La vida del monstruo

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La biblioteca del hijo, 5

Cero. No puedo pedir que lean lo que yo leo o releo. No me consume esa vanidad. Pero sería un mezquino si me reservara sólo para mí lo que procura tanto placer. He de  repartir a manos llenas, pues. Por eso incluyo otra obra de Joseph Conrad en La biblioteca del hijo, en este caso en su quinta entrega.

El muchacho que se inicia comprobará todo lo que averigua leyendo; confirmará cosas que le conciernen, cosas con las que en principio nada tenía que ver. Y advertirá lo que es la angustia.

Amy Foster. Acaba de aparecer en Alba una nueva edición de Amy Foster (1901), una historia corta de Conrad, en traducción de Marta Salís. Con este gran autor no hay nada pequeño o corto: todo relato cobra una dimensión profunda, incluso colosal. 

Por eso siempre hago lo mismo: aprovecho nuevas versiones para leer o releer dichas historias. ¿Que ya me conozco esta o aquella obra? No importa. El tacto del libro –ese papel más o menos noble– o la ilustración de cubierta –un motivo marinero, por ejemplo–me hacen regresar a Conrad.

Reproduzco en este caso la que incluye Alba: y lo hago a gran tamaño, dada su belleza inquietante. ¿Que es previsible un Conrad marino? Cierto, muy cierto, pero para qué vamos a negarnos el placer: es un detalle de Un barco en un mar con tormenta (1876), de Gustave Doré. Prácticamente vemos y oímos el oleaje. Y sentimos el peligro de la embarcación, que remonta inciertamente las aguas en un balanceo amenazador. Que el editor emplee esta ilustración parece muy apropiado. Pero hay un problema, sólo un pequeño problema: los navíos que son evocados en esta historia son vapores.

Conrad pasó su vida profesional a bordo de veleros de la marina mercante. Sobre eso hablé en un artículo publicado en Mercurio. Allí mencionaba precisamente la desazón que padecía Joseph Conrad: todo su saber y toda su experiencia de marino de velero no servían en unos mares que ya dominaban los vapores. 

¿Entonces? Pues que hay una contradicción, una bella contradicción entre lo que vemos, lo que nos sugiere la ilustración de cubierta en Amy Foster (Alba), y lo que luego corroboramos en sus páginas: que las máquinas de vapor protagonizan el relato, que el avance técnico es motivo de desconcierto, en efecto. Máquinas de vapor bajo la forma de ferrocarriles o barcos que aceleran el ritmo de las cosas, que abrevian los objetivos, el transporte. ¿También la vida?

No es ése el motivo principal de esta historia. Si hablamos de Conrad, en sus historias hay siempre un problema moral, estrictamente moral, como asunto básico. En Amy Foster, la actualidad de la historia nos es muy cercana. ¿Cuál es? Les voy a revelar grandes cosas. No es problema: en Conrad saber de qué va el relato no nos reduce la dicha, el asombro que nos causa su literatura vigente. Ahora bien, si alguien no quiere seguir, puede suspender ahora la travesía.

Quizá me sienta solo, extraño, incomprendido: como un muchacho que empieza a vivir. Precisamente es de eso de lo que va esta historia. De la soledad extrema, del desamparo, de la incomprensión.

Madera de aventurero. Quien protagoniza los hechos es un joven emigrante, un aldeano pobre. Procede de Centroeuropa, concretamente de la cordillera oriental de los Cárpatos. Se ha embarcado en Hamburgo, puerto desde el que zarpa el Herzogin Sophia-Dorothea con rumbo a América.

¿Cuál es su sueño? Ganar los tres dólares diarios que allí, en Estados Unidos, reciben otros como él. Para eso debe abandonar la casa familiar: a pesar de ser campesino de mucho arraigo, el joven tiene madera de aventurero, esa temeridad que se precisa para emprender un viaje azaroso. Y tiene también dinero suficiente para adquirir el billete. Ha sido su padre quien ha vendido algunas posesiones para comprar el pasaje.

Le gusta cantar y bailar y sus dotes para la fiesta son casi instintivas, pues forman parte de su vivencia, de su tierra eslava. Es ágil, alegre y muy apuesto, con un porte airoso y naturalmente distinguido. Pero hay  algo salvaje, abrupto, en su aspecto, en su apariencia.

Yanko. Este joven naufraga. Justo cuando creía poder alcanzar su destino, la embarcación se pierde frente a una bahía inglesa. Él es el único superviviente. Tendemos a pensar los naufragios como fatalidades que ocurren en alta mar. En Conrad, sin embargo, la desgracia acecha cerca, siempre cerca.

“–Los relatos de viejos naufragios nos hablan de grandes sufrimientos. A menudo los náufragos se salvaban de morir ahogados para perecer ignominiosamente de hambre en algún árido lugar de la costa; otros sufrían una muerte violenta o se veían convertidos en esclavos, y pasaban largos años de existencia precaria entre gentes que desconfiaban de ellos, los odiaban o temían por el mero hecho de ser extranjeros. Leer estas cosas nos inspira una gran lástima. Es duro para un hombre encontrarse en una tierra extraña, indefenso, sin nadie que comprenda su lengua, precedente de un misterioso país en algún rincón recóndito de la tierra. Pero de todos esos viajeros que han naufragado en los lugares más salvajes de la tierra, no hay uno solo, en mi opinión, que tuviera un destino tan trágico como el hombre del que hablo, el más inocente de ellos, arrojado por el mar en la ensanada de esta bahía, casi a la vista de esta ventana”.

¿Quién dice esto? ¿Quién nos informa? En Conrad, el acto narrativo siempre es complejo. Prácticamente es un galimatías. Lo que leemos lo narra alguien en primera persona: alguien que estuvo en la población a la que fue a parar el náufrago, llamado Yanko. Ahora, transcurridos unos años, ese visitante lo escribe para nosotros.

Pero quien nos narra no conoció al superviviente: a él le cuenta las cosas y la vicisitud un amigo suyo, el médico de la localidad, llamado Kennedy. Y ese que cuenta –cuyas palabras, como arriba, están directamente reproducidas– lo hace sirviéndose de su propia experiencia, de lo que él vio y de lo que Yanko a su vez le contó.

Pero el náufrago hablaba una lengua extraña y su concepción del mundo era totalmente ajena a los usos británicos: sólo tras una estancia prolongada en aquella población, Yanko empieza a hablar un inglés mínimo. Por tanto, lo que nosotros, los lectores, averiguamos ahora es en buena medida una versión muy indirecta del superviviente. Además, en tercera instancia: una interpretación (narrador) de una interpretación (Kennedy) de una interpretación (Yanko). 

En realidad, una de las primeras cosas que nos presenta Conrad en este relato es la dificultad de comprender, de hacerse comprender, de expresarse, de captar los usos y los hábitos de los otros. Del otro. El náufrago –en realidad, ese aldeano de los Cárpatos– no sabe inglés y además lo ignora todo de Gran Bretaña. Ni siquiera sabe qué país es ése y adónde ha ido a parar.

Tiene muy pocas experiencias y por tanto carece de recursos para comprender y para hacerse comprender. Sus costumbres  –aparentemente extravagantes– sólo provocan animadversión: el rechazo de los otros lo convierte en un personaje odioso. Prácticamente todos desconfían. Hoy lo llamaríamos xenofobia: una población inglesa en que la gente no está habituada a ver extraños, una localidad en la que todo encaja de manera homogénea, de repente es perturbada por la presencia de ese otro inasimilable. O presuntamente inasimilable.

¿El monstruo? El título de este relato es Amy Foster. ¿Y quién es? Amy Foster es la única persona que desde el principio tuvo sentimientos de piedad para con Yanko. Es una mujer aldeana, sin preparación, con un instinto de bondad. Se apiada del náufrago; se compadece del superviviente y se acaba enamorando del tipo

Es un individuo al que toda la comunidad mira con recelo, con ojeriza. ¿Será posible entenderse a partir de la benevolencia? Eso parece. Aunque…, en Conrad, las cosas no acaban necesariamente bien. La vida es tormentosa, como sus mares novelescos. Por tanto lo que parece un augurio de felicidad puede ser el vacío al que vamos a precipitarnos. Una fiebre mal curada, un trastorno ocasional o un padecimiento sin importancia pueden arruinarlo todo, sacando de cada uno de nosotros lo peor que llevamos. Yanko padecerá una dolencia pulmonar y ese episodio traerá el terror, cierta clase de terror.

También por piedad –en este caso con los lectores que no conozcan Amy Foster— me callaré qué es lo que ocurre. Ahora bien, en Conrad la culpa, el dolor, la herida mal cerrada, la temeridad, la pena irrestañable, la dicha que ya se perdió y la comunidad que acosa al individuo conspiran a la contra. ¿Será posible hacerse comprender?

11 comments

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  1. Sigue...

    Madera de aventurero. Quien protagoniza los hechos es un joven emigrante, un aldeano pobre. Procede de Centroeuropa, concretamente de la cordillera oriental de los Cárpatos. Se ha embarcado en Hamburgo, puerto desde el que zarpa el Herzogin Sophia-Dorothea con rumbo a América.

    ¿Cuál es su sueño? Ganar los tres dólares diarios que allí, en Estados Unidos, reciben otros como él. Para eso debe abandonar la casa familiar: a pesar de ser campesino de mucho arraigo, el joven tiene madera de aventurero, esa temeridad que se precisa para emprender un viaje azaroso. Y tiene también dinero suficiente para adquirir el billete. Ha sido su padre quien ha vendido algunas posesiones para comprar el pasaje.

    Le gusta cantar y bailar y sus dotes festivas son casi instintivas, pues forman parte de su vivencia, de su tierra eslava. Es ágil, alegre y muy apuesto, con un porte airoso y naturalmente distinguido. Pero hay algo salvaje, abrupto, en su aspecto, en su apariencia.

    Continuará…

  2. jserna

    ¿El destino? Esa fatalidad interviene, pero lo grave no es eso. Es algo humano, propiamente humano… Luego seguiré, sra. Leda.

  3. Sigue...

    Yanko. Este joven naufraga. Justo cuando creía poder alcanzar su destino, la embarcación se pierde frente a una bahía inglesa. Él es el único superviviente. Tendemos a pensar los naufragios como fatalidades que ocurren en alta mar. En Conrad, sin embargo, la desgracia acecha cerca, siempre cerca.

    “–Los relatos de viejos naufragios nos hablan de grandes sufrimientos. A menudo los náufragos se salvaban de morir ahogados para perecer ignominiosamente de hambre en algún árido lugar de la costa; otros sufrían una muerte violenta o se veían convertidos en esclavos, y pasaban largos años de existencia precaria entre gentes que desconfiaban de ellos, los odiaban o temían por el mero hecho de ser extranjeros. Leer estas cosas nos inspira una gran lástima. Es duro para un hombre encontrarse en una tierra extraña, indefenso, sin nadie que comprenda su lengua, precedente de un misterioso país en algún rincón recóndito de la tierra. Pero de todos esos viajeros que han naufragado en los lugares más salvajes de la tierra, no hay uno solo, en mi opinión, que tuviera un destino tan trágico como el hombre del que hablo, el más inocente de ellos, arrojado por el mar en la ensanada de esta bahía, casi a la vista de esta ventana”.

    ¿Quién dice esto? ¿Quién nos informa? En Conrad, el acto narrativo siempre es complejo. Prácticamente es un galimatías. Lo que leemos lo narra alguien en primera persona: alguien que estuvo en la población a la que fue a parar el náufrago, llamado Yanko. Ahora, transcurridos unos años, ese visitante lo escribe para nosotros.

    Pero quien nos narra no conoció al superviviente: a él le cuenta las cosas y la vicisitud un amigo suyo, el médico de la localidad, llamado Kennedy. Y ese que cuenta –cuyas palabras, como arriba, están directamente reproducidas– lo hace sirviéndose de su propia experiencia, de lo que él vio y de lo que Yanko a su vez le contó.

    Pero el náufrago hablaba una lengua extraña y su concepción del mundo era totalmente ajena a los usos británicos: sólo tras una estancia prolongada en aquella población, Yanko empieza a hablar un inglés mínimo. Por tanto, lo que nosotros, los lectores, averiguamos ahora es en buena medida una versión muy indirecta del superviviente. Además, en tercera instancia: una interpretación (narrador) de una interpretación (Kennedy) de una interpretación (Yanko).

    En realidad, una de las primeras cosas que nos presenta Conrad en este relato es la dificultad de comprender, de hacerse comprender, de expresarse, de captar los usos y los hábitos de los otros. Del otro. El náufrago –en realidad, ese aldeano de los Cárpatos– no sabe inglés y además lo ignora todo de Gran Bretaña. Ni siquiera sabe qué país es ése y adónde ha ido a parar.

    Tiene muy pocas experiencias y por tanto carece de recursos para comprender y para hacerse comprender. Sus costumbres –aparentemente extravagantes– sólo provocan animadversión: el rechazo de los otros lo convierte en un personaje odioso. Prácticamente todos desconfían. Hoy lo llamaríamos xenofobia: una población inglesa en que la gente no está habituada a ver extraños, una localidad en la que todo encaja de manera homogénea, de repente es perturbada por la presencia de ese otro inasimilable. O presuntamente inasimilable.

    Continuará…

  4. Juan Manuel González Lianes

    Hola Justo, me ha sorprendido mucho encontrar un comentario tuyo en mi blog ya cerrado, porque estaba lejos de imaginar que lo pudieses frecuentar. Gracias por haberlo hecho. Me encantaría, si no te resulta ningún inconveniente, poderte enviar un ejemplar de mi libro, del que hay una breve reseña en Ojos de papel, porque nada me haría más ilusión que tuvieses ocasión de leerlo algún día si te interesa. No se puede igualar ni mucho menos a los autores y obras que tratas aquí, pero puedo asegurarte que está escrito con el convencimiento de que no es malo del todo. Un saludo, y gracias en cualquier caso por leer esta intromisión seguro que inoportuna.
    Juan Manuel González.

  5. jserna

    ¿Una intromisión? No, por Dios. Recibiré con mucho gusto y agradecimiento el libro. Y sí que solía leer el blog –un blog de libros–. Me sabe mal que se cierre.

    Un abrazo

  6. Sigue y acaba

    ¿El monstruo? El título de este relato es Amy Foster. ¿Y quién es? Amy Foster es la única persona que desde el principio tuvo sentimientos de piedad para con Yanko. Es una mujer aldeana, sin preparación, con un instinto de bondad. Se apiada del náufrago; se compadece del superviviente y se acaba enamorando del tipo

    Es un individuo al que toda la comunidad mira con recelo, con ojeriza. ¿Será posible entenderse a partir de la benevolencia? Eso parece. Aunque…, en Conrad, las cosas no acaban necesariamente bien. La vida es tormentosa, como sus mares novelescos. Por tanto lo que parece un augurio de felicidad puede ser el vacío al que vamos a precipitarnos. Una fiebre mal curada, un trastorno ocasional o un padecimiento sin importancia pueden arruinarlo todo, sacando de cada uno de nosotros lo peor que llevamos. Yanko padecerá una dolencia pulmonar y ese episodio traerá el terror, cierta clase de terror.

    También por piedad –en este caso con los lectores que no conozcan Amy Foster— me callaré qué es lo que ocurre. Ahora bien, en Conrad la culpa, el dolor, la herida mal cerrada, la temeridad, la pena irrestañable, la dicha que ya se perdió y la comunidad que acosa al individuo conspiran a la contra. ¿Será posible hacerse comprender?

  7. Flora Sanz Sánchez

    Gracias por recordarme al escritor Joseph Conrad. La descripción que hace de los personajes me obliga a pensar en la complejidad de la condición humana, en su pequeñez y en su grandeza. En la soledad última del hombre.
    Me impactó mucho la lectura de “El corazón de las tinieblas” y la película que inspiró a Coppola “Apocalipse now”. Es un escritor inquietante. No te deja indiferente, es imposible. Saludos, Justo. Flora

  8. jserna

    Gracias, Flora. Aquí, en el blog, analizamos y glosamos El corazón de las tinieblas. En pocas semanas me lo vuelvo a leer. Siempre aprende uno.

    Flora, un abrazo.

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