Uno. Todo acaba dependiendo de su representación. Lo real existe, vaya si existe: quienes pasan estrecheces o quienes padecen hambre no dudan de lo real: les pesa. Quizá quieran escapar de las cosas materiales, pero no ignoran los daños que la realidad les inflige. Sin embargo, que el asunto vaya bien o vaya mal, que lo veamos así o de otra manera, parece obra de un discurso, de un discurso que será más o menos convincente, de su puesta en escena.
«Sí, sí», admitirá éste, «pero los discursos no son la realidad, la entera realidad». Es un argumento cierto: no son todo lo real, pero los actos humanos acaban dependiendo de lo que los individuos juzgan verdadero. Vean, si no me creen, lo que le está ocurriendo a José Luis Rodríguez Zapatero, que bracea sin éxito en un mar de confusión. Desde la primera legislatura, la lucha política se reduce a una confrontación de discursos, de discursos más o menos convincentes. ¿Recuerdan las teorías sobre el 11-M, aquellas que ciertos medios difundieron? Aún no hemos visto a Mariano Rajoy desmintiendo las especulaciones que su partido alentó.
Hace muchos años, Roland Barthes dijo que el hecho sólo tiene una existencia lingüística. Fue severamente reprendido por sostener esto, un aserto inspirado en Friedrich Nietzsche. ¿Por qué fue amonestado? Pues porque más allá del discurso hay hambre y hay penalidades. La crisis la padecen todos: unos más que otros; y otros, muchísimo. Pero la actividad política parece reducir el hecho, el hecho bruto, a pura existencia lingüística. ¿Es una novedad? No, desde luego, pero ahora que todo es mediático, ahora que todo está representado en los medios, un buen discurso te salva o te da prórroga u oxígeno. No vi el partido de España en televisión, pero ya ven: se me pegan el lenguaje futbolístico y el dolor de un país entero que llora la derrota ante el combinado suizo. Ese portero…
«Son las diez y media y no hay crisis», ha dicho Herman Van Rompuy en la reunión de los veintisiete jefes de Estado o Gobierno de la Unión Europea. Son las doce y pico cuando publico estas palabras. De repente me doy cuenta de que hace un par de años escribí algo semejante pero con un sentido inverso. O no: ustedes verán.
Dos. Leo la prensa tras el partido de España, ignorante de sus imágenes. Yo no vi el encuentro y, por tanto, he de fiarme de lo que los periódicos me detallan. Leo y aumenta mi estado de confusión. Lo que parecía un hecho evidente –España pierde ante la selección helvética por despiste, por presión, por mala suerte– se convierte en objeto de incabables metáforas. Cómo no.
Es el peso de las imágenes fijadas de antemano, de los estereotipos que aún circulan, de las concepciones que se plasman en caracteres nacionales. El fatalismo español, por ejemplo. Vuelve la impresión de que, haga lo que haga, la selección acaba tropezando. Como si una maldición atávica se cumpliera inexorablemente; como si la Armada Invencible regresara desarbolada. Es lo que escribía Hermann Tertsch en Abc. Bajo el título de «España campeona«, el columnista arremetía contra Rodríguez Zapatero. Mejor dicho contra el Gran Timonel, que es la designación boba y maoísta que Tertsch utiliza contra el presidente del Gobierno.
«En fin, que el comienzo del Mundial de Nelson Mandela se puede convertir en la gran metáfora de nuestra suerte. Qué paradoja que un acontecimiento bajo el patrocinio de un hombre sometido a la verdad, ejemplo de la dignidad, venga a recordarnos a todos los españoles el alarde de la mentira de nuestro presidente, el revanchista petimetre. Ni tanto ni tan calvo, se decía. Mejor dicho hoy, calvísimo. Y nada de tanto. Porque el menester será, no de años, sino generacional. Años tardaremos en recuperarnos de tanta mentira e incompetencia».
¿De qué hablaba Tertsch? ¿De fútbol, de economía o de política? El columnista mezclaba todo con voluntad deliberadamente confusa o manipuladora.
Con estos materiales imprecisos y con estas imágenes prefijadas, otros periódicos comentaban ese mismo día el estado de España.
Veamos, por ejemplo, la portada de El Mundo correspondiente al jueves 17 de junio. Echen un vistazo a esa primera plana. Pero mírenla entera. En un momento se salta de la metáfora futbolística a la analogía económica. Si leemos rápidamente, no caeremos en la cuenta: en medio de especulaciones sobre el estado financiera de España, toda noticia que se relacione con ello provoca interés y sobre todo aumenta la inquietud.
Pues bien, El Mundo titula la noticia inferior de su portada en estos términos: «Los especuladores suizos disparan el riesgo de España». Y añaden como subtítulo: «Baja la cotización y crece el diferencial con Alemania». Por supuesto, Orfeo Suárez –que es el asombroso autor de esta noticia– no está informando de asuntos económicos, sino de la Armada Invencible. Ya puestos…
Este plumilla de El Mundo y el director de dicho medio como responsable incumplen el primer precepto del periodismo: no presentar las noticias de manera confusa, no mostrarlas con ambigüedad, justamente para evitar el efecto contrario o contradictorio. Pero, en dicho periódico, el discurso se vuelve munición de combate y la manipulación resulta un caldo de pesada digestión. ¿No estábamos con metáforas gastadas? ¿No querían caldo? Pues tomen dos tazas.
Tres. Para quien no sea español, Belén Esteban es un objeto extraño, una realidad indescifrable. O no tanto… En 1998, cuando la conocimos, Esteban era una chica de barrio, modestita: la legítima esposa de Jesulín de Ubrique. ¿Jesulín? Aunque ya está en horas bajas y consume sus días con una muchacha de Castellón de la Plana, nadie en España ha olvidado a aquel torero simpático e inculto, con mucho arrojo mediático, capaz de cantar con un empeño notable:
Jesulín era, sí, un torero muy amado por cierto público femenino. ¿Muy amado? ¿Por qué? Aparte del gracejo y del desparpajo destacaban en él su alegría inconsciente, su populismo taurino, su ignorancia impenitente. Por ejemplo, se encerraba él sólo con seis morlacos en corridas reservadas para mujeres, y eso provocaba el delirio, según dicen los cronistas con prosa evidente. Además, no ocultaba su gusto por los lujos de nuevo rico: sus cochazos, Audis y demás, o ese chalé o cortijo de nombre enfático, Ambiciones. Allí, en Ambiciones, residieron Belén Esteban, Jesulín y la hija de ambos, Andreíta. Allí vivieron hasta que se rompió el matrimonio: se les rompió el amor, como decía Rocío Jurado. La familia del de Ubrique compartía la vida con otros personajes igualmente ambiciosos, los padres y hermanos de Jesulín, entre quienes destacaba el patriarca de la familia, don Humberto Janeiro. Y eso, en efecto, acabó quebrando la fidelidad.
Se separan. Desde entonces, Belén Esteban comienza una carrera en solitario. No se matricula en nada. De repente descubrimos que aquella muchacha modosita, siempre a la sombra de Jesulín, es una fiera, casi un toro. Aumentan sus apariciones televisivas y en la prensa rosa. Habla con mayor desparpajo que su ex marido, sentencia ante las cámaras y filosofa con gramática parda y algo de sentido común. Es lenguaraz y no le importa trastabillar o equivocarse.
Se presenta como la princesa del pueblo y, por ello, tiene dificultades para llegar a lo más alto. Quiero decir: ya está en lo más alto y quizá por eso es odiada tanto como es amada. Amada por el Pueblo, así, en mayúsculas. Y odiada por los antiguos y por los nuevos habitantes de Ambiciones. Y por vecinos traidores… El resultado, materialmente hablando, es muy lucrativo. Pasa por distintos platós de televisión rentabilizando los restos de su antiguo matrimonio, las habladurías. Se incorpora como colaboradora de programas rosas exhibiendo su ignorancia, sus ingenios verbales y buen corazón. No se avergüenza de sí misma.
Sobrelleva alguna enfermedad que declara en público (tiene azúcar) y se restaura la cara con alguna cirugía imposible. Ella es como la chica sin estudios que ha llegado, como la reina salida del barrio, algo muy folletinesco y consolador. ¿Qué más se puede pedir? Telecinco la catapulta: participa en distintos programas reventando los índices de audiencia. Cuando la veo en televisión olvido la realidad, lo juro. En ocasiones, cuando he ido a parar a Telecinco, me pregunto qué hago allí. Algún día, yo también seré responsable de su caída.





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