Ojos de Papel, suma y sigue

Uno. Acaba de aparecer el nuevo número de la revista digital Ojos de Papel. Para mí, ese hecho siempre es una buena noticia. Escribo regularmente y escriben amigos de cuyos criterios me fío: una promesa de reflexiones y recomendaciones.

Comencé a colaborar hace diez años: Anaclet Pons y yo entregamos una primera reseña, en este caso dedicada a Ojazos de madera, de Carlo Ginzburg. Apareció en diciembre de 2000.  Desde entonces, salvo alguna interrupción, no he dejado de publicar en cada número. He tenido completa libertad para escribir, para escoger aquello que más se acomoda a mis intereses lectores, elecciones que luego se materializan bajo la forma de  reseñas y tribunas. Se lo debo a Rogelio López Blanco, el director. Siempre ha confiado en mí e incluso me ha perdonado alguna de mis tontunas o arbitrariedades. Lo conocí gracias a Alicia Yanini y creo que ha sido una suerte.

Recuerdo la primera etapa de este blog, hacia 2005: Rogelio intervenía regularmente, con acidez e ironía, con conocimiento y erudición. No siempre estábamos de acuerdo y esas controversias me mejoraban. Sin duda.

Sigue confiando en mí y, por ello, escribo en su revista, que tiene como editora a Dolores Sanahuja. Algunos de sus colaboradores son amigos de este blog, visitantes de esta casa. Como Miguel Veyrat, como Alejandro Lillo, como Francisco Fuster. Observen el último número. Los temas o los protagonistas son sobresalientes: entre otros, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, James Joyce, Joyce Carol OatesMiguel Veyrat, Javier Montes o Barack Obama. Si me pidieran con qué quedarme, no sabría escoger.

O sí: quizá convenga detenerse en algunos de esos nombres o en la reflexión que nos aportan. Repasemos los textos de Carlos Malamud, de Miguel Ángel Sánchez de Armas, de Juan Antonio González Fuertes, de Miguel Veyrat, de Eduardo Laporte o de Francisco Fuster. Si les apetece, lean lo que yo mismo digo sobre García Márquez .

Dos. He leído con inquietud y sobresalto Conocimiento de la Llama, de Miguel Veyrat, un libro de poemas que reedita La Lucerna y del que Ojos de Papel nos avisa.

El poeta se debate entre la muerte que se nos cierne, que se nos viene encima, y la esperanza que aún quema, esa Llama del Conocimiento, la llama que nos aviva y avivamos para que no se extinga la brasa: desde la carne hasta el sexo; desde el verbo hasta el nombre.

La imagen poética de la lumbre, del fuego, es constante en los versos de Miguel Veyrat. No voy a reproducirlos. Sólo me apropio de ellos sin pedir permiso a La Lucerna, cuyo editor siempre me lo reprochará…

“Tan sólo el rayo / podría gobernarte, / El que rápido / ilumina / para después / fulminarte. / En él naces, / Donde / el espíritu / golpea/ y huye: / Donde amaste.”

¿Qué es el Infierno? Miguel Veyrat no nombra este paraje bíblico, pero quienes fuimos creyentes o aún lo son sabemos que la condena eterna es orgullo luciferino, sí, pero es sobre todo conocimiento: la soberbia de quien se atrevió a preguntar y a ser como Dios.

La ignorancia desnuda no es un estado que desee el poeta. Aquello a lo que de verdad aspira es luz que ilumina y abrasa. El conocimiento es un acto de búsqueda que lleva a la muerte, pero la muerte no es el estado que condicione la existencia; no es la consumación a la que entregarse; no es sacrificio. Hay en Veyrat una búsqueda epicúrea que acaba siendo dionisíaca.

“Cierto será mañana / que estar muerto / fue penoso. / Hagamos pues la fiesta, / ya que al duelo/ nos acerca / la histeria/ del amor y sus sonidos, / a su ritmo y contenido, / tan breve como ansiado. / Y como el morir / tan pasivo. / ¡Oh! haced / de la muerte/ un acto. / Jamás un sacrificio” .

Vivamos ese estremecimiento.

Tres. Releo la glosa que he escrito sobre Conocimiento de la Llama, de Miguel Veyrat, y veo que incido y reincido en la muerte: es un motivo que sobresale en su poesía, un motivo que es presencia o inminencia, acto, pero no sacrificio.  Parece inevitable leyendo sus versos: no hay sutura; hay desgarradura.

Pero, más allá de Veyrat, la muerte es también la referencia que siempre me acompaña, la insólita paz que uno aguarda con morbosidad, la meta indeseable hacia la que desembocamos activamente. La muerte la descubro en los autores que me inquietan, aunque sea en un rincón de su obra prolífica o escueta. Creo tener un olfato especial para distinguir su sombra en una página secundaria, en una afirmación marginal.

 “Escribir es una manera de vivir”, ha dicho Mario Vargas Llosa en la presentación de El sueño del celta, su última novela. Es un autor prolífico, en efecto. Es un autor que escribe para frenar lo inevitable. Mientras esté activo, la muerte no será un sacrificio. “A la hora en que me encierro a escribir no hay Nobel que valga, empiezo a morirme de miedo y de inseguridad, también de placer. La escritura es un territorio feliz”.

Morirse de miedo por la grave responsabilidad contraída no es sinónimo de morirse. Significan cosas muy distintas. Pero encerrarse para seguir escribiendo con inseguridad de principiante es paradójicamente un antídoto contra ese mismo miedo, el de quien teme el acabamiento, el cese. Son numerosos los autores que hablan de esto: de la inseguridad creciente que les provoca su maestría acreditada. Lo dice, por ejemplo, Gabriel García Márquez en el libro que reseño para Ojos de Papel; o lo dijo con angustia y exaltación Antonio Muñoz Molina cuando estaba a punto de publicar La noche de los tiempos.

Pero no es del pánico que angustia al escritor consagrado aquello de lo que quería hablar. Lo que quería destacar es el miedo a la muerte: cómo conjurar la amenaza. Escribir prolíficamente es el espejismo productivo que a muchos salva. Para otros, por el contrario, es la lectura lo que nos sirve para retrasar fantasiosamente el fin. Si lees muchos libros y sobre todo acumulas más de los que razonablemente podrás completar, la impresión es que hay algo duradero que aún debe cumplirse, un plan caótico de volúmenes que te reclaman.

Se queja Alejandro Lillo de la avalancha de obras que le interesan o atraen, obras que se reseñan en Ojos de Papel y a las que no podrá hacer frente. Yo creo vivirlo de otro modo: advierto con estupor cómo aumentan mis intereses, cómo se multiplican. Cuando era joven me inquietaban unas cuantas cosas; ahora me imantan polos contradictorios a los que quiero llegar y que se materializan con la posesión de volúmenes muy diferentes. En mi quimera personal, ese libro y ese otro y ese otro podrán satisfacer un anhelo. Mientras no se completen, la tarea pendiente de vivir no se ha consumado.

Cuando leo Ojos de Papel o cuando leo las novedades que me traen Mercurio, Babelia, Abc Cultural, El Cultural o cuando miro con interés  las obras recién llegadas a los expositores de las librerías hay en mí una inquietud dichosa y malsana. Sé que me queda vida: no es posible morirse cuando tengo tanto placer pendiente.  Un nuevo libro suma y sigue. Me incomoda si por la variedad y vastedad de lecturas pronto lo olvido: no me engaño, pues es el aviso cierto de una muerte cotidiana y remota a la vez.

Me dispongo a  leer las reseñas y tribunas de Ojos de Papel. Me dispongo a empezar El sueño del celta: de este volumen, que tiene mucha lectura, he de escribir una reseña. Me esperan otros libros reservados que compro o me mandan. Aún hay vida. Aún hay vida.  

28 comments

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  1. A.F.L.

    Sigo “Ojos de papel” desde hace unos años. Muchas gracias. Son reseñas serias, entretenidas y laaaargaaaaaasssss. Y son gratis!!!.

    A.F.L.

  2. Sigue...

    Dos. He leído con inquietud y sobresalto Conocimiento de la Llama, de Miguel Veyrat, un libro de poemas que reedita La Lucerna y del que Ojos de Papel nos avisa.

    El poeta se debate entre la muerte que se nos cierne, que se nos viene encima, y la esperanza que aún quema, esa Llama del Conocimiento, la llama que nos aviva y avivamos para que no se extinga la brasa: desde la carne hasta el sexo; desde el verbo hasta el nombre.

    La imagen poética de la lumbre, del fuego, es constante en los versos de Miguel Veyrat. No voy a reproducirlos. Sólo me apropio de ellos sin pedir permiso a La Lucerna, cuyo editor siempre me lo reprochará…

    “Tan sólo el rayo / podría gobernarte, / El que rápido / ilumina / para después / fulminarte. / En él naces, / Donde / el espíritu / golpea/ y huye: / Donde amaste.”

    ¿Qué es el Infierno? Miguel Veyrat no nombra este paraje bíblico, pero quienes fuimos creyentes o aún lo son sabemos que la condena eterna es orgullo luciferino, sí, pero es sobre todo conocimiento: la soberbia de quien se atrevió a preguntar y a ser como Dios.

    La ignorancia desnuda no es un estado que desee el poeta. Aquello a lo que de verdad aspira es luz que ilumina y abrasa. El conocimiento es un acto de búsqueda que lleva a la muerte, pero la muerte no es el estado que condicione la existencia; no es la consumación a la que entregarse; no es sacrificio. Hay en Veyrat una búsqueda epicúrea que acaba siendo dionisíaca.

    “Cierto será mañana / que estar muerto / fue penoso. / Hagamos pues la fiesta, / ya que al duelo/ nos acerca / la histeria/ del amor y sus sonidos, / a su ritmo y contenido, / tan breve como ansiado. / Y como el morir / tan pasivo. / ¡Oh! haced / de la muerte/ un acto. / Jamás un sacrificio” .

    Vivamos ese estremecimiento.

  3. jserna

    Señor o señora AFL, que las reseñas sean largas no es malo: siempre que sean entrentenidas y serias, como dice usted.

    Un saludo.

  4. Alejandro Lillo

    Bueno, pues yo, colaborando en Ojos de Papel, me siento un privilegiado. En mi caso la posibilidad de escribir para esta revista se la debo a Justo Serna. Él fue quien me puso en contacto con Rogelio Lòpez Blanco, el director de OdP, de quien tengo, por cierto, una excelente opinión. No sólo por la paciencia que muestra hacia mis reseñas, con mis ansias correctoras y perfeccionistas y mis envíos siempre a últimísima hora, sino también por su comprensión, buen talante, y exquisita amabilidad que muestra siempre hacia mi persona. Mi trato con él siempre ha sido impecable. Es una gozada, esa es la verdad.

    Como también es verdad que formar parte de esa nómina de colaboradores, en la que está el propio Serna, Miguel Veyrat, Francisco Fuster, Eduardo Laporte o Juan Antonio González Fuentes, es un auténtico lujo. Lo malo del asunto es que no doy abasto, que no puedo comprar ni leer los libros de los que toda esta gente habla. La lectura de esas reseñas hace que esos libros, que de otra manera pasarían por tus manos sin pena ni gloria, adquieran un nuevo significado, que siempre resulta muy útil.

    Sobre Miguel Veyrat y su poesía querría hacer un aparte. Como he dicho en otras ocasiones, sus versos me impactan de una manera abrumadora. El algo extraño, difícil de explicar, pues, sin ser un gran experto en poesía, es algo que no me había sucedido nunca, a excepción quizá de la poesía de Kavafis. Por eso es una alegría tener un nuevo libro de poemas suyo. Lo leo despacio y con placer. Poco a poco iré saboreando sus páginas, extrayendo, con cuidado, la sabiduría que encierran sus versos, cada una de sus palabras. Ya les contaré, ya. Dentro de no mucho, si quieren, sabrán el impacto que el nuevo libro de poemas de Miguel Veyrat, ha tenido sobre mí.

  5. Paco Fuster

    Ratifico y comparto las palabras de Alejandro: ha sido un privilegio y un placer escribir mensualmente en la revista “Ojos de Papel” durante dos años y es un placer compartir cartel con gente de esa talla intelectual. Lo he dicho mucho veces (cuando empecé a colaborar se lo comenté a Rogelio más de una vez) y lo repito aquí.

    Esa colaboración asídua es la que me permitido escribir sobre asuntos muy variados y, sobre todo, seguir la actualidad de la sociedad americana y el ascenso político de Barack Obama. El fruto de ese seguimiento es precisamente el que conforma la base de “América para los no americanos” (Ediciones Idea, 2010), el ensayo que me acaban de publicar. Lo digo en el texto de la contracubierta y me extiendo en el apartado de agradecimientos de la introducción: allí les dedicos unas palabras sinceras a Justo Serna, que fue quien me puso en contacto con Rogelio López Blanco, y al propio Rogelio. A ambos debo el haberme brindado esa posibilidad.

    Aunque la incompatibilidad de la crítica mensual y de mis obligaciones investigadoras me han impedido continuar en la brecha de forma ininterrumpida, estoy muy contento de haber vuelto cual hijo pródigo al sumario de este mes – y espero haya más ocasiones en el futuro – con una crítica de un magnífico libro. Durante este tiempo de ausencia no he dejado de frecuentar la revista y de leer artículos de amigos y conocidos.

    Teniendo en cuenta el coste ecónomico que supone mantener la publicación de la revista y tener que luchar además con suplementos de periódicos y revistas financiadas por entidades públicas, tiene mucho mérito la labor de Rogelio y de toda la gente que posible la pervivencia de una publicación con una trayectoria de ya muchos años, que se ha ganado un espacio propio en la inmensidad de Internet y un prestigio dentro del mundo académico y cultural español que reconoce el valor y la fiabilidad de sus contenidos.

  6. aleskander62

    Enhorabuena por el libro de poemas de Veyrat.
    Quería recomendaros Si temierais morir de Vicente Gallego y Metales pesados de Carlos Marzal (Premio Nacional de Poesía).
    Estoy con el libro de Agustín Safón: Ética individual y revisión histórica en la Biografía Americana de Gore Vidal. Un escritor interesante Gore Vidal. Nació en 1925. Escribió Williwaw, Creación, Julián el apóstata, Washington D.C, The City and the Pillar.

  7. Sigue...

    Tres. Releo la glosa que he escrito sobre Conocimiento de la Llama, de Miguel Veyrat, y veo que incido y reincido en la muerte: es un motivo que sobresale en su poesía, un motivo que es presencia o inminencia, acto, pero no sacrificio. Parece inevitable leyendo sus versos: no hay sutura; hay desgarradura.

    Pero, más allá de Veyrat, la muerte es también la referencia que siempre me acompaña, la insólita paz que uno aguarda con morbosidad, la meta indeseable hacia la que desembocamos activamente. La muerte la descubro en los autores que me inquietan, aunque sea en un rincón de su obra prolífica o escueta. Creo tener un olfato especial para distinguir su sombra en una página secundaria, en una afirmación marginal.

    “Escribir es una manera de vivir”, ha dicho Mario Vargas Llosa en la presentación de El sueño del celta, su última novela. Es un autor prolífico, en efecto. Es un autor que escribe para frenar lo inevitable. Mientras esté activo, la muerte no será un sacrificio. “A la hora en que me encierro a escribir no hay Nobel que valga, empiezo a morirme de miedo y de inseguridad, también de placer. La escritura es un territorio feliz”.

    Morirse de miedo por la grave responsabilidad contraída no es sinónimo de morirse. Significan cosas muy distintas. Pero encerrarse para seguir escribiendo con inseguridad de principiante es paradójicamente un antídoto contra ese mismo miedo, el de quien teme el acabamiento, el cese. Son numerosos los autores que hablan de esto: de la inseguridad creciente que les provoca su maestría acreditada. Lo dice, por ejemplo, Gabriel García Márquez en el libro que reseño para Ojos de Papel; o lo dijo con angustia y exaltación Antonio Muñoz Molina cuando estaba a punto de publicar La noche de los tiempos.

    Pero no es del pánico que angustia al escritor consagrado aquello de lo que quería hablar. Lo que quería destacar es el miedo a la muerte: cómo conjurar la amenaza. Escribir prolíficamente es el espejismo productivo que a muchos salva. Para otros, por el contrario, es la lectura lo que nos sirve para retrasar fantasiosamente el fin. Si lees muchos libros y sobre todo acumulas más de los que razonablemente podrás completar, la impresión es que hay algo duradero que aún debe cumplirse, un plan caótico de volúmenes que te reclaman.

    Se queja Alejandro Lillo de la avalancha de obras que le interesan o atraen, obras que se reseñan en Ojos de Papel y a las que no podrá hacer frente. Yo creo vivirlo de otro modo: advierto con estupor cómo aumentan mis intereses, cómo se multiplican. Cuando era joven me inquietaban unas cuantas cosas; ahora me imantan polos contradictorios a los que quiero llegar y que se materializan con la posesión de volúmenes muy diferentes. En mi quimera personal, ese libro y ese otro y ese otro podrán satisfacer un anhelo. Mientras no se completen, la tarea pendiente de vivir no se ha consumado.

    Cuando leo Ojos de Papel o cuando leo las novedades que me traen Mercurio, Babelia, Abc Cultural, El Cultural o cuando miro con interés las obras recién llegadas a los expositores de las librerías hay en mí una inquietud dichosa y malsana. Sé que me queda vida: no es posible morirse cuando tengo tanto placer pendiente. Un nuevo libro suma y sigue. Me incomoda si por la variedad y vastedad de lecturas pronto lo olvido: no me engaño, pues es el aviso cierto de una muerte cotidiana y remota a la vez.

    Me dispongo a leer las reseñas y tribunas de Ojos de Papel. Me dispongo a empezar El sueño del celta: de este volumen, que tiene mucha lectura, he de escribir una reseña. Me esperan otros libros reservados que compro o me mandan. Aún hay vida. Aún hay vida.

  8. Miguel Veyrat

    He de confesar que mi primera reacción al saltar ante mis ojos la crónica merecidísima dedicada esa pareja de héroes contemporáneos llamados Rogelio López Blanco y Dolores Sanahuja, fue la de constatar la propia pequeñez de mi nombre entre los autores señeros que citaba Justo. Necesité un par de días para digerirlo y comentar mi desconcierto a una joven poeta y profesora que me acompaña en algunos proyectos. Le dije concretamente que me parecía excesivo el elogio de Justo, la generosa comparación de Alejandro con Kavafis, y su respuesta fue la siguiente: “Yo no lo veo excesivo en absoluto. Se trata de una reseña muy certera. Ya sabes lo que opino del panorama poético actual, cada vez más cronificado en una indolencia sin preguntas ni respuestas (la poesía respira depresión), pero que alguien se presente con un libro como “Conocimiento de la llama” es un rayo de esperanza. Echaba de menos poemas donde todo se sintiera, incluso la mente (no en el sentido neurológico) y en ese libro y en otros tuyos lo he encontrado.”

    Como lo habéis sabido encontrar vosotros y así lo habéis expresado en la única y mejor compensación que pueda recibir un poeta por su obra: la de haber podido transmitir emociones; esas emociones que forman parte del ser más íntimo del hombre, el que anida desde que se abrió paso el pensamiento en la mente de un primate que pudo expresar a Otro el dolor o el amor, la esperanza o la angustia mediante música (ritmo) y palabras. Quizás mi propia emoción ante vuestras palabras de ahora y las que no puedan nunca dirigirme otros muchos lectores desconocidos, se deba al contraste con la modestia del lugar he procurado ocupar en la “vida literaria” desde que abandoné los excesos (precisamente) de la vida pública periodística para dedicarme a la poesía.

    No quiero extenderme mucho más; ya lo habéis dicho todo y el resto está en el propio libro. Sólo dos reflexiones, una sobre el sentido de la presencia de la muerte que han hallado estos queridos comentaristas en el conjunto de mi obra poética y que corresponde al aforismo platónico que la define como “la verdadera iniciación”. ¿Después de muerto? No, la iniciación al pensamiento acerca de aquello que representa lo efímero de la vida, se debe hacer en plenitud de facultades; no en la espera de otro mundo supuestamente mejor, sino en la convicción de que dentro de la Naturaleza que nos acoge momentáneamente, el agón de la muerte propia no es sino una consecuencia de la especie.

    La segunda y última cosa que quiero expresar es la alegría que me produce haber hecho realidad el deseo de Quinto Horacio Flaco. El gran poeta romano solía decir que hay que esperar veinte años al menos antes de publicar toda poesía escrita. Esto se ha cumplido en este libro. Editado por vez primera hace más de quince años por el Ayuntamiento de Valencia, no llegó a sus lectores naturales pues se entregó como “regalo de empresa” a visitantes más o menos ilustres o ilustrados, que lo abandonaban en la habitación del hotel a menudo sin hojearlo siquiera. Ningún distribuidor se ocupó de él, ningún librero lo colocó en su mesa aguardando lectores.

    “Conocimiento de la llama” ha resistido pues el paso del tiempo y sus versos llegan a vosotros como inéditos, con la misma ilusión y fuerza con que fueron escritos. Solamente esa puede ser la gloria de un escritor del arte minoritario que es la poesía, pero que no en vano ha sido llamado “el género de géneros”. Mil gracias por vuestra lectura, incluso a aquellos a quienes disguste el mundo que he intentado construir con palabras.

    Por cierto, de Horacio es el verso “mors ultima linea rerum est”. Linea en latín significa la raya de partida donde el atleta coloca el talón antes de la carrera, pero también la línea de la meta a donde aspira llegar como campeón… El verso de Horacio, ya lo habréis entendido, por supuesto, lo traigo ahora a cuento de la lúcida frase de Justo Serna cuando dice: “Cuando era joven me inquietaban unas cuantas cosas; ahora me imantan polos contradictorios a los que quiero llegar y que se materializan con la posesión de volúmenes muy diferentes. En mi quimera personal, ese libro y ese otro y ese otro podrán satisfacer un anhelo. Mientras no se completen, la tarea pendiente de vivir no se ha consumado.”

  9. Isabel Zarzuela

    Gracias, don Miguel, por esa joyita que alegró y sorprendió al buzón de mi casa, siempre tan lleno de propaganda y recibos del banco. Gracias por esa dedicatoria tan atenta y conmovedora en la que también tuvo presente a mi hija Helena. Y gracias por iluminarnos con la llama del conocimiento: sr. Veyrat, es usted el Fuego.

  10. Alejandro Lillo

    Ya que hablamos de libros y lecturas, Edith Warton escribió, a principios del siglo XX, un pequeño e interesante artículo titulado “El vicio de la lectura”. Resulta sorprendentemente actual. “Leer no es un virtud; pero leer bien es un arte, un arte que sólo el lector nato puede adquirir”, dice la escritora. Wharton afirma que existen lectores mecánicos, que tienen la lectura por vicio, no como algo de lo que aprender , apropiarse y modificar: “Si el libro penetra en la mente del lector tal como ha salido de la del escritor –sin ninguna de las adiciones y modificaciones que inevitablemente produce el contacto con un nuevo cuerpo de pensamiento-, se ha leído en vano”. Y continúa: “Los mejores libros son aquellos de los que los mejores lectores han podido extraer la mayor cantidad de pensamiento de la mejor calidad; pero generalmente es de esos libros de los que el lector mediocre extrae menos”. También insiste en que el lector mecánico siempre termina los libros que empieza porque, según la novelista estadounidense, “es incapaz de discernir intuitivamente si un libro merece ser leído o no (…) Para el lector mecánico, los libros, una vez leídos, no son cosas que crecen, echan raíces y tienen ramas que se entrelazan, sino que son como fósiles etiquetados y guardados en los cajones del armario de un geólogo”. Como les digo, un articulito muy interesante que ha aparecido en forma de librito en la editorial José J. de Olañeta.

  11. Rogelio López Blanco

    Quiero agradecer muy sinceramente los elogios escritos en este blog y en los comentarios sobre Ojos de Papel, la revista electrónica que dirijo. En especial, mi reconocimiento y el de la editora, Dolores Sanahuja, van dirigidos al titular del blog, el profesor Justo Serna, y a los comentaristas y miembros del grupo de colaboradores de la publicación: Francisco Fuster, Alejandro Lillo y Miguel Veyrat. Siendo cierto que nos corresponde una parte pequeña del éxito en mantener con vida ya casi diez años la revista (el próximo diciembre tendrá lugar el aniversario), el mayor mérito corresponde a los colaboradores, profesores y jóvenes que inician y/o consolidan su trayectoria como investigadores, creadores, críticos…. Su entrega, laboriosidad, perspicacia y entusiasmo, que compruebo mes a mes cuando me entregan unos textos tan bien elaborados, nunca dejan de sorprenderme y animarme para seguir adelante, sobre todo ahora cuando la crisis nos estrangula y llena el horizonte de negros nubarrones. Muchas gracias a todos por su contribución y a los lectores por dedicar su tiempo a seguirnos.

  12. Isabel Zarzuela

    Dedicar el escaso tiempo libre del que dispongo a seguirles es un auténtico placer, sr. López Blanco. Debo agradecer a don Justo Serna el descubrimiento de ‘Ojos de Papel’, revista de la que espero seguir disfrutando, como mínimo, otros diez años más.

  13. Juan Antonio Millón

    Aunque no soy un lector ni tan asiduo ni tan fiel como los que aquí van comentando, tambien me congratulo de leer esta revista-web de literatura-pensamiento-creación, y me solazo e informo, a partes iguales con sus páginas. Súmese mi humilde enhorabuena a todos los que la hacen posible; a todos, con especial énfasis en el colaborador Juan Antonio González Fuertes, de cuya escritura poética soy un admirador.

  14. Miguel Veyrat

    Querida Ysabel Zarzuela. Yo pensaba, y escribí en esta página que el poeta sólo era el guardián del fuego… Esta tarde releyendo a León Felipe, ese poeta cada vez más imprescindible en los tiempos amargos que corren, saltaron a mi entendimiento estas palabras escritas en “Ganarás la luz”: “La Poesía de esta hora, para ganar un lugar en las avanzadas del conocimiento, no ha de ser música ni medida, sino fuego”.
    ¿Qué ha de ser el poeta, entonces, sino lumbre que no cese de flamear? Gracias de nuevo por tener razón en esta y en tantas otras cosas como buena lectora de poesía.

  15. Ysabel Zarzuela

    Regresaré al fuego
    o a la pura nada
    ahora que ya es tarde
    y no consigo ser humano.
    No pudimos descifrar
    las palabras de paso -in
    teligencia pura, im
    penetrable bruma.

  16. jserna

    Hola, buenos días, veo que mantienen vivo el post con la lumbre de sus intervenciones. Pensaba cambiarlo pero me espero.

    Creo que la poesía de Miguel Veyrat (sobre la que volveremos en otro post, más adelante) y la poesía como tónico del cuerpo, como temple, merecen hablar largo y tendido. Si no recuerdo mal, alguien que intervenía aquí y que ya no se deja oír dijo alguna vez que la poesía de Miguel Veyrat le ponía mal cuerpo.

    La poesía incomoda y, en un cierto sentido, pone mal cuerpo: te sacude o te estremece. No es un lenitivo. Sirve para aguzar el oído, nos crea imágenes nuevas, incluso insólitas, y rompe los estereotipos, la ganga léxica, la frase inerte. Pero no es mera operación formal: de la quiebra de las expectativas verbales nace el significado, un nuevo significado.

  17. jserna

    Llevo entre manos las novelas de Eduardo Mendoza y Mario Vargas Llosa. He empezado ambas (de las que debo hacer reseñas), pero leo en primer lugar la novela de Eduardo Mendoza: tenía auténtica necesidad… Por lo que llevo leído (cien páginas), es una delicia folletinesca. Me place y me complace. Y a Mendoza se lo perdono todo…

    La de Vargas Llosa la demoro tras cuarenta páginas. La leeré después de la de Mendoza. Mi primera impresión es que Vargas Llosa es exhaustivo, informativo y reflexivo (marca de la casa). La inspiración remota, ‘El corazón de las tinieblas’, de Joseph Conrad, me cautiva más que la escritura enciclopédica de Vargas Llosa: la insinuación, la falta de datos, la elipsis, la pura conjetura, ese Congo jamás nombrado.

    De todos modos, no quiero tener una impresión precipitada. Creo que puedo disfrutar…

    Pronto, nuevo post.

  18. aleskander62

    He comprado El sueño del celta de Vargas Llosa.
    Pero, claro, tengo que terminar La noche de los tiempos de Muñoz Molina -ya que pasé entre medio Ética individual y revisión histórica … en Gore Vidal- y tengo pendiente Héroes alfabéticos de Justo Serna.

  19. Gara Bato

    Gracias por vuestros atinados comentarios sobre la literatura imprescindible. Tras disfrutar la novela La noche de los tiempos, dejo mi opinión, con ánimo de ahondar en su análisis y, tal vez, animar al debate:

    La prosa de AMM me parece magnífica, sea lo que sea que escriba. Posee un estilo muy personal: es directa, apenas usa imágenes o metáforas, y sencilla, nada artificiosa o pedante. Su mayor mérito se halla en el modo en el que las palabras se encuentran entre sí, cada objeto con el adjetivo siempre ajustado y cada pormenor como trazo que enriquece la narración.
    A pesar de lo detallado ésta discurre con total fluidez y mantiene un buen ritmo, al que contribuye el suspense creado, tanto a lo largo del libro: por el exilio de alguien que huye de una guerra con un destino incierto, como en cada capítulo: la búsqueda de su amante o de su viejo colega en una ciudad en llamas, la prisa por llegar a su próximo encuentro clandestino, etc.
    Como logro del autor destacaría la cercanía que consigue del lector en las descripciones de esos días de tumulto en un Madrid en plena revuelta. El espacio que atraviesa el protagonista, una Europa en estado de preguerra, afecta íntimamente al personaje (y también la trama), su ánimo, sus emociones. Considero ésta una virtud de AMM que lo distingue de algunos autores centroeuropeos, magníficos también como Sebald que, sin embargo, practican una prosa ajena y un tanto fría, a mi entender. En La noche… cada descripción forma parte de una vivencia: la casa en la que vive Ignacio está unida a su sentimiento de claudicación; el paisaje desolado por la violencia de las afueras de Madrid provoca su miedo, la conciencia de su propia cobardía, etc.
    Coincido con la crítica en elogiar la habilidad de AMM en el uso del tiempo: el tiempo de la ficción es de apenas dos horas, en las que el protagonista se desplaza en tren hacia un lugar de exilio y, tal vez, de acogida. El tiempo de la evocación es el de toda su vida y en él se dan saltos hacia el pasado, en una secuencia que no es lineal, y avances situados con gran pericia, como fogonazos de apenas una línea, que nos despiertan el interés por desvelar el alcance de esa acción en la novela (una la persona que le pidió auxilio y a la que no quiso acoger en su casa, el accidente de Adela, etc.)
    Mis elogios, también, a un autor tan bien documentado, no solo en los grandes acontecimientos de la guerra, sino en lo cotidiano. Y a la forma en la que, gracias a la voz de personajes históricos: Negrín, Moreno Villa, etc., realiza profundos análisis políticos sobre la República. AMM muestra, con valentía en estos tiempos, una actitud severa hacia los dos bandos, que deja claro que ninguna idea justifica tales atrocidades.
    Me atrevo a apuntar alguna de las deficiencias que, sin embargo, observo en su prosa: un cierto grado de repetición y de redundancia que no ayuda a la narración (la descripción de la imagen de Judith ante el piano en el primer encuentro reaparece unas cinco veces; para el lector es prescindible por repetitiva). Otra cuestión es la construcción de los diálogos que no están al nivel del resto de la narración, como el que mantienen los protagonistas en su encuentro en EEUU resulta muy forzado.
    Un último aspecto se refiere a los personajes, éstos están bien creados pero se fracturan en algunos detalles, que aunque sirven bien a la trama, no resultan coherentes con el personaje que el autor ha compuesto. No se sostiene que una mujer como Adela, tan entregada y complaciente con la familia, tan conservadora, tan cuidadosa de no contrariar a las personas a las que quiere, intente suicidarse. Hubiera encajado mejor un accidente, provocado por el desasosiego del descubrimiento de su infidelidad (un atropello al salir atolondrada del edificio), pero no como acto deliberado. También parece impropio del personaje de la estudiante americana, a la que ama por su aire emancipado e independiente, la escena de amante agraviada (en el encuentro en EEUU), los reproches por el poco tiempo que le ha dedicado, etc. El personaje del protagonista, en cambio, es muy consistente, aunque de él nos han quedado lagunas por cubrir que se me antojan cruciales: ¿realmente algún día quiso a su mujer? ¿o se casó con ella simplemente por medrar socialmente?

    Gara Bato

  20. jserna

    Sra. Bato, es muy interesante lo que dice. Y, si me permite, es también discutible, aunque usted argumenta a partir de una lectura extensa e intensa, desde luego. A propósito de las emociones y Antonio Muñoz Molina, yo le traería aquí el exergo con el que empieza ‘El viento de la Luna’. El autor lo toma de Antonio Machado:

    Solo recuerdo la emoción de las cosas

    y se me olvida todo lo demás;

    grandes son las lagunas de mi memoria

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