«Los padres que se sirven habitualmente y por largo tiempo de la televisión como de una especie de niñera electrónica abdican de su papel de principales educadores de sus propios hijos. Este depender de la televisión puede privar a los miembros de la familia de la oportunidad de interactuar unos con otros por medio de la conversación, la actividad y la oración en común«, Karol Wojtyla.
La tele que me parió. Hace años leí un libro que me divirtió mucho, un volumen del que aprendí grandes e importantes cosas y en el que pude volcar mi nostalgia más irracional. Me refiero a La tele que me parió, de Pepe Colubi. Lo publicó la editorial Alba en 1999 y sé que luego se ha reeditado.
Cada capítulo era la monda. El autor diseccionaba la historia televisiva con inteligencia muy gamberra, es decir, con gran sentido del humor. Al tiempo que describía el fenómeno se lo pasaba en grande. Tanto, que los lectores nos partíamos de risa. Hablo de memoria porque ignoro por dónde andará mi ejemplar. No sé, pues, si hoy me agradaría como cuando lo leí.
El caso es que en su momento me entusiasmó tanto, pero tanto y tanto, que no pude dejar de regalárselo a un muchacho muy querido de la casa: un chaval que tiene dos años más que mi hijo; es tan zumbón como él. Le recomendé especialmente el capítulo dedicado a la teletienda, capítulo que habíamos disfrutado con mucho placer cuando leíamos la obra en familia. Ya ven: la televisión une mucho.
Por supuesto, el apartado dedicado a la venta televisiva no era el único desternillante. Prácticamente todos tenían su guasa. Hoy lo recuerdo no porque quiera hacer broma, sino porque empiezo un post en el que a lo largo de varios días hablaré de la televisión que me crió, la que disfruté siendo niño y la que padecí tiempo después.
Estoy motivado para este tema: sigo viendo privadamente Mad Men y la verdad es que me ha hecho evocar la tele de los sesenta. Hablaré de series y hablaré con desorden, con presunto desorden. Por supuesto, los lectores podrán apreciar un hilo conductor, un motivo que me llevará de una a otra (como en La biblioteca del hijo —uno y dos–, post que no tardaré en reemprender con la tercera entrega). Desde luego no pretendo tratar enciclopédicamente cada serie aportando datos eruditos. Solo quiero recordar con media sonrisa.
Empecemos…
Viaje al fondo del mar. «Era un navío muy vistoso de bandera estadounidense comandado por el almirante Nelson. Allí aprendimos las palabras periscopio y escotillas o la orden inmersión, inmersión. Y aprendimos a convivir con el capitán Lee –de aspecto anguloso y severo, como si cargara con alguna pena interior– y con Kowalski, que debió de ser el primer polaco que descubrí en televisión. Decir que el ambiente era opresivo sería ennoblecer el discurrir cotidiano del Sibius. Todo era más sencillo: el submarino era holgado y además sorteaba con agilidad de cetáceo las acometidas de los bichos marinos, terrestres o extraterrestres. La tripulación tenía sus más y sus menos, pero siempre triunfaba el espíritu de grupo. Los recuerdo a todos uniformados con camisas y pantalonos muy estrechos». Leer más aquí.
Embrujada. «Resultaba la madre perfecta. Yo tenía dos o tres modelos de madre. En cine, por su simpatía cantarina, Doris Day, y por su elegancia y belleza, Grace Kelly. ¿Y en televisión? Sin duda, Samantha Stephens. Era capaz de hacer prodigios moviendo levemente la nariz, una nariz que recuerdo respingona. Hacía un mohín con su apéndice, un breve acompañamiento musical reforzaba el acto y, zas, se cumplían sus deseos. Qué maravilla, cuánto adelanto. En casa, por el contrario, había que levantarse y hacer las tareas; en España, en fin, las madres aún eran morenas y muchas de piel cetrina. En cambio, en Estados Unidos había seres maravillosos. Entiendan la palabra en todos sus sentidos…» Leer más aquí.
El túnel del tiempo. «Me parecía un portento glorioso. Desplazarse a un momento o a otro de la humanidad, pero con los conocimientos y la experiencia del siglo XX: qué admirable prodigio. Había unos mandos con numerosos botones y monitores que ponían en marcha una especie de generador o dinamo, esa espiral que absorbía a los viajeros. Las vueltas que daba el cacharro mareaban: a los viajeros del tiempo y a los espectadores adultos que no comprendían la fascinación de los niños. Recuerdo siempre a mis mayores lamentando los extraños giros del aparato, tan semejante por otra parte a las alteraciones psicodélicas de los sesenta. Parecía, sí, una experiencia de escape, una disolución de los límites de la conciencia y por supuesto una superación de las fronteras». Leer más aquí.
Los Picapiedra. «Su casa está en Rocadura: una zona residencial, una inmensa urbanización de bungalows, es decir, de viviendas unifamiliares. Wilma y Pedro Picapiedra disfrutan de una comodidad material evidente. Pedro trabaja en una pedrera o cantera, pelando la montaña a lomos de un dinosaurio gigantesco. Wilma, si no recuerdo mal, ejerce sólo de ama de casa. Atiende a su maridito cuando éste regresa. Como todo el mundo sabe, el esposo es algo bruto y, por eso, suele gritar de alegría (Yabba-dabba-doo) o suele dar órdenes terminantes a su mujer: ¡Wilma, ábreme la puerta!» Leer más aquí.
Colofón. Miras la pequeña pantalla y escribes. Recuerdas y escribes. Glosas brevemente lo que era amplio
e impreciso, que eso es la memoria. Y al hacerlo, al contar lo que fue tuyo y únicamente tuyo, derrochas y te pierdes. ¿Pero qué estás haciendo? Alguien observa y espera que añadas algo, que retuerzas lo sabido; o que des un giro, otra entrada. ¿Pero qué estás haciendo?, te preguntas otra vez.
Deja de mirar. Dejas de mirar.
Hemeroteca del día
«…No ensuciemos la lengua. «Silenciar los nombres directos de las cosas, cuando las cosas tienen nombres directos, ¡qué estupidez!», se lamentaba Antonio Machado. Eso es: no empleemos las palabras para enredar. «Solo un espíritu trivial, una inteligencia limitada», concluía Machado, «puede recrearse enturbiando conceptos con metáforas» o hablando cuando debería callar.»


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