Blog de Campaña de El País (Comunidad Valenciana)
Uno. Ayer por la tarde, una muchedumbre tomó las calles de Valencia. Eran personas indignadas con José Luis Rodríguez Zapatero. Eran paseantes que querían hacer patente su fuerza numérica, su presencia material. Eran gentes que tenían un proyecto común. Cambiar las formas con las que se ha gestionado la crisis. Cambiar el modelo político, económico y social. Eso afirmaban. El sistema tiene que cambiar, se oyó decir. Esas personas ya no querían ser maltratadas por el centro, por un poder distante, ajeno, que al parecer acapara nuestros recursos evitando las inversiones.
Querían apoyar a quien creen que mejor les representa: Francisco Camps. Y lo hicieron en el principal acto de campaña: en la Plaza de Toros de Valencia. Las imágenes no nos muestran la irritación, sino la dicha de estar reunidos, físicamente concentrados, rodeando a su líder autonómico y a quien está en puertas de ser presidente del Gobierno: Mariano Rajoy. Todos los que allí estaban votarán a Camps, seguro. Sin duda, sin el más minimo resquemor o malestar.
Observemos bien la foto que aquí reproduzco, de Heino Kalis (Reuters). Fijémonos, por favor, en los caballeros que se funden en un abrazo mientras saludan jubilosamente a la concurrencia. No se pierdan detalle. No dejen de mirar las piezas del vestuario. Tampoco se pierdan la puesta en escena con una senyera que sirve de fondo emocional. Todo ha sido debidamente estudiado para dar una determinada imagen de políticos uniformados y fiables, de representantes nuestros, próximos, cercanos.
Visten de sport, sin corbata. Con aire arreglado pero informal. Llevan camisa blanca (Tommy Hilfiger en el caso de Mariano Rajoy) y americana: azul por supuesto. Y llevan pantalones chinos de color beige, tan confortables. Calzan mocasines, la prenda más cómoda para estos tiempos primaverales. Sonríen abiertamente a la concurrencia. Un momento. ¿Todos visten así? Los caballeros, sí. Salvo Esteban González Pons, que según vemos en esta fotografía de Carles Francesc (El País), tiene su uniforme particular: camisa Ralph Laurent y jeans desgastados. Eso le da un aire juvenil, que es lo que siempre quiere mostrar: que el tiempo no lo envejece.
La instantánea (que no puedo mostrar en mayor tamaño) es una representación muy precisa de la circunstancia. González Pons escruta el objetivo de la cámara. Se siente bello y sabe que puede reducir y seducir. Por eso no afecta ignorancia. Enfrenta al retratista con sonrisa de pillastre. O de pijo, dicen otros. Camps, por su parte, mira al tendido, con actitud calma, beatífica. Rajoy no parece estar tan cómodo: se ajusta el cuello de la camisa, que aprieta. O no. Puede que sea un acto nervioso, de quien no sabe qué hacer cuando se sabe retratado. Carlos Fabra parece mirar de soslayo al líder nacional del Partido Popular, quizá reclamando atención o un gesto de reconocimiento o de camaradería. José Joaquín Ripoll prácticamente se sale de campo. Está lejos del centro de la imagen y su rostro manifiesta marginación o un enfado difícilmente disimulado. En el centro, tenemos a Rita Barberá, viste traje de chaqueta rojo chillón que tanto la identifica. Con Isabel Bas, la esposa de Francisco Camps, es la única mujer de esa primera fila. Barberá ocupa el eje y se sabe dominadora y expectante. Con actitud modosa cruza las manos sobre sus muslos.
Dos. ¿Para qué sirve un mitin? A pesar de lo que pueda parecer, no es una pregunta evidente ni trivial. Estamos en la era de la comunicación instantánea, de las redes, pero eso no ha satisfecho dos necesidades humanas siempre latentes: el gusto, el placer o incluso el vértigo de estar juntos, de compartir, de rozarse en masa; y el gusto de representar, de hacerse bien visibles.
En un mitin, el individuo es parte infinitesimal, pero a la vez se siente fuerte y aliado de sus afines: hay un sentimiento oceánico de expresión de lo colectivo. La persona comulga con otras y se sabe copartícipe de un espacio físico que impresiona. Todo adquiere forma y volumen, algo que trasciende el yo limitado de cada uno de nosotros.
Por eso, el mitin tiene un aspecto moderadamente dramático que viene bien para las expectativas del grupo. Hay un escenario, hay un público y hay unos protagonistas que representan una pieza o un episodio con tensión. Los personajes principales no están entre bastidores, sino sentados con el resto de los presentes, exhibiéndose antes de encarnar cada uno su papel. ¿Es puro teatro?
No es ésa la pregunta. ¿Acaso hay relación humana que no entrañe presentación y representación? Los protagonistas del mitin se saben poca cosa sin ese público que también es personaje del drama; se saben poca cosa sin esa televisión que multiplica el efecto de lo que allí ocurre; se saben poca cosa sin la expectativa, sin el porvenir que realmente cuenta y que en el coso no sucede: las elecciones, el voto.
Tres. ¿Y qué ocurre con los movimientos que se conectan a través de las redes sociales? Pues que también necesitan la concentración física, la exposición de su fuerza numérica, su presencia material. Es lo que está pasando con lo que ya se llama el 15-M. Pero hay un problema serio con esa corriente y con movimientos de esta índole. Mientras el mitin tiene un resultado, las urnas, la concentración de los descontentos tiene una difícil materialización. Se reúnen, se congregan, se hacen presentes, sí, ¿pero cuándo puede darse por finalizado el acto? En el caso de quienes invocan el 15-M dan como fecha final las elecciones. ¿Es entonces cuando darán por cumplidos los objetivos?
Protestamos por el mal funcionamiento de nuestras instituciones formales. Pero no se despisten: los movimientos sociales que no se canalizan a través de las instituciones suelen deparar mayor frustración. Protestamos por el mal uso de la democracia. Pero fuera de las instituciones, los problemas siguen existiendo. ¿Cuáles son? La perversión demagógica, la manipulación, la instrumentalización.
No es raro, no es infrecuente, que en estados de movilización espontánea o en parte espontánea, aparezcan líderes circunstanciales que se benefician de la fuerza numérica o de la representación dramática. ¿Y eso qué provoca? Pues decepción, el mismo desengaño que ahora muchos sienten ante las instituciones. El 15-M es síntoma de malestar, pero no hay regeneración adánica que acabe bien. Tengan cuidado ahí fuera: a poco que se descuiden, aparece la antipolítica.



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