Blog de Campaña de El País (Comunidad Valenciana)
Uno. ¿Cuántos errores se pueden cometer en una campaña electoral? En unas Generales, el desliz de los principales candidatos o de sus asesores se multiplica: un chorro de luz ilumina los trapiés de los responsables. En los comicios de 2008, por ejemplo, el Partido Popular cometió varias ineptitudes. Las analiza Iolanda Mármol en su libro Secretos de campaña (2011). Si le quitamos los inevitables academicismos (procede de una tesina), el volumen es muy interesante, accesible y recomendable para asesores en apuros. Yo me lo he pasado muy bien leyéndolo, pues combina el rigor y el humor.
De todas las torpezas que trata, citaré dos que, seguro, ustedes recordarán.
Primer error. Las declaraciones de Gabriel Elorriaga al Financial Times, publicadas el 29 de abril de 2008.
Elorriaga era entonces –no sé si lo seguirá siendo– uno de los miembros del comité electoral. Dijo:
«Toda nuestra estategia se centra en los votantes socialistas indecisos (…). Si podemos sembrar suficientes dudas sobre la economía, sobre la inmigración y sobre el tema del nacionalismo, entonces tal vez se queden en casa».
Leamos otra vez. Lo que Elorriaga decía es que había que conseguir que los electores se quedaran en casa. Que se abstuvieran, vaya. «El dirigente popular reconocía en esa entrevista que los votantes socialistas son por lo general mucho menos disciplinados que los del PP y que por ese motivo se dirigían a ellos», precisa Iolanda Mármol. La entrevista del Financial Times, provocó un gran revuelo. ¿Por el cinismo? ¿Un partido alentando la abstención?
El Partido Popular se vio obligado a publicar un comunicado desmintiendo lo dicho por Elorriaga. «La campaña del PP está centrada en atraer al votante socialista desencantado y en ningún modo buscar la no-participación». El error del asesor era grave porque era cierto. Era una descripción prácticamente literal del comportamiento electoral, pues como declaró la periodista que había entrevistado a Elorriaga: «Lo que me dijo es que no hay trasvase de votos en España, así que todos los mensajes de Rajoy son para que los votantes volátiles del PSOE se queden en casa».
Eso no es exactamente así, pero se parece a la realidad.
Segundo error. Si recuerdan –quién no lo va a recordar– la niña de Rajoy fue otro desliz mayúsculo. En el primer debate cara a cara de Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero, el dirigente popular cerró su intervención con un personaje que no era real pero que bien podría haberlo sido. El problema fue que resultaba un arquetipo, un molde, un modelo, un símbolo, un énfasis, una caricatura. Los espectadores percibieron inmediatamente su inverosimilitud. Dijo Rajoy:
«Yo quiero que la niña que nace en España tenga una familia, una vivienda y unos padres con trabajo. Esto es lo mínimo que podemos exigirnos para todos. Una familia, una vivienda y unos padres con trabajo. Yo me esforzaré principalmente para que la familia esté atendida y la vivienda se pueda conseguir. Y para que no falte trabajo.
Quiero que esa niña nazca donde nazca reciba una educación que sea tan biena como la mejor. Quiero que se pueda pasear por todo el mundo sin complejos, porque sabrá idiomas y porque tendrá un título profesional que se cotice en todo el mundo. Quiero que sea un heraldo de la libertad y de la tolerancia y de los derechos humanos porque habrá crecido en libertad y no tendrá miedo a las ideas de los demás. Y habrá aprendido a respetar a todos los que respetan la ley. Quiero que sienta un hondo orgullo por ser española. Por pertenecer a esa nación tan vieja, tan admirable, que le ha ofrecido las mejores oportunidades. Pero que habrá sabido ser exigente con ella para convertirla en una mujer madura y responsable. Eso es lo que quiero».
«La experiencia fue un sonado fracaso», nos recuerda Iolanda Mármol. «No sólo porque Rajoy ni siquiera se había aprendido la historia [de la niña] y tuviera que leerla, casi recitarla, sino porque sonó a invención extravagante», concluye Mármol. Sonó, sí, a personaje increíble: como un cuento con el que engatusar a la audiencia.
Ahora, en esta campaña de municipales y autonómicas, Mariano Rajoy cuida mucho lo que dice. Sabe que le quedan pocas oportunidades para fracasar por la boca. Por eso se calla frecuentemente: cree posible obtener el éxito dejándose arrastrar por la corriente y guardando silencio. Si no lo hace, deberá ir despidiéndose de sus correligionarios: como parecía que iba a hacer aquella noche aciaga de 2008 en el balcón de la calle Génova de Madrid (según vemos en esa foto de EFE).
En cambio, en el editorial del 12 de mayo de El Mundo –tan beligerante y facundo como siempre— le piden ahora que hable, que se pronuncie, que sea más contundente (a propósito de Bildu). Pero Rajoy se cuida.
¿Qué hará en Valencia, cuando acuda al gran mitin de campaña? Tal vez recuerde lo que sucedió tiempo atrás. «El mitin de Valencia [de 2008], el multitudinario de la campaña del PP, se cerró con unas niñas subidas al escenario», nos recuerda Iolanda Mármol. «Da gusto verlas, te suben la moral», dijo Rajoy ante las 30 mil personas que llenaban la plaza. «La alcaldesa Rita Barberá también quiso participar en el juego y auguró que la niña de Rajoy se llamaría Victoria y nacería el día 10 de marzo [de 2008], el día siguiente a las elecciones. No fue así», constata Marmol.
Ay, tiempo de silencio…


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