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Edward Hallet Carr. Es fácil ser optimista cuando todo te sonríe. Es sencillo dar consejos cuando las cosas te marchan bien. Es cómodo sermonear o predecir cuando las circunstancias no te son adversas.
¿Entonces?
Abandonarse al pesimismo, así sin más, es tóxico y consolador. Gracias a la fatalidad, te regodeas. Duele, te dices aceptando obedientemente que todo anda mal y que el mundo va a la deriva. ¿Y cuándo el mundo no ha ido a la deriva? Si lo piensas bien, tu vida o la mía no marchan. No marchan en ningún caso: en cualquier momento nos moriremos –cosa incomprensible– y lo que hemos levantado puede desvanecerse. O no.
No hay que ser optimista antropológico… Es decir, no hay que ser optimista por temperamento o a ciegas o en abstracto. Debemos serlo circunstancialmente, esto es: una vez aceptado el contexto limitado o deplorable en que estamos, procuremos ver la salida y el provecho de la pésima situación.
No basta con resignarse. Hay que oponer la voluntad. Y hay oponer la historia: en la que no crees, pero de la que te puedes valer. Sin grandilocuencias. La historia te sirve para eso, justamente. Cuando careces de cualquier perspectiva temporal, todo te parece el colmo. El colmo de lo bueno o de lo malo. En cambio, cuando aprendes a contextualizar, las cosas te las tomas con cautela y sobre todo con prudencia analítica: hay asuntos que pueden cambiar, incluso a peor; y hay otros que no se modifican, simplemente porque forman parte de la naturaleza humana.
Lo característico del arrogante, con alguna cultura y mediano bienestar, es su pesimismo. Siempre está reprochando algo. Te detalla con énfasis todo lo que sabe y eso que sabe lo emplea como arma arrojadiza o como parapeto. Abre sus alas como un pavo real y se hace ver para deplorar el mal estado del mundo. En cambio, el optimista circunstancial es cauteloso y morigerado. ¿Quieren ejemplos?
Si fuera un exagerado diría que todo lo que sé de la historia lo aprendí de Edward Hallet Carr. La primera vez que me tropecé con él fue a la altura de 1974. Leí la entrevista que Josep Fontana incluía en su libro titulado La historia, aquel volumen de divulgación que publicó Salvat en su colección Grandes Temas (GT). Quedé muy impresionado con aquellas palabras tan juiciosas sobre el pasado. Siempre que se ha referido a él, Fontana ha querido sacar de Carr su simpatía marxista. Pero el historiador británico era otra cosa: un inglés nacido libre que estuvo en el
centro de los acontecimientos, que observó con interés el materialismo histórico, que estudió la Revolución rusa, que examinó a los románticos.
Para mí, aquella entrevista fue un acicate. Me llevó a leer por primera vez ¿Qué es la historia?, una serie de conferencias que E. H. Carr había impartido en la Universidad de Cambridge en 1961. Me impresionaron la capacidad de síntesis, la ironía, la erudición y sobre todo la generosidad con la que repartía su saber: a manos llenas.
Aparece estos días la edición en catalán de What is history?, de Carr. Cincuenta años después. Es para felicitarse. Ya escribí sobre este volumen (en su edición castellana de Ariel) para Mercurio y escribí sobre la vida de Carr para Pasajes.
Siempre vuelve…

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