Federico y las derechas

En cuanto apareció empecé El retorno de la Derecha (2023), de Federico Jiménez Losantos (FJL).

Es un volumen con una tortuosa historia detrás (véase la ilustración): por lo acaecido en la derecha y por contratiempos personales que retrasaron su redacción.

Tras unos capítulos leídos lo dejé, quedándome con un regomeyo inexplicable.

Semanas después volví con el propósito de rematarlo, si se me permite decirlo así. Y lo acabé, sí.

Lo que me había pasado era rarísimo. Me refiero a lo de abandonar el volumen. Suelo leer las obras de FJL con afán de entomólogo y con curiosidad morbosa.

Normalmente se presentan como crónicas políticas, que él juzga históricas. Y son a la vez extensísimos panfletos, valga la contradicción.

Son las escrituras de un notario entrometido, alguien que da cuenta o fe de los hechos, juzgando también a los contratantes.

Hace crónica para inmediatamente sopesar la rectitud o la estulticia de los protagonistas.

Pero tiene más papeles sobre el escenario. Él es quien sube y baja el telón, quien sigue el drama o la farsa examinando a los actores. Es director y apuntador.

Los juzga, comprobando si se atienen a las palabras, a los actos y a las acotaciones que él mismo les apunta desde sus distintas tribunas.

FJL está endiosado, se envanece creyéndose eje o pivote sobre el que giran el mundo y el Olimpo de las ondas. Sigue erre que erre sin que el entorno exterior se acomode a sus deseos.

Por ello suele acusar a casi todo el mundo en algún momento o en todo momento.

De sus alabanzas y dicterios casi nadie se libra: quien hoy es celebrado mañana será ultrajado con mote o con cuatro anatemas. O con todo ello a la vez.

Un caso palmario de esto es el trato que FJL dispensa a Santiago Abascal y a Alberto Núñez Feijóo en este libro, en sus alocuciones matutinas o en las columnas en El Mundo.

Siente por ambos una simpatía intermitente, una simpatía condicionada al éxito electoral y a la unidad estratégica.

Hay una excepción. Esos peros no se los pone a Isabel Díaz Ayuso (IDA): ella ha demostrado cómo reunir en su persona lo que Feijóo o Abascal representan.

En IDA no sólo coincide toda la derecha política que ahora vuelve, sino que responde también a la social, siempre tan desatendida por los partidos que la encarnan. A juicio de FJL.

Por eso, la presidenta ha acabado por estar en el centro. De la cubierta, quiero decir. ¿Acaso por ser centrista? No, IDA no practica el centrismo.

Ella es eje porque reúne, concentra, activa y ejecuta demandas e interpelaciones conservadoras y liberales. Cayetana aparte, para IDA todo son ditirambos.

Dice que “es el fenómeno político más importante, sorprendente y complejo en las cuatro décadas y media de democracia española”.

Sin palabras. Me quedo sin palabras.

Como en otros libros de FJL, también en éste hay mucho chisme, bajo el expediente de la crónica. Y hay algo de filosofía política, seis o siete principios o lemas archirrepetidos.

¿Cuáles?

“Unidad nacional, propiedad privada, igualdad ante la ley, familia, religión católica, tradiciones populares como los toros y, cada vez más, la monarquía como símbolo de unidad y continuidad de España”.

FJL es un tribuno altisonante, el más ruidoso vocero de la derecha desacomplejada. Es un ingenioso insultador.

Ocupa un lugar estratégico en las ondas y en la nube, donde despliega sus capacidades verbosas y sus dotes ultrajantes.

Los tiene acogotados: a los líderes de la derecha. Sabe alabarlos, sabe despreciarlos o sabe por dónde cogerlos, en el sentido americano y español del verbo.

Es columnista y locutor de radio, pero sobre todo es la cabeza de un pequeño imperio mediático.

Es un Savonarola del presente, como dice Jordi Amat (@jordiamat22) en la reseña que le dedica en El País.

La he leído tras acabar el libro y escribir estas líneas. Amat y yo coincidimos, cosa de la que me congratulo. Pero, quizá, decir Savonarola es poco. Federico es más. Es Júpiter tonante.
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