Inventarse el pasado

Me pasa a menudo: es hablar del pasado histórico, de su representación cinematográfica, e inmediatamente recordar un film de Quentin Tarantino.

Me divirtió mucho y, a la vez, me hizo reflexionar hondamente como historiador. Me refiero a Malditos bastardos (2009).

El director no pudo ser más infiel a la Historia, a lo realmente sucedido. Pero logró entretenerme y hacerme cavilar.

En ese film, Tarantino reescribe el pasado: el director inventa una brigada de matones norteamericanos de origen judío que, entre otras lindezas, se dedica a liquidar nazis y a cortar sus cabelleras.

De chiste, ya digo.

En el pasado legendario de las películas son los pieles rojas quienes hacían tal cosa, ¿no es cierto?

Aún recuerdo mi infancia y mi adolescencia: mi aturdimiento y la risa nerviosa que este acto de salvajismo o de venganza me provocaba.

Cortar las cabelleras, uf.

Aparte de este detalle,Tarantino —insisto— reelabora lo sucedido, lo sucedido en el cine y lo que nunca ocurrió en la realidad.

Inventa una reacción violentísima y eficaz de los hebreos contra los verdugos del Tercer Reich. Lástima que tal cosa no acaeciera.

Todo el film es un disparate, pura broma, y es un homenaje gamberro y cómico a aquel género tan violento de los sesenta que tanto nos hizo disfrutar (y, finalmente, reír).

Me refiero a Los cañones de Navarone (1961), Doce del patíbulo (1967), El desafío de las Águilas (1969), etcétera.

Uno examina la actuación de Brad Pitt en Malditos bastardos y ha de admitir que ejecuta con gracia su papel.

El de un tipo achulapado y bronco, guaperas y pendenciero. Es cómico al que Tarantino exagera hasta hacer de él una caricatura, un auténtico payaso.

En esa película hay una secuencia especialmente descacharrante, de comedia de enredo.

Es aquella en la que los matones antinazis han de asistir a un estreno de una película producida por Joseph Goebbels.

Los individuos que acuden son un tipo apodado El oso judío y sus acompañantes, hebreos, capitaneados por Brad Pitt.

Menuda tropa.

Allí, en el estreno, esperan consumar un atentado (y no les digo más).

Lo simpático, lo hilarante, es cuando estos bastardos, que hablan un inglés evidente entre alemanes, deben hacerse pasar por italianos.

Balbucean ese idioma y reproducen gestos que les suponen propios.

De chiste.

Sin duda, lo que está flotando en la película aparece ahora de manera explícita.

Más que un film bélico ambientado en la Segunda Guerra Mundial, estamos viendo un spaghetti-western. Estamos, sí, ante una pieza de spaghetti-western.

¿Lo recuerdan?

Me refiero a aquel género en el que la violencia pistolera era brutal, gratuita e involuntariamente cómica.

Involuntariamente…

Así fue hasta que llegaron Terence Hill y Bud Spencer con sus groserías y ventosidades expelidas por voluntad propia, sí.

Emplear la risa a mandíbula batiente, con la broma como antídoto, es sanísimo.

Es el arma de los humanos o de los débiles frente al poder, frente a los engreídos.

Pero la risa no es lo contrario de lo serio. No disuelve la seriedad, sino que dinamita la severidad.

El humor es un asunto muy serio, que se ajusta a reglas de composición y que se ceba, por ejemplo, en la debilidad de los arrogantes, de los ufanos.

En cambio, la severidad es otra cosa. El tipo severo es, precisamente, aquel que no admite la risa.

Es aquel que repudia la ironía, aquel que rechaza el sarcasmo, ese sarcasmo que algunos se merecen por payasos.

El Napoleón (2023), de Ridley Scott, no es una película cómica. Pero el oso, tosco, patético y sanguinario Bonaparte que interpreta Joaquín Phoenix me hizo sonreír.

Me hizo sonreír, sí, con culpable piedad hacia el corso de pésimos modales…

El cineasta concedió mucha libertad al actor, pero no toda.

Una lástima: Joaquin Phoenix habría inventado literalmente a ese Emperador hasta hacer de él un personaje de Tarantino.

¿Imaginan ese goce delirante?

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