Arrogancia y temple. El Titanic se hundió

…En 2012 se cumplieron cien años del hundimiento del Titanic. Con motivo de ese hecho, la editorial Gadir, de Madrid, publicó un librito que reunía las dos piezas que el novelista Joseph Conrad escribiera sobre dicho acontecimiento.

Aparecieron originariamente en 1912 en las páginas de la English Review. El volumen se titula ahora El Titanic. No es una novela, no es una ficción.

Pero, como siempre, leer a Conrad es una experiencia inquietante y aleccionadora.

Toma el mar como metáfora. O, mejor dicho, toma el barco como espacio moral, tal vez como ariete.

Lo toma como ese artefacto que emprende una travesía humana, una travesía que siempre se ve apremiada por el acoso de la naturaleza, pero también amenazada por la propia estupidez de nuestra especie.

Somos soberbios y nos sentimos pagados de nuestros logros, admite Conrad.

La técnica es la palanca de nuestros errores y el palenque de nuestros progresos. En 1912: y también siglo y pico después, podríamos añadir.

Ilustración: Cartel publicitario de la White Star Line, la naviera británica, en el que anunciaba «los barcos más grandes del mundo», en el año de 1911.
Fotografía: Cauer Collection

El Titanic fue un buque de cuarenta y cinco mil toneladas que se hundió al chocar con un témpano de hielo, al tropezar con un iceberg.

La historia es muy conocida y ya lo era cuando Conrad escribió esas páginas. El mundo estaba suficientemente informado o mal informado de los hechos y de la tragedia.

¿Por qué razón? Porque la tragedia multiplica el tratamiento sensacionalista del suceso. Ese tratamiento en parte lo provocaron los armadores y los responsables del navío.

Qué si era un barco que no podía hundirse; que si era una nave habilitada para miles de pasajeros; que si era un hotel flotante, un lujazo o un orgullo de la industria y del progreso; que si era el poderío de la técnica y del esplendor burgués tras un siglo de adelantos materiales.

Pero el Titanic se hundió.

Lo que Conrad critica, lamenta y, en fin, deplora es la arrogancia humana. Él ha sido un marino, un hombre que ha desarrollado su juventud en el mar a bordo de veleros.

Él es un hombre que ha debido aprender a comportarse, a obrar con rectitud, con acierto y sin envaramiento.

Por esas fechas, a comienzos del Novecientos, los vapores han apartado, han arrinconado, las viejas embarcaciones, aquellas en las que Joseph Conrad se había adiestrado o instruido para navegar, primero como simple marino y luego como oficial.

En esos frágiles barcos, los hombres se han formado. Y han sido aleccionados sobre qué es la furia de los océanos y sobre qué son las acometidas del oleaje y los vientos.

Por lo que cuenta, Conrad ha sido un hombre corajudo y temeroso a la vez y, para esas fechas, sabe lo que es gobernar una embarcación.

La prudencia, el cálculo y la audacia que hacen falta para surcar el mar entre la tempestad y la calma chicha.

Los botes salvavidas son elemento esencial, no un engorro. Son pequeños, necesariamente pequeños, y son instrumento humano para protegerse, para defenderse de los azotes marinos.

Flotar, gobernar el barquito, arrimarse a la costa, ser divisado por un buque que finalmente te lleve a puerto.

Conrad no fue tripulante de embarcaciones de guerra, sino miembro de la marina mercante. Allí aprendió a ser disciplinado, respetuoso y sobre todo aprendió a desarrollar “una indulgencia natural para con la fragilidad de las instituciones humanas”.

No hay soberbia ni cicatería que nos salven. Justamente esos pecados, vamos a decirlo así, fueron los que hundieron el Titanic.

¿Era necesario construir un “hotel de 45.000 toneladas de magníficas láminas de acero para asegurar una clientela de, pongamos, un par de miles de ricos”?, se pregunta Conrad.

¿Era preciso satisfacer la soberbia de armadores y de viajeros, un “puñado de fatuos individuos, con tanto dinero que ya no saben qué hacer con él”?

Acero: se tenía mucha, excesiva confianza en los materiales y se pensó poco, muy poco, en los contratiempos. En el azar.

“Pero todo esto tiene una moraleja”, admite Conrad al final del primer texto que dedica al Titanic.

Es una enseñanza aparentemente simple: “el material puede quebrar, y los hombres también pueden quebrar a veces”, advierte.

“Pero con frecuencia, cuando se les da la oportunidad, éstos se demuestran a sí mismos que tienen más temple que el acero”.

Es una lección sencilla, propia de quien aprendió todo lo que sabe sobreviviendo humilde y bravamente.

La lectura de Conrad reanima. Si te ves decaído o simplemente dudoso, una página de Juventud (1898) o de El espejo del mar (1906) te rehacen y te hacen preguntarte de qué te quejas.

Lo mejor es hacer como Conrad: no esperar gran cosa del porvenir, no tener grandes expectativas.

¿Por qué? ¿Acaso porque lo tenemos todo? No, no. En realidad, nos apiadamos de la especie humana y nos compadecemos de nosotros mismos.

Quizá debamos conformarnos con seguir o completar esta travesía.

Como Conrad, no viajamos con vapores a todo tren (si se me permite decirlo así). Quizá debamos conformarnos con marchar a velocidad de crucero para de ese modo llegar a un destino modesto y satisfactorio.

Total, si vamos a morir…, no hace falta llegar corriendo.

(…)

La fuerza no nos la dan los materiales ni el mejor acero. Al menos no necesariamente. La energía se consume como bondad, como gesto heroico, modestamente heroico.

(…)

Repitámoslo con Conrad: «el material puede quebrar, y los hombres también pueden quebrar a veces; pero con frecuencia, cuando se les da la oportunidad, éstos se demuestran a sí mismos que tienen más temple que el acero…”

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Pasaje procedente de Justo Serna, Historia y ficción. Conversaciones con Javier Cercas. Madrid, Punto de Vista Editores, 2019, págs. 39-42.

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