1. Eduardo Mendoza. En un post que publiqué el pasado 21 de abril decía lo siguiente:
«Días atrás tuve que hablar de La verdad sobre el caso Savolta. Era en una clase de historia, de historia de la Restauración borbónica. Por supuesto, no se trataba de tomar la novela de Eduardo Mendoza como fuente histórica. Tampoco como documento de época. Se trataba de transmitir el asombro que esa novela aún provoca. Ambientada en la Barcelona de 1917-1919, la narración nos muestra las clases burguesas y el ambiente menestral, el hampa y los obreros de aquel tiempo. Con personajes deslumbrantes o irrisorios, con magnates o potentados, con desgraciados y purria, todos los individuos son objeto de relato a partir de un montaje propiamente cinematográfico que se sirve de variados contrapuntos: rompen la historia y las versiones. Es una maravilla, ya saben. Y, además, tiene la ironía como principio rector, regulador y narrador (…). Apareció un Día del Libro: el 23 de abril de 1975. Ahí empezaba todo». Eso decía. ¿Exageraba?
Luego he leído novelas suyas absolutamente desternillantes, breves y falsamente costumbristas. He leído también otras obras suyas de gran empaque y de fingido casticismo con momentos muy guasones. Y he escrito repetidamente sobre su creación: la última vez sólo hace unos meses. Ahora, las últimas noticias que me llegan despiertan todas mis expectativas: pronto podré leer Riña de gatos, una narración por la que le acaban de conceder el Premio Planeta.
2. Ustedes son formidables. Ayer 15 de octubre, a última hora de la noche, cuando repasaba los periódicos del día, me enteré de una noticia que aún me emociona. Acaba de fallecer Alberto Oliveras.
Digo ese nombre y veo inmediatamente a mi abuelo: a mi abuelo Francisco, que murió en 1970. Pronto acudiré al cementerio para rendirle mi homenaje anual. Lo recuerdo relatándome la guerra de Marruecos, pero sobre todo lo recuerdo pegado a la radio, al inmenso aparato con el que sintonizaba las distintas cadenas. El dial traía nombres de ciudades alejadas, distantes, más o menos exóticas.
Pero traía también el programa preferido de mi abuelo en los años sesenta: Ustedes son formidables. Yo aprendí ese adjetivo gracias a aquella emisión. Era un programa benéfico, de cuestaciones masivas, de radioyentes solidarios. Lo presentaba Alberto Oliveras, un santo varón para mi abuelo: un Oliveras siempre dispuesto a darnos las últimas noticias de familias necesitadas y de españoles en apuros. La banda sonora no la he olvidado: la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Dvořák. Qué tiempos.
3. Cómo salir de la crisis. Días atrás me comentaba Francisco Fuster lo que Antonio Muñoz Molina había contestado a propósito de la crisis y de lo que cada uno de nosotros podía hacer para paliar los efectos. Muñoz Molina respondía a un cuestionario citando a Albert Camus: «que cada uno haga su trabajo».
Leo esa respuesta completa en la sección que ha abierto recientemente el diario Abc. Se titula «Regeneración»: un rótulo algo pomposo y rancio que les sirve para sondear a intelectuales, escritores, artistas, pensadores, etcétera. Según los publicistas conservadores de dicho periódico, a España le faltaría algo de vigor: estaríamos padeciendo un debilitamiento general.
Los responsables de Vocento están deseando que el Partido Popular gane las elecciones, objetivo legítimo, y creen allanarle el camino atribuyendo todos los males de España al Gobierno y a la pérdida de los valores. ¿Qué es la pérdida de valores? La descristianización de España, por supuesto. Eso creen.
Hay un uso y hay un abuso de las analogías históricas. Hay un abuso (Regeneracionismo y Regeneración, ahora para Abc) cuando las analogías nos hacen pensar retrospectivamente en situaciones completamente nuevas. Yo evitaría esos rótulos (Regeneracionismo, Regeneración) y de cara a la crisis me tomaría en serio lo que nos plantea Muñoz Molina: que cada uno haga su trabajo.
Que cada uno haga su trabajo significa que cada uno desempeñe sus obligaciones sin ampararse en lo mal que está todo; significa completar las tareas con el mayor cuidado, con el mayor esmero; significa optar por un tipo de humanidad. ¿Para qué vamos a hacer mal las cosas si podemos hacerlas bien? Los existencialistas, Camus entre otros, tuvieron el coraje de buscar una moral sin pretextos religiosos, sin la excusa de la Providencia. Supieron que de ellos iba a quedar lo que hicieran: no sólo su obra, su obra escrita, sino la actitud, la disposición, propiamente la humanidad.
Si no haces lo que debes o si haces malamente lo que debes y justo en ese momento te mueres, ¿qué quedará de ti? Haz las cosas con rigor y con humor. Luego espera tranquilamente la muerte.
4. España en decadencia. ¡Últimas noticias, últimas noticias! España en decadencia. Ése es titular de portada del diario Abc: domingo, 17 de octubre de 2010.
No estamos a finales del Ochocientos, pero la lectura de ese titular nos hace remontarnos al 98. Hay resabios noventayochistas en ese susto que nos dan, resabios que confirma la campaña de «Regeneración» que ha emprendido el diario de Vocento.
Sus responsables dan por hecho el declive español. ¿Causas? «La falta de autoridad en la escuela y en la familia», señalan: un hecho que «conduce a nuestro país a su peor crisis de valores en décadas».
He leído el diario en papel: su editorial, el «informe» de José María Carrascal y el artículo de José Antonio Marina. De todo ello, lo único sensato es el texto de Marina, que es juicioso aunque subraye únicamente lo obvio, lo imprescindible: la tarea conjunta que han de hacer los padres y la escuela para transmitir datos y criterios, para instruir y educar. Digo que es evidente lo que sostiene Marina, pero eso no le quita fuerza a lo que defiende. Además su artículo se inclina por el optimismo frente al derrotismo o frente al pesimismo.
Exactamente lo contrario de lo que puede leerse en el editorial de Abc y o en el «informe» de Carrascal. Lo peor de una generalización, apoyada en datos sólo parciales, es el efecto de verosimilitud que provoca. No importa cuánto se manipule la realidad: importa que esa realidad presentada parezca incontestable.
¿De verdad creen los redactores de dicho diario que la realidad de nuestro país es «la falta de autoridad»? No el debilitamiento, sino literalmente la falta. Es decir, que nadie tiene autoridad en los hogares o en la aulas. Por otra parte, si tenemos la «peor crisis de valores en décadas», entonces es que hubo un tiempo en que los valores educativos estaban firmemente asentados en España. Que yo recuerde, hace décadas había una dictadura.Ah, los viejos buenos tiempos…
Por otra parte, esa falta de autoridad que deploran –en realidad, un debilitamiento de funciones institucionales– tendría factores sociológicos que los periodistas no exploran: antes los padres tenían una autoridad inobjetable y la escuela transmitía los datos básicos con los que el individuo debía manejarse. Hoy, sin embargo, las funciones de instrucción y los modelos sociales en los que inspirarse son numerosos: se los disputan a los mayores y a los maestros.
¿Significa eso que educan Internet o los mass media? Por supuesto que no: los criterios de que servirse no nos los proporcionan los medios. No hay que renunciar a la tarea educativa por mucho que algunas de las funciones tradicionales sean desempeñadas por múltiples instancias y por mucho que la información disponible ya no nos la puedan proporcionar los padres o los maestros.
¿Pero cuál es la conclusión de Abc? España en decadencia. ¿Han visto la fotografía de la portada? Echen un vistazo nuevamente a lo que allí se nos presenta. Un aula vacía, sin estudiantes y sin profesor. Sólo un muchacho. Aparte de la construcción de la imagen, artificiosa, forzada, ¿qué quieren decirnos? ¿Que ese estudiante está efectivamente solo, sin relaciones, sin referentes, sin la presencia de la autoridad docente? El joven está sentado, con las manos cruzadas, es decir, desocupado: sin libros, sin cartera, sin papeles. Los pupitres están vacíos. Últimas noticias: España está en decadencia.
Resulta escandalosa esta operación gráfica e ideológica.
5. Camino de perdición. Lunes 18 de octubre. Últimas noticias. Repaso Abc. ¿Y qué trae? Sigue la campaña que han rotulado «Regeneración», un edificio ideológico hoy afirmado sobre columnas extremas. Por un lado, la de Gabriel Albiac, que parece desistir de toda reforma: ya nadie lee, ya nadie aspira al saber, ya nadie se esfuerza por conocer, pues la suya, la que ingresó en la Universidad en 1967, fue la última generación que hizo de los libros su trampolín, parapeto o defensa. Eso dice tras un rigurosísimo sondeo personal. Viva el impresionismo. El antiguo marxista que dejó de serlo está derrotado y, por tanto, no cree que la Regeneración sea ya posible.
Es normal: quien creía que la historia era un proceso sin sujeto, al modo de Louis Althusser, ahora se deja llevar por el pesimismo de la voluntad.
Por otro lado, leo la columna de Juan Manuel de Prada. Describe de nuevo el apocalipsis que nos aflige: familias sin auctoritas con muchachos simplemente caprichosos y desorientados. Digo que De Prada describe de nuevo, porque es la enésima vez que denuncia el estado del mundo, descristianizado. Leo ahora: «Una vez disuelta la familia, el Estado Leviatán puede usurpar tranquilamente el derecho de los padres a educar a sus hijos, convirtiendo la escuela en una máquina feroz de adoctrinamiento que, ante los ojos de los padres dimisionarios aparece, sin embargo, como la única instancia capaz de salvarlos del caos. A tal engaño los conduce su mala conciencia; y luego, cuando el engaño se desvela, claman contra el sistema educativo. Que es como si el sifilítico clamara contra el treponema, camino del burdel».
Si la Regeneración ha de afirmarse con diagnósticos tan sutiles, la cirugía de hierro amputará las partes sanas e insanas, dejándonos en estado de postración definitiva. Por los clavos de Cristo.





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