Charlatanería
5 de mayo. Después de conocer la encuesta preelectoral del Centro de Investigaciones
Sociológicas (CIS), que prevé una estimación de voto muy alta a favor del Partido Popular de la Comunidad Valenciana, Francisco Camps, aseguró que los militantes y simpatizantes de su organización tienen que estar «contentos y pletóricos».
Y añadió: «hemos demostrado al resto de españoles una alegría, una modernidad, optimismo y capacidad de trabajo que, en estos momentos, es un pilar fundamental para entender la alternativa que asoma en toda España».
Francisco Camps es muy dado a exaltar la alegría y la felicidad: un bla-bla-bla inacabable y, si nadie lo remedia, convincente. Algún día habrá que estudiar esta oratoria, me he repetido muchas veces. Algún día habrá que examinar de qué modo se expresa y discursea.
Para entender lo mínimo, recomiendo un manual de supervivencia electoral: es un librito de Harry G. Frankfurt cuyo título, en la edición española, es On Bullshit, o sea, literalmente Sobre la caca de toro. Con dicha expresión, los angloparlantes se refieren a la palabrería, a la charlatanería. El charlatán o el palabrero es alguien dotado para la expresión facunda, pero especialmente para la maraña verbal que adultera o nubla. En efecto, humo y excrementos son las dos expresiones que Frankfurt emplea para describir la esencia del bla-bla-bla.
Añade este autor que el charlatán es dado a largar paparruchas, a soltar lastre, material excedente, una ganga oral. En realidad, más que mentir expresamente (lo cual también es posible), el palabrero habla y habla, vacío y enfático, sin preocuparse del valor descriptivo de sus enunciados.
La verdad, parece un retrato verbal del orador Francisco Camps.
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Gestión de desechos
Ayer, 5 de mayo, cuando me disponía a dar clase con otra compañera en Ciencias Políticas, en el campus de Tarongers, no pude impartir lección. Más de mil jóvenes que se habían convocado a través de las redes sociales habían montado un botellón a las puertas de Facultades.
A las 17:17 minutos llegábamos a la de Derecho. Fue en ese momento cuando nos encontramos a su decano, a la de Económicas y al vicerrector Antonio Ariño. Comentamos con el vicerrector el paisaje tan espantoso que se divisiba, un
estercolero: el suelo ya tapizado de cristales; el ambiente aromatizado de orines; el ruido de tam-tam, que ahogaba la expresión y el raciocinio.
Con sensatez, las autoridades académicas habían suspendido las clases y clausurado los inmuebles, justamente para evitar la irrupción de gente ebria y para proteger las pertenencias académicas. La Universidad, me comentó Antonio Ariño, no puede impedir la realización de este botellón, porque se hace en las calles adyacentes de los edificios y esos espacios siguen siendo propiedad municipal. El día en que el Ayuntamiento permita vallar el recinto universitario, entonces la responsabilidad será del Rectorado. Y entonces se impedirá que eventos tan cochinos (por las inmundicias que dejan) puedan realizarse en ese lugar y a destiempo, en horas de clase, de lección.
Ariño y las otras autoridades académicas caminaban, impecablemente trajeados, entre tipos desaliñados y ya furiosos, tipos que delante de nosotros se dedicaban a astillar botellas de vodka y litronas. En aquellas aceras parecíamos asistir a una bacanal. ¿Parecíamos? Unos pocos policías municipales hacían acto de presencia testimonial. ¿Para qué? Para recoger restos humanos. Ya se sabe: la gente de los comas etílicos, etcétera. Supongo que los otros restos, los restos materiales, los retiraría después una brigada de limpieza. ¿Encabezada por Rita Barberá?
Quienes ven la serie televisiva que lleva su apellido saben que Tony Soprano se dedica a la gestión de desechos en la zona de Nueva Jersey. En realidad, eso es la tapadera de otras actividades mafiosas. Ayer, la verdad, habría deseado que Tony Soprano y sus muchachos acudieran a charlar con la alcaldesa y candidata del PP. Quizá le habrían dado una lección; quizá le habrían enseñado qué es la limpieza y el orden, el gasto público y los provechos privados. Me pregunto, además, a quiénes habrían votado Tony y los suyos de estar empadronados en Valencia…
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El Partido único
5 de mayo. Poco antes de comenzar la campaña electoral acabamos de conocer la encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). A lo que parece y de cumplirse esas expectativas, el Partido Popular de la Comunidad Valenciana ampliaría su mayoría absoluta en Les Corts. Pasaría de 54 a 60 escaños.
Si esos resultados se cumplen, entonces es que los electores se regocijan con la marcha de la Comunidad Valenciana. Y sí, la verdad es que se nota el júbilo en las calles, en los taxis, en las aulas, en los bares. Todo el mundo se parte de risa. Pero esto no es de risa.
Francisco Camps, a quien en esta fotografía vemos en un acto electoral en Sueca, dice que los valencianos están «orgullosos de ser de esta tierra» y de sentirse «unidos en un mismo proyecto que es el del PP y el de la Comunitat Valenciana». Por ello, el PPCV es el «único partido» que trabaja «por las personas, las que tienen empleo y los parados, por los jóvenes y los mayores, para valencianos, castellonenses y alicantinos, siempre trabajando cerca de las personas, familias y asociaciones de cualquier tipo».
¿El PP es el único partido? No, no. Precisemos: con la retórica de Camps, el PP es el partido único.



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