Lo que nunca muere

Uno. Ha muerto Luis García Berlanga. ¿Cómo transmitir todo lo que le adeudamos? Le perdí la pista en su última o penúltima etapa cinematográfica, cuando sus películas manieristas eran ya puro gamberrismo coral: gran número de actores en escena disputándose la vez, hablando a un tiempo, representando un pademónium inaudible y creciente, absurdo, un sarcasmo enfático y desencantado. Tenía todo el derecho a rodar esos films, pero a ciertos espectadores ya no nos decían casi nada: aunque, eso sí, aún podían hallarse momentos de inteligencia demoledora, secuencias con atisbos o restos del mejor cineasta.

La enfermedad lo ha consumido ahora, pero su arte alcanzó el cenit hace décadas. Vamos: que se consumó años atrás, cuando en pleno franquismo satirizaba las costumbres paletas, la soberbia de la gente adinerada o las arrogancias de los poderosos. Detrás siempre ha tenido a un gran guionista: Miguel Mihura, Rafael Azcona, etcétera. Pero también lo que siempre ha tenido es ternura, bonhomía: piedad. Gracias a su mala leche no cayó o recayó en el sentimentalismo. Ni en el rencor.

¿Que qué prefiero de su cine? Voy a ser poco original. Lo bueno lo compartimos muchos; lo excelente se impone sin discusión. Mi lista es obvia. Como película me sigo rindiendo ante El verdugo (1963). Sin duda. Es un film inexplicable, de alto coraje moral: una durísima crítica política.

¿Secuencias de García Berlanga? Pues Pepe Isbert encarnando a San Dimas en Los jueves, milagro (1957); o Manolo Morán comandando y cantando ¡Americanos, os recibimos con alegría! en Bienvenido, Míster Marshall (1953). Resulta un tópico inevitable, pero es verdad: ese cine es imborrable. No es la España real de entonces; es el sarcasmo que deforma lo que a simple vista se distingue; es la guasa de lo más sagrado. Un milagro, sí, que ese cine pudiera rodarse.

Yo estaba destinado a hacer la mili con uno de sus hijos, Carlos Berlanga. Él pudo librarse: vino un día al cuartel y no tardó nada en irse. Eso que se perdió: mientras él seguía con Alaska y los Pegamoides (acabando o ya promocionando su espléndido Grandes éxitos) a mí me tocó quedarme en el cuartel. Allí, en la compañía o en las sala de banderas, pude ver situaciones y personajes que parecían ideados por su padre. Cuánto le debemos a Berlanga. ¿La deformidad esperpéntica de lo español es naturalismo o es reinvención?

Dos. Leo en el blog de Pío Moa un post dedicado a Luis García Berlanga. No me resisto a reproducir aquí una parte de sus juicios. Dice Moa: “Dentro de ello, Berlanga suele considerarse el mejor director español detrás de Buñuel. En esto hay opiniones muy diversas y, sin entrar en la valoración técnica de las películas, diré la mía”.

Ah, o sea, que todo depende de opiniones. Es decir, que sobre los productos humanos podríamos opinar sin entrar a valorarlos técnicamente. Tal cosa no es posible, salvo que nos veamos capaces de enjuiciar sin criterios. Eso es como si yo largo mi ocurrencia sobre Las Meninas, de Velázquez, y me excuso diciendo que no haré valoraciones ténicas. ¿Qué peso puede tener dicha opinión? Ninguna, por supuesto. ¿Entonces por qué hablar de Pío Moa? Porque expresa un estado de opinión de la derecha española. Bien, ¿y qué dice?

Bienvenido mister Marshall me parece de un costumbrismo cutre, algo miserabilista y de ingenio muy moderado, repleto de tópicos sin mayor penetración; uno duda de si la trivialidad de los personajes no refleja en realidad la del autor”, señala. Por supuesto, Moa confunde el retrato esperpéntico con el retratado. Lo que le duele es la crítica profundísima que Berlanga hace de aquella España y de aquel régimen que él ensalza con porfía, una España que esperaba salir de la miseria en que la había hundido la autarquía.

El Verdugo está algo mejor, sin alcanzar grandes cotas, con rasgos de ingenio algo domésticos, aunque muy celebrados”, continúa. ¿Algo mejor? ¿Qué significa estar algo mejor, pero sin alcanzar grandes cotas? Si no la está juzgando desde el punto de vista técnico, entonces ignoramos cuál es la base desde la que opina. Simplemente, Moa no soporta que al régimen franquista se le colara una película de sátira política tan descarnada; no comprende que al censor  se le escapara un alegato tan sórdido y sarcástico contra la pena de muerte y su ordinaria ejecución. Etcétera, etcétera.

Luego, para acabar, Moa sentencia: “no niego que, técnicamente, Berlanga haya sido un excelente director. Pero tiene dos defectos que lastran no solo el cine, sino la mayor parte de la literatura española desde hace mucho tiempo: ausencia de épica y de conflicto moral (o este planteado en formas  muy primarias); dos elementos que, en cambio, definen el mejor cine useño”. Por supuesto, no acabamos de entender cómo puede valorar técnicamente a Berlanga si ha vertido opiniones de otra índole.

Y no entendemos esto último que apostilla: la ausencia de épica y de conflicto moral. El cine de Berlanga es precisamente la expresión de un conflicto en el que la moralidad está degradada, un conflicto en el que la épica ya no es posible. ¿Moralidad, épica? Aunque las opiniones de Pío Moa no sean perdurables, pertenecen, eso sí, al género cómico. O, mejor, al esperpento.

Blogosfera: https://justoserna.wordpress.com/pio-moa/

9 comments

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  1. David P.Montesinos

    Antes de condolerme por la muerte del maestro, tan solo referirme a la última intervención de Alejandro Lillo en relación a la educación. De todo lo que dice, que es francamente sensato, me quedo con la alusión crítica al hábito de los distintos colectivos -padres, docentes, discentes- a echar las culpas sobre los otros sin llegar a ver nunca la paja en el ojo ajeno. Le aseguro que esto lo veo diariamente. En ocasiones veo profes irritados porque sus alumnos no traen de casa las buenas costumbres que luego resulta que estos mismos profes tampoco hacen el mas mínimo esfuerzo en inculcarles, a veces porque ni ellos mismos las tienen tampoco. Por increíble que le parezca, en la mayoría de reuniones a las que asisto, profes que en clase se irritan mucho porque los alumnos hablan entre sí y no les hacen caso, llevan a cabo las mismas actitudes por las que en su clase moralizan a sus alumnos. Igualmente, a veces me encuentro padres que esperan que nosotros seamos duros y rigurosos “castigando” a sus hijos por la sencilla razón de que ellos ya han renunciado en casa a hacerlo, con lo cual la faena que nos queda a nosotros está directamente condenada al trabajo. Tiene razón usted, uno debe hacer como en cierto spot que vi de la India. Un árbol cae en la calle y bloquea el tráfico. Conductores, policías y viandantes se dedican a gritarse e insultarse ante la histeria que el problema provoca. De pronto, un niño que ve que llega tarde a clase se baja del autobús y él solo intenta mover el árbol gigantesco. Obviamente no lo mueve ni un centímetro, pero se le añaden otros críos, y luego empiezan a empujar los conductores, se une después toda la gente que andaba por ahí mirando… ¿Ve por dónde voy? Yo creo rotundamente que esta sí es una tarea de todos -como dice Marina: “nos educa toda la tribu”- pero no podemos limitarnos a mirarnos las caras sin hacer nada, hay que empujar el árbol con o sin ayuda.

    Respecto a Berlanga, comparto la sensación de que aquel cine de la Transición, y por supuesto el posterior, ya no fue “lo mismo”, como si el mejor Berlanga solo hubiera sido posible en su juventud. Ayer dije que en España el talento -sobre todo el talento para el humor- parece históricamente destinado a surgir en los intersticios de las tiranías, como si la prohibición estimulara la inspiración y la llegada de las libertades la desincentivara. Sería inquietante que necesitáramos jefes como aquellos maestros de los que hablaba Serna, que te daban con la regla de madera al primer desliz y nos educaban a base de terror, inquietante de verdad, pero hoy es imaginable un film como “El verdugo”. Por cierto, nunca dejo de maravillarme con la torpeza de los censores del franquismo. Se ponían furiosos porque apareciera una rodilla femenina, pero luego les colocaban comedias como las de Berlanga con un poder de corrosión terrible. Qué cosas.

  2. David P.Montesinos

    Dos erratas:

    1. (a mitad de primer párrafo) “está directamente condenada al fracaso” (no al “trabajo”)

    2. (último párrafo) “hoy es inimaginable” (no “imaginable”, claro)

  3. jserna

    No, no. sr. Montesinos, no es una errata.

    Hoy es imaginable una película como ‘El verdugo’. Gente como Alex de la Iglesia ha heredado la sutileza corrosiva de la película y el gamberrismo culto de García Berlanga. Otra cosa es que en De la Iglesia haya un toque siniestro, muy sombrío, que no tenía Berlanga. Sin medir logros estéticos y sin comparar, podríamos decir que el sarcasmo castizo y universal de ‘El verdugo’ está en ‘El día de la bestia’.
    Amén.

  4. jserna

    Bueno, se me olvidaba. Aprovecho para saludar a un nuevo lector y comentarista: Derrida. Nada menos que Derrida. Muy buen nick si por tal se quiere decir que tampoco el pensador francés nunca muere. Característico de sus cogitaciones era lo abstruso: lo oscuro y lo impenetrable. Aquí vemos reaparecer a Derrida con una palabra superlativa:

    “buenísimo”

    ¿Qué querrá decir? No soy perito en hermenéutica derridiana.

    Buenos días.

  5. Hemeroteca

    Alex de la Iglesia:

    “…Surgen en mi cabeza todos los momentos personales vividos junto al Maestro, con mayúsculas, y se me hace un nudo en la garganta…”

    “…La mejor película que se ha rodado nunca, El verdugo, define los límites del discurso acerca de la condición humana. Y lo hace con el lenguaje de los dioses, con la Divina Comedia, con el ácido corrosivo de la sonrisa demoníaca y tierna. Nos devuelve la verdad más negra con un abrazo, el negro corazón que nos fue arrebatado se nos entrega envuelto en ternura. Nadie en la historia del cine ha llegado tan lejos en talento y tan cerca de nuestras almas malheridas…”

    http://www.elpais.com/articulo/cultura/Acido/corrosivo

  6. Sigue...

    Dos. Leo en el blog de Pío Moa un post dedicado a Luis García Berlanga. No me resisto a reproducir aquí una parte de sus juicios. Dice Moa: “Dentro de ello, Berlanga suele considerarse el mejor director español detrás de Buñuel. En esto hay opiniones muy diversas y, sin entrar en la valoración técnica de las películas, diré la mía”.

    Ah, o sea, que todo depende de opiniones. Es decir, que sobre los productos humanos podríamos opinar sin entrar a valorarlos técnicamente. Tal cosa no es posible, salvo que nos veamos capaces de enjuiciar sin criterios. Eso es como si yo largo mi ocurrencia sobre Las Meninas, de Velázquez, y me excuso diciendo que no haré valoraciones ténicas. ¿Qué peso puede tener dicha opinión? Ninguna, por supuesto. ¿Entonces por qué hablar de Pío Moa? Porque expresa un estado de opinión de la derecha española. Bien, ¿y qué dice?

    Bienvenido mister Marshall me parece de un costumbrismo cutre, algo miserabilista y de ingenio muy moderado, repleto de tópicos sin mayor penetración; uno duda de si la trivialidad de los personajes no refleja en realidad la del autor”, señala. Por supuesto, Moa confunde el retrato esperpéntico con el retratado. Lo que le duele es la crítica profundísima que Berlanga hace de aquella España y de aquel régimen que él ensalza con porfía, una España que esperaba salir de la miseria en que la había hundido la autarquía.

    El Verdugo está algo mejor, sin alcanzar grandes cotas, con rasgos de ingenio algo domésticos, aunque muy celebrados”, continúa. ¿Algo mejor? ¿Qué significa estar algo mejor, pero sin alcanzar grandes cotas? Si no la está juzgando desde el punto de vista técnico, entonces ignoramos cuál es la base desde la que opina. Simplemente, Moa no soporta que al régimen franquista se le colara una película de sátira política tan descarnada; no comprende que al censor se le escapara un alegato tan sórdido y sarcástico contra la pena de muerte y su ordinaria ejecución. Etcétera, etcétera.

    Luego, para acabar, Moa sentencia: “no niego que, técnicamente, Berlanga haya sido un excelente director. Pero tiene dos defectos que lastran no solo el cine, sino la mayor parte de la literatura española desde hace mucho tiempo: ausencia de épica y de conflicto moral (o este planteado en formas muy primarias); dos elementos que, en cambio, definen el mejor cine useño”. Por supuesto, no acabamos de entender cómo puede valorar técnicamente a Berlanga si ha vertido opiniones de otra índole.

    Y no entendemos esto último que apostilla: la ausencia de épica y de conflicto moral. El cine de Berlanga es precisamente la expresión de un conflicto en el que la moralidad está degradada, un conflicto en el que la épica ya no es posible. ¿Moralidad, épica? Aunque las opiniones de Pío Moa no sean perdurables, pertenecen, eso sí, al género cómico. O, mejor, al esperpento.

    https://justoserna.wordpress.com/pio-moa/

  7. David P.Montesinos

    Pío Moa me recuerda en este caso a esos tertulianos que, a modo de fast thinkers, son capaces de opinar sobre lo que les echen, y claro no podía renunciar en la muerte de Berlanga a decir la suya. Con frecuencia los “todólogos” como Moa empiezan a comentar cualquier cosa diciendo algo así como “en este tema no soy experto, pero pienso que…” Y a uno se le ocurre, una vez escuchas la opinión, que, efectivamente, no era para nada experto en el tema. Decir que no hay conflicto moral en El verdugo… buff, yo creo que Moa sería un buen personaje en las comedias berlanguianas.

  8. Alejandro Lillo

    Coincido con don David. Y digo más. El señor Moa debería dedicarse en exclusiva a la crítica cinematográfica. Lo que se está perdiendo el género…

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