Uno. Días atrás acabé de leer un libro agridulce que les recomiendo. Sin aspavientos. Su título: La bicicleta estática (2011),
de Sergi Pàmies. Mi ejemplar es el publicado por Anagrama en la versión castellana que firma el propio autor. Es un volumen de cuentos de cariz evidente y explícitamente autobiográfico.
A los cincuenta años, Pàmies ajusta cuentas con su pasado, con sus aciertos y desaciertos: los propios y los de los progenitores. ¿Sus padres? Gregorio López Raimundo y Teresa Pàmies, dos personas de vida dura y empeñosa. Él, máximo dirigente del PSUC desde 1965; ella, escritora. López Raimundo murió en 2007 siendo un símbolo del antifranquismo. Ser eso en vida es una pesada carga. Ser hijo de dos símbolos es no es nada sencillo.
Nunca averiguaremos qué hay de cierto en estos relatos de Sergi Pàmies, que prolongan otro libro que ya mencioné aquí tiempo atrás: Si te comes un limón sin hacer muecas (2007). Por lo que sabemos del autor, una parte de lo que cuenta es directamente personal, aunque no podremos evaluar su fuente y su veracidad. No importa. El tono nostálgico e irónico da al conjunto una autenticidad propiamente literaria. No es un libro inmarcesible, que diría el cursi. Pero es un autoexamen hecho a retazos de gran valor analítico.
¿Por qué La bicicleta estática? Sin duda, para muchos es un objeto cotidiano: con ella se puede hacer ejercicio sin desplazarse. Y es un artefacto algo inútil y probablemente desfasado. Ahora, justamente ahora, en la época del ciclismo ciudadano, dicho trasto se nos antoja anacrónico. Es como uno de esos objetos que se van acumulando en nuestras vidas y en nuestras casas y que, llegado un momento, ya no usamos. Está ahí, cumplió su función, pero nadie parece utilizarlo. Llegado un divorcio, por ejemplo, ¿quién se quedará con la bicicleta estática? Hace falta engrasarla, su metal está dañado por un principio de óxido y, además, ocupa sitio en viviendas tan escasas.
Dos. Con cierta frecuencia leo revistas del corazón. No lo digo por alardear ni por «épater le bourgeois«. Es un vicio que adquirí de joven: siendo niño, cuando pasaba por un quiosco, siempre me llamaban la atención las cubiertas chillonas de ciertas publicaciones. También en la barbería o en el médico: la espera la entretenía con Hola y Semana.
En las páginas satinadas de estas revistas descubrí a Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, una persona por la que siempre he sentido interés y una gran simpatía. No me pregunten por qué.
Aunque imagino que las razones son perfectamente justificables: es representante de una familia de linaje, de muchos títulos, de larga prosapia. Precisamente lo que yo no tengo. Por otra parte, ese apellido Fitz-James siempre me ha parecido muy chic. Llaménme frívolo.
Además, es riquísima: tantas posesiones y tantos bienes llevados con naturalidad es justamente lo contrario de los nuevos ricos que han invadido el solar patrio. Por otro lado, ha sido y aún es elegante: quizá como María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, la antepasada que inmortalizó Goya.
Hace muchos años, a comienzos de los ochenta, leí una novela que había recibido el Premio Planeta: Volavérunt (1980), de Antonio Larreta. Fue una recomendación especial de mi
padre. Sé que me entretuvo, sé que la comenté con él y sé que la protagonista era María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, duquesa de Alba a principios del siglo XIX, una mujer muy resuelta.
Cayetana muere en 1802, a los 40 años. Hubo muchos rumores. ¿Uno de ellos? Que fue asesinada por Manuel Godoy. Dando pábulo a esas habladurías, Larreta escribió aquella novela que yo leí. No recuerdo si tenía muchas virtudes literarias, pero el caso es que me entretuvo. Muchos años después, leo otro libro que habla de la duquesa de Alba, de la actual Cayetana. Me refiero a Aguirre, el magnífico (2011), de Manuel Vicent.
El autor dice no haber escrito una biografía, sino el retrato de una generación; o dice haber escrito la evocación de un personaje que cambió de máscara, de posición y de papel a lo largo de su vida. Esto último –lo del cambio de máscara– no es un reproche.
Todos vamos mudando y nuestra identidad va constituyéndose conforme nuevas experiencias nos hacen salir de nosotros mismos: al menos hasta el punto de obligarnos a adoptar otros hábitos y otras convenciones. En el caso de Jesús Aguirre, segundo marido de Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, esas mudas de la identidad fueron bien llamativas, según nos dice Manuel Vicent, y describen una trayectoria vital oculta y manifiesta. Desde el primer franquismo hasta la transición democrática.
Hijo de una madre soltera en el Santander de los años treinta, la vida de Jesús es la de un joven de buena familia con ese baldón que ocultar. Es asimismo la existencia de un tipo listo e inteligente, culto y pedante: alguien que estudia en el Seminario de Comillas, en la Facultad de Teología de Múnich; alguien que se ordena sacerdote y que oficia en Madrid, en la Universitaria, y que seduce a los fieles con su verbo imaginativo y encendido.
Es también la vida de un intelectual, alguien que ingresa en Taurus y que ampara la traducción y edición de Theodor W. Adorno, Walter Benjamin así como de otros grandes del pensamiento. Abandona el hábito talar y finalmente se casa con Cayetana Fitz-James Stuart.
Pese a lo que dice el autor, en estas páginas hay biografía, acercamiento a un personaje de múltiples caras; hay reconstrucción de época, especialmente de esos años sesenta y setenta del final franquista; hay cotilleos, algunos chismes sobre la condición sexual de Aguirre, sobre la vida íntima con la duquesa de Alba y sobre el comportamiento nobiliario del consorte en el Palacio de Liria, en Madrid, o en las Dueñas, en Sevilla.
Es un libro entretenido, escrito con una prosa eficaz y a veces sonora. Ideal para leer en fin de semana. No aporta documentos, no indica fuentes y la información parece proceder de lo que Vicent sabe o de lo que ha averiguado. Por tanto, el autor nos obliga a aceptar lo que aquí se revela, reservado, intimísimo; nos fuerza a creerle. Es convincente en algunos momentos. A veces es hasta muy convincente. Por ejemplo, cuando nos muestra una y otra vez la herida que no cauteriza en una España severa y mojigata: la de la bastardía. Aguirre fue algo más que el cura Aguirre y fue algo más que el duque de Alba consorte.
Queremos saber más: el perfil que traza Vicent es interesante y, por momentos, dudoso. Habría sido bueno, muy bueno, que el biógrafo hubiera entrevistado a testigos, a amigos, a enemigos; que hubiera consultado documentos y que nos hubiera completado el perfil borroso de Aguirre.Tres. Entre las lecturas del fin de semana, una de las más placenteras es la de los periódicos. Podemos imaginar la escena previsible, que no es exactamente la real: mañana de domingo, sol tibio de primavera anticipada, una cervecita, un aire de poniente enfría el ambiente. Sentados en una terraza, los lectores se disponen a leer la prensa. Los de casa nos repartimos El País y El Mundo. El Abc lo dejamos para otro día. ¿Y qué leemos?
El fotograma de Ciudadano Kane me induce a hablar de los diarios. En esa imagen superior vemos en picado al magnate de la prensa, aquel que montó un imperio. O lo destruyó. Es él. Es Charles Foster Kane. Pero ese fotograma está amputado. Echemos un vistazo al plano general. ¿Qué vemos?
Elegantemente vestido, pisando fuerte, con las piernas abiertas y el mundo a sus pies, Kane nos mira desafiante. Su pose nos recuerda a la del Coloso de Rodas. Todo pasa por su entrepierna, todo está por los suelos: atadijos de papel, de diarios, preparados para ser distribuidos o las propias noticias de que sus periódicos informan. ¿Qué contienen? Como William Randolph Hearst —la persona en la que se inspiró Orson Welles–, Kane rehace lo real, lo agiganta o la achata a voluntad, según sus intereses.
Durante el fin de semana, para olvidarme del ensayo académico que estoy escribiendo, leo la prensa y leo sobre la prensa: concretamente, a Joseph Pulitzer. No está de más volver sobre sus palabras.
Ahora, la editorial Gallo Nero ha publicado el texto fundacional que dedicara a la Escuela de periodismo de la Universidad de Columbia (1904). Es un librito imprescindible: Sobre el periodismo.
Las ideas de Pulitzer siguen siendo atendibles: la defensa de la ética profesional, de la deontología del periodista frente al puro comercialismo, de la honradez y de la moralidad civil frente al engaño. Todo eso aún forma parte de nuestro mundo.
Pulitzer fue el principal oponente de William Randolph Hearst, y como él contribuyó a fundar y a desarrollar el periodismo amarillo. Al final de sus días y después de muerto se redimió, si podemos decirlo así. Sus reflexiones, recogidas en este volumen, y las donaciones económicas para la Escuela de Periodismo y para la dotación de su Premio son su legado.
Lo mejor es la crítica que hace de la demagogia: en la política y en la prensa. El deterioro que ese fenómeno provoca en la moral colectiva es insondable, profundísimo, dice Pulitzer: una opinión pública jaleada por periodistas inescrupulosos y por políticos corruptos abre una brecha social y descompone. Pero hay más. Una prensa que refuerce el prejuicio y los estereotipos de la gente corriente no hará servicio alguno: agravará el estado de cosas. Por eso, dice Pulitzer, “a veces, uno de los deberes más importantes de la prensa es oponerse a la opinión pública”. Y añade citando literalmente a James Bryce:
“Las democracias siempre tendrán demagogos preparados para alimentar su vanidad, agitar las pasiones y exagerar el sentir del momento. Lo que se necesita son hombres que naden contra la corriente, les hagan ver sus errores y se apresuren a crear argumentos que resulten aún más contundentes a causa de no ser bien recibidos”.
Acabo de transcribir ese párrafo. Vuelvo a mi ensayo académico. Aún no he completado la lectura dominical de la prensa. Un sentimiento ambivalente y una emoción algo melancólica se han apoderado de mí.
Cosas del fin de semana. Sin duda.
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