La realidad, dos o tres cosas que sé de ella

Uno. Todo acaba dependiendo de su representación. Lo real existe, vaya si existe: quienes pasan estrecheces o quienes padecen hambre no dudan de lo real: les pesa. Quizá quieran escapar de las cosas materiales, pero no ignoran los daños que la realidad les inflige. Sin embargo, que el asunto vaya bien o vaya mal, que lo veamos así o de otra manera, parece obra de un discurso, de un discurso que será más o menos convincente, de su puesta en escena.

“Sí, sí”, admitirá éste, “pero los discursos no son la realidad, la entera realidad”. Es un argumento cierto: no son todo lo real, pero los actos humanos acaban dependiendo de lo que los individuos juzgan verdadero. Vean, si no me creen, lo que le está ocurriendo a José Luis Rodríguez Zapatero, que bracea sin éxito en un mar de confusión. Desde la primera legislatura, la lucha política se reduce a una confrontación de discursos, de discursos más o menos convincentes. ¿Recuerdan las teorías sobre el 11-M, aquellas que ciertos medios difundieron? Aún no hemos visto a Mariano Rajoy desmintiendo las especulaciones que su partido alentó.

Hace muchos años, Roland Barthes dijo que el hecho sólo tiene una existencia lingüística. Fue severamente reprendido por sostener esto, un aserto inspirado en Friedrich Nietzsche. ¿Por qué fue amonestado? Pues porque más allá del discurso hay hambre y hay penalidades. La crisis la padecen todos: unos más que otros; y otros, muchísimo. Pero la actividad política parece reducir el hecho, el hecho bruto, a pura existencia lingüística. ¿Es una  novedad? No, desde luego, pero ahora que todo es mediático, ahora que todo está representado en los medios, un buen discurso te salva o te da prórroga u oxígeno. No vi el partido de España en televisión, pero ya ven: se me pegan el lenguaje futbolístico y el dolor de un país entero que llora la derrota ante el combinado suizo. Ese portero…

“Son las diez y media y no hay crisis”, ha dicho Herman Van Rompuy en la reunión de los veintisiete jefes de Estado o Gobierno de la Unión Europea. Son las doce y pico cuando publico estas palabras. De repente me doy cuenta de que hace un par de años escribí algo semejante pero con un sentido inverso. O no: ustedes verán.

Dos. Leo la prensa tras el partido de España, ignorante de sus imágenes. Yo no vi el encuentro y, por tanto, he de fiarme de lo que los periódicos me detallan. Leo y aumenta mi estado de confusión. Lo que parecía un hecho evidente –España pierde ante la selección helvética por despiste, por presión, por mala suerte– se convierte en objeto de incabables metáforas. Cómo no.

Es el peso de las imágenes fijadas de antemano, de los estereotipos que aún circulan, de las concepciones que se plasman en caracteres nacionales. El fatalismo español, por ejemplo. Vuelve la impresión de que, haga lo que haga, la selección  acaba tropezando. Como si una maldición atávica se cumpliera inexorablemente; como si la Armada Invencible regresara desarbolada. Es lo que escribía Hermann Tertsch en Abc. Bajo el título de “España campeona“, el columnista arremetía contra Rodríguez Zapatero. Mejor dicho contra el Gran Timonel, que es la designación boba y maoísta que Tertsch utiliza contra el presidente del Gobierno.

“En fin, que el comienzo del Mundial de Nelson Mandela se puede convertir en la gran metáfora de nuestra suerte. Qué paradoja que un acontecimiento bajo el patrocinio de un hombre sometido a la verdad, ejemplo de la dignidad, venga a recordarnos a todos los españoles el alarde de la mentira de nuestro presidente, el revanchista petimetre. Ni tanto ni tan calvo, se decía. Mejor dicho hoy, calvísimo. Y nada de tanto. Porque el menester será, no de años, sino generacional. Años tardaremos en recuperarnos de tanta mentira e incompetencia”.

¿De qué hablaba Tertsch? ¿De fútbol, de economía o de política? El columnista mezclaba todo con voluntad deliberadamente confusa o manipuladora.

Con estos materiales imprecisos y con estas imágenes prefijadas, otros periódicos comentaban ese mismo día el estado de España. Veamos, por ejemplo, la portada de El Mundo correspondiente al jueves 17 de junio. Echen un vistazo a esa primera plana. Pero mírenla entera. En un momento se salta de la metáfora futbolística a la analogía económica. Si leemos rápidamente, no caeremos en la cuenta: en medio de especulaciones sobre el estado financiera de España, toda noticia que se relacione con ello provoca interés y sobre todo aumenta la inquietud.

Pues bien, El Mundo titula la noticia inferior de su portada en estos términos: “Los especuladores suizos disparan el riesgo de España”. Y añaden como subtítulo: “Baja la cotización y crece el diferencial con Alemania”. Por supuesto, Orfeo Suárez –que es el asombroso autor de esta noticia–  no está informando de asuntos económicos, sino de  la Armada Invencible. Ya puestos…

Este plumilla de El Mundo y el director de dicho medio como responsable incumplen el primer precepto del periodismo: no presentar las noticias de manera confusa, no mostrarlas con ambigüedad, justamente para evitar el efecto contrario o contradictorio. Pero, en dicho periódico, el discurso se vuelve munición de combate y la manipulación resulta un caldo de pesada digestión. ¿No estábamos con metáforas gastadas? ¿No querían caldo? Pues tomen dos tazas.

Tres. Para quien no sea español, Belén Esteban es un objeto extraño, una realidad indescifrable. O no tanto… En 1998, cuando la conocimos, Esteban era una chica de barrio, modestita: la legítima esposa de Jesulín de Ubrique. ¿Jesulín? Aunque ya está en horas bajas y consume sus días con una muchacha de Castellón de la Plana, nadie en España ha olvidado a aquel torero simpático e inculto, con mucho arrojo mediático, capaz de cantar con un empeño notable:

Jesulín era, sí, un torero muy amado por cierto público femenino. ¿Muy amado? ¿Por qué? Aparte del gracejo y del desparpajo destacaban en él su alegría inconsciente, su populismo taurino, su ignorancia impenitente. Por ejemplo, se encerraba él sólo con seis morlacos  en corridas reservadas para mujeres, y eso provocaba el delirio, según dicen los cronistas con prosa evidente. Además, no ocultaba su gusto por los lujos de nuevo rico: sus cochazos, Audis y demás, o ese chalé o cortijo de nombre enfático, Ambiciones. Allí, en Ambiciones, residieron Belén Esteban, Jesulín y la hija de ambos, Andreíta. Allí vivieron hasta que se rompió el matrimonio: se les rompió el amor, como decía Rocío Jurado. La familia del de Ubrique compartía la vida con otros personajes igualmente ambiciosos, los padres y hermanos de Jesulín, entre quienes destacaba el patriarca de la familia, don Humberto Janeiro. Y eso, en efecto, acabó quebrando la fidelidad.

Se separan. Desde entonces, Belén Esteban comienza una carrera en solitario. No se matricula en nada. De repente descubrimos que aquella muchacha modosita, siempre a la sombra de Jesulín, es una fiera, casi un toro. Aumentan sus apariciones televisivas y en la prensa rosa. Habla con mayor desparpajo que su ex marido, sentencia ante las cámaras y filosofa con gramática parda y algo de sentido común. Es lenguaraz y no le importa trastabillar o equivocarse.

Se presenta como la princesa del pueblo y, por ello, tiene dificultades para llegar a lo más alto. Quiero decir: ya está en lo más alto y quizá por eso es odiada tanto como es amada. Amada por el Pueblo, así, en mayúsculas. Y odiada por los antiguos y  por los nuevos habitantes de Ambiciones. Y por vecinos traidores… El resultado, materialmente hablando, es muy lucrativo. Pasa por distintos platós de televisión rentabilizando los restos de su antiguo matrimonio, las habladurías. Se incorpora como colaboradora de  programas rosas exhibiendo su ignorancia, sus ingenios verbales y buen corazón. No se avergüenza de sí misma.

Sobrelleva alguna enfermedad que declara en público (tiene azúcar) y se restaura la cara con alguna cirugía imposible. Ella es como la chica sin estudios que ha llegado, como la reina salida del barrio, algo muy folletinesco y consolador. ¿Qué más se puede pedir? Telecinco la catapulta: participa en distintos programas reventando los índices de audiencia. Cuando la veo en televisión olvido la realidad, lo juro. En ocasiones, cuando he ido a parar a Telecinco, me pregunto qué hago allí. Algún día, yo también seré responsable de su caída.

19 comments

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  1. Alejandro Lillo

    El futbol es algo extraordinario. Subsume de forma verdaderamente asombrosa la mayoría de los preceptos del capitalismo. Alguien debería realizar un estudio sobre la sociología política del fútbol, al menos aquí en España. Estoy convencido de que arrojaría mucha luz sobre lo que nos está pasando.

    A la espera de por dónde saldrá el señor Serna con esa enigmática foto de “El portero”, diré una cosa a este respecto: si por algo se caracteriza el “deporte rey”, al menos en este nuestro país, es por su absoluta falta de paciencia. Los éxitos tienen que llegar ya, tienen que ser instantáneos y el fracaso no se tolera. Además, los equipos -y en especial los equipos “buenos”- tienen que ganar siempre. Hay que ganar siempre. Así, por ejemplo, la selección española que compite estos días en el mundial ha pasado, en apenas noventa minutos, de ser la principal aspirante a ganar el título, a volver a ser la principal candidata a caer en cuartos (si se supera la primera fase, claro). En el mundo del fútbol se pasa del blanco al negro en un suspiro, sin criterio alguno y de forma aparentemente absurda. Que quieren que les diga, me recuerda a los mercados, a la “racionalidad” de los mercados. Esas ansias de ganar siempre, de ganar cada vez más, de no aceptar la pérdida ni la derrota, ¿no es un rasgo característico de nuestro tiempo? ¿A dónde vamos con ese modelo? Y lo peor de todo esto es que sólo ganan los que tienen dinero. No nos importa de dónde ha salido ni cómo o con qué medios lo han conseguido. El que tiene dinero es el que gana, y el que gana es el que tiene la razón y la verdad, y el contrario pasa a ser el que estaba equivocado y me paro aquí que voy a empezar a divagar…

    (A los quisquillosos como David P. Montesinos, que seguro se está frotando las manos para darme caña (posiblemente con merecimiento) ya le advierto que sé que el modelo anglosajón es distinto y que allí, se vive no sólo el fútbol, sino también el deporte de forma distinta a como lo sienten españoles e italianos, por poner un ejemplo).

  2. David P.Montesinos

    Le voy a dar un poco de caña, pero con cariño. El planteamiento que históricamente ha seguido el futbol anglosajón, y más en concreto el británico, “fue” admirable, pero el verbo va en pretérito. Hasta hace dos décadas, los clubs de la Premier League se negaban a fichar jugadores de fuera de la UK. Así, practicaban un futbol idiosincrático, había códigos de honor semejantes a los de rugby y los entrenadores podían durar décadas, sin las impaciencias que ahora nos caracterizan. Con la Ley Bosman, que permitía el tránsito sin restricciones de todos los futbolistas europeos, y ante la evidencia de que solo con jugadores locales era imposible ganarle a las grandes potencias de las ligas italianas o española. Pues bien, el resultado es el que ahora observamos en la premier. Ya no hay un estilo futbolístico identificable, se acabaron los códigos de lealtad y la ejemplaridad, de manera que los jugadores son tan tramposos como en todas partes… Hay equipos en que juegan hasta un noventa por ciento de extranjeros, los clubs son empresas inflacionarias y endeudadas, que en algunos casos caen en manos de multinacionales del petróleo o se vinculan a capital ruso de origen sospechoso, muchos se entregan a prácticas de especulación con sus propiedades inmobiliarias históricas, de lo que aquí también sabemos mucho… Créame, Inglaterra ya es solo una bonita leyenda. No solo es un problema futbolístico. Por no ponerme inmoderado, que ya sé que al blogger no le mola, me entran ganas de decir que UK es el modelo de lo que en Europa debemos aprender a evitar, pero lo dejo para otro día…

  3. David P.Montesinos

    Un libro, “Fútbol posnacional”, trabajo colectivo dirigido por Ramón Llopis y que analiza el impacto que sobre distintos lugares del planeta tiene el modelo de globalización que se ha impuesto en el fútbol. El artículo del propio Llopis, o alguno sobre Brasil son francamente interesantes.

  4. Sigue...

    Dos. Leo la prensa tras el partido de España, ignorante de sus imágenes. Yo no vi el encuentro y, por tanto, he de fiarme de lo que los periódicos me detallan. Leo y aumenta mi estado de confusión. Lo que parecía un hecho evidente –España pierde ante la selección helvética por despiste, por presión, por mala suerte– se convierte en objeto de incabables metáforas. Cómo no.

    Es el peso de las imágenes fijadas de antemano, de los estereotipos que aún circulan, de las concepciones que se plasman en caracteres nacionales. El fatalismo español, por ejemplo. Vuelve la impresión de que, haga lo que haga, la selección acaba tropezando. Como si una maldición atávica se cumpliera inexorablemente; como si la Armada Invencible regresara desarbolada. Es lo que escribía Hermann Tertsch en Abc. Bajo el título de “España campeona“, el columnista arremetía contra Rodríguez Zapatero. Mejor dicho contra el Gran Timonel, que es la designación boba y maoísta que Tertsch utiliza contra el presidente del Gobierno.

    “En fin, que el comienzo del Mundial de Nelson Mandela se puede convertir en la gran metáfora de nuestra suerte. Qué paradoja que un acontecimiento bajo el patrocinio de un hombre sometido a la verdad, ejemplo de la dignidad, venga a recordarnos a todos los españoles el alarde de la mentira de nuestro presidente, el revanchista petimetre. Ni tanto ni tan calvo, se decía. Mejor dicho hoy, calvísimo. Y nada de tanto. Porque el menester será, no de años, sino generacional. Años tardaremos en recuperarnos de tanta mentira e incompetencia”.

    ¿De qué hablaba Tertsch? ¿De fútbol, de economía o de política? El columnista mezclaba todo con voluntad deliberadamente confusa o manipuladora.

    Con estos materiales imprecisos y con estas imágenes prefijadas, otros periódicos comentaban ese mismo día el estado de España. Veamos, por ejemplo, la portada de El Mundo correspondiente al jueves 17 de junio. Echen un vistazo a esa primera plana. Pero mírenla entera. En un momento se salta de la metáfora futbolística a la analogía económica. Si leemos rápidamente, no caeremos en la cuenta: en medio de especulaciones sobre el estado financiera de España, toda noticia que se relacione con ello provoca interés y sobre todo aumenta la inquietud.

    Pues bien, El Mundo titula la noticia inferior de su portada en estos términos: “Los especuladores suizos disparan el riesgo de España”. Y añaden como subtítulo: “Baja la cotización y crece el diferencial con Alemania”. Por supuesto, Orfeo Suárez –que es el asombroso autor de esta noticia– no está informando de asuntos económicos, sino de la Armada Invencible. Ya puestos…

    Este plumilla de El Mundo y el director de dicho medio como responsable incumplen el primer precepto del periodismo: no presentar las noticias de manera confusa, no mostrarlas con ambigüedad, justamente para evitar el efecto contrario o contradictorio. Pero, en dicho periódico, el discurso se vuelve munición de combate y la manipulación resulta un caldo de pesada digestión. ¿No estábamos con metáforas gastadas? ¿No querían caldo? Pues tomen dos tazas.

    Continuará…

  5. Sigue... y acaba

    Tres. Para quien no sea español, Belén Esteban es un objeto extraño, una realidad indescifrable. O no tanto… En 1998, cuando la conocimos, Esteban era una chica de barrio, modestita: la legítima esposa de Jesulín de Ubrique. ¿Jesulín? Aunque ya está en horas bajas y consume sus días con una muchacha de Castellón de la Plana, nadie en España ha olvidado a aquel torero simpático e inculto, con mucho arrojo mediático, capaz de cantar con un empeño notable:

    Jesulín era, sí, un torero muy amado por cierto público femenino. ¿Muy amado? ¿Por qué? Aparte del gracejo y del desparpajo destacaban en él su alegría inconsciente, su populismo taurino, su ignorancia impenitente. Por ejemplo, se encerraba él sólo con seis morlacos en corridas reservadas para mujeres, y eso provocaba el delirio, según dicen los cronistas con prosa evidente. Además, no ocultaba su gusto por los lujos de nuevo rico: sus cochazos, Audis y demás, o ese chalé o cortijo de nombre enfático, Ambiciones. Allí, en Ambiciones, residieron Belén Esteban, Jesulín y la hija de ambos, Andreíta. Allí vivieron hasta que se rompió el matrimonio: se les rompió el amor, como decía Rocío Jurado. La familia del de Ubrique compartía la vida con otros personajes igualmente ambiciosos, los padres y hermanos de Jesulín, entre quienes destacaba el patriarca de la familia, don Humberto Janeiro. Y eso, en efecto, acabó quebrando la fidelidad.

    Se separan. Desde entonces, Belén Esteban comienza una carrera en solitario. No se matricula en nada. De repente descubrimos que aquella muchacha modosita, siempre a la sombra de Jesulín, es una fiera, casi un toro. Aumentan sus apariciones televisivas y en la prensa rosa. Habla con mayor desparpajo que su ex marido, sentencia ante las cámaras y filosofa con gramática parda y algo de sentido común. Es lenguaraz y no le importa trastabillar o equivocarse.

    Se presenta como la princesa del pueblo y, por ello, tiene dificultades para llegar a lo más alto. Quiero decir: ya está en lo más alto y quizá por eso es odiada tanto como es amada. Amada por el Pueblo, así, en mayúsculas. Y odiada por los antiguos y por los nuevos habitantes de Ambiciones. Y por vecinos traidores… El resultado, materialmente hablando, es muy lucrativo. Pasa por distintos platós de televisión rentabilizando los restos de su antiguo matrimonio, las habladurías. Se incorpora como colaboradora de programas rosas exhibiendo su ignorancia, sus ingenios verbales y buen corazón. No se avergüenza de sí misma.

    Sobrelleva alguna enfermedad que declara en público (tiene azúcar) y se restaura la cara con alguna cirugía imposible. Ella es como la chica sin estudios que ha llegado, como la reina salida del barrio, algo muy folletinesco y consolador. ¿Qué más se puede pedir? Telecinco la catapulta: participa en distintos programas reventando los índices de audiencia. Cuando la veo en televisión olvido la realidad, lo juro. En ocasiones, cuando he ido a parar a Telecinco, me pregunto qué hago allí. Algún día, yo también seré responsable de su caída.

  6. O profundador

    “Se presenta como la princesa del pueblo y, por ello, tiene dificultades para llegar a lo más alto”.

    Yo diría, D. Justo, que es presentada como “princesa del pueblo” por parte de quienes hacen granjería de la exhibición de las miserias ajenas (*). Y creo que el pueblo no merece que se le falte al respeto de esa manera. Más aún: creo que quienes la aclaman como “princesa del pueblo” deberían ser denunciados como “enemigos del pueblo” ante el Tribunal de Salud Pública ;)

    (*) Con lo cual no pretendo eximirla a ella de toda culpa. “La Esteban” es víctima, sí, pero también cómplice (feliz y despreocupada cómplice) de los asesinos de su dignidad.

  7. David P.Montesinos

    No sé si recuerdan aquel episodio de los Simpsons con el famoso eslogan: “yo no he sido”. Un día, tras alguna travesura que provoca unos cuantos desperfectos, Bart, ante la mirada de muchos adultos en la calle, pronuncia dicha frase. Tras unos segundos de vacilación, estalla una carcajada general. La gente empieza a pedir a Bart que repita la frase. Y así, con el “yo no he sido”, se convierte en una estrella televisiva, nada menos que en el nuevo invitado especial del programa de Krasty el Payaso. Bart se convierte en una celebridad, lo cual le permite dar opiniones sumamente influyentes sobre moda, política y hasta de profundas cuestiones filosóficas. Un día, de pronto, tras pronunciar la frasecita genera un silencio sepulcral. Bart insiste con ella, pero solo responde el silencio, la angustiosa indiferencia de la gente a la que la frase que hizo famoso a Bart Simpson ya no ejerce su sortilegio. Krasty lo echa de una patada de los estudios televisivos dejándolo en un callejón abandonado:

    -“Pero, ¿qué ha pasado? No lo entiendo”
    -“Ay, chico, estás acabado”, contesta Krasty con indiferencia antes de cerrar de portazo. “No te preocupes mucho, son gajes del oficio”

    Si no somos capaces de entender los mecanismos que determinan la celebridad -y ciertamente tienen mucho de ininteligibles, porque provienen de las zonas menos racionales del alma-, difícilmente podremos explicar las que determinan su final.

    Esteban dejará un día de interesar… O no ¿quién sabe? Lo que nunca sabremos es explicarle a un extranjero por qué nos hace gracia. Sería como explicarle el color a un ciego de nacimiento. Es un lost in traslation, una cosa nostra sobre la que nosotros nos entendemos pero que, como los hijos tontos, escondemos cuando vienen las visitas.

    Belén es fea, desagradable, maleducada. Es algo así como el retrato paródico de la España que nos hemos creído que somos y que ha estallado tras los impagados de las hipótecas, las fugas de capital de los especuladores y los bloques abandonados y fantasmagóricos de los constructores. Detrás de toda aquella prosperidad con las venas repletitas de colesterol lo que encontramos es… Belén Esteban.

    Belén es una realidad tan cutre que ni siquiera puede, como la Terremoto de Alcorcón, erigirse en icono de la cultura gay a base de parodiar el juego de signos de las deidades femeninas. La única manera de encontrar algo en el rastreo de las causas de este fenómeno es aprendiendo a “mirar de otra manera”. La celebridad de Belén no es producto de sus virtudes -obviamente inexistentes- ni de la manipulación a la que los cerebros televisivos someten a los ingenuos ciudadanos (no solo eso, al menos) Belén tiene un secreto: que es “nuestra”, nos pertenece, se da a nosotros con una generosidad que no podríamos encontrar ni en la más lúbrica de las actrices porno. Belén es obscena. Dice todo lo que le pasa por la cabeza, exhibe sus más bajos instintos hacia la mujer de su ex-marido. Es envidiosa, violenta, histérica… Como uno de esos hijos tontos que sabemos que nunca dejarán la casa y a los que deseamos -contra natura- poder asistir y proteger para siempre, Belén está enferma para nosotros, hace mala vida para preocuparnos, se casa con hombres que no la quieren y los deja porque es a nosotros a quien ama. Por eso Belén no tiene más vida que la mediática, ese es su pacto fáustico, el de no tener más vida que la que se ofrece ante nuestros ojos. Un reality en estado puro, algo así como “El show de Truman”, pero superando todos los convencionalismos del reality. No haría falta tener un cámara en la casa de Belén, pues ya es “ella misma” en cualquiera de los interminables espacios de Tele cinco en que aparece.

    En este sentido es la “princesa del pueblo”. Más de andar por casa que Lady Di, desde luego, y sin necesitar todas las excusas morales de las obras de caridad. Lady Di era amada por el mundo porque -por despecho hacia la dinastía que no quiso entregarle su reino- decidió traspasar los límites de la lógica monárquica para convertirse en celebrity, en la misma medida que Michael Jackson o Elvis. La verdadera razón por la que la amaban -y la siguen amando- es que Diana mostraba al público su dolor, lloraba, trasladaba su angustia de esposa agraviada y cornuda a la cotidianeidad de las gentes. Así se operó la milagrosa identificación entre la princesa y su pueblo.

    Belén es lo mismo, pero sin glamour ni festivales de ayuda a los pobres del mundo. También es cierto que estamos en crisis y que todo se deprecia. Con Belén asistimos pues al low cost de la celebrity, de guardia horas y horas en nuestra tele por un módico precio…

  8. imaginarseasisifofeliz

    Realmente resulta curioso cómo personajes como Belén Esteban, a pesar de ser tan odiados por casi todos, tienen esa presencia televisiva y mediática tan importante. No puedo imaginarme qué tipo de personas siguen a estos personajes, cuanto menos pintorescos, que son una muestra de lo que es nuestro país y nuestra sociedad. Como nota graciosa, existen grupos en redes sociales como facebook que claman lo siguiente: “Yo también pienso que cada vez que Belén Esteban habla, muere un filólogo y un historiador”. Hay un desprecio casi generalizado, pero ahí vamos…

  9. jserna

    1. ¿Estará acabándose el estrellado de Belén Esteban?, se preguntan algunos periodistas. ¿Razones? Parecen haber indicios de agotamiento, de un principio de agotamiento, dicen. Por ejemplo, en los índices de audiencia televisiva del pasado viernes, Belén Esteban (Belén Esteban, Sálvame Deluxe, Telecinco) fue derrotada por Jack Ryan (Harrison Ford, Peligro inminente, La Primera).

    He leído esa noticia y, la verdad, no sabía de qué sorprenderme más. ¿Acaso del presunto declive de la Esteban? ¿Quizá del triunfo raspadito de Ford? No. Lo que sorprende es que ciertos periodistas planteen esto como un certamen: si, ya sé, que la tarta publicitaria es lo que importa. Pero justamente por eso lo digo: en La Primera ya no hay publicidad. ¿Entonces?

    Reflexionemos sobre la notoriedad. David P. Montesinos lo hace con sutileza y guasa en uno de los apartados de su post Impostores. Belén Esteban es la reina de la notoriedad. No es una impostora, pues basa su ‘éxito’ en la exhibición obscena, como señala aquí Montesinos.

    En realidad, bien mirado, lo suyo no es la impostura, sino la impostación: la impostación de lo popular, de lo plebeyo, de lo bajo…

    2. Por cierto, Néstor, le felicito por su blog imaginarseasisifofeliz. Lo he incluido en mi lista de blogs preferidos.

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