Biblioteca breve de campaña

Blog de Campaña de El País (Comunidad Valenciana)

Mañana en la batalla… Se va acercando el día de reflexión. Prepárense. Dótense de instrumentos intelectuales para distinguir el grano de la paja, lo bueno de lo malo. ¿Y los candidatos? Procúrense buenas lecturas de reposo que les permitan hondura y soltura verbales.

Días atrás ya propuse una primera relación de obras de variado grosor y entidad. Hoy quiero añadir nuevos textos que, bien leídos, podrían ser un alivio al final de la jornada. O un lenitivo. O quizá un revulsivo. Uno puede aturdirse con alcoholes varios; pero también puede reemplazar los licores por picores filosóficos, escozores reflexivos. Sin duda, los que mejor nos pueden auxiliar son los clásicos del pensamiento. Rendimos culto a la novela y a la novedad, pero unos ensayos contundentes bien seleccionados serían una biblioteca portátil de gran utilidad: servirían para que nuestros candidatos se activaran.  

Las recomendaciones no van a tener destinatarios concretos. En realidad, propongo un lote. En todo caso, pueden ser ustedes mismos, los lectores de este blog, quienes indiquen los nombres de los principales interesados: por afinidad o por exclusión. Sólo sugeriré obras que yo haya leído adjuntando una breve justificación que permita identificar al destinatario ideal. No es un juego: es una adivinanza de caracteres y humores. Vamos, pues, con la relación, el resumen. Yo les monto la biblioteca y ustedes –lectores y candidatos– ya verán qué hacen. El elenco de obras se irá incrementando a lo largo del día. Pueden sugerir títulos. Luego ustedes o yo los glosaríamos para incluirlos en nuestra biblioteca portátil de campaña.

 Marqués de Condorcet, ¿Es conveniente engañar al pueblo? (1778) De este opúsculo ya hablé meses atrás. Ahora es muy conveniente recuperar lo dicho y sus consecuencias.  En 1778, Federico II de Prusia convoca un certamen, un concurso en el que debían presentarse disertaciones filosóficas sobre la utilidad política del engaño. De todo aquello sólo queda un texto. El de Condorcet. El marqués no llegó a presentarse al concurso, pero, dada la celebridad del filósofo y dada la pertinencia de sus argumentos, su escrito no quedó inédito.

Los gobernantes pueden tener interés en mantener a los ciudadanos en el error, precisamente para conducirles con mayor facilidad. Y los gobernados pueden desear la ignorancia o la superstición para así despreocuparse, para así irresponsabilizarse. Estas actitudes, señala Condorcet, son una ruina, son indeseables. Pese a lo que dijera Maquiavelo, el Gobierno de un país no puede funcionar recta y justamente con la “noble mentira”. Y la población no puede tener una existencia plena, digna de ser vivida, si se deja intoxicar por el estupefaciente del engaño voluntario. Los individuos serían como esclavos.

Por supuesto, numerosos Ilustrados se opondrán a la expansión del cinismo gubernamental. Por ello lucharán modestamente contra las impunidades, procurando ajustar mejor el funcionamiento de la ley. Que la ley se extienda, que la legalidad sea la base de las actuaciones de los gobernantes y de los gobernados. Pero para que eso suceda es preciso instruir, formar. Condorcet, como no podía ser de otra manera, confiaba en la educación, y educar no es engañar. Lo perjudicial es la falta de instrucción, fuente de todos los errores, de todas las supersticiones, de todos los fanatismos. ¿Cómo puede ser útil mantener al pueblo en la ignorancia?, se pregunta.

“Nunca es la verdad en cuanto tal lo que es perjudicial, y aun la verdad unida a los errores hace menos mal y mayor bien que lo que hayan podido hacer por sí solos los errores. Por tanto, la verdad es de por sí útil, aunque no se la conozca sino a medias, y sería perjudicial sustituirla por el error”, precisa Condorcet. Y es ésta una indicación válida para los gobernantes rectos, ilustrados, benevolentes, como ese Federico II que tanto hizo por las artes y por el pensamiento. Pero es válida también para los gobernados, pues “sería igualmente útil para la clase oprimida conocer la verdad ya que si no estuviese engañada no buscaría otra cosa que los medios más seguros para evitar la opresión”, dice Condorcet.

Si esto es así, ¿a quién interesa mantener los engaños, la “noble mentira” de los gobiernos? “Para que la opresión pueda ser útil para el opresor, es necesario que el oprimido sea presa de la superstición o esté privado de razón: esa es la razón por la que la sumisión imbécil de algunos pueblos era muy cómoda para sus sacerdotes, y por lo que la sumisión de las bestias de carga proporciona tanta utilidad a los hombres”. Por favor, relean la cita anterior: parece estar escrita para nosotros. “Los errores que se le mete al pueblo en la cabeza lo vuelven estúpido; ahora bien, de la estupidez a la seducción y a la ferocidad no hay más que un paso”, admite. Y “el entusiasta ignorante no es un hombre, sino la más terrible de las bestias feroces”.

Condorcet quiere erradicar las bestias feroces de la sociedad de los humanos, pero quiere también impedir que los opresores sigan valiéndose del engaño para burlar sus responsabilidades, para gobernar con humo, con promesas inverificables. “¿Se puede aprender la verdad de labios de los cortesanos o ministros, de los informes de los espías, de los escritos de los panegiristas o de los gacetilleros a los que se soborna para engañar, de las cartas que tenga interés en mostrar quien se ha dedicado a tan infame violación…?” Un consejero gubernamental que engaña es un mal, como lo es también confiar a ciertos hombres un empleo público, un ministerio, si su objetivo es “hacerse ricos o tener fama y halagos”.

Condorcet, sí: es uno de los nuestros.

Joseph de Maistre, Consideraciones sobre Francia (1797). Este pequeño volumen es especialmente recomendable para quienes quieran afianzar sus ideas carcas, ultramontanas. De hecho, De Maistre es el padre del pensamiento reaccionario. Escribe con furia, con ira, con rabia, con arrogancia: retando a sus enemigos. Ciertos lenguajes de la derecha actual recuerdan su estilo desinhibido.

De Maistre ha vivido el principio de la Revolución francesa (1789) y la repudia con todas sus fuerzas. No acepta el liberalismo ni las reformas políticas o el cambio de las instituciones. Desea un vuelta a la Monarquía absoluta, a la Corona irrestricta, al Rey como representante político de Dios en la tierra.

Es un adelantado: practica la psicología inversa sin saberlo. Por eso viene a decir algo así como: que sigan, que sigan los revolucionarios; que guillotinen; que ahoguen a Francia en un baño de sangre. Dios escribe con reglones torcidos: la Providencia desea la Revolución para acabar con el reformismo ilustrado. Teníamos una enfermedad (la Ilustración, las reformas de la Monarquía). Pues bien, la Revolución acabará violentamente con todo eso. Nos curará extirpando. Nos subirá la fiebre, expulsaremos las toxinas, eliminaremos lo malo, y luego nuestro cuerpo quedará depurado. De Maistre hizo una Apología del Papa (1819) que dio miedo al propio Pontífice.

Sé que entre ciertos sectores intelectuales de la derecha extrema hay lectores de este filósofo saboyano. La gente de izquierdas puede leerlo o releerlo para afilar su verbo, para mejorar sus dicterios, para asombrarse: Los cornetas del Apocalipsis (2011), esos de los que José María izquierdo se ocupa cada jornada no son un producto actual. Ya estaban dos siglos atrás. Joseph de Maistre fue el padre de todos ellos: el mejor, el más ultra, el más extremado. Su lectura es como una purga. Muy recomendable para estados de anemia, de indiferencia o de abstención crónica.

Friedrich Engels. La primera vez que leí El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre (1876), de Friedrich Engels, pensé que el título era largo, excesivo. Que despistaba, vaya. La segunda vez que lo leí ya no tenía la misma opinión. Me di cuenta de que era un rótulo afortunadísimo: por su misma longitud descriptiva y por los equívocos a que se presta (muchas veces, erróneamente, lo he mencionado al revés diciendo: El papel del trabajo en la transformación del hombre en mono).

La tesis de Engels es de un materialismo impecable, tributaria de Charles Darwin. “El trabajo ha creado al propio hombre”, dice incansablemente Engels. La producción material de la existencia y el desarrollo de los recursos convirtieron a una raza de monos antropomorfos extraordinariamente desarrollada en lo que ahora somos: seres humanos. “Darwin nos ha dado una descripción aproximada de estos antepasados nuestros. Estaban totalmente cubiertos de pelo, tenían barba, orejas puntiagudas, vivían en los árboles y formaban manadas”, añade Engels.

Las manos fueron fundamentales. Adoptar la posición erecta al caminar permitó dejar de usar  los nudillos para emplear las extremidades superiores en otras tareas. De hecho, añade Engels, fue el paso decisivo para el tránsito del mono al hombre. Las manos del hombre primitivo son una sofisticación civilizada: sirven fundamentalmente para recoger y sostener los alimentos; sirven construir tejadillos entre las ramas, para defenderse de las inclemencias del tiempo, insiste Engels; sirven para empuñar palos y garrotes, con los que defenderse de los enemigos; y sirven como instrumento de bombardeo, es decir, para lanzar frutos y piedras. Etcétera, etcétera.

Cuando leí y releí esos pasajes no podía dejar de acordarme de 2001, la película de Stanley Kubrick. Vemos a homínidos empleando sus manos para atacar a los adversarios, a quienes disputan el territorio y el agua. Pero, tras una larga elipsis, esas extremidades con músculos y ligamentos adaptados, desarrollaron nuevas funciones. “La mano del hombre ha alcanzado ese grado de perfección que la ha hecho capaz de dar vida, como por arte de magia, a los cuadros de Rafael, a las estatuas de Thorwaldsen y a la música de Paganini”. Llamanos trabajo a esa capacidad para dar vida.

Originariamente, “la manada de monos se contentaba con devorar los alimentos de un área que determinaban las condiciones geográficas o la resistencia de las manadas vecinas”, precisa. Con el tiempo, lo seres humanos transformaron, cambiaron. “Lo único que pueden hacer los animales es utilizar la naturaleza exterior y modificarla por el mero hecho de su presencia en ella. El hombre, en cambio, modifica la naturaleza y la obliga así a servirle, la domina.  Y ésta es, en última instancia, la diferencia esencial que existe entre el hombre y los demás animales, diferencia que, una vez más, viene a ser efecto del trabajo”.

Por supuesto, buena parte de los datos concretos sobre los que Engels se basa ya no se sostienen. Pero la argumentación es esplendorosa. La confianza en la capacidad transformadora del ser humano y el crédito que le dispensa hacen de este ensayito uno de los textos más lúcidos del siglo XIX.  No estaría demás que quienes pisan moqueta y van en coche oficial lo consultaran. Principalmente para no despreciar la habilidad humana que es trabajar, producir, modificar.

Estoy leyendo ahora una biografía de Friedrich Engels que acaba de publicar la editorial Anagrama de título español algo tramposo: El gentleman comunista (2011). El compañero de Marx siempre ha tenido mala fama. Según la versión tradicional, el autor de El capital habría tenido gran hondura intelectual, gran clarividencia, mientras que Engels habría sido sólo un eficaz divulgador: un tipo de escritura mecánica y roma. No es exactamente así. Hay enorme perspicacia en su enérgica prosa.

Por supuesto, buena parte de lo que sostuvo, con convicción comunista, no se sostiene. Pero si recomiendo su lectura a políticos en campaña no es por su ideario, sino por la poesía de su materialismo: hace falta algo de estética. Creyó que los obreros no eran mera fuerza de trabajo. Creyó que la producción material de la existencia era la tarea que nos hace humanos. Bien mirado, El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, tiene un optimismo contagioso.

A pesar de las crisis del capitalismo, a pesar de la explotación, Engels confiaba en el futuro. Esperaba una transformación que la propia historia le corroboraba. Sin duda había mucho de romanticismo en su ciencia proletaria. Sin duda había mucho de fantasía y quimera en su concepción histórica. Pero este gentleman victoriano nacido en Renania esperaba mejorar. A ello se aplicó. No se conformaba con la fatalidad y además creía en la formación, en la educación, en la erudición, en la cultura. Yo nunca he sido comunista, pero, qué quieren, me resulta admirable su porfía. 

Con esto me gano el infierno. Seguro.

10 comments

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  1. Leda

    Veo que vuelve a hacer recomendaciones literarias, Sr. Serna. Primero propuso novelas, para que nuestros políticos desarrollaran la imaginación; ahora propone ensayos: ¿serán capaces de aplicar sabiamente esa imaginación a la relidad?

    Bien, bien. Muy bien.

  2. jserna

    Gracias, Leda. Nada, lo que propongo no es nada del otro mundo. Ya sabe: ensayos breves, de pensamiento, para una campaña en la que, a veces, faltan ideas…

  3. aleskander62

    Discursos de España en el siglo XX. Un libro recomendable, publicado por la Universidad, en PUV, creo que podría leerse, para repasar y ver en nuestro país cómo funciona la persuasión verbal por vía política para cambiar la sociedad, si es que se puede.
    Cómo evoluciona el discurso patriótico y se asume por los distintos sectores socio-políticos, la apropiación de distintos sentires y su diferente distribución en partidos políticos que, por otro lado, han cambiado se siglas y de nombres.
    El PSOE continúa, como uno de los partidos políticos más antiguos y de más peso en el Estado.

    En estas elecciones estamos ante la cuestión de identidad nacional, luego la identidad comunitaria y finalmente la idea de ciudad: Valencia.

  4. Alejandro Lillo

    La lecutra de Joseph de Maistre me impresionó. ¡Qué fuerza expresiva! Menuda desmesura, tú. El razonamiento de “Consideraciones sobre Francia” es exactamente como apunta el señor Serna, sí. Aunque la revolución francesa parece que pretende destruir la sociedad y el mundo tal y como era conocido hasta entonces, no es así. Guiando a la Revolución en realidad está la Providencia, la férrea mano de Dios, que finalmente acabará con todos esos miserables, con todos los culpables de ese pe´riodo de ataque a la monarquía, las instituciones tradicionales y la religión. Y si algunos (o muchos) inocentes tienen que percer con los culpables, pues que perezcan. Cómo recuerdan sus palabras a la masacre que las tropas del Papa realizaron en la ciudad francesa de Béziers, en posesión por aquel entonces de los cátaros. ¿Recuerdan? “Matadlos a todos, que ya Dios reconocerá a los suyos”.

  5. Sigue...

    Friedrich Engels. La primera vez que leí El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre (1876), de Friedrich Engels, pensé que el título era largo, excesivo. Que despistaba, vaya. La segunda vez que lo leí ya no tenía la misma opinión. Me di cuenta de que era un rótulo afortunadísimo: por su misma longitud descriptiva y por los equívocos a que se presta (muchas veces, erróneamente, lo he mencionado al revés diciendo: El papel del trabajo en la transformación del hombre en mono).

    La tesis de Engels es de un materialismo impecable, tributaria de Charles Darwin. “El trabajo ha creado al propio hombre”, dice incansablemente Engels. La producción material de la existencia y el desarrollo de los recursos convirtieron a una raza de monos antropomorfos extraordinariamente desarrollada en lo que ahora somos: seres humanos. “Darwin nos ha dado una descripción aproximada de estos antepasados nuestros. Estaban totalmente cubiertos de pelo, tenían barba, orejas puntiagudas, vivían en los árboles y formaban manadas”, añade Engels.

    Las manos fueron fundamentales. Adoptar la posición erecta al caminar permitó dejar de usar los nudillos para emplear las extremidades superiores en otras tareas. De hecho, añade Engels, fue el paso decisivo para el tránsito del mono al hombre. Las manos del hombre primitivo son una sofisticación civilizada: sirven fundamentalmente para recoger y sostener los alimentos; sirven construir tejadillos entre las ramas, para defenderse de las inclemencias del tiempo, insiste Engels; sirven para empuñar palos y garrotes, con los que defenderse de los enemigos; y sirven como instrumento de bombardeo, es decir, para lanzar frutos y piedras. Etcétera, etcétera.

    Cuando leí y releí esos pasajes no podía dejar de acordarme de 2001, la película de Stanley Kubrick. Vemos a homínidos empleando sus manos para atacar a los adversarios, a quienes disputan el territorio y el agua. Pero, tras una larga elipsis, esas extremidades con músculos y ligamentos adaptados, desarrollaron nuevas funciones. “La mano del hombre ha alcanzado ese grado de perfección que la ha hecho capaz de dar vida, como por arte de magia, a los cuadros de Rafael, a las estatuas de Thorwaldsen y a la música de Paganini”. Llamanos trabajo a esa capacidad para dar vida.

    Originariamente, “la manada de monos se contentaba con devorar los alimentos de un área que determinaban las condiciones geográficas o la resistencia de las manadas vecinas”, precisa. Con el tiempo, lo seres humanos transformaron, cambiaron. “Lo único que pueden hacer los animales es utilizar la naturaleza exterior y modificarla por el mero hecho de su presencia en ella. El hombre, en cambio, modifica la naturaleza y la obliga así a servirle, la domina. Y ésta es, en última instancia, la diferencia esencial que existe entre el hombre y los demás animales, diferencia que, una vez más, viene a ser efecto del trabajo”.

    Por supuesto, buena parte de los datos concretos sobre los que Engels se basa ya no se sostienen. Pero la argumentación es esplendorosa. La confianza en la capacidad transformadora del ser humano y el crédito que le dispensa hacen de este ensayito uno de los textos más lúcidos del siglo XIX. No estaría demás que quienes pisan moqueta y van en coche oficial lo consultaran. Principalmente para no despreciar la habilidad humana que es trabajar, producir, modificar.

    Estoy leyendo ahora una biografía de Friedrich Engels que acaba de publicar la editorial Anagrama de título español algo tramposo: El gentleman comunista (2011). El compañero de Marx siempre ha tenido mala fama. Según la versión tradicional, el autor de El capital habría tenido gran hondura intelectual, gran clarividencia, mientras que Engels habría sido sólo un eficaz divulgador: un tipo de escritura mecánica y roma. No es exactamente así. Hay enorme perspicacia en su enérgica prosa.

    Por supuesto, buena parte de lo que sostuvo, con convicción comunista, no se sostiene. Pero si recomiendo su lectura a políticos en campaña no es por su ideario, sino por la poesía de su materialismo: hace falta algo de estética. Creyó que los obreros no eran mera fuerza de trabajo. Creyó que la producción material de la existencia era la tarea que nos hace humanos. Bien mirado, El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, tiene un optimismo contagioso.

    A pesar de las crisis del capitalismo, a pesar de la explotación, Engels confiaba en el futuro. Esperaba una transformación que la propia historia le corroboraba. Sin duda había mucho de romanticismo en su ciencia proletaria. Sin duda había mucho de fantasía y quimera en su concepción histórica. Pero este gentleman victoriano nacido en Renania esperaba mejorar. A ello se aplicó. No se conformaba con la fatalidad y además creía en la formación, en la educación, en la erudición, en la cultura. Yo nunca he sido comunista, pero, qué quieren, me resulta admirable su porfía.

    Con esto me gano el infierno. Seguro.

    Continuará…

  6. marivi

    Hola Justo, he sido alumna tuya y me ha sorprendido gratamente el poder reencontrar “tu verbo” en este blog, sobre todo en una coyuntura tan especial como esta, recuerdo a Maiestre y a Condorcet, i a más tambien recuerdo a E. Burke cuando escucho o leo algún comentario de la derecha actual. lo pongo en relación… yo me pregunto porque tanta atonía entre los votantes?, a veces me entristezco porque estoy segura que si se presentara Belen Esteban arroyaba…., lástima

  7. jserna

    Marivi, no sé quién es (sin apellido, ya sabe…). ¿Qué asignatura cursó conmigo?

    Cuidado con la ortografía y la puntuación, que son muy traicioneras…

    Ah, y yo no recuerdo haber explicado en clase a Condorcet.

    Saludos.

  8. Elena Casero

    Guárdeme, pues, una plaza en el infierno. Yo tampoco he sido comunista pero leyendo a Engels, qué quiere que le diga. La ignorancia visto está hacia dónde nos lleva.
    Lo dicho, pido plaza.

  9. Marisa Bou

    No se preocupen ustedes, ya les guardo yo la plaza -por edad, supongo que llegaré antes- pues no podría esperar tener compañía más amena. Y no corremos el riesgo de toparnos con ningún meapilas de la derechona.

    Hay que ver, señor Serna, cómo escoge usted de bien las lecturas. El problema es que no sé si le van a hacer caso…

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