La alegría. Veo The Artist (2011), dirigida por Michel Hazanavicius. Está protagonizada por Jean Dujardin, Bérénice Bejo, James Cromwell y John Goodman, entre otros. Conocía el trabajo de John Goodman, aquí un perfecto secundario, pero ignoraba el buen hacer de Dujardin o Bejo. He tardado mucho tiempo, demasiado tiempo. Es una suerte haberlo descubierto.
Acudimos a la primera sesión, a la del estreno: el viernes 16 de diciembre a las 16:30. Llevábamos una semana de mucho trabajo y creímos que era un obsequio que nos merecíamos. Fue una recompensa. Lo indiqué días atrás cuando hablaba de cine, del cine puro. ¿Hay algo más satisfactorio que un film que cumple las expectativas o que te da incluso más de lo que tenías previsto?
He contemplado una película con fotografía de Guillaume Schiffman en blanco y negro sencillamente excepcional. Sin palabras. Durante meses he podido vivir ignorándolo todo sobre este film. Fui al estreno con muy pocos datos, sabiendo sólo que era una historia bien contada, bien interpretada, bien dirigida. Nada más. El resultado es superior a lo esperado. Simplemente es una obra de arte que no tendrá continuidad, una recreación muda de la cinematografía.
Me ha hecho recordar esa época gloriosa que homenajeó Paul Auster en El libro de las ilusiones (2002). En aquella novela, David Zimmer, escritor en horas bajas, emprendía una investigación sobre Hector Mann, un cómico del cine mudo. Esta pesquisa, trepidante, le devolverá la vida.
A su manera, The Artist nos hace regresar al cine mudo, a la vida. Y nos alecciona sobre la importancia del ruido, de los miedos; nos enseña el significado de la expectativa, del fracaso. Y nos muestra qué es la alegría, bailar con arte y dicha. No tengo palabras.
Pero he de seguir. Todo gira. El protagonista se llama Georges Valentin. Es, evidentemente, un trasunto de Rodolfo Valentino y John Gilbert. O, mejor, un híbrido de ambos. Ahora bien, eso es lo de menos. ¿Y qué es lo de más? Saber contar una historia que nos habla de hoy, de la actualidad, con personajes y circunstancias de antaño. Que nos habla… sin decir palabras. Saber plantear un problema universal y constante sin didactismos, sin pedagogías pesadas, pero sí pensadas.
¿Qué ocurre cuando todo cambia y tus habilidades son de otro tiempo? ¿Cómo adaptarse a un contexto que se transforma sin cesar? Tus virtuosismos ya no sirven o al menos ya no te los valoran en un cine que muda, en un mundo de furia y ruido. El presente es algo indescifrable y el porvenir ya no puedes adelantarlo. ¿Tienes algo que hacer? ¿Compadecerte?
No te apiades. Mantén la ilusión. Las ilusiones no son sólo embustes. También son propósitos, metas que nos sacan del aturdimiento o que nos obligan a actuar, a movernos. Eso es un engaño, dirán el escéptico o el pesimista. Y sí: el cine es una ficción, pero una ficción de la que es posible regresar, de la que puedes salir. ¿O no?
Dolor, horror y humor. Leo Discordancias (2011), de Elena Casero. Es un libro de relatos publicado por Talentura. Repito: Talentura, rótulo quizá extravagante para un editor. No importa. Aceptemos la referencia y la acepción de esa mezcla: el
talento y la calentura. Justamente eso es lo que hay en el volumen de Elena Casero: excitación y fiebre, por un lado; y virtudes y recursos, por otro. En pocas palabras: ilusión con talento, en efecto.
No pongo reparo alguno a lo que he leído, relatos que pasan en el firmamento y en la tierra. O en el purgatorio, ese lugar en donde precisamente muchos esperan purgándose antes de entrar en el cielo. Son cuentos sobre la vida cotidiana y matrimonial, sobre el sexo y el sexo de los ángeles. En esta obra hay palabras, pero también hay muchos silencios y elipsis. Al igual que el cine o en el cine mudo. ¿Cómo se puede observar lo ordinario relatándolo con esa precisión?
Me maravilla la modestia de unas historias que detallan problemas o apetitos muy corrientes: el amor, los celos, la inquina, la violencia, la cursilería o las ganas de joder (entiéndase esto último en el sentido recto de la expresión).
No sé si llegará a ustedes este libro. Si pueden, no se lo pierdan. Como lector no le pongo peros. O sí, otra vez el rótulo: lo que menos me gusta del volumen es el título, pues discordancias es una palabra demasiado culta y rebuscada.
Pero, ah amigos, lo que cuenta es el interior, nunca mejor dicho (si me permiten indicarlo así). Me sorprende la capacidad de narrar: el relato generoso. ¿Cómo es posible que algunas personas tengan esa virtud y además la apliquen sin esfuerzo aparente? Yo no estoy dotado para ello. Para contar cuentos, quiero decir. No tengo paciencia para inventarme las cosas. Y si lo intento me veo forzado y poco natural.
En el libro de Elena Casero, el pequeño detalle lo es todo y la última frase confirma el hallazgo del relato, la sorpresa. Sin trampas, eso sí. Hay gran habilidad y capacidad, maestría en el manejo del punto de vista y una prosa muy dotada. Cuando hallamos un tópico expresivo no se debe a la escritora, sino al narrador que nos cuenta las cosas, que nos precisa los datos. Puede ser en primera persona. O puede ser en tercera: eso sí, con el punto de vista o perspectiva de este o de aquel personaje, al que a la postre le perdonamos todo.
Me ha hecho ilusión poder leer este libro…


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