. Cuando ese flujo de intercambios se da, entonces nuestra profesión se convierte en un aula sin muros, en un colegio invisible en el que coinciden investigadores y autores de distintas procedencias y nacionalidades. En cambio, los revisionistas de la historia alemana, italiana o española, por ejemplo, no son idénticos, no se parecen: cada una de esas corrientes tiene sus propias características y cada una establece una relación distinta entre pasado y presente. Unos pretenden negar el Holocausto, otros esperan rehabilitar el nazismo, otros se empeñan en embellecer el fascismo.

En el caso español, la relectura del pasado hecha recientemente por los revisionistas es, por supuesto, antirrepublicana. Ahora bien, la rehabilitación del franquismo sólo es indirecta y vergonzante: los revisionistas suelen invocar el liberalismo, la democracia, pero sólo para justificar la dictadura como dique anticomunista, como régimen que facilitó el desarrollo económico, como sistema que procuró el bienestar. La evidencia de una España atrasada se achaca a los desmanes de la época republicana y a las consecuencias de la Guerra Civil, cuyos efectos destructivos justificarían el empobrecimiento posterior a 1939. Silencian, claro, la política económica desastrosa de la autarquía, la miseria añadida que provocó, el retraso de muchos años que los españoles debieron padecer. Así, finalmente, los efectos históricos de una época de crecimiento occidental –de los que se benefició una España esquilmada— no se contemplan como realidad común de aquella Europa de posguerra, sino como epopeya particular de un dictador benevolente.

Pero el presupuesto de ese revisionismo más importante no es el del crecimiento económico o el bienestar, sino un presunto silogismo político: si la etapa de la II República fue un período convulso y violento en la que no fue posible la democracia, si los republicanos fueron apoyados por la URSS durante la contienda,  entonces… la República no era un sistema democrático, los republicanos sólo eran unos totalitarios filobolcheviques. Con ello, el franquismo se redime políticamente. Pero hay más silogismos. Si las innovaciones y empeños sociales y políticos de aquel régimen no fueron los de una democracia, si la izquierda actual invoca aquel referente como lejana inspiración reformista, entonces… los socialistas de ahora sólo son unos totalitarios, una reedición de la tiranía. Pero estos razonamientos no son silogismos, sino sofismas en los que hay premisas en apariencia verdaderas que dan como resultado conclusiones supuestamente ciertas. A esta forma política de argumentar se le llama falacia.

Pues bien, los revisionistas cometen toda suerte de falacias que en nuestra disciplina  cobran la forma de infracciones historiográficas. El ejemplo mejor es el de Pío Moa y sus malos usos pueden resumirse en varias incorrecciones muy graves: la presentación del tiempo histórico bajo el supuesto implícito de la fatalidad, del determinismo retrospectivo; el anacronismo, o sea la mezcla de hechos de contextos distintos con el fin de hacer analogías con la época actual; la exposición panfletaria, expeditiva, de los datos y argumentos;  la falta o escasez de fuentes históricas con las que documentar las premisas. En el fondo, esas infracciones son las propias de quien no se atiene a los preceptos básicos sabiéndose amparado por una cobertura mediática de gran resonancia (en particular la que presta Federico Jiménez Losantos). La contraprestación  es obvia: ha de manufacturar libros y artículos que sirvan de munición histórica para la liza política de hoy. Tomemos uno que compendia sus diatribas historiográficas.

Las iluminaciones de Pío Moa

Moa ha debatido con historiadores profesionales sobre la Guerra Civil, sobre el franquismo y sobre los fundamentos historiográficos y heurísticos de sus libros.  Entre otros, con Enrique Moradiellos,  con Francisco Espinosa, con Alberto Reig Tapia y conmigo mismo. Una parte de esas discusiones han sido incorporadas en un libro reciente del que ahora hablaré. Digo un parte…, porque lo que Moa hace es reproducir sus artículos o diatribas, sin dar noticia de expresa de la respuesta de este o de aquel historiador. Por tanto, el lector de su volumen queda sin saber qué argumentaba la otra parte. Pero ese procedimiento intolerable en cualquier discusión académica no es lo peor. Lo más escandaloso es la aleación textual del libro: junto a esas discusiones historiográficas, el volumen reúne textos circunstanciales, de política actual, artículos, panfletos y proclamas. Por tanto, la mezcla de la historiografía y la agitación se hace explícita en esta obra y pone de relieve cuál es el auténtico propósito que anima a su autor. ¿Renovar la historiografía? ¿Aumentar el saber acumulado? Echemos un vistazo a su cubierta. Esa imagen ilumina de inmediato y contundentemente la naturaleza del revisionismo español de más éxito.


Cuando apareció, cuando lo vi en los expositores de novedades, me interesé por el libro. Lo primero que me llamó la atención fue su cubierta, una instantánea que ocupa todo el frontis y en la que vemos saludándose a dos dirigentes políticos. Visten elegantemente, con ternos de excelente paño. Detrás aparece el granito de una columna que adivinamos sólida, pétrea. Parecen estar en el porche de algún edificio oficial, en la recepción que uno da al otro antes de pasar al interior. Se dan la mano, con cortesía, pero el protocolo se rompe cuando uno de ellos señala algo que está fuera de campo, en la parte superior. Quien indica parece ser el anfitrión, ya que ese dominio de la escena (hacer dos cosas a la vez con las manos)  sólo puede deberse a aquella persona que conoce lo que allí hay u ocurre.

Pero no. Si lo pensamos bien, puede ser justamente al contrario. Puede, en efecto, que quien apunta con el dedo sea el huésped, tal vez admirado de algo que no esperaba: un ornamento o una gárgola o un cielo azulísimo. En ese caso, el anfitrión, chocando aún su mano, mira hacia ese punto que ignoramos, tratando de confirmar lo que el recién llegado le dice. Es el suyo un gesto de quien no esperaba tal cosa, esta leve ruptura del protocolo que alivia las rigideces propias de los encuentros oficiales. Le queda una mueca característica: la que solemos poner cuando miramos al cielo. Tal vez, no sea ese firmamento azul lo que ha sorprendido al visitante, sino unas nubes amenazadoras que anuncian lluvia. Muchas veces, cuando miramos el cielo, justamente porque levantamos la cabeza se nos suele quedar la boca entreabierta. Si alguien nos hiciera una fotografía en ese momento es probable que apareciéramos con una expresión poco favorecedora…

Pero no: esos labios entreabiertos quizá sólo indican que quien mira está hablando a la vez, confirmando la amenaza de esas lluvias venideras, sonriendo para restarle importancia. El resultado del cuadro, el efecto que produce en el espectador, es que quien señala con el dedo parece dominar la escena, con resolución, con esa campechanía que dan los muchos años de experiencia. Nada sabemos de lo que en realidad hablaron huésped y anfitrión, pues el hecho es mudo, un momento que captó la instantánea creando una imagen de cuyo sentido no hay registro en la cubierta. El tiempo quedó congelado en la fotografía, la circunstancia está abstraída y nos falta profundidad de campo, el contexto preciso. Por supuesto que podemos averiguar estos datos. Quién hizo la foto, qué reunión es ésa. Aun así, no lograríamos reunir todas las informaciones que dan sentido a los gestos.

Cuando una imagen está vacía o de ella se han amputado la mayor parte de los datos, entonces corremos el riesgo de fantasear, de añadirle lo que no tuvo, de sobreinterpretar (por decirlo con Umberto Eco), de manipularla para que esa instantánea diga lo que queremos que diga, para que parezca decir una cosa aun cuando no sepamos si efectivamente lo decía. Roland Barthes lo señaló con tino en dos de sus libros más sabios: Mitologías y La cámara lúcida. El momento se adhiere a la foto y eso le da un efecto de realidad a la instantánea. Pero si ese soplo está evacuado, vacío, entonces el retrato es como un significante sin significado, un significante cuyo relleno corresponde al espectador, inducido o no por quien dispone la fotografía, por quien nos la muestra.

El retrato no nos da a los personajes en su contexto, sino que, como en este caso, se lleva a la cubierta de un libro: es una imagen rodeada de otros elementos que no estaban en el instante original y que ahora sirven para interpretarla, sobreinterpretarla o malinterpretarla según las intenciones del autor y del editor. No significa nada que dos hombres se den la mano, que uno extienda el dedo índice de su mano izquierda y que el otro mire fuera de campo con un gesto o mohín. Acabará significando lo que los responsables del libro quieran. Pues bien, si el título del volumen es El iluminado de la Moncloa y otras plagas, entonces comprenderemos cuál es el resultado.

¿Quién es el iluminado?  Desde luego aquel que está en las nubes, aquel que está mirando las nubes.  ¿Qué papel desempeña el otro personaje? Desde luego, se apodera de la escena con ese dedo y parece notársele un aire desenvuelto, dominador, y ello, además, siendo el huésped…, ¿en la Moncloa?  Ya lo sabemos: quien mira con ese aire ensimismado es José Luis Rodríguez Zapatero; quien señala con energía campechana, franca,  es Jacques Chirac. ¿Fue así la circunstancia? Insisto, la falta de datos permite manipular la imagen para reforzar un determinado sentido: se vacía ese significante y se rellena con el título y con los contenidos del libro. Pues bien, ése es el modo de operar de Pío Moa, el autor del libro. Utiliza la realidad a su antojo para que sus fuentes, sus vestigios, sus documentos (y esta foto es un documento más) digan lo que él quiere que digan.

Leí el libro y confirmé lo que me temía y lo que le había reprochado yo mismo a Moa en una polémica que con él sostuve en mi blog a propósito de Franco. Un balance histórico. El modo de argumentar que tiene, me decía, entraña un empleo dudoso de las fuentes y de los testimonios. Cuando éstos se atienen a la tesis previa que se desgrana en el libro, cuando aquéllas se ciñen a lo que quiere sostener, entonces se cita al adversario, incluso al enemigo, de quien se podrá tomar una u otra frase que se acomode al esquema interpretativo. Cuando así ocurre, Moa  no se pregunta por la verdad de ese testimonio. Sin más admite la certeza o el acierto, justamente porque confirman lo que él ya sabía de antemano. Cuando, por el contrario, el documento (del mismo testimonio, por ejemplo) contradice el hilo argumental, entonces lo atribuye a la falsedad o a la doblez o a la ceguera o a la ignorancia del testigo. Es decir, el expediente del ensayo (género nobilísimo donde los haya) le sirve para justificar su pereza documental o para legitimar sus temeridades interpretativas con frases sacadas de texto o de contexto.

El propagandista Pío Moa

Por lo dicho y mostrado, se entiende y casi se justifica que, salvo excepciones, los historiadores profesionales se hayan desentendido de polemizar directamente con Pío Moa. Sabedores de cómo se las gasta el revisionista –profiriendo denuestos rencorosos contra el academicismo–, y sabedores del amparo mediático de que disfruta (Libertad digital y todo el entorno de Federico Jiménez Losantos que llega hasta Cadena Cope), los investigadores más reputados habían evitado toda controversia. Es darle alas, es procurarle oxígeno, es convertirlo en interlocutor, es proporcionarle publicidad para sus libros: las razones son reales o metafóricas, pero el caso es que los historiadores se habían abstenido de desmontar sus textos y de mostrar las graves insuficiencias de que están lastrados.

Tal vez pensaban que con Moa podía suceder algo semejante a lo ocurrido con Ricardo de la Cierva: desde los años ochenta –si no antes– sus procedimientos defectuosos, sus tesis inauditas y conspirativas, el alarmismo de sus libros, la hagiografía franquista de sus volúmenes, en fin, le fueron apartando de toda consideración académica y, por tanto, le fueron condenando al ostracismo intelectual. Vendidas o no vendidas, con público o sin publico, las obras de Ricardo de la Cierva no forman parte del canon historiográfico, simplemente porque el autor se ha enajenado el respeto de unos pares que comparten entre sí los mismos presupuestos metodológicos; que aceptan las mismas reglas heurísticas, documentales; que se obligan a razonar con la misma lógica; que se someten a las mismas formas de comunicar.

Si uno funda una editorial (Fénix) en la que publica sus propios libros, unos libros innumerables cuyas cubiertas (y contenidos) son siempre materia de escándalo como reclamo del gran público; si uno dice estar iluminando enigmas de la izquierda audazmente resueltos pese al tupido velo que los ocultaba; si uno cree descubrir aquí y allá conspiraciones que finalmente destapa a pesar de la hostilidad o del reparo de los académicos; si uno cree aclarar la explicación histórica frente al embrollo de los marxistas…, no parece que dicha empresa intelectual sea muy solvente, sensata, ni puede esperar que sus pares académicos le tomen en serio. Y así ha sido: De la Cierva tiene un público fiel aunque menguado, seguidores de aquel autor a quien ven como el guardián que tutela la memoria de Franco.

Tal vez, por eso, insisto, los historiadores pensaron que el modesto o el gran éxito de Pío Moa sería de una naturaleza similar: un publicista que osa tratar con desdén a la academia, que dice hacer grandes descubrimientos, que se muestra arrogante, desafiante, frente a la izquierda… Pero, a diferencia de Ricardo de la Cierva, Moa tiene dos recursos, retóricos y bien efectivos, que aquél no dispone. Primer recurso: dice escribir historia en defensa  de la democracia, desvelar las trampas de los socialistas o de los republicanos para mostrar la naturaleza antidemocrática de la izquierda, su irremediable estalinismo, sean cuales sean su origen o su época. Vista una izquierda, vista todas, dado que la actual invoca o exhuma el recuerdo de aquella experiencia republicana. Por tanto, la identificación del presente con el pasado resulta la conclusión inevitable, fatal. Los socialistas de hoy son un calco de los socialistas revolucionarios. Si, además, dicha revelación se hace apelando a la democracia liberal, entonces el público potencial es mayor, afín al sistema parlamentario, pero debelador de una izquierda de comportamientos bolcheviques. No importa si el bolchevismo desapareció; no importa si ya no estamos en los años treinta: lo significativo es que el comportamiento totalitario sigue siendo el mismo y los enemigos (ahora, de la democracia) también son los mismos. Moa critica el totalitarismo de los socialistas actuales, en el fondo, pero es más bien el suyo un procedimiento totalitario: propio de la propaganda política de inspiración bolchevique. De hecho, sus libros son munición propagandística.

Y es éste el segundo recurso de Moa que le diferencia de Ricardo de la Cierva: la cobertura mediática que le presta Federico Jiménez Losantos, una cobertura basada en las técnicas de una agitación y propaganda bien aprendidas por quienes fueron leninistas o maoístas. Permítanme para ilustrarlo un pequeño ejercicio de didascalia. En un viejo libro de Jean-Marie Domenach, titulado La propaganda política, se fijaban las reglas de los avisos políticos. Repasémoslas y veremos la aplicación inmediata que tienen en la obra de Pío Moa.

La primera –y más significativa– es la regla de la simplificación, regla del enemigo único, también llamado método de contaminación: un ideólogo o un partido o un movimiento sugieren que las divisiones de sus adversarios no son sino artificios destinados a confundir al pueblo y que en realidad esos enemigos sólo son uno: en Moa, los socialistas de los años treinta o los socialistas de ahora. La segunda regla es la de la exageración o desfiguración. Se trata de inflar todas las informaciones que son pertinentes a los propios intereses hasta el punto de esquematizar y estigmatizar al oponente. La tercera era la que Domenach llamaba regla de orquestación, es decir, el primer requisito que exige una buena propaganda es la repetición infatigable de ciertos temas: Moa ha creído hallar en la revolución de 1934 la clave conspirativa que explicaría todo el proceso posterior y a esa clave vuelve una y otra vez. “La propaganda ha de limitarse a un pequeño número de ideas y a repetirlas incansablemente”, añadía Domenach. “La masa no recordará las ideas más simples si no es a fuerza oírlas centenares y centenares de veces”, dijo un clásico del totalitarismo.  Pues bien, Moa repite machaconamente en sus libros unas cuantas ideas sustentadas en pocos, en escasísimos documentos sometidos a interpretaciones conspirativas que se compadecen bien con la perspectiva conspirativa que se extiende desde el 11-M entre ciertos sectores de la clase política.

La cuarta regla descrita en La propaganda política es la que Domenach llamaba regla de transfusión: la propaganda eficaz no inventa de la nada, no crea algo inexistente, sino que, por el contrario, opera sobre un sustrato preexistente de ideas, sentimientos o necesidades, una serie de preocupaciones o de evidencias de la ciudadanía que, debidamente transferidas y manipuladas, parecen ser evidentes y propias. Es decir, Moa no dice nada  nuevo que el sentido común franquista no haya dicho ya, pero en vez de revestirlo con un aparatoso envoltorio franquista, lo justifica con un bla-bla-bla demoliberal (esa concepción que tanto odiaba Franco). La quinta regla es la que llamaremos de unanimidad o de contagio. Resulta evidente que las opiniones antagónicas no subsisten en el ideario del individuo si no hay una presión de los grupos sociales a los que pertenece o a los que da crédito. Se trata, por tanto, de cooptar a distintos sectores para que contagien a los fríos o a los indiferentes. En este punto, Internet desempeña un papel fundamental: Libertad Digital y sus campañas le sirven de refuerzo mediático y su blog en dicha plataforma es un cenáculo al que acuden adeptos, pero también curiosos bienintencionados.

¿Cuáles la razón de su éxito? Aparte de las anteriores, la poca lectura que de la Guerra Civil o del franquismo se ha hecho. Son tantos y tantos los lectores que ignoran la literatura franquista sobre la Guerra; son tantos y tantos los lectores que desconocen lo que la historia académica ha dicho sobre el particular, que no extraña la irrupción de revisionistas que se apoyan en esa ignorancia, revisionistas que, como antes decía, suministran munición ideológica para un presente en el que algunos han hecho del pasado su particular campo de batalla. O, como decía Javier Cercas, dado que el conocimiento fundado y documentado de los historiadores académicos ”no ha llegado a la sociedad, permeándola y permitiendo en consecuencia instituir un relato consensuado de nuestro pasado inmediato que, como un mínimo común denominador, sin  tergiversar la  realidad histórica sea aceptado por la mayoría de la sociedad”, el resultado es un confuso historicismo rencoroso y manipulador.

¿Y por qué los historiadores no han sido capaces de hacer llegar sus obras, de comunicar bien sus resultados?

La historia es un campo de batalla

AntiMoa, de Alberto Reig Tapia, es uno de los pocos libros que abordan directamente el fenómeno del revisionismo, sus procedimientos y sus recursos. Aunque coincido con la crítica que el autor hace a Pío Moa y a otros propagandistas afines, no comparto sus usos lingüísticos, su expresión y buena parte de sus metáforas. Vitupera, pero los denuestos que les reparte no son una prueba para la convicción. He de admitir que es un libro necesario, necesario por su objeto, pues desmonta pieza a pieza lo que son textos históricos mixtificadores o incluso panfletarios que tanto le y nos irritan. Por eso, al volumen le sobra la retórica que vilipendia: el énfasis retador. Tomar el pasado para hacer de él lo que a uno buenamente le conviene, tratando de sacar provecho político (porque de eso se trata), es una empresa académicamente reprochable: entraña manipulación, uso selectivo e interesado de las fuentes y de la  bibliografía, y conversión de los objetos históricos en espejo del presente.

Pues bien, Reig Tapia nos hace ver cómo manipulan Pío Moa, Federico Jiménez Losantos, César Vidal, entre otros, la distancia que les separa de la investigación pausada y exhaustiva que se propone todo historiador riguroso, los años de esfuerzo archivístico a que se obliga. Ahora bien, el autor tiene una concepción virginal de la historia, cosa que le permite entender a los revisionistas como violadores. Es cierto que éstos saquean, pero los malos usos que en ellos podemos denunciar también podrían reprocharse a los historiadores poco rigurosos. Para explicarme, permítaseme decir cosas archisabidas pero argumentalmente necesarias.

Un objeto histórico no se aclara o ilumina en un santiamén, sino que exige, en primer lugar, una lectura previa de la bibliografía en curso para elaborar un estado de la cuestión. Es decir, el historiador que determina investigar este o aquel tema no se aventura a tontas o a locas, a ciegas, sino que lo hace habiendo leído, consultado, examinado las obras de quienes le precedieron y que, antes que él, dedicaron años y años de pesquisa y reflexión. Desde este punto de vista, la historia es una tarea modesta, un ejercicio de paciencia. La lectura de bibliografías en ocasiones oceánicas, inacabables, obligan al neófito a ser humilde, a no creerse más original de lo que razonablemente puede ser. Otros antes que él llegara se le adelantaron y consumieron tiempo en dicho objeto.

Pero ese objeto no se impone por si solo, con un determinismo que lo haría obvio. El historiador necesita una hipótesis, una explicación primitiva y provisional que ha de contrastar con lo dicho por otros y con lo que va a descubrir en los archivos. Una hipótesis es, en otros términos, una conjetura, pero no una formulación ocurrente, sino un significado razonablemente elaborado a partir de los conocimientos adquiridos. No deberíamos confiar demasiado en quien se entrega con ardor de neófito a la hipótesis imprevista o, si se quiere, a la conjetura impensada: hay bastantes posibilidades de que esa fórmula no sea más que una bobada. Como decía Umberto Eco en Semiótica y filosofía del lenguaje, una buena conjetura ha de empezar siempre por lo razonable, por lo sensato, por lo habitual, por lo acostumbrado, por lo que otros han documentado con éxito. Sólo se descartarán esas hipótesis cuando no funcionen visiblemente: es entonces cuando nos aventuraremos con explicaciones más audaces.

Pero, además de bibliografía e hipótesis, la investigación histórica se desarrolla con un rastreo documental exhaustivo. Eso significa que el historiador debe visitar archivos, muchos archivos, guiado por su intuición y por los indicios que le llevan, armando las piezas de un inmenso puzzle. Pero quizá esa imagen sea inadecuada: en un rompecabezas, los cachitos han de encajar y sus perfiles se acoplan si el jugador tiene pericia y paciencia. En la consulta documental, el historiador no es propiamente un jugador ni tampoco arma puzzles. En realidad, acopia testimonios numerosos (si es que los hay y han sobrevivido personal o materialmente) que suelen ser contradictorios y que le permiten hacerse una idea también contradictoria del objeto histórico. Son numerosas las versiones del pasado, de este o de aquel hecho del pasado, y por tanto el investigador trata de extraer de ellas la explicación y la interpretación que juzga más próximas a la verdad. El historiador sabe que la versión que componga se apoyará en distintos puntos de vista y será una composición más cierta que los testimonios sesgados que ha reunido. Con esa información abultada e incongruente es con lo que se construye la historia y dicho rastreo exige tiempo, mucho tiempo de dedicación. No podemos seleccionar unos pocos documentos que nos confirmen para testimoniar sesgadamente. Lo que debemos hacer es consumir energías, tiempo e inteligencia en una pesquisa laboriosa, una pesquisa en la que nos manchamos las manos y nos quemamos las pestañas con el polvo de los archivos, de esos papeles que amarillean. Abreviar los tiempos de consulta y acumular rápidamente dan  como resultado un soporte documental insuficiente y engañoso, pues la administración de la prueba será errónea o parcial.

Pero los historiadores escriben. Es decir, los investigadores han de suministrar esa información reunida o esa hipótesis confirmada o corregida o desechada en un texto que tiene orden. En la obra histórica se administran los datos (el momento o el lugar de su presentación) de acuerdo con las necesidades de exposición. No escribimos (o, al menos, no deberíamos escribir) sin tener un esquema, un índice de asuntos y de problemas, pero tampoco deberíamos redactar sin ser conscientes de qué retórica expresiva es la que vamos a emplear. La escritura histórica no es natural, por supuesto. Es una operación intelectual que requiere de mucho artificio (que no ficción), artificio que supone comunicar, transmitir información, pero también provocar un efecto, persuadir, atraer al lector. Narrar, en suma. Éste es un logro que, lamentablemente, no siempre está al alcance de todos los historiadores, pues el hábito profesional ha hecho que muchos investigadores conciban sus libros para sus pares o iguales, pereza expresiva que daña el interés general de sus obras. No significa que no estén bien informadas; no significa que no estén bien fundamentadas. Lo que quiere decir es que hay muchos historiadores que no adoptan el mismo rigor cuando se expresan que cuando  se documentan. Pero dicho rigor no se resuelve teniendo una bella prosa, con alardes verbales, con barroquismos o lirismos, sino haciendo de la escritura un ensayo de expresión: no hay forma, por un lado, y fondo, por otro. De lo que se trata es de expresarnos con el mayor rigor posible sabiendo que no nos dirigimos sólo a los historiadores (que son los que validan la seriedad del producto), sino también a otros destinatarios que no comparten nuestra jerga profesional o nuestros supuestos. Eso nos obliga al mayor esmero verbal, narrativo e informativo, sabedores de los distintos públicos a los que deberíamos llegar.

Sin embargo, cumplidas esas etapas con eficacia y rigor, eso no significa que hallamos resuelto nuestro problema de comunicación, pues en la sociedad de la información, los medios, la publicidad, los diferentes reclamos se reparten de manera desigual. Pues bien, los historiadores han descuidado su inserción en este ámbito, creyendo en el mejor de los casos que la comunicación de masas la resolvemos con divulgación, con buena divulgación. Sin rechazar esta tarea, no creo que la meta se agote en ello. Comunicar bien es lograr atraer la atención de un público variable, voluble, que normalmente se deja guiar por las solicitaciones del presente. El historiador no puede dejar de conectar lo que trata, lo que aborda, con el tiempo histórico en el que vive. Si exhuma el pasado como si éste tuviera valor en sí mismo, el lector menos informado probablemente  se desinteresará, creyendo que esas piezas desenterradas nada tienen que ver con él. Pero lo que el historiador no puede ignorar es el estado general de la comunicación que hoy hay. En España, los llamados revisionistas han redescubierto el valor de la agitación y la propaganda y han advertido que el valor de sus ideas sólo podrá certificarse con la eficacia de la comunicación. Acierta Reig Tapia cuando examina a Jiménez Losantos como principal artífice de esta operación: dotarse de unos medios para emprender una auténtica  “guerrilla semiológica” ha sido su logro decisivo. Mientras los revisionistas ocupan el ciberespacio, los historiadores serios, profesionales y dengosos suelen manifestar sus reparos a la Red, dejando que otros vendedores ocupen el mercado de la historia.

“La historiografía tendrá siempre por delante una tarea sin fin, una fascinante labor: impedir  la manipulación de la verdad histórica por sus tergiversadores profesionales al servicio de determinadas  ideologías e intereses. A veces la Historia es secuestrada del templo de la inteligencia por simples mercaderes y, en tal caso, no hay más camino que arrebatársela de nuevo a los traficantes que explotan en su propio beneficio para devolverla, si somos capaces de ello, aún más limpia y transparente al noble santuario en el que habita”, dice Alberto Reig Tapia. No me gusta esa metáfora. La historia no es algo virginal que esté alojado en un santuario –en la Academia–, algo que se corrompa por el trato que de ella hacen unos mercaderes.

Si es así, no se entiende por qué Stanley G. Payne, historiador académico, avala unas investigaciones que se ve a lo que conducen: a la manipulación. Dice Payne que Moa “presenta sus tesis principales enérgicamente y, como es habitual en el caso de la historiografía revisionista, en ocasiones con un énfasis exagerado, en aras del efecto polémico”. La manipulación y la agitación no son un énfasis exagerado: son manipulación y agitación que sacrifican la investigación al efecto polémico, una campaña revisionista cuyo principal valedor es Federico Jiménez Losantos. Es probable que el antifascismo haya velado ciertos temas y haya impuesto ciertos enfoques, pero no es menos verdad que el anticomunismo no da necesariamente la razón historiográfica. “Lo más reseñable es que, aparentemente, no hay una sola de las numerosas denuncias de la obra de Moa que realice un esfuerzo intelectualmente serio por refutar cualquiera de sus interpretaciones”, añade Payne. “Los críticos adoptan una actitud hierática de custodios del fuego sagrado de los dogmas de una suerte de religión política que deben aceptarse puramente con la fe y que son inmunes a la más mínima pesquisa o crítica. Esta actitud puede reflejar un sólido dogma religioso pero, una vez más, no tiene nada que ver con la historiografía científica”. ¿La historiografía científica? Por lo que se ve, el academicismo tampoco es freno para porfiar en el error historiográfico.

Espero haber mostrado cuáles son los usos y la propaganda de la que se vale Moa, agitación que se ve hasta en las cubiertas de sus libros. La historia es una batalla por la verdad; pero la historia es también el campo de batalla, y la comunicación, su principal recurso. Eso no podemos olvidarlo. Las agitaciones de Moa nos lo recuerdan.

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Referencias bibliográficas citadas

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–“Las razones de una crítica histórica”, El Catoblepas, núm. 15 (2003), en http://www.nodulo.org/ec/2003/n015p11.htm

Payne, Stanley, “Mitos y tópicos de la guerra civil”, Revista de Libros, núms. 79-80 (2003).

Pons, Anaclet y Serna, Justo,“Apología de la historia metódica”, Pasajes. Revista de pensamiento contemporáneo, núm. 16 (2005).

Reig Tapia, AntiMoa, Barcelona, Ediciones B, 2006.

Revue historique, “Centenaire de la Revue historique“, Revue historique núm. 518 (1976).

Serna, Justo, Pío Moa, en http://www.uv.es/jserna/PioMoa.htm y en

Los archivos de Justo Serna (https://justoserna.wordpress.com)

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