Fiesta nacional.
Uno. Cuando digo fiesta nacional no me refiero a los toros, a las corridas, que siempre me han producido un desinterés preocupante y culpable. ¿Quizá debería haberme adherido a uno de los dos bandos? No me veo en el de los taurófilos, porque la sangre que corre por el lomo del toro banderilleado, el trapo rojo que lo engaña y lo aturde o el estoque que finalmente le da muerte me producen aversión. Pero tampoco me veo en el bando opuesto, tal vez por pereza militante. Simplemente me repele la violencia aunque venga adornada de lances de gran belleza formal o convulsa.
En el cine la tolero. Hace años me sorprendió Quentin Tarantino con su Pulp Fiction. ¿Banalizaba la crueldad? ¿Bromeaba con la muerte? Recuerdo haberme reído mucho con John Travolta y Samuel L. Jackson cuando intentaban limpiar el interior de un automóvil salpicado con los sesos de un tipo al que acababan de apiolar. Al final el sr. Lobo, interpretado por Harvey Keitel, solucionaba el problema.
En el cine sabes que esa sangre es ficticia, aunque –admitámoslo– quizá su exhibición produzca efectos poco edificantes entre los espectadores. Una polémica entre Javier Marías y Antonio Muñoz Molina sobre esto mismo se desarrolló en El País hace años. ¿Quién ganó el certamen? Esa discusión es un debate de nunca acabar: ¿cómo hemos de tomarnos las violencias que son representación, que no son crueldad real?
Dos. No: cuando digo fiesta nacional no me refiero a las corridas de toros. Aludo a las efemérides que las naciones, éstas o aquéllas, festejan. Estamos en días de recogimiento patriótico…
Les recomiendo un libro sensato y perspicaz que acabo de leer. Es el de Margaret MacMillan titulado Juegos peligrosos. Usos y abusos de la historia (2010). Muy estimable. Me han pedido una reseña y no puedo extenderme ahora, pero puedo adelantarles alguna idea que la autora desarrolla: el peso del pasado en la comunidad de los vivos, el lastre que han de acarrear los contemporáneos, un fardo, un tiempo remoto de naciones ya formadas, ya constituidas, a las que hoy nos deberíamos.
Ha pasado el 9 d’Octubre y pasa el 12 de Octubre. Son festividades guerreras, de belicosidad hoy atemperada. Pero son motivo de exaltación patriótica, combustible para naciones incandescentes. También estas fiestas nacionales tienen su estética. Lamento decir que, como los toros, siempre me han producido un desinterés igualmente preocupante.
Este año, además, la festividad del 12 de octubre coincide con el bicentenario de la independencia hispanoamericana. Aunque hoy los desfiles militares son de poca ostentación y los actos de afirmación suelen ser tranquilos, con tibio entusiasmo, uno no puede dejar de recordar lo que era el día de la Pilarica cuando Francisco Franco tenía mando en plaza. Qué tiempos, qué abusos.
Aunque bien mirado, un acto como el del desfile militar o el del homenaje guerrero suele ser hoy motivo de abucheos. Es la base de juegos aún peligrosos. El 11 de septiembre en Cataluña sirve principalmente para que algunos independentistas increpen con ferocidad a quienes rinde el homenaje ritual a Rafael Casanova. Por su parte, el 9 de octubre sirve en Valencia para que ciertos extremistas vociferen acusando a la izquierda de catalanista: todo ello bajo el amparo involuntario del rey conquistador, aquel que nos libró del «yugo musulmán«. ¿Y el 12 de octubre? Ah, la fiesta nacional de España sirve para que en la parada militar unas docenas de personas insulten a José Luis Rodríguez Zapatero o al Gobierno en pleno. Qué tiempos, qué abusos. La fiestas nacionales aún sirven y continuarán…
Hemeroteca
«El pasado no es un tiempo detenido. En realidad, vuelve una y otra vez. Los seres humanos necesitamos cerciorarnos, confirmarnos. El conocimiento de lo remoto o de lo próximo nos da certidumbre: una idea de continuidad, de identidad, de afinidad. Vivir en un presente perpetuo, sin fundamento, nos deja desarbolados, con esa inquietud del que no tiene asideros a los que agarrarse. Por ello, el pasado nos es tan necesario. El yo de cada uno se desarrolla sobre lo que recuerda, unas reminiscencias que nos afirman a ti y a mí: cuando evocamos lo pretérito ese juego nos remite a un origen, dándonos coherencia.
«¿Juego? ¿He dicho juego? Se nos antoja una palabra inapropiada. Lo lúdico parece lo voluntario, el puro entretenimiento. En cambio, la memoria no es necesariamente intencional; tampoco funciona para divertirnos. Muchos de nuestros recuerdos suelen ser involuntarios: se ponen en marcha al margen de nuestra deliberación y con frecuencia nos dañan. Pero la palabra juego referida al pasado quizá no sea tan inadecuada: desde niños hacemos intencionados ejercicios de memoria para distraernos, para aliviarnos de las injurias del presente. El discurrir de la existencia es tan imprevisto y el fin es tan fatal que nos alargamos hacia atrás, hacia aquello que nos da vida retrospectiva. Debemos tener cuidado con estas operaciones: la memoria es emocional y hay recuerdos embellecedores y mentirosos, pura recreación o consuelo. Para evitarlos está el análisis lógico y documental. O, en otros términos, el autoanálisis que nos saca de la ensoñación…» Leer más aquí.

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