Blog enlazado por El País (Comunidad Valenciana)
Uno. Leo en El País un artículo de Enrique Dans sobre el 15-M. Por lo que sé, este profesor de Sistemas de Información en la IE Business School ha sido uno de
los protagonistas de los indignados de Madrid. Por supuesto, le tengo todo el respeto. Pero no entiendo qué pinta Enrique Dans haciendo de glosador o inspirador de este movimiento. No entiendo por qué es él quien lo resume.
De repente, el 15-M –que se presentaba como un fenómeno asambleario y espontáneo– tiene una primera o segunda fila de ideólogos y organizadores bien conocidos. Habría que estudiar a los portavoces y a los inspiradores.
Desde hace años, cada vez que he leído a Dans confirmo que las nuevas tecnologías no traen necesariamente nuevas ideas. Siento decirlo así, pero no voy a poner paños calientes. No me convence Dans: es una persona que sin despeinarse ha publicado en medios absolutamente antitéticos, desde Libertad Digital hasta El País; es una persona que con regularidad rehace un discurso simultáneamente tecnológico y adánico.
Las razones que da para una mejora de la democracia española (inevitablemente representativa) son tan asumibles que difícilmente pueden volverse del revés. Intenten negar lo que Dans afirma: no podrán. Eso significa que hasta los políticos de colmillo más retorcido podrían hacer suyas esas metas. Si además las calificamos como Transición 2.0, entonces les añadiremos una pátina de modernidad.
La realidad es más tozuda y los comportamientos humanos son más viejos y reiterativos de lo que piensa el gurú de los indignados. Dans nos marca las metas y rotula el proceso. Lo llama Transición 2.0 aludiendo a la transición política española. «Surgen manifestaciones que no están organizadas por partidos ni por sindicatos, sino por los propios ciudadanos. La torpeza de los políticos que pretenden ver conspiraciones y manos negras es evidenciada en pocos días. Son los ciudadanos llamando a la puerta».
Ustedes me perdonarán, pero no me creo el angelismo que profesa Dans.
Dos. Leo en El País un artículo de Félix Ovejero sobre el 15-M. El profesor de Economía de la
Universidad de Barcelona da un rapapolvo a quienes han juzgado con suficiencia o superioridad a los indignados. ¿A quiénes se refiere concretamente?
A aquellos «comentaristas resabiados [que] no han dudado en echarse unas condescendientes risas a cuenta de la ingenuidad o la ignorancia de los que en las plazas españolas se reunían a discutir sobre cuestiones políticas». Eso dice el profesor de Barcelona.
Desde hace años, Ovejero se dedica a la reflexión filosófica, remotamente inspirado por su maestro más importante: Manuel Sacristán, que practicó un marxismo herético y que alentó a jóvenes discípulos como Antoni Doménech o el propio Ovejero entre otros. A Sacristán se deben empresas varias, desde la revista Materiales hasta aquella otra que la sustituyó: mientras tanto. También es autor de la primera gran Antología de Antonio Gramsci.
A comienzos de la transición política española, Sacristán quiso hacer una aleación de marxismo y ecología. Estábamos en la primera crisis enérgética y sin duda lo verde, la austeridad y la lucha contra el despilfarro eran metas atractivas para quienes salían desencantados del Partido Comunista. El comunismo clásico había sido industrialista. Como los capitalistas de primera hora, también los bolcheviques confiaban en el crecimiento, en la explotación ilimitada de las fuerzas productivas. Félix Ovejero criticará esas ideas, esas concepciones del industrialismo. Como su maestro Sacristán.
Andando el tiempo, tras el derrumbe del comunismo, Ovejero se especilizará en republicanismo. Es profesor de Economía, sí, pero estudia los fundamentos doctrinales y las realidades o fantasías del homo oeconomicus. Entre otras cosas. Ha sido muy crítico con el republicanismo que profesaban José Luis Rodríguez Zapatero y su mentor filosófico, Philip Pettit, tan menospreciado por ciertos periodistas, según pudimos ver en este blog.
En el artículo sobre el 15-M, Ovejero amonesta a quienes vapulean a los indignados. Vamos, como Karl Marx o Friedrich Engels, hace la crítica de la crítica. Juzga ásperamente a comentaristas o tertulianos que han menospreciado el movimiento. Les afea sus ignorancias y sus errores predictivos. De paso valora la deliberación que se habría materializado en las plazas.
«Por supuesto, tampoco la Puerta del Sol era la Academia de Platón. Ante todo, había una queja, una defensa de intereses normalmente desatendidos, entre ellos los de unos jóvenes condenados a miserables salarios, largos periodos de desempleo y a desperdiciar sus talentos. Pero también había ganas de discutir y de entender, de hacer propuestas. No está mal. De la discusión, entrenada, surgen las ideas: Merton nos enseñó que, en su mejor versión, las comunidades científicas eran comunismo cognitivo, afán universalista, escepticismo ponderado y desinterés. Y trabajar sobre la herencia recibida de otros que hicieron lo mismo. Algo de eso compareció estos días. Por supuesto, no cabe esperar que las soluciones a los retos de todos surjan de una asamblea. Una discusión democrática, por más pulcra que sea, no va a resolver los complicados problemas de diseño de las instituciones políticas y económicas que ocupan a los investigadores. De todos modos, hasta donde se me alcanza, tampoco hay doctores por el MIT entre los empresarios y banqueros que periódicamente cenan con el presidente del Gobierno para hacerles llegar sus preocupaciones, sin que necesiten levantar la voz. Y no les ponen un examen al entrar».
Cierto, cierto. Pero entre los indignados hay doctores bien instalados que aspiran quizá a convertirse en gurús de los agraviados: como el propio Enrique Dans, un doctor que no responde al tipo social descrito por Ovejero. En las plazas había jóvenes suficientemente preparados, sí: muchachos desempleados o con contratos precarios a pesar de la cualificación. Pero lo que no parecía haber era clase obrera o lumpenproletariado o paletas en paro, ajenos a las fantasías del homo politicus.
Sobre eso, un marxista linajudo como Ovejero no dice palabra.
Tres. La alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, se pronunció el martes día 13 de mayo sobre los indignados
del 15-M, concretamente sobre aquellos que están acampados en la plaza del Ayuntamiento. Sabemos esto por unas declaraciones que la regidora hizo a dos emisoras radiofónicas. Se la oía batalladora y con gran punch, con esa energía de la que es capaz. Barberá acusó a los indignados valencianos de delito delito contra la salud pública y de infringir varias ordenanzas municipales.
«A los indignados se les han caído mucho las caretas», dijo con un punto de malicia y gran penetración. Entre ellos, «hay viejos conocidos» de sus escoltas, dice. De sus escoltas: esto es, de la policía local que la custodia. ¿Y quiénes son esos viejos conocidos? ¿Acaso individuos antisistema o parados de larga duración? ¿Acaso son doctores o jubilados? No. Los viejos conocidos son gentes que proceden «de zonas donde están los ‘okupas’…», declaró.
A lo que cuenta Barberá, hay un informe policial en el que se revela algo grave: en la plaza no sólo se fuma marihuana, sino que se cultiva. No. ¿Sííí? Vaya. No sólo se percibe el olor de la planta, muy penetrante, razón por la cual suele encubrirse con incienso. También se ven los tiestos. ¿Hay una plantación grande? ¿Quizá un cultivo masivo? No: sólo dos macetas con la marihuana enhiesta. De ello puede dar fe Barberá. Según aseguró, no sólo lo saben los policías. También ella lo ve desde su balcón en el Ayuntamiento. Husmea como un sabueso policial sin que nada le nuble la vista…



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