Vaya por Dios. Reflexión navideña

Feliz Navidad, amigos.

Reflexiones contra la religión. Así se titula el opúsculo de Mark Twain que Mario Muchnik tradujo hace un tiempo para la editorial Trama. En honor a las entrañables fiestas navideñas lo releo.

Es un bello y manejable panfleto contra los clérigos, su poder desmedido y sus falsos lenitivos. Es un manual de defensa frente a la religión y otras quimeras.

Con inquina sarcástica, Twain arremete contra toda creencia, contra toda fe, contra todo embeleco. Quiere vivir sin esperanzas, sin la falsa ilusión de las compensaciones venideras. No desea el auxilio de los reverendos, de los intemediarios divinos.

Es con Dios, con él, con quien quiere hablar. No hay pruebas, dice, de que Dios escuche o responda. Como tampoco hay datos que confirmen preocupación o cuidado, el respeto que debería tener por sus criaturas.

Aceptemos la hipótesis de Dios, de ese Dios, dice Twain. Nos arroja al mundo para luego desentenderse. ¿Qué nos parecería si un padre, si nuestro padre, hiciera eso? Cometería una grave irresponsabilidad. Pero no sólo esto es lo que podríamos reprocharle. 

¿Qué nos parecería si nuestro padre nos educara infligiéndonos todo tipo de sevicias? Si las crueldades que padecemos los humanos son formativas y fortalecen el ánimo, según dicen los clérigos, entonces todos los individuos deberíamos adoptar esa pedagogía de la violencia con nuestros respectivos hijos: para así templar sus debilidades y para así educar su fuste muelle.

Twain amonesta a un Dios irresponsable que abandona a sus criaturas y sobre todo reprocha a quienes prolongan este embuste universal. Lamentablemente, el escritor olvida un asunto del que se valen los clérigos para justificar a Dios: la libertad. 

Dios nos hace libres para pecar o para ser buenos o para ser edificantes. O tal vez no es olvido: Twain no cree que el ser humano sea exactamente libre. Lo cree una máquina, un mecanismo que funciona más allá del libre albedrío, de sus propensiones conscientes, de sus decisiones justificables. Si esto es así, pretextar la libertad para justificar la presencia del mal o del dolor es un golpe bajo de los clérigos, claro. Twain se toma en serio su panfleto…

Entre las obras pías de mis fiestas navideñas, está –ya digo– la relectura de este viejo opúsculo que compré en su momento, en 2001. Me atrajeron el autor y el título, claro.

Los muchos libros se me amontonan. Pero no me preocupa: a cada uno ya le llegará su momento. A Twain lo descubrí en la infancia y Las aventuras de Huckleberry Finn,  concretamente, fue una de mis novelas inolvidables. 

Aparte del entretenimiento, ¿qué lección me transmitía aquel libro? El coraje adolescente y pícaro para enfrentarse a un mundo brutal. Ahora he releído con unción -con unción- estas páginas sobre y contra la religión. Proceden de la autobiografía de Twain. 

Son unos pasajes deliciosos e irreverentes, párrafos que su hija censuró hasta 1963, fecha esta última en que permitió la publicación. Ahora, insisto, las he releído como un homenaje a Twain, de quien ya se ha cumplido el primer centenario de su muerte. Volvemos a la muerte.

Supongo que el escritor estará en el Infierno. Por mucho que la hija ocultara ese ultraje contra la religión, Dios –que todo lo ve– conocía esas malas palabras de Twain incluso antes de 1963. Estoy seguro. Su condena ya no habrá tenido remedio, pues.

Desde aquí, desde la Tierra, le mando un saludo fraternal y le deseo una buena estancia en compañía de otros impíos, pecadores y ateos allá donde esté. 

Decía E. M. Foster que imaginaba el Paraíso en compañía de sus escritores predilectos. No sé, no sé si allí habrá mucha gente de Letras. 

Imagino a Twain en el Infierno, cómodamente instalado, disfrutando del leve balanceo de su mecedora. Lo veo fumando un cigarro y departiendo. Ya nos lo advirtió el propio Twain: “el Paraíso lo prefiero por el clima; el Infierno por la compañía”.

—–

Feliz Navidad, amigos.

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