La historia y la vida

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Historia. Carta abierta a Julián Casanova

Querido Julián. He leído con mucho interés la Tribuna que publicas en El País (7 de mayo de 2011), titulada “La academia y la historia”. Si me permites, paso a exponerte mi punto de vista.

Creo que enumeras de manera didáctica en qué consiste la historia: por qué hemos de ser rigurosos, por qué hemos de tomar la objetividad como meta normativa o principio regulador. Lo que resulta decepcionante es que esto tenga que repetirse una y otra vez cuando debería ser del dominio común. Algo habremos hecho mal los historiadores si nos hemos enajenado al público. ¿Quizá nos hemos apartado del contacto con los lectores oscureciendo nuestra materia, orgullosos de ser tenidos por científicos?

Creo que los historiadores han de intervenir en la esfera pública, pero no para avalar lo actual, sino para hacer más complejo el análisis del presente. Por eso, cuando un investigador trivializa o legitima está obrando con absoluta incorrección. Hay que distinguir la investigación, la opinión, el método y la escritura.

Creo que la escritura es comunicación, un ejercicio retórico: permítaseme esta afirmación banal. La retórica no tiene buena prensa entre nosotros. Quizá muchos aún piensan que la investigación sólida no precisa de artificios narrativos o expositivos. Pero la retórica no es mera seducción: es convencer con pruebas. Y las pruebas no son sólo documentos. Son también los argumentos, los conceptos, las designaciones: recursos que por fuerza han de comunicarse y por tanto fiscalizarse.

Creo que defiendes convincentemente la función pública, propiamente edificante y cognoscitiva, de la historia. Edificante, pero no moralizadora. El conocimiento del pasado no es un tribunal de conciencia en el que ajustar cuentas. Nos sirve como contraste: entre lo pretérito y lo contemporáneo establecemos analogías para inmediatamente subrayar las diferencias. Lo pasado no es el espejo del presente, pero tampoco es el embrión que conduce irreparablemente a la circunstancia actual. La historia es conocimiento, no reconocimiento.

Creo que expresas con contundencia una opinión que comparten bastantes historiadores: que la Academia, la RAH, no nos representa. Eso es lo que de entrada pensamos. Pero no sé si la Academia es tan irrelevante como queremos creer. Las posiciones anacrónicas están muy difundidas y vigentes en nuestro gremio. No se limitan a la vetusta o venerable institución.

Creo que supones bien cuando dices que hay historiadores convocados para escribir en el Diccionario biográfico que habrán hecho su trabajo dignamente y que, por tanto, habrán de sentirse decepcionados ante un organismo que impone desigualmente sus requisitos. La incongruencia metodológica y la arbitrariedad procedimental producen monstruos.

Creo que aciertas cuando criticas a los historiadores que se desentienden de los lectores, de los destinatarios. Pero, atención, repartamos bien las culpas. Señalas con tino que “algunos historiadores y miembros de otras disciplinas, en algunos casos también con puestos vitalicios en las universidades, nunca necesitan pasar los filtros de la competencia y el rigor que les exigirían en cualquier editorial de prestigio”. Esos investigadores serían responsables de “escritos, de escasa calidad y distribución, y difíciles de digerir”: tanto que “apenas tienen lectores”.

Comparto tus reproches: el elitismo es impotencia, la erudición es cicatería y a veces el academicismo es un postizo que tapa la incuria. Sin embargo, el gran público o las editoriales privadas no son necesariamente el fiel medidor. ¿Acaso el mercado es la instancia que ha de avalar lo investigado y lo dicho? En parte sí. Pero el éxito editorial de los historiadores comerciales no es garantía de seriedad. Tampoco la severidad grave o fatua de los académicos.

La cosa es bien sencilla: la historia no es una ciencia, pero los historiadores se dotan de protocolos, de métodos, para hacer rigurosas investigaciones. Además, han de someterse a la fiscalización de sus iguales, que examinarán la solidez documental y argumental. Y, en fin, han de transmitir con eficacia, lo que no significa hacer siempre divulgación o vulgarización. La claridad es la cortesía del filósofo, según José Ortega y Gasset: un pensador que supo atender al público, que supo meditar sobre los temas de su tiempo, de nuestro tiempo. No veo por qué los historiadores no pueden hacer lo mismo cuando escriben sus monografías.

De entrada seamos exigentes con lo que escribimos. Partamos de varios supuestos.

Primero: quien nos va a leer no tiene apetencia de hacerlo. Por tanto hay que persuadirlo (con pruebas y con argumentos, con una exposición de fuerza literaria y con un rigor metodológico).

Segundo: quien nos va a leer no tiene un conocimiento previo de la materia: menos aún, un saber erudito o información de experto. Hemos de administrarle los datos estratégicamente; hemos de convencerlo y retenerlo con eficacia comunicativa.

Tercero: quien nos va a leer no tiene interés alguno en nuestras opiniones civiles o en las ideologías que profesamos. Por tanto, hemos de cultivar el rigor frío en una exposición que cautive. La frase del historiador ha de estar documentada, cierto, pero ha de ser una oración que convenza. Mejor aún: que venza la resistencia o la incredulidad del lector.

 Algunos lo consiguen. Otros nos conformamos con no errar. En fin, a ver si entre todos vamos aprendiendo.

Un abrazo,
Justo Serna

Vida. Leo la crónica en El País de Javier Rodríguez Marcos. Su título: Muere Jorge Semprún, una memoria del siglo XX“. Acabo de repasar esa noticia luctuosa y por supuesto mientras leo recuerdo pasajes enteros de La escritura o la vida (1995). He querido titular este post bajo el rótulo de La historia y la vida: nosotros no somos supervivientes de los campos de concentración. Sólo quienes como él regresaron de aquel infierno se plantearon exactamente esas disyuntivas.

Sus libros son una aventura personal que tiene trascendencia colectiva, un repertorio de recuerdos elaborados años después. Muestran la tragedia europea del siglo XX, pero muestran también de qué manera puede auparse un individuo sin apearse de sí mismo.

Aún recuerdo el inicio de La escritura o la vida, la mención a ese pequeño detalle, sin importancia aparente, que anula tu vida; ese pequeño detalle que lo dice todo de la destrucción de la vida humana:

«Están delante de mí, abriendo los ojos enormemente, y yo me veo de golpe en esa mirada de espanto: en su pavor.

«Desde hacía dos años, yo vivía sin rostro. No hay espejo en Buchenwald. Veía mi cuerpo en su delgadez creciente, una vez por semana, en las duchas. Ningún rostro, sobre ese cuerpo irrisorio. Con la mano, a veces, reseguía el perfil de las cejas, los pómulos prominentes, las mejillas hundidas. Podría haber conseguido un espejo, sin duda. Se ecnontraba de todo en el mercado negro del campo a cambio de pan, de tabaco, de margarina. Ocasionalmente, incluso ternura.

«Pero no me preocupaban estos detalles.

«Contemplaba mi cuerpo, cada vez más borroso, bajo la ducha semanal. Enflaquecido pero vivo: la sangre todavía circulaba, no había nada que temer. Sería suficiente, ese cuerpo menguado pero disponible, apto para una supervivencia soñada, aunque poco probable».

La primera vez que leí a Jorge Semprún fue en septiembre de 1978. Yo estaba en Andorra: en concreto en L’Escaldes. Lo digo por lo insólito de la circunstancia. Había acudido a casa de unos primos míos que entonces residían allí. Ellos eran mayores; yo sólo tenía diecinueve años. Había acudido a su casa para pasar unos días antes de empezar el curso. Sé que me había llevado algo para leer; no recuerdo qué. Lo que sí recuerdo es otra cosa: en el mueble del salón-comedor estaba la Autobiografía de Federico Sánchez, de Jorge Semprún. Dicho libro había recibido el Premio Planeta en 1977.

Resultaba un volumen extraño. Ganador de un galardón literario, de novela, sin embargo parecía ser eso que predicaba el título: una autobiografía. Pero el Federico Sánchez del título era una ficción: había sido el alias y el álter ego del autor, de Jorge Semprún, desde los tiempos de la clandestinidad como miembro del Partido Comunista de España. Por tanto, la ficción estaba en la vida real de aquel personaje inventado por el autor y militante comunista. Desde París, Semprún acudía periódicamente a España para infiltrarse, para informarse e informar a la dirección del partido. O del Partido, como entonces se decía.

Si no lo conocen, podrán imaginar lo entretenido de aquella intriga de militancias y represión, de lealtades políticas y espionaje, propiamente espionaje. ¿De traición? Semprún contaba también su expulsión del Partido Comunista, junto a Fernando Claudín, en 1964. No he olvidado el dicterio o diagnóstico de Dolores Ibárruri, Pasionaria: sólo eran “intelectuales con cabeza de chorlito”. Me sorprendió el desdén absoluto de la dirección comunista: de Pasionaria y de Santiago Carrillo. Yo tenía un gran respeto por los intelectuales y ese ultraje me pareció insoportable. Pero, bien mirado, el asunto no estaba claro para mí:  yo estaba leyendo la versión de Semprún. Además, el autor había ganado un premio de ficción. ¿Se ajustaba a la verdad? Me convenció. En realidad, lo inventado era esa doble vida con nombre falso, la de Federico Sánchez, concebida para sobrevivir y espiar en la España de la posguerra.

Prácticamente lo devoré: mientras esperaba que mis primos regresaran cada día del trabajo, yo consumía la espera leyendo la Autobiografía. Sus páginas me dejaron anonadado. Empecé a frecuentar otras obras suyas y las primeras películas que con guión suyo llegaban entonces a España, esos films políticos que la censura franquista había prohibido… 

Años después, tras haber leído varios libros suyos, me detuve, entretenido, en uno que seguramente no es su mejor texto autobiográfico. Me refiero a aquel que lleva por título Federico Sánchez se despide de ustedes (1993). Como siempre, no hay página sobrante ni desdeñable. De su relato siempre se aprende algo. Lo que ahora nos contaba era su peripecia penúltima: el paso por el Ministerio de Cultura y los tiempos de mocedad de quien después acabaría siendo Federico Sánchez. ¿De militante comunista y camarada de Santiago Carrillo a ministro socialista de Felipe González y compañero de Alfonso Guerra? Las páginas que dedica al chismorreo de Gabinete son muy entretenidas, sobre todo aquellas en las que critica ferozmente a su personaje más odiado: Alfonso Guerra. Le censura sus pujos intelectuales, su nececidad de aparentar saberes y conocimientos de autodidacta.

Pero esos episodios –muy reveladores– son poca cosa si los comparamos con su evocación de Buchenwald, tal como aparece en La escritura o la vida: su estancia en el campo de concentración. Él  –que había nacido señorito en el seno de una buena familia madrileña–tendrá que sobrevivir en condiciones insoportables. Pero sobre todo tendrá que esperar décadas para poder contarlo, para poder relatar una experiencia extrema cuya sola evocación le hacía enfermar. Después de acabar ese volumen, cuya versión española data de 1995, leí alguna cosa más (Veinte años y un día, 2003), pero ya no recuerdo haber sentido la misma emoción.

La emoción me viene ahora: un día, pocos meses antes de morir, sorprendí a mi padre releyendo El largo viaje (cuya edición original en francés es de 1963). Era uno de los libros que más le habían gustado: no de Semprún, sino de todos los que él había leído. Eso me dijo. Como se hacía una jerarquía con sus lecturas y las calificaba, sabía cuáles merecían una relectura. Mi padre releyó esta obra de Semprún, sí. Pero no una, sino varias veces. Qué paradoja: eran de la misma generación, aunque poco tenían en común. Mientras uno había sido subversivo y aventurero, el otro vivió doméstico y moderado. Qué extraños paralelismos.

Hemeroteca

Justo Serna, “Teléfonos pinchados“, El País, 8 de junio de 2011

«…Si te pillan apalabrando negocios, comprendo que te sientas indefenso. Y si no haces tal cosa, si simplemente charlabas de manera distendida con un amigo, entonces lo que te avergüenza es tu propia expresión ordinaria y ruda. La tuya o la de tu interlocutor.

«Si son ciertas las palabras reproducidas, el promotor Enrique Ortiz gasta un lenguaje muy zafio para hablar de sus presuntos enredos y de sus supuestos regalos: “de puta madre, de puta madre”; “tío legal que se lo está currando”; “me ha dado una zona acojonante”; “¡qué maricón!”…». 

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15 comments

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  1. jserna

    Muy interesante la reflexión que sobre la historia nos hace Paco Fuster a propósito de lo escrito por Julián Casanova. Creo que Isabel Zarzuela defiende con contundencia a un historiador, al mismo historiador, que manifiesta su posición sin tapujos. Sus reflexiones, las de ustedes, me han llevado a escribir una ‘Carta abierta a Julián Casanova’, que es la primera parte de mi post. Aquí manifiesto mi coincidencia con él y nuestras pequeñas diferencias. En Psicoanálisis de las masas, Sigmund Freud hablaba del narcisismo de las pequeñas diferencias: elemento de perturbación entre gentes que comparten casi todo. Creo compartir casi todo con Julián Casanova. Si acaso me aparto algo de su tono tan contundente: critica a quien se lo merece, pero los criticados no son los únicos que merecen ser amonestados. Por lo demás, coincido.

  2. Facebook

    Julián Casanova Ruiz

    Justo, acabo de leer tu larga nota, que ayuda a pensar más, y bien, sobre lo que escribí (ya sabes, 850 palabras, tienen esos artículos). No sólo una buena parte de los historiadores se desentienden de los lectores, sino que ven mal que otros no lo hagamos, que entremos en el debate público, que defendamos el valor de la enseñanza y de la escritura de la historia ante nuestro alumnos, sí, pero también ante un público que no la estudia, o ha estudiado, en las universidades. Nos quejamos de que las ciencias humanas están marginadas frente a las ciencias puras, pero ahí estamos, recluidos en nuestras Facultades; nos quejamos de que el mercado impone los gustos, pero tampoco hay se hace un esfuerzo grande por publicar cosas rigurosos no reñidas con la belleza. Y mira cómo están las pocas revistas científicas que nos quedan y cómo se mantienen.

    Julián Casanova Ruiz

    Muy emotiva la nota sobre Semprún. Compartí con él un debate sobre el holocausto, y cena posterior, en 2005, cuando se cumplían 60 años del final de la Segunda Guerra Mundial. No hemos tenido muchos personajes como él. Ayer por la noche, a los cinco minutos de anunciar su muerte, ya estaba colgada la noticia en primera página de Le Monde: “Jorge Semprún est mort”. Significativo.

    Justo Serna

    Creo que debemos debatir, sí. Sobre todo para mostrar los puntos de vista, los criterios a partir de los cuales se investiga y se discute. Cuanto más opaca sea la historia, menos efectos tendrá y más probabilidades habrá de que los pseudohistoriadores se adueñen del espacio.
    Un abrazo.

  3. David P.Montesinos

    A ver si les mola ésta, que también es de Ambroise Bierce y su Diccionario del diablo, al que usted cita varias veces al hilo del estrambótico asunto de la Academia de Historia y la voz “Francisco Franco”.

    “Pasado: Pequeña fracción de la eternidad de la que tenemos un leve y lamentable conocimiento”

    Añadido a lo que citaba usted el otro día, donde se definía la voz Historia como “Relato casi siempre falso de hechos casi siempre nimios producidos por gobernante casi siempre pillos o por militares casi siempre necios”, quedan ustedes -me refiero a los numerosos historiógrafos que concurren a esta página- a una altura muy poco ilustre. Pero tranquilos, a los filósofos no nos va mejor con Bierce. Adivinen que vieja ciencia es definida como “camino de numerosos ramales que conduce de ninguna parte a la nada”.

    Bueno, refiriéndome a la cuestión del post, creo que debemos felicitarnos porque una situación tan friki como ésta -sí, ya sé, esto es muy serio, pero es que a mí me entra la risa tonta- haya desencadenado la reflexión y el debate sobre una cuestión tan seria cómo es el lugar de la academia en el actual régimen del saber, o lo que viene a ser lo mismo, en que términos podemos tramar nuestro compromiso con la búsqueda de lo verdadero.

    A mí con todo esto me pasa algo que acaso debiera mirarme un psiquiatra. Tan pronto como escucho una opinión muy decantada, me siento automáticamente inclinado a interesarme por la visión contraria. Una vulgarización demasiado obscena y simplista de cualquier cosa -no sé, la egiptología, el marxismo, la ópera, el cine de Orson Welles…- produce siempre un cierto sonrojo. Sin embargo, me viene entonces a la memoria el tono despreciativo con que un profesor mío de la Facultad se refería a cierto filósofo muy leído: “ah, sí, ese tío que ahora es divulgador”… Y entonces me asalta la idea de que es preciso encontrar una posición que no definiré como intermedia entre la banalización y el escolasticismo, es decir, entre el tópico digerible y el tecnicismo más abstruso, pero que en cualquier caso tiene que situarse lejos de ambas.

    Creo que usted tiene razón en lo referente a la retórica. Tiene mala fama, seguramente por una lectura de los textos platónicos que acaso convendría matizar. Es cierto que si solo pretendemos persuadir, entonces ya sólo somos unos publicistas, y la única razón por la que se nos paga un sueldo es porque conseguimos vender un producto en el que somos los primeros en no creer. Ahora bien, no nos engañemos, nada es más persuasivo que la verdad misma; nada nos hace más acreedores a la confianza de los demás que el hecho de que decimos “la verdad” -la verdad a cuya conclusión hemos llegado, aunque estemos equivocados-, el hecho de que tenemos el coraje de dar pruebas de lo que pensamos.

    He encontrado mucho aburrimiento y, a veces, incluso mucha crueldad en los corredores de las universidades, pero no encuentro alternativa a la necesidad social de institucionalizar las condiciones de investigación y enunciación de lo verdadero. No digo que la universidad sea depositaria de la verdad -esto requeriría muchos Lyotards y muchos Foucault para discutirlo-, lo que digo es que si renunciamos a definir y acordar unas normas básicas de rigor metodológico, entonces, no es solo que nos cargaremos a Descartes e incluso a Newton, es que empezaremos creyéndonos a Pío Moa y acabaremos sustituyendo la biblioteca por La noria, donde les aseguro que a veces se hacen sesudísimas interpretaciones sobre historia, política, ovnis y parafilias.

    Una última cosa, Paco Fuster tiene razón. Cuando alguien tiene la suerte de publicar un libro, nunca falta el que le pregunta “Pero, ¿es que conoces a alguien?”. No podemos culpar a ese alguien, pues es verdad que hay pelmazos insoportables que publican a cascoporro. Qué vamos a hacerle.

  4. jserna

    Sr. Montesinos, acababa de escribir en su blog, relatando una anécdota a propósito de la violencia que usted glosa, y al regresar me tropiezo con su comentario. ¿Cómo puede usted ser tan sensato? Suscribo todo lo que ha escrito aquí de principio a fin. ¿Pero cómo puede decir tan bien las cosas y tan elegantemente? Quien no nos conozca creerá que le hago la pelota. Quien me conozca sabe que esto lo digo con total sinceridad.

  5. David P.Montesinos

    Vale, tengo algún momento inspirado, pero fíjese, mis alumnos de 1º de la ESO piensan que soy medio idiota.

  6. Sancho

    Ojo con el aval del mercado. Pío Moa ha vendido miles de libros… por lo que ese rigor del mercado le haría mejor historiador… y no lo es ni por asomo. Otro asunto es que se diga que no hace historia (que a lo mejor es) pero no nos dejemos engañar con el volumen del mercado.

  7. Isabel Zarzuela

    Bueno, Sr. Serna, defiendo con contundencia esa manera responsable de trabajar, escribir o criticar que suele mostrar Julián Casanova; la misma que a usted siempre le acompaña en cada uno de sus trabajos. Esta carta abierta es buena prueba de ello.

    Yo no tengo tan claro que la Academia de la Historia no represente a nadie. Como el propio Casanova dice, muchos españoles se han enterado de la existencia de esta institución a raíz de la polémica con el Diccionario. Con ese nombre tan rimbombante, Real Academia de la Historia (y en mayúsculas), es fácil que lo asocien con otras instituciones, como por ejemplo la Real Academia de la Lengua. Aunque para los historiadores las diferencias entre una y otra sean obvias, para el lego en la materia, no es así. Me explico: así como la Real Academia de la Lengua cuenta entre sus miembros con varios de los mejores escritores españoles, con filólogos de reconocido prestigio, etc., etc., quizá alguien piense que sucede lo mismo con la Real Academia de la Historia; que sus miembros son los historiadores más sabios y preparados, los más prestigiosos, los que mejor conocen la disciplina y mejor saben escribirla y transmitirla. Aunque los historiadores –comprensiblemente- no se sientan representados por esa institución que lleva su nombre, ese malentendido nominal que acabo de comentar hace que para muchas personas posiblemente la Academia de la Historia sí represente de alguna forma a quienes practican el oficio de historiador.

    En cualquier caso, este tipo de publicaciones (me refiero al Diccionario Biográfico Español) hacen flaco favor a los historiadores.

  8. Sigue...

    Vida. Leo la crónica en El País de Javier Rodríguez Marcos. Su título: “Muere Jorge Semprún, una memoria del siglo XX“. Acabo de repasar esa noticia luctuosa y por supuesto mientras leo recuerdo pasajes enteros de La escritura o la vida (1995). He querido titular este post bajo el rótulo de La historia y la vida: nosotros no somos supervivientes de los campos de concentración. Sólo quienes como él regresaron de aquel infierno se plantearon exactamente esas disyuntivas.

    Sus libros son una aventura personal que tiene trascendencia colectiva, un repertorio de recuerdos elaborados años después. Muestran la tragedia europea del siglo XX, pero muestran también de qué manera puede auparse un individuo sin apearse de sí mismo.

    Aún recuerdo el inicio de La escritura o la vida, la mención a ese pequeño detalle, sin importancia aparente, que anula tu vida; ese pequeño detalle que lo dice todo de la destrucción de la vida humana:

    «Están delante de mí, abriendo los ojos enormemente, y yo me veo de golpe en esa mirada de espanto: en su pavor.

    «Desde hacía dos años, yo vivía sin rostro. No hay espejo en Buchenwald. Veía mi cuerpo en su delgadez creciente, una vez por semana, en las duchas. Ningún rostro, sobre ese cuerpo irrisorio. Con la mano, a veces, reseguía el perfil de las cejas, los pómulos prominentes, las mejillas hundidas. Podría haber conseguido un espejo, sin duda. Se ecnontraba de todo en el mercado negro del campo a cambio de pan, de tabaco, de margarina. Ocasionalmente, incluso ternura.

    «Pero no me preocupaban estos detalles.

    «Contemplaba mi cuerpo, cada vez más borroso, bajo la ducha semanal. Enflaquecido pero vivo: la sangre todavía circulaba, no había nada que temer. Sería suficiente, ese cuerpo menguado pero disponible, apto para una supervivencia soñada, aunque poco probable».

    La primera vez que leí a Jorge Semprún fue en septiembre de 1978. Yo estaba en Andorra: en concreto en L’Escaldes. Lo digo por lo insólito de la circunstancia. Había acudido a casa de unos primos míos que entonces residían allí. Ellos eran mayores; yo sólo tenía veinte años. Había acudido a su casa para pasar unos días antes de empezar el curso. Sé que me había llevado algo para leer; no recuerdo qué. Lo que sí recuerdo es otra cosa: en el mueble del salón-comedor estaba la Autobiografía de Federico Sánchez, de Jorge Semprún. Dicho libro había recibido el Premio Planeta en 1977.

    Resultaba un volumen extraño. Ganador de un galardón literario, de novela, sin embargo parecía ser eso que predicaba el título: una autobiografía. Pero el Federico Sánchez del título era una ficción: había sido el alias y el álter ego del autor, de Jorge Semprún, desde los tiempos de la clandestinidad como miembro del Partido Comunista de España. Por tanto, la ficción estaba en la vida real de aquel personaje inventado por el autor y militante comunista. Desde París, Semprún acudía periódicamente a España para infiltrarse, para informarse e informar a la dirección del partido. O del Partido, como entonces se decía.

    Si no lo conocen, podrán imaginar lo entretenido de aquella intriga de militancias y represión, de lealtades políticas y espionaje, propiamente espionaje. ¿De traición? Semprún contaba también su expulsión del Partido Comunista, junto a Fernando Claudín, en 1964. No he olvidado el dicterio o diagnóstico de Dolores Ibárruri, Pasionaria: sólo eran “intelectuales con cabeza de chorlito”. Me sorprendió el desdén absoluto de la dirección comunista: de Pasionaria y de Santiago Carrillo. Yo tenía un gran respeto por los intelectuales y ese ultraje me pareció insoportable. Pero, bien mirado, el asunto no estaba claro para mí: yo estaba leyendo la versión de Semprún. Además, el autor había ganado un premio de ficción. ¿Se ajustaba a la verdad? Me convenció. En realidad, lo inventado era esa doble vida con nombre falso, la de Federico Sánchez, concebida para sobrevivir y espiar en la España de la posguerra.

    Prácticamente lo devoré: mientras esperaba que mis primos regresaran cada día del trabajo, yo consumía la espera leyendo la Autobiografía. Sus páginas me dejaron anonadado. Empecé a frecuentar otras obras suyas y las primeras películas que con guión suyo llegaban entonces a España, esos films políticos que la censura franquista había prohibido…

    Años después, tras haber leído varios libros suyos, me detuve, entretenido, en uno que seguramente no es su mejor texto autobiográfico. Me refiero a aquel que lleva por título Federico Sánchez se despide de ustedes (1993). Como siempre, no hay página sobrante ni desdeñable. De su relato siempre se aprende algo. Lo que ahora nos contaba era su peripecia penúltima: el paso por el Ministerio de Cultura y los tiempos de mocedad de quien después acabaría siendo Federico Sánchez. ¿De militante comunista y camarada de Santiago Carrillo a ministro socialista de Felipe González y compañero de Alfonso Guerra? Las páginas que dedica al chismorreo de Gabinete son muy entretenidas, sobre todo aquellas en las que critica ferozmente a su personaje más odiado: Alfonso Guerra. Le censura sus pujos intelectuales, su nececidad de aparentar saberes y conocimientos de autodidacta.

    Pero esos episodios –muy reveladores– son poca cosa si los comparamos con su evocación de Buchenwald, tal como aparece en La escritura o la vida: su estancia en el campo de concentración. Él –que había nacido señorito en el seno de una buena familia madrileña–tendrá que sobrevivir en condiciones insoportables. Pero sobre todo tendrá que esperar décadas para poder contarlo, para poder relatar una experiencia extrema cuya sola evocación le hacía enfermar. Después de acabar ese volumen, cuya versión española data de 1995, leí alguna cosa más (Veinte años y un día, 2003), pero ya no recuerdo haber sentido la misma emoción.

    La emoción me viene ahora: un día, pocos meses antes de morir, sorprendí a mi padre releyendo El largo viaje (cuya edición original en francés es de 1963). Era uno de los libros que más le habían gustado: no de Semprún, sino de todos los que él había leído. Eso me dijo. Como se hacía una jerarquía con sus lecturas y las calificaba, sabía cuáles merecían una relectura. Mi padre releyó esta obra de Semprún, sí. Pero no una, sino varias veces. Qué paradoja: eran de la misma generación, aunque poco tenían en común. Mientras uno había sido subversivo y aventurero, el otro vivió doméstico y moderado. Qué extraños paralelismos.

  9. R.S.R.

    Muy emotivo su texto sobre Jorge Semprún. Aunque no hace tanto tiempo, recuerdo exactamente la circunstancia exacta de cómo llegó ese libro a mis manos y quién me sugirió su lectura. “La escritura o la vida”, tuve que leer más de la mitad para encontrarme con la respuesta a ese título: ese libro que me parecía de una intensidad extraordinaria y que había sido realizado a pesar del sufrimiento “me ahogaba en el aire irrespirable de mis borradores (…) la escritura me hundía otra vez en la muerte, me sumergía en ella”. Veía por primera vez la escritura no como una liberación sino como un martirio, sin satisfacción posible, sin ninguna posibilidad de constituir una reparación, entonces pensé que los lectores nunca le pagaríamos lo suficiente por aquello.

    Me emocionaron vivamente sus interrogantes ante la muerte de Primo Levi, la incomprensión que le producía a pesar de todos los horrores que había contemplado y padecido .Esa manera de morir seguía siendo una muerte escandalosa: “¿ Por qué, cuarenta años después, sus recuerdos habían dejado de ser una riqueza? ¿Por qué había perdido la paz que la escritura parecía haberle devuelto? ¿ qué había sucedido en su memoria, qué cataclismo, en aquél sábado? ¿Por qué le había resultado de repente imposible asumir la atrocidad de sus recuerdos?

    En el artículo de Javier Rodríguez señala que con “él desaparece un recuerdo que no cabe en los libros:….” Siempre me produce impresión saber que los testigos directos de acontecimientos como los que él vivió van desapareciendo. Testigos que son los hilos entre el pasado y nuestro presente. ¿Cómo recordaran generaciones venideras esta tragedia europea, cuando todos los hilos estén cortados?

  10. jserna

    Perdone, R.S.R., pero he visto ahora su comentario, justamente ese en el que habla de mi “emotivo” texto sobre Jorge Semprún. Le agradezco su juicio. Faltaba, sin embargo, el colofón, que usted aún no había podido leer al escribir esa nota y que ahora ya figura: es el que empieza diciendo: “…Años después, tras haber leído varios libros suyos, me detuve, entretenido, en uno que seguramente no es su mejor texto autobiográfico. Me refiero a aquel que lleva por título Federico Sánchez se despide de ustedes (1993)”.

    Le agradezco su atención.

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    Mariado Hinojosa

    Me ha gustado mucho, Justo, me ha emocionado. Al hilo de la lectura he recordado, por asociación, a Mariano Constante y su libro “Los años rojos” sobre su experiencia en Mathaüsen, donde coincidió, entre otros, con Arthur London.Grandes hombres, sin duda y terrible experiencia la suya.La verdad es que el título “La escritura o la vida” es más que significativo.Un abrazo

    Juan Calabuig Mateo

    ¡Hola, Justo! Ayer me desayunaba con la tristísima noticia de la muerte (siento un inexplicable recelo por quienes utilizan desaparición como eufemismo de la visita de La Parca) de Jorge Semprún. Desde entonces no he parado de leer reflexiones, la mayoría bienintencionadas y afortunadas, sobre su vida y obra. Dentro de varios días (tal vez mañana) la actualidad será otra y de ahí a la desmemoria de la mayoría sólo hay un paso. Menos mal, que quedamos unos cuantos para leerle o releerle; para, como tú has hecho muy bien en el post de esta mañana, mirar hacia nuestro interior y contarnos lo que nos supuso su lectura y su historia. Has hablado de tu relación con sus libros y sobre todo de tus vivencias con la “Autobiografía de Federico Sánchez”. Yo también leí ese premio Planeta más o menos por las mismas fechas (1978) y lo releí un poco más tarde (recuerdo una tarde de los primeros 80 a la salida de una reunión de la FIM, tal vez era el 83-84 y una conversación sobre ese libro tomando unas cervezas con un compañero nuestro que creo que era Javier. También hablamos de más libros, de mi pasión por Moby Dick, de Bryce Echenique ¡Joder, cuánto tiempo…!). Pero mi interés por Semprún comenzó un par de años antes (verano del 76) con “La deuxième mort de Ramón Mercader” y si cito este título en francés no es por pedantería, ni porque buscara precozmente ese libro en la lengua de Montaigne por no existir todavía su traducción al castellano. Mi tía Mari Carmen, residente más de media vida en Paris, pasaba unos días, como todos los veranos, en Valencia y me dejó la novela de Semprún para que intentara mejorar mi francés con aquel volumen de Éditions Gallimard. Más que un préstamo fue un canje porque le tuve que pasar uno de mis libros (no recuerdo cuál, pero conociéndome seguro que fue alguno poco traumático para mí) y además con la condición de que como la buena mujer no lo había terminado se lo tenía que devolver antes de su partida hacia la ciudad de la luz. De esta forma, con el diccionario de francés a mi vera y ocupando muchas horas durante varios veranos (mi tía se apiadó de mí y lo metió en su maleta al año siguiente) pude mal leer “La segunda muerte de Ramón Mercader” que así, en castellano y ya de un tirón no volví a releer hasta hace unos pocos años.Incluso me compré antes otro ejemplar en francés (bueno me regalaron) Todavía recuerdo la gracia que le hizo al propio Semprún cuando, más nervioso que un flan, le conté esta anécdota. Cuando con toda mi desfachatez me autopresenté a uno de mis autores preferidos en un acto cultural, no sabría decir así a bote pronto cuál era, ni dónde tuvo lugar, pero fue en los noventa y tuve la suerte de coincidir con él unos minutos (La montaña blanca; La escritura o la vida; Aquel domingo; Viviré con su nombre, morirá con el mío; Adiós, luz de veranos…) con el autor de uno de mis libros preferidos: El largo viaje. Qué razón tienes, Justo. Qué extraños paralelismos… Un abrazo y perdona por el rollo pero me ha salido de un tirón.

    Juan

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    Justo Serna

    Muchas gracias, Mariado. Un abrazo.

    Y muchas gracias, Juan. Lo que cuentas es emocionante: algo de lo que sentirse orgulloso. Y encima va y citas ‘Moby Dick. ¡Y a Bryce Echenique! Un día, de niño, me regalaron ‘Moby Dick’. Desde entonces es una referencia para mí. Fue en una edición ilustrada, en tapa dura y en formato grande. Aún conservo ese ejemplar. ¿Y Bryce Echenique? Pero, por favor, qué casualidad: compartimos gustos y cronología. En los años ochenta, yo era un joven propagandista de su novela más divertida: ‘La vida exagerada de Martín Romaña’. Un abrazo.

  13. Marisa Bou

    Señor Serna, la muerte de Semprún es uno más de los golpes que nos da la vida: personas como él, que con tanto tesón y fortaleza (a pesar de su cuerpo consumido) sobrevivieron al espantoso Holocausto, no deberían morir nunca. Ya tuvieron una muerte en vida y es injusto que, tantos años después, vuelvan a tener otra, cuando los demás sólo tienen una. Tremendamente injusto.

    En cuanto a Bryce Echenique, del que soy gran aficionada, como usted, hace tiempo que no veo nada nuevo suyo. ¿Sabe usted si hay, o se espera, alguna novedad?

    Me ha encantado su artículo de los “teléfonos pinchados”. Tiene usted siempre ese puntito de guasa, que nos hace sonreír a pesar de la seriedad de los temas que trata.

    Y estoy absolutamente de acuerdo con usted: nuestro amigo David P. Montesinos nos cuenta las cosas con elegancia, atinado siempre en la narración de los hechos desde su muy ponderado punto de vista. ¡Saludos, don David!

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