De Kolster a Apple. Historia abreviada del capitalismo

Blog de Campaña de El País (Comunidad Valenciana)

Esa pareja feliz. Cuando era niño, a comienzos de los sesenta, la vida era hostil. Raramente nos resarcía y, si tenía compensaciones, eran modestísimas. Nos educaban en la humildad forzada y en el temor al descalabro económico: ahorra y contente –nos repetían–, en cualquier momento todo se viene abajo y te quedas sin una perra gorda. O sin blanca, que era lo que decían en las películas americanas dobladas. Aquélla era una amenaza muy verosímil que nos hizo crecer con el miedo a la crisis y al cataclismo económico. 

Muchas parejas habían padecido grandes penalidades en los años cuarenta y cincuenta para sacar adelante sus hogares. Por tanto, el relato familiar, basado en la propia experiencia o en lo que otros contaban, nos dejaba siempre temerosos. En todo momento, un golpe aciago de la fortuna podía dejarnos en la calle. Sin recursos.

A principios de los sesenta e incluso ya en los setenta, mi padre me lo repetía. Y me repetía algo que hoy parece insólito: mucha gente trabajaba pero tenía unos sueldos ínfimos, casi miserables. Había empleo pero no hay perspectivas. ¿Y pisitos? Acceder a una vivienda en propiedad era la gran gesta familiar, una especie de prodigio para ingresos tan magros.

Yo recuerdo una película de Juan Antonio Bardem y Luis García Berlanga protagonizada por Elvira Quintillá y Fernando Fernán Gómez. Si no me equivoco era Esa pareja feliz (1951), un film malogrado por la censura (que impuso un final milagroso). Era la historia de un matrimonio que esperaba prosperar. Y recuerdo que aquella pareja debía abandonar el pisito en el que estaban alquilados o realquilados. ¿Por qué? Porque no tenían dinero para cubrir el arriendo (que supongo modesto). Hablo de memoria, ya digo, pero las imágenes de angustia que aquella película provocaba no las he olvidado: por edad aún las tenía muy cercanas.

Capitalismo y miseria. Para aquella generación que accedía a la vida adulta o matrimonial en los años cincuenta, la vida era algo doloroso, frecuentemente infeliz. No sé: sueldos bajísimos, subempleo crónico, poco consumo y mojigatería moral. Sólo de pensar en esas cosas, me da mucha pena. No hablo de una ficción cinematográfica; hablo de un mundo relativamente cercano: la España en la que yo nací era así, un espacio penoso, prácticamente sin compensaciones.

Nací escuchando la radio, un armatoste de grandes dimensiones que solía estar en un estante alto, una especie de pedestal: supongo que para repartir mejor el sonido. No he olvidado el día en que tiré del cable del aparato y éste, con gravedad, se vino al suelo. Fue un drama, pero no exactamente porque pudiera haberme dañado, sino porque aquel valioso trasto podía haber saltado en pedazos. Se salvó milagrosamente.

Luego empezamos a ver la tele, hacia 1964, que es –si no me equivoco– el año en que entró un Kolster en mi casa. Nos seducían los hechizos humildes del consumo, pero esos objetos no solían estar a nuestro alcance. Éramos morenos y no rubicundos como los niños catódicos. No éramos pobres, sino españoles con limitaciones materiales.

Pertenezco a la primera generación que pudo comer filete todos los días, lo cual era un orgullo familiar; pertenezco a la primera generación que pudo ingerir yogures (blancos o de fresa); y pertenezco a la primera generación que se benefició del consumo material: a nuestras casas llegaron los electrodomésticos primitivos, entre ellos, esa televisión de la que estábamos tan orgullosos:  en su parte superior tenía un tapetito con algún motivo ornamental (un santo o un souvenir) y tenía un estabilizador para los cambios de corriente y subidas de tensión. Todo era menesteroso. Nací y crecí en un ambiente de freno, de morigeración. Cuando un trozo de pan caía al suelo había que recogerlo inmediatamente para besarlo (el cuerpo de Cristo) y para comérselo sin hacerle ascos.

Los aparatos del hogar duraban y, por tanto, no se reemplazaban cada dos por tres. ¿Por qué? Pues porque no había dinero suficiente para costear esos cambios: cuando se estropeaban había que arreglarlos o conformarse con la pérdida. Pero también por algo más: no entraba en nuestra forma de concebir el mundo. Te fastidiabas y esperabas a que el mecánico tuviera las piezas y sobre todo a que la familia dispusiera de dinero para abonar la reparación. Eso sí, fiable; pues una vez arreglados, aquellos trastos duraban años, qué digo años: décadas.

Apple Store. Ahora, las cosas no son exactamente así. Diría que son exactamente lo contrario. Nada dura y lo que permanece nos daña. Se convierte en un lastre, en un ultraje personal. Los bienes durables son una pesada carga dijo Albert O. Hirchsman. El consumismo ha calado en nuestras vidas y, sin duda, estamos deseando reemplazar el aparatito que ya tiene una temporada o dos por otro más mono o sofisticado.

Durante estos días de concentraciones con gentes indignadas protestando, durante estas jornadas electorales con jóvenes airados, me he acordado de aquella penalidad mostrada en la película de Bardem y Berlanga. Y me he acordado del relato familiar de posguerra en el que  mi  padre me instruía y me contenía o frenaba. Pero durante estos días de manifestaciones –con desempleados y subempleados, con precarios y descontentos– he recordado de repente una incongruencia poética. ¿Poética?

En la Puerta del Sol, justamente en donde se han concentrado los indignados, se instalará Apple Store: sí, la tienda de tecnología de la comunicación. Concretamente ocupará todo el edifico del Tío Pepe en dicha plaza. He recordado también algo que sabía y había olvidado: que el primer Apple Store de Valencia ocupará igualmente otro inmueble histórico, el que hace esquina a la calle Lauria con Colón. Hablo de  la zona comercial más céntrica de la ciudad, la más pujante: muy cercana al lugar en que se concentran los indignados de esta población.

Ésta es mi historia breve del consumismo. Hemos pasado de pisitos en arriendo o subarriendo a tiendas de varias plantas con lujazo y diseño. Hemos pasado de trastos primitivos a la última modernidad. Hoy, las expectativas de mucha gente son sombrías. Poco o nada les depara el porvenir, sí, pero mientras tanto adquirimos los productos Apple o nos empeñamos aplazando los pagos para costear así el último capricho tecnológico.

Estas incongruencias existenciales no se sacan en campaña electoral, porque sería afearnos la conducta. Pero tenía que decirlo. Aún vivimos bajo la contradicción cultural del capitalismo, cuya fase temprana diagnosticó Daniel Bell: por un lado, el hedonismo material nos seduce; por otro, el ahorro ya no garantiza la supervivencia o simplemente nos endeuda. Aún vivimos en el temor de la crisis, del hundimiento económico del que ya no podríamos salir.

Ésta es mi historia personal, abreviada, del capitalismo.

.

Colofón. La historia abreviada del capitalismo que he contado no es una parábola, por supuesto. Tampoco es una batallita de abuelo (aunque respeto mucho a los abuelitos que me cuentan su dura experiencia). Es algo bien real, una percepción bastante común de las generaciones que nacieron en los cincuenta: aún nos tocó vivir bajo los efectos de una sociedad materialmente pobre, muy pobre. Fuimos educados en el freno, en la contención. Pero no sólo por la represión política y moral del momento, sino por el miedo al descalabro económico, el miedo a perder los ahorros o, simplemente, a no poder ahorrar.

Por supuesto, hubo gente que se desmelenó: quiero decir, que creció y consumió hasta morir. Divertirse hasta morir o consumir sin freno y hasta el final –echando mano de los fondos o del crédito– no es sólo cosa de jóvenes desorientados. Es también compulsión de adultos.

Nunca he entendido el consumismo. A los políticos se les reprocha todo, pero a El Corte Inglés, por ejemplo, no le tosemos. Me explicaré. Nos sentimos muy felices cuando en Rebajas nos llevamos una prenda que valía 300 euros a sólo 60 euros. ¿No hay nadie que se indigne? A mí hace años que me indignan las Rebajas: las de El Corte Inglés y las de tantos y tantos comercios. Nos cobran precios abusivos y luego nos hacen el favor de descontarnos un gran porcentaje… sin que ellos pierdan dinero.

Al principio de la crisis, numerosos negocios de ropa, etcétera, se quejaban de la falta de ventas. Sólo sale el género en Rebajas y así no hay ganancias, decían. ¿Y qué esperaban? Seguir tomándonos el pelo. Me parece un abuso el precio que le ponen a las prendas de temporada. Por supuesto, yo consumo y gasto. E incluso, cuando puedo –repito: cuando puedo–, me doy un homenaje y compro algo que me produce placer o satisfacción. Pero creo que hay un consumismo que nos ha aturdido.

¿Y Zara, etcétera? La ropa barata con diseños aceptables ha sido también una fuente de confusión: como es muy económica y de calidad inferior, no dura o nos desprendemos de ella al cabo de una temporada. Eso es una forma de vivir que era impensable años atrás. Punto y aparte.

¿Qué ha pasado en estos últimos años? Andrés Boix  sostiene algo bien cierto: hemos tenido la impresión de que se estaba dilapidando el ahorro de varias generaciones. Muchas personas –y no sólo los políticos, como dice la generalización al uso– se han empeñado sin tener un respaldo financiero real y, por supuesto, se han visto apuradísimas o asfixiadas en el momento de la crisis.

En la Comunidad Valenciana, por ejemplo, es costumbre endeudarse para pagar una Comunión (que es nuestro equivalente a las puestas de largo de otros países). Nos gusta exhibirnos e incluso fanfarronear. ¿Nadie ha considerado que eso es un descalabro para la economía familiar? ¿A quién hay que echar la culpa? ¿A los banqueros? Desde luego, la alegría crediticia fue cosa de ellos. Desde luego, la burbuja inmobiliaria y el crecimiento facilitaron que mucha gente pensara en términos de rico o de nuevo rico. Desde luego, hay jóvenes que seguramente no tienen sentido del freno o del ahorro. El argumento lo he oído en más de una ocasión: total, como no tengo futuro, consumo lo que me da satisfacción inmediata; total, como no voy a poder comprarme un piso, me lo gasto en vacaciones, en viajes, en saraos.

Perdonen este discursito tan incorrecto. Sé que hay personas que lo están pasando muy mal, que están en paro. O que están en trabajos muy precarios o muy mal remunerados. Pero un poco de reflexión colectiva no nos iría mal. Echar la culpa a los políticos es relativamente sencillo: es un chivo expiatorio sobre el que volcar la desazón. Ahora, de paso, que la clase política repase y revise: no les iría mal algo de autocrítica. ¿Y los banqueros? Uf, mejor lo dejamos para otro día.

21 comments

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  1. Alejandro Lillo

    Muy interesante lo que cuenta, señor Serna. Mi época, como sabe, es algo posterior, y no he conocido esas penalidades. Tal vez me toque conocerlas ahora. Pero le comentaré algo que ví en el pasada Feria del Libro aquí en Valencia que incide -o al menos así lo veo yo- en esas incongruencias existenciales capitalistas de las que usted hablaba.

    En una caseta de una librería, había una joven vestida con una camisa vieja, unos pantalones manchados de pintura, y el rostro lleno de piercings. En un momento determinado desapareció y al cabo de un tiempo regresó luciendo una camisa de mallas anchas que dejaban claramente visibles sus pechos y empezó a perorar contra el sistema, contra el capitalismo y a favor, creo recordar, del terrorismo porno. Ayudándose de un altavoz, parafraseaba a los poetas así: “me gusta cuando follas porque estás como ausente…”. No se rían, no, que va en serio. Eso sucedía un sábado sobre las 6 o 7 de la tarde. Con las tetas al aire y despotricando del capitalismo. Bueno, pues la joven, a la que escuchaba un grupo numeroso de lo que pienso que eran alternativos o gentes antisistema, estaba en la Feria firmando su libro. Lo repito: había escrito un libro y lo estaba vendiendo y firmando allí. Y en un momento dado dijo que por favor le compraran el libro, y que dentro de un año o dos se lo bajaran gratis, pero que ahora se lo compraran etc, etc. Eso no se hace, por todos los dioses. Si eres alternativa, eres alternativa, no puedes estar en la feria firmando libros como una burguesa. Y que conste que contradicciones tenemos todos, pero hombre, un poquito de por favor.

  2. andresboix

    Un cuadro muy bien perfilado, Justo. La verdad es que, a la vista de dónde venimos, cómo estamos y hacia dónde nos dirigimos, a mí me asalta una duda:

    – Ese salto económico brutal, ¿no se habrá hecho porque de repente hemos sido capaces de rentabilizar ahorros de generaciones, de miles de años, en forma de recursos energéticos y naturales y nos hemos tenido, como sociedad, ningún reparo en ponerlos a disposición de las generaciones que han cortado el bacalao estos años, sin pensar en que eso eran los “ahorros” no el fruto del esfuerzo y del trabajo y que, además, si se acababan, pues luego habría algún problemilla que otro?

    – La acumulación brutal de rentas y capital de las generaciones que han protagonizado ese salto, no dejando más que migajas (que permiten tener una vida más o menos cómoda, sí, y vuelos low-cost y ver muchas series en descargas y tal), ¿no ha sido algo irresponsable? Una sociedad que la consienta, ¿es justa? ¿Va por buen camino?

  3. Arnau

    D. Justo,perdone si me entrometo.Soy de una época anterior a la suya (nací en el 39),de esa época en la que había cartillas de racionamiento,en la que se racionaba el hambre.Se racionaba el pan negro,las habichuelas,el bacalao(comida de pobres).En esa época afloraba el estraperlo (la corrupción de los hambrientos).¡Señorito,quiere pan (blanco por supuesto)!,te susurraba la vendedora que en las esquinas del mercadillo de Jerusalen.Un individuo regordete y rubicundo iba a las casas de buen pasar, a vender patatas,alubias,garbanzos,que había pasado bien con la connivencia de los consumeros,bien arriesgandose a ir a la cárcel si lo pillaban.En las casas de los pobres,se comía una vez al día,lo que daba de si la cartilla de racionamiento,cartilla de trueque, con la que comer, de vez en cuando, paella.
    En fin,así pasó mi infancia,apretándonos el cinturón,aprendiendo a rebañar el plato, pues era pecado no comerse todo lo que la madre ponía en el plato.¡Hay gente que no puede comer nada!,decía muy enfadada mi madre.Es una pequeña crónica de la época postbélica,cuando la ONU nos declaró apestados,no se exactamente si por tener al general gordito en el Pardo,o no haber sabido defender la democracia o no haber sabido o querido defender una República,que quería un pueblo español, libre y benéfico.Una acampada en la Plaza del Caudillo hubiese acabado con los acampados en un campo de concentración o ante un pelotón de fusilamiento.¡Democracia Real Ya!

  4. Elèna Casero

    Yo soy algo posterior, quizás entre algunos de ustedes pero, para visualizar cómo se vivía en mi familia, tenemos una frase que decía mi abuela:

    Si esto es comer, ya hemos comido, cuándo querrá Dios que cenemos.

    Muchos años después, llegaron los filetes

  5. Sigue...

    Colofón. La historia abreviada del capitalismo que he contado no es una parábola, por supuesto. Tampoco es una batallita de abuelo (aunque respeto mucho a los abuelitos que me cuentan su dura experiencia). Es algo bien real, una percepción bastante común de las generaciones que nacieron en los cincuenta: aún nos tocó vivir bajo los efectos de una sociedad materialmente pobre, muy pobre. Fuimos educados en el freno, en la contención. Pero no sólo por la represión política y moral del momento, sino por el miedo al descalabro económico, el miedo a perder los ahorros o, simplemente, a no poder ahorrar.

    Por supuesto, hubo gente que se desmelenó: quiero decir, que creció y consumió hasta morir. Divertirse hasta morir o consumir sin freno y hasta el final –echando mano de los fondos o del crédito– no es sólo cosa de jóvenes desorientados. Es también compulsión de adultos.

    Nunca he entendido el consumismo. A los políticos se les reprocha todo, pero a El Corte Inglés, por ejemplo, no le tosemos. Me explicaré. Nos sentimos muy felices cuando en Rebajas nos llevamos una prenda que valía 300 euros a sólo 60 euros. ¿No hay nadie que se indigne? A mí hace años que me indignan las Rebajas: las de El Corte Inglés y las de tantos y tantos comercios. Nos cobran precios abusivos y luego nos hacen el favor de descontarnos un gran porcentaje… sin que ellos pierdan dinero.

    Al principio de la crisis, numerosos negocios de ropa, etcétera, se quejaban de la falta de ventas. Sólo sale el género en Rebajas y así no hay ganancias, decían. ¿Y qué esperaban? Seguir tomándonos el pelo. Me parece un abuso el precio que le ponen a las prendas de temporada. Por supuesto, yo consumo y gasto. E incluso, cuando puedo –repito: cuando puedo–, me doy un homenaje y compro algo que me produce placer o satisfacción. Pero creo que hay un consumismo que nos ha aturdido.

    ¿Y Zara, etcétera? La ropa barata con diseños aceptables ha sido también una fuente de confusión: como es muy económica y de calidad inferior, no dura o nos desprendemos de ella al cabo de una temporada. Eso es una forma de vivir que era impensable años atrás. Punto y aparte.

    ¿Qué ha pasado en estos últimos años? Andrés Boix sostiene algo bien cierto: hemos tenido la impresión de que se estaba dilapidando el ahorro de varias generaciones. Muchas personas –y no sólo los políticos, como dice la generalización al uso– se han empeñado sin tener un respaldo financiero real y, por supuesto, se han visto apuradísimas o asfixiadas en el momento de la crisis.

    En la Comunidad Valenciana, por ejemplo, es costumbre endeudarse para pagar una Comunión (que es nuestro equivalente a las puestas de largo de otros países). Nos gusta exhibirnos e incluso fanfarronear. ¿Nadie ha considerado que eso es un descalabro para la economía familiar? ¿A quién hay que echar la culpa? ¿A los banqueros? Desde luego, la alegría crediticia fue cosa de ellos. Desde luego, la burbuja inmobiliaria y el crecimiento facilitaron que mucha gente pensara en términos de rico o de nuevo rico. Desde luego, hay jóvenes que seguramente no tienen sentido del freno o del ahorro. El argumento lo he oído en más de una ocasión: total, como no tengo futuro, consumo lo que me da satisfacción inmediata; total, como no voy a poder comprarme un piso, me lo gasto en vacaciones, en viajes, en saraos.

    Perdonen este discursito tan incorrecto. Sé que hay personas que lo están pasando muy mal, que están en paro. O que están en trabajos muy precarios o muy mal remunerados. Pero un poco de reflexión colectiva no nos iría mal. Echar la culpa a los políticos es relativamente sencillo: es un chivo expiatorio sobre el que volcar la desazón. Ahora, de paso, que la clase política repase y revise: no les iría mal algo de autocrítica. ¿Y los banqueros? Uf, mejor lo dejamos para otro día.

  6. jplanas

    Vivimos en los tiempos de la obsolescencia programada… Será por eso que hasta la indignación tiene fecha de caducidad:-P

  7. Marisa Bou

    Es curioso eso que cuenta, señor Serna.

    Yo, que nací en el 46, en el seno de una familia humilde (¡jo, que bonito m’ha quedao!) no recuerdo que hubieran tiendas de las que dieron en llamarse a la francesa “pret a porter” (creo), sino muchas, muchísimas, tiendas de tejidos, de las más diversas categorías.

    Las gentes se vestían “a la medida”, variando también la categoría del sastre o la modista según su situación económica. Pero todos, ricos y pobres, se hacían la ropa necesaria y debía durar lo suyo, vaya que sí.

    Y así, la mayoría (por no decir todas) las chicas aprendimos a coser, para hacernos nuestras ropas y las de nuestros hijos. ¡Qué quieren, la época se las traía en cuanto a machismo)¿Alguien hace eso mismo hoy día? No, nadie sabe poner ni una triste cremallera, sino que pagan buen dinero para que les repongan una, o bien tiran la prenda.

    Como los zapatos: nadie los arregla ya, no se echan medias suelas para hacerlos durar otra temporada. Vaya, que no digo yo que haya que volver a las penurias pasadas, pero de ahí al consumismo salvaje va un buen trecho lleno de posibilidades. ¡Explorémoslas, por Júpiter!

  8. jserna

    Vamos a quedar como unos cascarrabias. Pero no es así. Aquí sabemos divertirnos, eh. Lo puedo constatar. Y sabemos tener optimismo y hacer ‘picaetes’. Lo mejor es lo que discutimos, lo que aprendemos, lo que averiguamos.

    Sra. Bou, un saludo.

  9. David P.Montesinos

    Va usted tan rápido con los posts que a mí me vuelve loco, caballero. Como le leo con detenimiento, prefiero esperar a hacerlo que si no meto la pata. No obstante, quiero hacer referencia a cierto calificativo que se ha usado en este blog en relación a usted. Se le llama “conservador”. Yo no le conozco tanto como Marisa, que considera ofensivo el adjetivo. Tiene razón Marisa si atendemos al sentido en que lo utiliza el interviniente. Sin embargo…

    Desde que soy habitual de este blog he escuchado distintos calificativos hacia el señor Serna, la mayoría elogiosos, claro, pero, como dijo Cioran, una sola censura queda más en la memoria que cien elogios. Una vez le dijeron que era un “socialdemócrata”, así, como quien te dice que eres un nazi o algo de eso que se dice para insultar. También alguien intentó hacernos ver que es usted una mala persona y que no nos estábamos dando cuenta. Lo de “conservador” es nuevo.

    Me pregunto si no deberíamos asumir el término, reapropiarnos de él para darle un valor nuevo. Yo soy conservador en el sentido de que desconfío de muchas novedades. Actualmente, mis reacciones ante lo que sucede tiene que ver más con cosas que temo que perdamos que con reclamar que lleguen algunas nuevas. No creo que esto me convierta en conformista, pues creo que hoy luchar para que no se diluyan ciertos logros que ha costado muchísimo conseguir me parece un ejercicio de resistencia. Derechos laborales, servicios públicos, bosques y océanos, instituciones de participación, estilos de respeto entre las personas… Me declaro conservador.

  10. Marisa Bou

    Por supuesto, señor Montesinos: yo también me declaro conservadora de todo aquello que merece la pena de ser conservado y me sumo con mucho gusto a su relación.

    Pero las cosas nuevas que valen la pena, hay que saber ir incorporándolas a nuestras vidas. Ni todo lo nuevo es bueno ni todo lo bueno es nuevo. Supongo que ya me entienden.

  11. aleskander62

    Aunque de mi generación, la de los nacidos en los 60 y 70, los que estudiamos EGB, BUP y COU, me despego algo de ellos en el sentido de que al vivir en Hornchurch (Essex), actual Londres, vi la TV desde que nací. Aprendí a andar en tierras inglesas. Me críé y vi la transición democrática. Creo en la democracia, aunque es evidente que tiene que perfeccionarse. La prensa ha de ser independiente. El poder judicial debe de ser autónomo y se debería suprimir ya la barrera del 5%. Voto proporcional al total de votos emitidos.

    Una de mis películas favoritas es El pisito de Marco Ferreri, muy actual y muy divertida. También El verdugo de Berlanga.

    La llegada de la TV en color fue un momento importante.

    La importancia de internet es incuestionable.

    Democracia real ya nos hace pensar en la necesidad de una renovación social, económica y política.

  12. Arnau

    ¡Cuantos recuerdos ha puesto usted en mi memoria,machacada por el cruel alemán,Dña Marisa!.Quiero añadir que hasta el más pobre no se compraba la ropa confeccionada.Era muy mal visto ir vestido así,lo que se llamaba ir vestido de bolsería,obviamente,porque creo recordar que en esa calle se concentraban las tiendas que vendían trajes confeccionados,de mal corte y peor confección.Los pobres se hacían un traje,con el que se casaban,bautizaban,acompañaban a los hijos a tomar la comunión,casarlos y ser enterrados.El resto de su vida camisas hechas por la madre,la esposa,la hija.Los pantalones,los hacía una pantalonera o las mencionadas.Para trabajar,un mono o un guardapolvo.Las telas también estaban racionadas y recuerdo haber estado desde las cinco de la mañana a la puerta de un almacén de tejidos,para poder comprar una corte de tela de pana para hacerle un traje a mi padre..
    D. aleskander62, me adhiero a su propuesta reformista.

  13. jserna

    Sr. Montesinos, yo no he dicho que sea conservador. Lo que he dicho en más de una ocasión es que soy persona de orden. Para sobrevivir: por mis intereses –un pelín variados, la verdad– tiendo al desorden. Precisamente por eso quiero reconocerme como persona de orden (a ver si así me obligo). Ya sé que esa fórmula no tiene buena prensa, pero estoy intentando ordenarme, ya digo. ¿Y conservador? Pues comparto con usted la enumeración: “Derechos laborales, servicios públicos, bosques y océanos, instituciones de participación, estilos de respeto entre las personas… Me declaro conservador”.

    Saludos, Arnau: hacía tiempo…

  14. andresboix

    La burbuja inmobiliaria es que es muy importante. Porque son las leyes las que permiten y determinan qué tipo de suelo es apropiable para ciertos usos y cuales no. Analizar cómo las políticas en materia de suelo han permito cosas y luego las han restringido pero consolidando derechos a los que ya estaban es muy interesante y explica las mecánicas de generación y acumulación de capital que han dado origen a una división generacional brutal: quienes tienen casa y quienes, sea comprando, sea alquilando, tienen que dejarse una parte muy importante del sueldo en vivienda. Quedando, además,en situación de una enorme dependencia si además su empleo no es estable. Y muchas veces endeudados de tal manera que están hipotecando no solo la casa sino su capacidad de compra y consumo por las próximas décadas. Ese fenómeno, reproducido tan extensamente, acaba capando a la sociedad en su conjunto. Ahí tenemos un problema grave que todavía no hemos querido ver, confiados como estamos en que esto, tarde o temprano, “volverá a arrancar”.

    Un saludo de alguien nacido tras la muerte de Franco pero que todavía estudió la EGB y tiene a toda una generación a su alrededor, excepto quienes vienen de situaciones familiares acomodadas, bastante empantanada económicamente.

  15. Baiceta

    Nací en los 50, sr. Serna. Tuve una infancia en la que comí y cené. Sin recuerdo de penurias, con una educación católica, por supuesto, de la que pude liberarme en cierta medida al pasar de los años. Sin especiales traumas y sin escesivas exigencias consumistas. Con un concepto de austeridad a todo nivel, personal y social.
    Cuando supe que en otros paises se votaba, lo quise para mi país, repudié la dictadura y puse mi granito de arena.
    No supe en su día, de los intereses que moldearon la llegada de la democracia dejándola en un mísero esqueleto. Una pena.
    Hoy, ingenuo de mí, quiero que cada ciudadano tenga un voto y que valga igual, quiero elegir en listas abiertas y no cerradas elegidas por las férreas direcciones de los partidos.Y que la abstención y el voto en blanco tenga su representación en bancos vacíos. Quiero que su gestión sea transparente, que cada contabilidad de la cosa pública aparezca en Internet para poder cuestionarla o ratificarla. Quiero que los Presupuestos los elaboren en función de las necesidades sociales, no de los lobis económicos. Y que los impuestos sean progresivos parade cubrir los Presupuestos. No quiero que la economía de la nación se base en los salarios, sino también en las grandes fortunas, fuera sivacs y subterfugios “legales” que les liberan del pago. Ni que mis modestos impuestos sirvan para engordar bancos, iglesias y candidaturas “contaminadas” de políticos corruptos.
    Quiero la Sanidad universal y pública, igual que la educación,y la universidad de acceso popular. No quiero el despido barato que deja a cincuentones en la calle, ni el empleo precario porque deja al ciudadano cercenado y sin presente ni futuro….
    Ideas simples, pero con mi simpleza iré luego a concentrarme, a hacer número. Simplemente a hacer número. Para que se oiga el grito de mi silencio.

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