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Sale Umberto Eco. «…El libro trae una fotografía de Lea Crespi (Luzphoto) que ilustra la sobrecubierta: es un retrato del autor en la época de El nombre de la rosa. Estamos, por tanto, a comienzos de los años ochenta. Vemos a un Umberto Eco todavía joven, un Eco académico, tímido y erudito, intelectual, con la cabeza levemente inclinada. Lleva lentes de gran montura y lleva barba poblada. Viste americana y corbata que le dan un aspecto entre serio e informal. Su mirada no es dura: es huidiza, nada retadora. Parece salir de un cuarto oscuro y una parte de su cabeza aún está envuelta por las sombras. No hago metáfora de una imagen, ni fuerzo el sentido de las cosas. Es el editor español quien ha escogido con Umberto Eco el motivo de ilustración para esta sobrecubierta. ¿Es una coquetería? No necesariamente. Dicha imagen nos remite al origen de Eco como novelista, a aquel momento en que sale con pudor o con miedo, algo retraído, al mercado. Sale para expresarse de otro modo. Un gran éxito cambia su condición: de ensayista pasa a ser novelista que vende miles —qué digo miles–, millones de ejemplares. Echemos un vistazo a esa pequeña historia…»
Retrato del artista. Las palabras que preceden forman parte de la reseña que he escrito para Ojos de Papel sobre las Confesiones de un joven novelista (2011), de Umberto Eco. El autor italiano sabe qué título ha de poner a sus obras. Busca deliberadamente las resonancias: el eco explícito o la cita soterrada. En las Confesiones hay un juego intertextual, erudito, y es una broma que él mismo se cuenta. ¿Qué resonancias son ésas?
De todas las posibles, en la reseña de Ojos de Papel sólo menciono las Cartas a un joven poeta (1903-1906), de Rainer Maria Rilke. Dicha correspondencia tiene ese tono didáctico que el artista suele adoptar con los discípulos, esa pedagogía que quizá necesite todo creador que comienza. Bien mirado, Umberto Eco acaba de empezar como novelista. Tal vez hasta mejore con los años: no sé si él o la consideración que se le tiene como creador.
En mi reseña también podría haber aludido al Retrato del artista adolescente (1916), de James Joyce. Pero he preferido no decir nada para no hacer expreso lo que todo lector del italiano sabe: que es especialista en Joyce y que su sola mención hubiera amenazado con desbordarse. En una reseña de Eco aludes al escritor irlandés de manera tangencial y terminas por hablar enteramente de dicho autor. ¿Por qué razón?
Porque todo lo que sé de Joyce lo aprendí con Eco. De su mano maestra leí algunas páginas memorables del irlandés. Ya sé que algunos se inclinan por el Ulises (1922) o Dublineses (1914). Yo prefiero el A Portrait of the Artist as a Young Man, el retrato de quien estudió con los jesuitas. Esa novela la he leído un par de veces en la versión castellana que hizo Dámaso Alonso.
Ha quedado en el título español esa fórmula (artista adolescente), que no se aprecia en otras traducciones. Aunque parezca una arbitrariedad de Dámaso Alonso, dicha calificación del artista está muy justificada, porque el creador del que habla Joyce en la novela es alguien muy parecido a él cuando sólo era un muchacho: un colegial irlandés atrapado por los curas, un joven tomista, sí, pero decidido a hacerse a sí mismo. Curas, catolicismo, jesuitas…
Escritura creativa. «No serviré por más tiempo a aquello en lo que no creo, llámese mi hogar, mi patria o mi religión. Y trataré de expresarme de algún modo en vida y arte, tan libremente como me sea posible, tan plenamente como me sea posible», dice Stephen Dédalus, el protagonista del Retrato.
Umberto Eco no ha hecho otra cosa todo el tiempo. Me resulta admirable la porfía con la que ha decidido aprender divirtiéndose. Su erudición no es alarde o pesadez del académico, sino la generosidad de quien reparte su saber a manos llenas. No atesora para él lo que puede compartir. Pero no sólo consigue averiguar e instruirse. Intenta, además, expresarse tan libremente como le sea posible, tan plenamente como le sea posible, según dijera Dédalus. Por eso, valiéndose de una etiqueta corriente, Eco dice hacer escritura creativa. Eso admite en las Confesiones. La fórmula parece trivial. Pero Eco se la toma en serio. ¿Se puede aprender a ser buen escritor?
Que un académico triunfe con el género novelesco no nos sorprende. Cuando en 1980, un Eco ya un consumado semiótico y estudioso decide pasarse a la ficción, el escándalo es notable. La novela tiene un prestigio ambivalente. En origen tenía mala prensa (por decirlo así); con el tiempo será una escritura aceptada, pero siempre inferior al tratado doctrinal, por ejemplo. Que un académico intente escribir algo totalmente inventado resulta inquietante.
Eco se propuso convivir con seres de ficción. Desde que publicara Apocalípticos e integrados (1965), el ensayista analiza el comportamiento y los datos de los personajes inventados, su estatuto, su presencia real. Desde Superman hasta Stephen Dédalus, pongamos por caso. Hoy nos parece obvio y no nos extraña, pero a mediados de los sesenta el tratamiento de Eco era novedoso, audaz, desprejuiciado: mezclaba la alta cultura y la cultura de masas. Justamente eso es lo que luego va a reflejar en sus novelas; justamente es lo que aparecerá de manera deslumbrante en El nombre de la rosa (1980).
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